Boda y vino
by Peter Amsterdam
[The Wedding and the Wine]
En el segundo capítulo, el Evangelio de Juan narra el primer milagro que Jesús hizo cuando asistió a la boda de Caná de Galilea. Caná era una ciudad a unos catorce kilómetros al norte de Nazaret, y la ciudad natal de Natanael, uno de los primeros discípulos de Jesús (Juan 21:2). María, la madre de Jesús, estaba en la boda, y Jesús y Sus discípulos también habían sido invitados (Juan 2:1–2).
La costumbre de la época era que los festejos nupciales duraran hasta siete días, y muchos amigos de la novia y del novio se quedaban de principio a fin. Mucho antes de la celebración de la boda, la pareja habría celebrado el desposorio, compromiso legalmente vinculante que solo podía romperse mediante un procedimiento de divorcio. El día de la boda era aquel en que el novio se llevaba a su casa o a la de sus padres a la novia.
Los textos judíos hablan de la importancia del vino en las festividades, por ejemplo en las bodas. En el antiguo Mediterráneo, se agregaba agua al vino que se servía con las comidas, por lo general de dos a cuatro partes de agua por cada una de vino. Los invitados a la boda solían beber hasta bien entrada la noche, y era socialmente inaceptable no cumplir a cabalidad con el deber de hospitalidad ofreciendo suficiente comida y bebida para los festejos. Quedarse sin vino habría sido un estigma social, algo de lo que la gente habría chismorreado durante años1. Sin embargo, eso fue precisamente lo que sucedió en esa boda a la que Jesús asistió:
«Y faltó vino. Entonces la madre de Jesús le dijo: "No tienen vino"» (Juan 2:3). Tras escuchar a Su madre, Jesús responde: «¿Qué tiene que ver esto con nosotros, mujer? Aún no ha llegado Mi hora» (Juan 2:4).
Esto se puede interpretar como una reconvención, parecida a la que Jesús le dirigiría al oficial cuyo hijo estaba a punto de morir. En ese otro caso, Jesús dijo: «Si no veis señales y prodigios, no creeréis» (Juan 4:48), tras lo cual sanó al niño. De la misma manera, la contestación que le dio a Su madre no fue una negativa a actuar.
El erudito bíblico Craig Keener propone: «El principal motivo de esa reconvención tiene que ser que la madre de Jesús no entiende lo que esa señal le va a costar a Él: esa señal lo encamina hacia Su hora, hacia la cruz»2. Philip Yancey escribe: «Comenzaría a andar un reloj que no se detendría hasta el Calvario».
No era común que Jesús llamara «mujer» a Su madre, pero tampoco era irrespetuoso. Se dirigió de esa misma manera a otras mujeres en distintas ocasiones, siempre de manera respetuosa3. Tal vez esa forma de expresarse indica que Jesús estaba marcando una cierta distancia entre Él y Su madre, y que Su relación con ella estaba cambiando ahora que se iniciaba Su vida pública. En cierto modo es similar a la declaración pública que hizo: «Todo aquel que hace la voluntad de Dios, ese es Mi hermano, Mi hermana y Mi madre» (Marcos 3:34–35).
La respuesta de Jesús a Su madre cuando le dice que Su hora aún no había llegado, lo más probable es que se refiera a Su muerte, a Su llamado mesiánico, como en la mayoría de las veces en que habla de Su muerte o de asuntos relacionados con ella.
Después de hablar con María, ella le dijo a los siervos: «Hagan todo lo que Él les diga» (Juan 2:5). Con ello muestra su expectativa de que Jesús actúe, de que haga algo para remediar la situación. María actúa con fe y de esa manera establece un modelo de oración: presenta la necesidad y confía en que Dios responderá conforme a Su voluntad.
«Había allí seis tinajas de piedra para agua, dispuestas para el rito de purificación de los judíos; en cada una de ellas cabían dos o tres cántaros. Jesús les dijo: "Llenad de agua estas tinajas". Y las llenaron hasta arriba». (Juan 2:6–7).
Las tinajas de agua eran para los ritos de purificación. El Evangelio de Marcos se refiere al tema diciendo: «Pues los fariseos y todos los judíos, aferrándose a la tradición de los ancianos, si no se lavan muchas veces las manos, no comen» (Marcos 7:3–4).
Las tinajas eran recipientes grandes en los que se guardaba el agua necesaria para los frecuentes lavamientos que debían hacer las personas para estar ritualmente limpias. Tanto el agua como las tinajas debían estar ritualmente limpias. Si se contaminaban de alguna manera, ambas se volvían ritualmente impuras. Cuando eso ocurría, si la tinaja era de barro, había que romperla. Si era de piedra, podía limpiarse y volverse a utilizar (Levítico 11:32). Generalmente en las casas había una o dos tinajas de agua; para una ocasión como esta, probablemente pidieron prestadas algunas a vecinos del pueblo.
