Claves para vencer el resentimiento
Tesoros
[Keys for Overcoming Bitterness]
La Biblia habla metafóricamente del fruto pernicioso de la amargura y advierte a los creyentes que no permitan que ésta eche raíz en su vida. «Miren bien que ninguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que ninguna raíz de amargura brote y cause estorbo, y que por ella muchos sean contaminados» (Hebreos 12:15). Un poco antes de emitir esta advertencia, el autor alienta a los creyentes a que «procuren la paz con todos» (Hebreos 12:14).
La imagen de una «raíz de amargura» se refiere a un pasaje de texto del libro de Deuteronomio: «No sea que haya entre ustedes hombre o mujer, familia o tribu, cuyo corazón se aparte hoy del Señor nuestro Dios… No sea que haya entre ustedes una raíz que produzca una hierba venenosa y ajenjo» (Deuteronomio 29:18). Algunos de los frutos que puede producir dicha raíz son rabia, resentimiento, envidia, odio, incredulidad e inclemencia.
Cuando permitimos que esa raíz venenosa se esparza en nuestra vida, se nos puede endurecer el corazón y nos podemos ver afectados en todo aspecto, incluida nuestra relación con Dios y con nuestros semejantes. Cuanto más dejamos que se desarrolle, más profundamente arraigará en nuestra vida espiritual, en nuestra personalidad y en nuestras reacciones e interacciones con los demás. La Biblia nos exhorta: «Nada de acritud, rencor, ira, voces destempladas, injurias o cualquier otra suerte de maldad; destierren todo eso. Sean, en cambio, bondadosos y compasivos los unos con los otros, perdonándose mutuamente como Dios los ha perdonado por medio de Cristo» (Efesios 4:31,32).
El apóstol Pablo enuncia un importante principio para no permitir que el rencor y la amargura echen raíz: «Fortalézcanse en el Señor y en el poder de Su fuerza» (Efesios 6:10). Es decir, armarnos de la Palabra de Dios, de la oración y de Su Espíritu, con fe y confianza en el Señor, encomendándole nuestras preocupaciones y depositando nuestra esperanza en Él. Hay que recordar eso sí que permanecer cerca del Señor no es algo que hacemos exclusivamente mientras rezamos o leemos la Biblia; se trata de una relación personal con Él que en todo sentido debemos vivenciar en nuestra cotidianidad. «Porque somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para hacer las buenas obras que Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas» (Efesios 2:10).
A los cristianos se nos insta a andar «como es digno del Señor a fin de agradarle en todo; de manera que produzcan fruto en toda buena obra y que crezcan en el conocimiento de Dios» (Colosenses 1:10). Se nos pide: «Anden en amor, como Cristo también nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros» y «anden como hijos de luz» (Efesios 5:2, 8). La Biblia nos advierte, no obstante, que «el que odia a su hermano está en tinieblas y anda en tinieblas; y no sabe a dónde va porque las tinieblas le han cegado los ojos» (1 Juan 2:11).
La Biblia nos enseña que «Dios es amor. Y el que permanece en el amor permanece en Dios y Dios permanece en él» (1 Juan 4:16). Cuesta ver lo bueno en alguien a quien no amas; en cambio, si amas a alguien con el amor de Dios es mucho más fácil pasar por alto y perdonar sus faltas. «Sobre todo, tengan entre ustedes un ferviente amor, porque el amor cubre una multitud de pecados» (1 Pedro 4:8). El amor cubre de perdón el pecado.
El llamado a perdonar
Jesús puso la vara alta para el perdón como se evidencia en Sus enseñanzas, Su vida y Sus palabras en la cruz, cuando imploró perdón para quienes lo habían crucificado (Lucas 23:34). Nosotros, por ser Sus seguidores, hemos recibido el perdón del Señor y tenemos el deber de perdonar a otros. «Si perdonan a los hombres sus ofensas, su Padre celestial también los perdonará a ustedes. Pero si no perdonan a los hombres, tampoco su Padre les perdonará sus ofensas» (Mateo 6:14,15). Todos debemos pedir al Señor con humildad que nos ayude a tener misericordia de otros, sabiendo que son muchos los pecados que a nosotros mismos se nos deben perdonar. Recordar que somos pecadores y que hemos cometido muchos errores nos ayuda a perdonarnos unos a otros como Dios también nos perdonó a nosotros en Cristo (Efesios 4:32).
