La parábola del administrador injusto
Peter Amsterdam
[The Parable of the Unjust Steward]
La parábola del administrador injusto es la segunda de las tres parábolas que se encuentran en el evangelio de Lucas que tratan de la administración del dinero y los bienes materiales. Las otras parábolas son las del rico insensato (Lucas 12:16–21), y la del rico y Lázaro (Lucas 16:19–31). Se considera que la parábola del administrador injusto es una de las más difíciles de entender, y es interesante que existan —y se hayan propuesto a lo largo de los siglos— tantas interpretaciones distintas.
En esta parábola que se encuentra en Lucas 16:1–13, Jesús cuenta la historia de un administrador o gerente que trabaja a las órdenes de un terrateniente adinerado y es despedido por su jefe cuando se descubre su falta de integridad. El administrador, entonces, pensando en su propio interés, defrauda aún más a su jefe. Cuando este se entera, lo elogia.
Podría parecer que en esta parábola se enseña que Jesús aprueba y hasta aplaude la conducta transgresora del administrador, lo cual desde luego resulta un poco extraño. De hecho, en el siglo IV Juliano el Apóstata, el último emperador romano no cristiano, se basó en esta parábola para denunciar que Jesús enseñó a Sus seguidores a ser mentirosos y ladrones1.
A lo largo de los siglos ha habido una gama de interpretaciones de esta parábola y se han propuesto lecturas muy diversas: que alude a dar limosna a los pobres, que exhorta a emplear bien el dinero, o como una advertencia para Israel2. Pondré de relieve la interpretación que me parece explica de manera acertada el mensaje de la parábola; se basa en gran parte en la opinión de Kenneth Bailey en el libro Jesús a través de los ojos del Medio Oriente.
Comencemos por el primer versículo de la parábola, que presenta a los dos protagonistas y crea el marco para lo que sucede después:
Había un hombre rico que tenía un mayordomo, y este fue acusado ante él como derrochador de sus bienes (Lucas 16:1).
Conforme avanza la historia, se evidencia que el hombre rico posee una cantidad considerable de tierras que arrienda para usos agrícolas y que tiene un administrador que está a cargo del negocio. Resulta que alguien va a ver al rico hacendado y le dice que el gerente está malgastando sus bienes. La palabra griega traducida aquí como derrochador aparece también en la parábola del hijo pródigo (Lucas 15:11–22), cuando habla de que el menor malgastó sus riquezas en placeres. Aquí se acusa al administrador de malversar la riqueza del propietario.
Entonces lo llamó y le dijo: «¿Qué es esto que oigo acerca de ti? Da cuenta de tu mayordomía, porque ya no podrás más ser mayordomo» (Lucas 16:2).
El hombre adinerado informa al gerente que le han hablado de su mala administración. Se supone que este último ha aprovechado su cargo para forrarse a expensas del propietario.
En la Palestina del siglo I y en otras partes del mundo antiguo había administradores que tenían plena autoridad para manejar los negocios de los terratenientes. Todo contrato firmado por un administrador en nombre del propietario era vinculante y, por lo tanto, para nombrar a alguien administrador de su negocio, su casa o sus asuntos económicos, era indispensable que el propietario tuviera plena confianza en él. Por lo visto el hombre rico puso una confianza de ese calibre en el administrador, y este lo defraudó.
Cuando el propietario lo emplaza, el administrador no dice nada. No se defiende. No pregunta quiénes lo han acusado. No niega nada y su silencio se interpreta como una admisión de culpabilidad. El dueño lo despide en el acto y le pide que le entregue los libros de contabilidad. A partir de ese momento el hombre deja de tener autoridad para hacer negocios en nombre del propietario.
En los dos versículos siguientes nos enteramos de los pensamientos que pasan por su mente al examinar sus posibilidades de empleo, mientras se dispone a juntar los libros de contabilidad.
El mayordomo dijo para sí: «¿Qué haré?, porque mi amo me va a quitar la mayordomía. Cavar, no puedo; mendigar, me da vergüenza» (Lucas 16:3).
Evalúa su futuro y no lo ve nada auspicioso. Muy pronto todos en el pueblo sabrán que lo han despedido de su puesto. Tampoco tiene fuerzas para trabajar en el campo como peón o jornalero y le da vergüenza mendigar. Sus perspectivas no parecen ser buenas. A continuación oímos su siguiente razonamiento.
«Ya sé lo que haré para que, cuando se me quite la mayordomía, me reciban en sus casas» (Lucas 16:4).