Como se puede ver a lo largo de los Evangelios, aunque Jesús por lo general respetaba la ley judaica, solía privilegiar las necesidades de las personas por sobre la observancia de la Ley4. En esta ocasión, Jesús claramente siente que es más importante ahorrarle al novio la humillación de quedarse sin vino, y a los invitados la insatisfacción, que observar la tradición de la purificación por agua.
Las instrucciones de Jesús sobre el llenado de las tinajas eran fáciles de dar, no tanto de ejecutar. Seis tinajas con capacidad para dos o tres cántaros (entre 75 y 113 litros) de agua representaban entre 450 y 678 litros de agua en total, que pesarían entre 450 y 678 kilos. Aunque supusiéramos que las tinajas no se encontraban del todo vacías, probablemente el agua para llenarlas hasta el borde tenía que sacarse del pozo del pueblo y acarrearse hasta la casa. Cuando terminaron se produjo el milagro de una manera que no llamó la atención.
Entonces Jesús dijo a los sirvientes: «“Sacad ahora un poco y presentadlo al encargado del banquete”. Y se lo presentaron» (Juan2:8). Lo más probable es que el encargado del banquete fuera el padrino de bodas o alguien cercano al novio que se preocupaba del entretenimiento y de la música y que, como parte de sus funciones, determinaba en qué medida debía diluirse el vino. Seguramente dicho maestro de ceremonias había observado beber a los invitados; debía de saber que estos tienden a beber más al principio del banquete, y que conforme progresara la velada sus sentidos estarían algo embotados, con lo que se podía servir un vino peor sin que se apreciara su inferior calidad.
«Cuando el encargado del banquete probó el agua hecha vino, sin saber de dónde era (aunque sí lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua), llamó al esposo y le dijo: “Todo hombre sirve primero el buen vino, y cuando han bebido mucho, el inferior; sin embargo, tú has reservado el buen vino hasta ahora”» (Juan 2:9–10).
El encargado del banquete, sin saberlo, estaba verificando el milagro que obró Jesús. No tenía ni idea de que el vino lo habían sacado de las tinajas de agua; solo sabía que era de mejor calidad que el que se había servido hasta ese momento. A estas alturas los criados ya debían de haberse percatado de que había ocurrido un milagro, pero no hay ninguna indicación de que los demás fueran conscientes de ello, quizás exceptuando a María. Más tarde se nos dice que los discípulos también se enteraron.
En este relato, Jesús realizó el asombroso milagro de alterar la composición molecular del agua, transformándola así en vino. En términos actuales, Jesús proporcionó entre 600 y 904 botellas de buen vino. ¡Menudo regalo de bodas! Al ver la necesidad, contribuyó milagrosa y generosamente, como le veremos hacer de nuevo al alimentar a las multitudes.
El evangelista termina con estas palabras: «Este principio de señales hizo Jesús en Caná de Galilea, y manifestó Su gloria; y Sus discípulos creyeron en Él» (Juan 2:11). El Evangelio de Juan llama «señales» a las obras o milagros que hizo Jesús. El vocablo griego que se tradujo como señal en este contexto significa «milagro o prodigio por el que Dios acredita a una persona por Él enviada».
Otra ocasión en que las señales que hacía Jesús fueron interpretadas como acreditación por parte de Dios fue cuando Nicodemo dijo: «Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede hacer estas señales que Tú haces, si no está Dios con él» (Juan 3:2). Las señales que hacía Jesús mostraban que Dios estaba obrando por medio de Él; eran señales que venían de Dios y señalaban hacia Dios, y por consiguiente generaban fe. En este caso, los discípulos que estaban con Él «creyeron en Él».
Las señales también revelaron la gloria de Jesús. Antes, en este mismo evangelio, dice que «el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros lleno de gracia y de verdad; y vimos Su gloria, gloria como del unigénito del Padre» (Juan 1:14). En su relato de la primera señal que hizo Jesús de convertir el agua en vino, Juan dice que con ella manifestó Su gloria. Lo mismo que con el último milagro que refiere su evangelio: la resurrección de Lázaro, donde «Jesús le dijo (a Marta): “¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?”» (Juan 11:40).
Con este primer milagro, nos hacemos una idea de lo que quería decir Jesús al declarar: «De cierto, de cierto os digo: Desde ahora veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subiendo y bajando sobre el Hijo del hombre» (Juan 1:51).
Publicado por primera vez en abril de 2015. Adaptado y publicado de nuevo en julio de 2026.
1 Craig S. Keener, The Gospel of John: A Commentary (Baker Academic, 2003), 501–502.
2 Keener, The Gospel of John, 504.
3 V. Juan 4:21, 20:13–15; Mateo 15:28; Lucas 13:12.
4 Véase, por ejemplo, Mateo 12:1–8; Marcos 3:1–5; Lucas 13:10–17; Juan 5:1–18.