La naturaleza de Dios: Benignidad
Peter Amsterdam
[The Nature of God: Gentleness]
La benignidad se menciona a lo largo de la Escritura en alusión a Jesús y también a Su Padre. También figura como parte del fruto del Espíritu Santo. «El fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, [...] benignidad [...]. (Gálatas 5:22,23).
El profeta Isaías, al describir el poder de Dios, también habló de Su benignidad o ternura: «Como pastor apacentará Su rebaño. En Su brazo llevará los corderos, junto a Su pecho los llevará; y pastoreará con ternura a las recién paridas» (Isaías 40:11).
El rey David, al exaltar al Señor y todo lo que había hecho, incluyó una mención a la benignidad de Dios. «Me diste asimismo el escudo de Tu salvación; Tu diestra me sustentó y Tu benignidad me ha engrandecido» (Salmo 18:35). El apóstol Pablo se refirió a esa cualidad de Jesús cuando escribió: «Yo mismo, Pablo, les ruego por la mansedumbre y la benignidad de Cristo» (2 Corintios 10:1).
Cuando procuramos vivir la Palabra de Dios y ser más semejantes a Cristo, por lo general oraremos pidiendo humildad, paciencia, dominio propio, y la capacidad de resistir nuestros asediantes pecados. Probablemente muchos de nosotros rara vez oramos por el fruto espiritual de la benignidad. La benignidad o afabilidad suele ser algo que consideramos parte del temperamento de una persona más que una virtud cristiana, y aunque la mayoría consideraríamos pecados el descontrol, el orgullo y la impaciencia, no juzgaríamos así la falta de benignidad o suavidad.
¿Qué es entonces la benignidad? El Nuevo Testamento usa distintos vocablos griegos para expresar benignidad. El primero, epieikeia, se traduce generalmente por benigno, benignidad o gentileza, y revela una actitud considerada, atenta y amable en contraste con un ánimo caldeado que exige sus derechos. Manifiesta el rasgo de procurar la paz en tono calmado. El segundo vocablo griego que se tradujo como benignidad es praotēs, que Pabló empleó al enumerar el fruto del Espíritu. Esa palabra estaba vinculada a la esfera médica y comunicaba la idea de medicamento suave, como algo que no causa molestias estomacales. Se empleaba también con relación a animales domesticados. El autor Randy Frazee lo explica así:
Pongamos por ejemplo un caballo. Estos equinos pesan en promedio 500 kilos y tienen la capacidad de causar un daño grave o hasta de matar a un ser humano. No obstante, podemos acercarnos a la inmensa mayoría de los caballos, acariciarlos, montarlos y considerarlos dóciles. ¿Es eso fiel reflejo de su poderío y fuerza? No. Es un indicador de su naturaleza: lo que llegan a ser después de domados. Para el caballo la mansedumbre se traduce en que permite que se dominen su potencia y su fuerza. La persona benigna o afable no es un ser débil; es más bien un ser fuerte, seguro y maduro. Los benignos emplean su fuerza para enfrentar verdaderos gigantes y acometer empresas difíciles, pero optan por no llevarse por delante a los demás1.
La benignidad conlleva poder bajo control. Podemos valernos de nuestras palabras y actos para herir, rebajar o desalentar a los demás. O, usando la benignidad, podemos actuar en beneficio de los demás, con el ánimo de levantarlos e influir en ellos para bien. Aun cuando sea preciso señalar a alguien un comportamiento incorrecto, lo podemos hacer de manera amorosa y alentadora. El apóstol Pablo escribió: «Si ven que alguien ha caído en algún pecado, ustedes que son espirituales deben ayudarlo a corregirse. Pero háganlo amablemente» (Gálatas 6:1).
La benignidad se manifiesta siendo considerados con los demás, teniendo con ellos una actitud amable y tratándolos con ternura y gentileza. La benignidad supone demostrar activamente bondad y afabilidad hacia los demás tratándolos de manera que refleje consideración y cariño por ellos. La persona benigna es considerada, amigable y de temperamento afable. Tal persona no hace uso de la fuerza para lograr lo que se propone; más bien demuestra una bondad humilde y legítima en sus interacciones y relaciones con los demás.
La benignidad puede llegar a ser un concepto particularmente difícil de asimilar para los hombres, toda vez que a los hombres no se nos exige ser benignos, pero sí varoniles. Con frecuencia a la afabilidad y la benignidad se las considera señales de debilidad que contrastan con ser duro, agresivo e inflexible. Sin embargo, en lugar de constituir una debilidad, la benignidad es francamente una fuerza que se aprovecha y se maneja con prudencia y con amor. Vemos este concepto expresado en versículos como este: «La respuesta suave aplaca la ira, pero la palabra áspera hace subir el furor» (Proverbios 15:1).
Cuando una persona que se conduce con benignidad sale en defensa de la verdad y los principios divinos, lo hace con humildad y gentileza. La benignidad se aplica cuando testificamos y enseñamos o explicamos nuestra fe, y cuando defendemos nuestras creencias. «Manténganse siempre listos para defenderse, con mansedumbre y respeto, ante aquellos que les pidan explicarles la esperanza que hay en ustedes» (1 Pedro 3:15). «El siervo del Señor no debe ser amigo de contiendas, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido. Debe corregir con mansedumbre a los que se oponen» (2 Timoteo 2:24,25).
Necesitamos la ayuda y el poder del Espíritu Santo para ser afables y benignos en el modo de expresarnos, sobre todo cuando nos vemos ante un enfrentamiento o existen opiniones discrepantes. En momentos así es fácil salirse de las casillas y ventilar palabras airadas, crueles o desdeñosas. Así y todo, ese fruto del Espíritu Santo, la benignidad, nos da el poder para responder con paciencia y respeto a los demás y demostrarles bondad, independientemente de la situación.