Se le ha ocurrido un plan para que fuera «recibido en casa» de alguien. Esa es una expresión que significa conseguir empleo con otro hacendado. Tiene un plan que tal vez le permitirá conseguir otro trabajo, aunque se sepa que actuó de manera deshonesta y lo despidieron. Seguidamente pone su plan en acción.
Y llamando a cada uno de los deudores de su amo, dijo al primero: «¿Cuánto debes a mi amo?» Él dijo: «Cien barriles de aceite». Le dijo: «Toma tu cuenta, siéntate pronto y escribe cincuenta». Después dijo a otro: «Y tú, ¿cuánto debes?» Este contestó: «Cien medidas de trigo». Él le dijo: «Toma tu cuenta y escribe ochenta» (Lucas 16:5–7).
El hecho de que el administrador convoca de uno en uno a los que tienen deudas con su patrón indica a los oyentes que en ese momento los únicos que saben del despido del administrador son el propio administrador y el amo. Por lo visto los criados del terrateniente todavía no lo saben, si hubieran sabido que él ya no era el administrador no habrían seguido sus órdenes.
Los deudores tampoco lo saben. Si no, probablemente no habrían acudido a una reunión en privado con él. No se trata de deudores pobres; son personas que tienen arrendadas grandes extensiones de tierra del hombre rico. Uno tiene arrendado un olivar; otro, un trigal. En aquel tiempo, la gente arrendaba tierras de labranza, huertos y vides para trabajarlos, y a cambio le entregaba al dueño una parte previamente acordada de la cosecha. Uno de los arrendatarios había acordado que le daría al dueño cien barriles de aceite de oliva después de la cosecha; otro, cien sacos de trigo.
Un barril de aceite, de la palabra hebrea bath, equivalía a 39 litros aproximadamente; así que uno de los deudores se había comprometido a pagar 3.900 litros de aceite de oliva, que es lo que producían unos 150 olivos y que valía unos 1.000 denarios. Un denario equivalía al jornal de un obrero no calificado. Otro deudor se había comprometido a pagar al amo 27 toneladas de trigo después de la cosecha, que es lo que producía un campo de 40 hectáreas. El trigo que le debía valía unos 2.500 denarios.
El administrador injusto reduce en un 50% —500 denarios— la cantidad de aceite adeudada; y recorta en 20% —también 500 denarios— el trigo adeudado. A ambos les da instrucciones para que reescriban las facturas por 500 denarios menos que lo que debían en un principio, lo cual era una suma considerable. Después de estafar al dueño para enriquecerse él, malversa 1.000 denarios, solo que esta vez no lo hace para embolsarse él el dinero, sino para que esos hombres se formen una buena opinión de él y posiblemente le den trabajo cuando se enteren de que ha sido despedido.
Los deudores se marchan felices de que el terrateniente sea tan desprendido y además encantados con el administrador, a quien pueden haber atribuido que convenció al dueño para que tuviera un gesto tan generoso.
En cierto modo el administrador ha puesto al propietario en un dilema. Una vez que este se entere de que el administrador ha alterado las cantidades que le deben, legalmente tiene derecho a no reconocer la cifra rebajada y a exigir que se le pague la cantidad original en el tiempo de la cosecha. Por otra parte, si deja sin efecto las facturas enmendadas, esa buena impresión que acaba de causar a los arrendatarios se perderá. Y cuando los demás vecinos del pueblo se enteren —e indudablemente se enterarán—, también ellos dejarán de tener un buen concepto de él.
El gerente vuelve a robar al propietario, pero es tan astuto que lo hace de una manera que es ventajosa para él mismo y que a la vez beneficia al dueño. La parábola termina con estas palabras:
Y alabó el amo al mayordomo malo por haber actuado sagazmente (Lucas 16:8).
Aquí dice claramente que el administrador es malo, de modo que no se puede inferir que el amo lo elogie por ser bueno o justo o por estar arrepentido. El patrón lo aplaude por su astucia; en otras palabras, por su inteligencia y su habilidad en los tratos. Lo que hizo estuvo mal, y su castigo fue perder su trabajo; pero recibe alabanzas por haber juzgado acertadamente el carácter y la manera de ser del patrón y haber ideado un plan hábil e ingenioso.
El proceder del administrador o gerente hizo que el patrón y él quedaran bien con los arrendadores. Lo más natural también es que la comunidad se enterara de la increíble generosidad del propietario. Con el tiempo probablemente debió de trascender lo que había hecho el administrador, y es de suponer que los vecinos debían de ser conscientes de que el propietario podría haberlo castigado y haber vendido a su familia, y no lo hizo. Si bien es poco probable que al administrador lo contrataran como tal en la misma localidad a causa de su falta de honradez, es muy posible que lo contrataran para algún otro trabajo por su ingenio, que era lo que se proponía. Con su plan ganó él y ganó el propietario, aunque a este su «ganancia» le salió cara.