Aun cuando estamos haciendo todo lo posible para amar y servir al Señor, la vida no es perfecta. Mientras vivamos en un mundo imperfecto y con gente imperfecta —incluidos nosotros—, inevitablemente nos sucederán cosas difíciles o dolorosas. Cuando experimentamos fricción o contrariedades en nuestras interacciones o relaciones con los demás, la Biblia nos instruye a hacer lo que podamos para rectificar las cosas. El Señor sabe que si nos resentimos por esas ofensas no conseguiremos otra cosa que hundirnos, ocasionarnos desdicha y hacernos daño nosotros mismos.
Jesús nos enseñó qué hacer cuando alguien nos hiere o nos ofende o cuando nos enojamos con una persona. Dijo: «Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve, amonéstale a solas entre tú y él. Si él te escucha, has ganado a tu hermano» (Mateo 18:15). Ahora bien, si eres tú quien ha ofendido, debes ir a tu hermano o hermana y obedecer el precepto: «Confiésense unos a otros sus pecados, y oren unos por otros de manera que sean sanados» (Santiago 5:16). Claro que cuando te diriges a alguien para aclarar esas ofensas es importante pedir al Señor que te ayude a hacerlo con amor y humildad, y mostrarte dispuesto y abierto a escuchar todo motivo de queja o resquemor que la persona pueda abrigar en su corazón.
El Señor sabe el daño que nos puede hacer albergar esas heridas y ofensas en el corazón. Por eso dijo: «Cuando se pongan de pie para orar, si tienen algo contra alguien, perdónenlo para que su Padre que está en los cielos también les perdone a ustedes sus ofensas» (Marcos 11:25). El Señor no solo nos solicita que no guardemos ningún rencor contra nadie; también nos pide que si notamos que alguien está resentido con nosotros hagamos todo lo posible por reparar el daño (Mateo 5:23,24).
El perdón no significa hacer la vista gorda ante un agravio, una transgresión o un mal, ni continuar tampoco en relaciones tóxicas. Jesús dijo: «Si tu hermano peca, repréndele; y si se arrepiente, perdónale» (Lucas 17:3,4). Aun en caso de que ello produzca un quiebre en la relación, se nos invita a perdonar, como lo evidencia la respuesta de Jesús a Pedro cuando este le preguntó: «Señor, ¿cuántas veces pecará mi hermano contra mí y yo le perdonaré? ¿Hasta siete veces?» A lo que Jesús respondió: «No te digo hasta siete, sino hasta setenta veces siete» (Mateo 18:21,22).
Cuando empecemos a reconocer al Señor en todos nuestros caminos y a confiar en Él de todo corazón, lo tendremos presente en todo lo que afrontemos, por difícil o enredada que sea la situación (Proverbios 3:5,6). Sabemos que Dios es fiel y ha prometido que no nos dejará ser tentados más allá de lo que podamos soportar, y que cuando la tentación nos asedia, Él nos dará una salida para que podamos resistir (1 Corintios 10:13). Como criatura Suya que eres, puedes confiar en que Su mano se posará sobre tu vida y hallarás sosiego, sabiendo que Él —tu Buen Pastor— está contigo y que Su Palabra promete que «todas las cosas cooperan para bien de los que aman a Dios» (Romanos 8:28).
Puede que el Señor permita u obre a través de personas y situaciones que nos causen problemas o que pongan a prueba nuestra fe, todo para ayudarnos a crecer espiritualmente, acercarnos a Él y aprender a depender de Él. El apóstol Pedro escribió: «Tales dificultades serán una gran prueba de su fe, y se pueden comparar con el fuego que prueba la pureza del oro. Pero su fe es más valiosa que el oro, porque el oro no dura para siempre. En cambio, la fe que sale aprobada de la prueba dará alabanza, gloria y honor a Jesucristo» (1 Pedro 1:7). Al permitir que esos momentos de apuro nos acerquen al Señor, se agranda el amor que tenemos por Él. Además podemos alegrarnos «con gozo inefable y glorioso» (1 Pedro 1:8).
Da gracias al Señor por el amor y preocupación que te demuestra y porque Su mano está en nuestra vida, a pesar de las dificultades, obstáculos o pérdidas que enfrentemos. Dado que contamos con el Señor y Su amor y tenemos fe en Su Palabra, abrigamos la esperanza de que vendrán cosas mejores; además, conocemos el feliz desenlace de la historia.
Una actitud positiva y agradecida
Una de las formas de evitar que crezcan en nuestra vida raíces de amargura y resentimiento es no dar lugar a ninguna semilla de rencor ni pensamientos críticos o negativos en el jardín de nuestro corazón y nuestra mente. Si de todo corazón deseamos que el Señor cultive en nosotros Sus maravillosos y vivificantes frutos, es preciso que trabajemos codo a codo con Él «para arrancar y destruir, para arruinar y derribar» toda semilla o raíz de amargura de nuestro corazón y pensamiento (Jeremías 1:10).