Conviene recordar la benignidad de Jesús, la cual se aprecia en episodios como la interacción que tuvo con la samaritana junto al pozo, lo que fue una ruptura con la cultura y las tradiciones, ya que los judíos y los samaritanos no se trataban entre sí. Jesús no la censuró, sino que la trató con amor y respeto (Juan 4:4–29). Al leer el relato de la mujer sorprendida en adulterio, vemos que Jesús tampoco la condenó, sino que la amó y la perdonó (Juan 8:1–11). Al percatarse del trato áspero que Marta tuvo hacia su hermana María, Él abordó la situación con benignidad (Lucas 10:40–42).
Vemos la benignidad de Dios en el perdón que nos otorga por nuestros pecados, en la misericordia que nos manifiesta, en la suprema paciencia que tiene con nosotros y la inquebrantable fidelidad que nos demuestra. Es amable y cariñoso con nosotros. Se lo llama «Padre de misericordias y Dios de toda consolación» (2 Corintios 1:3). Mientras meditamos en la benignidad de Dios y lo alabamos por Su bondad que nos manifiesta cada día, es un buen recordatorio de que somos llamados a imitar Su benignidad en nuestra relación con los demás.
Ser benigno no significa ser ingenuo o crédulo. Jesús enseñó a Sus discípulos a ser prudentes como serpientes y sencillos como palomas (Mateo 10:16). La benignidad no es dejar que la gente se aproveche de nosotros y nos manipule para sus propios fines, así como tampoco debemos claudicar ante otras personas en asuntos en los que nos corresponde adoptar una actitud firme y no transigir. No obstante, podemos ser afables y benignos en el planteamiento de nuestra postura, aun cuando se trata de defender un principio moral. La benignidad debería aplicarse con buen juicio y buen criterio.
¿De qué maneras se manifiesta la benignidad? Es visible al demostrar respeto por la dignidad de las personas. Es consideración; tiene en cuenta que otros son distintos a nosotros y tienen diferentes opiniones y sentimientos. Y se muestra asimismo respeto por esas diferencias. Es la evitación del habla categórica y el estilo abrupto. Busca, en cambio, interactuar con sensibilidad y respeto, demostrando consideración con todos; y de ser necesario procurará cambiar una opinión equivocada haciendo uso de la persuasión y la cortesía en lugar de imponerse mediante el sometimiento o la intimidación. La benignidad se manifiesta en nuestra preocupación por los demás, poniendo empeño para que se sientan cómodos o relajados en nuestra presencia. Los trata como nos gustaría que nos trataran a nosotros, es decir, con amor, respeto y amabilidad2.
El apóstol Pablo escribió sobre la importancia conducirse con benignidad: «Les exhorto a que lleven una vida en consonancia con el llamamiento que han recibido. Sean humildes, amables, comprensivos. Sopórtense unos a otros con amor. No ahorren esfuerzos para consolidar, con ataduras de paz, la unidad, que es fruto del Espíritu» (Efesios 4:1–3). Asimismo instó a los creyentes: «Que a nadie difamen, que no sean amigos de contiendas, sino amables, mostrando toda mansedumbre para con toda la humanidad» (Tito 3:2).
A veces con quienes más nos cuesta ser benignos es con las personas más cercanas a nosotros. Nos familiarizamos en exceso y día a día nos vemos cara a cara con sus faltas, idiosincrasias y hábitos molestos. Nos ponemos irascibles, descorteses, impacientes y hasta ásperos, cuando en realidad las personas más cercanas a nosotros también merecen que los tratemos con benignidad, paciencia, cariño y consideración. Conviene recordar que nosotros también adolecemos de cantidad de fallos, hábitos e idiosincrasias que otras personas toman con benignidad y tienen la bondad de pasar por alto o tolerar pacientemente. Darse cuenta de ello ayuda a cultivar la benignidad cuando nos relacionamos con los demás.
Si queremos ser más semejantes a Cristo, debemos procurar que aumente nuestra benignidad. Jesús dijo: «Lleven Mi yugo sobre ustedes, y aprendan de Mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallarán descanso para su alma» (Mateo 11:29). Podemos ir en pos de la benignidad al preguntarnos cómo debería verse el fruto de la benignidad en nuestra vida y en nuestra relación con nuestros semejantes. ¿Nuestras actitudes y acciones, nuestra conducta y conversación exhiben benignidad? De no ser así, podemos comprometernos a cultivar este fruto del Espíritu tanto en oración como en acción en nuestra vida, de modo que podamos reflejar mejor el amor de Dios.
Es aconsejable recordar que Dios ha sido infinitamente benigno con cada uno de nosotros. Nos ama, envió a Su Hijo para morir por nosotros y nos obsequió con Su salvación. No tuvimos que hacer méritos ni esforzarnos para ganárnosla; fue un don que Él amablemente nos concedió. Que ese fruto del Espíritu se haga patente en nuestra vida, a medida que nos esforzamos para seguir «la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre» (1 Timoteo 6:11). Que la benignidad de Jesús brille a través de nosotros a medida que reflejamos Su persona y Su amor a los demás.
Publicado por primera vez en agosto de 2017. Adaptado y publicado de nuevo en julio de 2026.
1 Randy Frazee, Think, Act, Be Like Jesus (Zondervan, 2014), 210.
2 Las pautas de este párrafo son una síntesis de La devoción de Dios en acción, de Jerry Bridges (Libros Desafío, 10 de octubre de 2011).