Probablemente esta parábola intrigó a los primeros que la oyeron, como tal vez hoy intrigue a quienes ven una película o leen un libro sobre un ladrón que concibe un plan sumamente ingenioso, complejo y original. Pero también debieron de entender que el propietario era bueno y generoso.
Cuando termina la parábola propiamente dicha, Jesús dice algo más a modo de aplicación:
El patrón elogió al administrador de riquezas mundanas por haber actuado con astucia. Es que los de este mundo, en su trato con los que son como ellos, son más astutos que los que han recibido la luz. Por eso os digo que os valgáis de las riquezas mundanas para ganar amigos, a fin de que cuando estas se acaben haya quienes os reciban en las viviendas eternas (Lucas 16:8,9).
En esta declaración —por cierto, nada fácil de entender— Jesús compara a los de este mundo con los que han recibido la luz. Los de este mundo son más astutos que los de la luz en su trato con otras personas, pues ellos, como el administrador, saben desenvolverse en el sistema imperante en el mundo. Saben hacer buenos negocios, ganar dinero, adquirir riqueza y tener éxito de acuerdo con los usos y principios del mundo.
Sin embargo, a los que han recibido la luz Jesús les dice que obren con prudencia de acuerdo a una serie de principios distintos, los del reino de Dios, fundados en la naturaleza de Dios, que es amorosa, generosa y clemente. Deben comportarse de acuerdo con la voluntad de Dios y actuar con amor y generosidad hacia el prójimo a fin de hacerse ricos para con Dios y acumular tesoros en el Cielo (Mateo 6:19–21).
A los creyentes se les enseña a usar el dinero y la riqueza de este mundo para ganarse amigos en este mundo. En otras palabras, se les manda que hagan buenas acciones con su dinero, que practiquen la generosidad, que compartan, que den a los necesitados, que ayuden a las personas que puedan. Llegará el día en que el dinero perderá todo valor e importancia, el día en que pasemos de esta vida a la otra. Si nos regimos por los principios del reino de Dios, cuando lleguemos al Cielo las personas a las que hayamos ayudado y que hayan muerto antes que nosotros nos recibirán en nuestras moradas eternas.
En esta parábola Jesús enseña sobre la naturaleza de Dios, que es misericordioso y generoso como el terrateniente. Señala que los creyentes deberían aprender algo del administrador injusto. Si bien lo que este hizo estuvo claramente mal, al menos entendió la forma de ser del propietario y actuó en consecuencia. ¡Cuánto más nosotros, los cristianos, deberíamos ser conscientes del carácter amoroso y generoso de Dios y vivir con gran fe en Su amor, misericordia y generosidad! Y al mismo tiempo, emular Sus atributos practicando la generosidad y el perdón.
Todos necesitamos dinero para vivir, para cuidar de nosotros y de nuestra familia; pero aprovechar una parte de lo que hemos tenido la bendición de recibir y destinarla a ayudar a los demás es una forma de hacer amistad con otros, de hacerles saber que Dios los ama y quiere bendecirlos. Al compartir nuestros recursos, reflejamos la generosidad de Dios y así no solo ayudamos al prójimo, sino que también nos hacemos tesoros en el Cielo.
Es posible que no tengamos muchos bienes de este mundo que compartir con los demás; no obstante, poseemos abundantes riquezas que son mucho más valiosas que el simple dinero: la verdad de la Palabra de Dios, el amor de Dios y el conocimiento de cómo entrar a una relación salvadora con Él por medio de Jesús. Es posible que ahora mismo no estés en condiciones de ayudar económicamente al prójimo, pero puedes ofrecer tu tiempo, tu asistencia, tus oraciones, tu consuelo y tu amor.
Cada uno de nosotros tiene las verdaderas riquezas de la justicia: las buenas nuevas de la salvación, las cuales podemos compartir libremente con los demás. Compartamos con los necesitados las bendiciones materiales y espirituales que hemos recibido, a fin de que lleguen a conocer a nuestro amoroso y generoso Dios y a Su maravilloso Hijo, Jesús.
Publicado por primera vez en agosto de 2014. Adaptado y publicado de nuevo en junio de 2026.
1 Kenneth E. Bailey, Jesús a través de los ojos del Medio Oriente (Grupo Nelson, 2012).
2 Klyne Snodgrass, Stories With Intent (Eerdmans, 2008), 406–409.
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