El apóstol Pablo alentó a los creyentes a que «por nada estén afanosos; más bien, presenten sus peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias» (Filipenses 4:6). Seguidamente les recomendó que se hicieran el propósito de concentrar sus pensamientos en lo bueno y en cosas que honren a Dios. «Todo lo que es verdadero, todo lo honorable, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre, si hay virtud alguna, si hay algo que merece alabanza, en esto piensen». Y a medida que lo hagan, «la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará sus corazones y sus mentes en Cristo Jesús» (Filipenses 4:7,8).
Una de las lecciones que aprendemos a lo largo de la vida es a confiar en el Señor y contentarnos cualquiera que sea la situación en que nos encontremos, ya si tenemos de sobra, ya si padecemos necesidad (Filipenses 4:11,12). Los cristianos somos el pueblo más bendecido el mundo. Tenemos la promesa de la vida eterna con Dios en el Cielo, donde no habrá más muerte, dolor, lágrimas ni tristeza, y donde Él enjugará toda lágrima de nuestros ojos (Apocalipsis 21:4). Poseemos las promesas de Su Palabra que nos infunden gozo, esperanza, consuelo y paz. Gozamos del amor incondicional de Cristo, que entregó Su vida por nosotros, amén del privilegio de trabajar junto a Él en la edificación de Su reino en la Tierra. Somos favorecidos por pertenecer a Su iglesia y compartir nuestra vida y nuestra fe con nuestros correligionarios.
Que cada uno nos esmeremos por olvidar lo que queda atrás —independientemente de lo difícil, doloroso o hiriente que haya sido— y nos proyectemos hacia lo que está adelante, prosiguiendo hacia la meta, al premio del llamamiento celestial de Dios en Cristo Jesús (Filipenses 3:13,14). «Ofrezcamos siempre a Dios, por medio de Jesús, un sacrificio de alabanza» (Hebreos 13:15) mientras le agradecemos por las cosas con las que nos ha favorecido y meditamos en Su bondad.
Una oración por curación y perdón
Señor Jesús, Tu Palabra dice que cuando miramos a Ti, irradiamos de alegría y nuestro rostro no será avergonzado; que cuando clamamos a Ti nos escuchas y nos libras de todos nuestros pesares (Salmo 34:5,6). Te ruego que me sanes de mis heridas, resentimientos y ofensas, tanto los que he sufrido yo como los que han experimentado mis seres queridos. Haz que no de espacio en mi corazón ni en mi mente para que prenda ninguna raíz de amargura. Dame la fe que me hace falta para ponerlo todo en Tus amorosas manos y descargar en Ti todos mis afanes y ansiedades (1 Pedro 5:7).
Ruego sinceramente que pueda perdonar a toda persona que me haya ofendido o resentido o hacia la cual haya guardado algún rencor, a quien de algún modo nos afectó negativamente a mí o a mis seres queridos, o nos hirió o nos alteró. Te suplico que me ayudes a perdonar a otros así como Tú me has perdonado a mí (Lucas 11:4). Perdóname todos mis pecados, Señor, y ayúdame a confiar en que Tú, el autor y consumador de mi fe, actúas en todo lo que experimento en la vida (Hebreos 12:2). Que aprenda a estar siempre gozoso, a orar sin cesar y dar gracias en todo, sabiendo que esta es Tu voluntad para mí (1 Tesalonicenses 5:16-18).
Gracias por regalarme la vida y el amor, y por Tu bondad y misericordia que «me seguirán todos los días de mi vida», hasta que llegue a Tu casa, en la que «moraré por días sin fin» (Salmo 23:6). Ayúdame a confiar en Tu promesa de que harás que todo redunde en bien de los que te aman (Romanos 8:28). Te pido que me ayudes a permanecer en Tu amor a fin de que mis pensamientos, palabras y actos rebosen de los frutos de Tu Espíritu de amor, paciencia, benignidad, bondad, mansedumbre y dominio propio (Gálatas 5:22,23). En el nombre de Jesús, amén.
Publicado por primera vez en noviembre de 1990. Adaptado y publicado de nuevo en mayo de 2026. Traducción: Gabriel García V.
Artículos recientes
- Tu «sí» podría cambiarlo todo
- Llegar a ser más como Jesús
- Claves para vencer el resentimiento
- Aliento celestial para la carrera de la vida
- Las pequeñeces y lo que realmente importa
- El lavado de los pies de los discípulos
- Regocijémonos en la obra del Señor
- Un llamado a recordar
- Nunca se trató solo del pozo
- Triunfo en épocas de prueba