El llamado a ser discípulos, 2ª parte: El costo
Peter Amsterdam
[Christian Discipleship, Part 2: The Cost]
En los evangelios Jesús hizo declaraciones bastante contundentes sobre lo que significa seguirlo. Dejó claro que ser un discípulo Suyo tenía su precio, y que los requisitos no eran fáciles de cumplir. Uno se comprometía a reorientar su vida, su lealtad, sus relaciones, sus deseos y sus prioridades; y hoy en día es igual.
Ser discípulos es alinearnos con Cristo, y al hacer esa realineación nuestra escala de prioridades cambia. Si queremos ser discípulos, es preciso que le concedamos a Él el primer lugar en nuestro corazón, en nuestra vida y en nuestras decisiones. No es que lo que priorizábamos antes deje de ser importante, sino que ya no ocupa el mismo lugar.
En el Evangelio de Lucas dice: «Si alguno viene a Mí y no aborrece a su padre, madre, mujer, hijos, hermanos, hermanas y hasta su propia vida, no puede ser Mi discípulo» (Lucas 14:26). Y en el de Mateo leemos que Jesús dijo: «El que ama a padre o madre más que a Mí, no es digno de Mí; el que ama a hijo o hija más que a Mí, no es digno de Mí» (Mateo 10:37).
Sin embargo, en otros pasajes de esos mismos evangelios Jesús confirmó el mandamiento de honrar a los padres. Cuando un hombre le preguntó qué debía hacer para obtener la vida eterna, Jesús le dijo: «Guarda los mandamientos». Y cuando el individuo le pidió que le aclarara cuáles, Jesús enumeró varios de los Diez Mandamientos, incluido el que dice: «Honra a tu padre y a tu madre» (Mateo 19:16–19). En otra ocasión, Jesús reprendió a los escribas y fariseos por entregar hipócritamente dinero y otras cosas para el tesoro del templo, con lo que dejaban de estar disponibles para sus padres necesitados, mientras que ellos todavía las podían utilizar para sí (Mateo 15:4–6).
Jesús propugnó que los padres se amaran entre sí y amaran a sus hijos, y que los hijos amaran y cuidaran a sus padres. Por consiguiente, Su declaración de que Sus seguidores deben aborrecer a los miembros de su propia familia debe interpretarse dentro del contexto más amplio de lo que dijo acerca de las relaciones familiares. Cuando Jesús habló de aborrecer a padre, madre, cónyuge e hijos, no se refería a hacerlo literalmente. Ese llamado a aborrecer es un llamado a «amar menos en comparación», como se observa en otros pasajes de las Escrituras.
En el Evangelio de Mateo se presenta la misma idea que en el de Lucas, pero desde la perspectiva de no amar a los padres más que a Jesús (Mateo 10:37).
El discipulado consiste en darle a Jesús la prioridad número uno en nuestros afectos y lealtades. No se nos pide un amor excluyente, sino que ese llamamiento nos hace jerarquizar lo que amamos y concederle a Jesús el primer lugar. Jesús dio ejemplo de priorización cuando antepuso Su misión a Su madre y Sus hermanos. «Su madre y Sus hermanos vinieron a Él; pero no podían llegar hasta Él por causa de la multitud. Y se le avisó, diciendo: “Tu madre y Tus hermanos están fuera y quieren verte”. Él entonces respondiendo, les dijo: “Mi madre y Mis hermanos son los que oyen la palabra de Dios y la obedecen”» (Lucas 8:19–21).
Si bien un discípulo debe honrar a sus padres, Dios tiene prioridad sobre ellos. Cuando Él llama a alguien para que lo siga, si los padres se oponen, el discípulo entiende que, aunque ame a sus padres, su llamamiento es amar más a Dios y por tanto seguirlo a pesar de las objeciones de sus padres. Muchos de los que siguieron a Jesús cuando Él estuvo en la Tierra, así como otros que se unieron a la iglesia después de Su resurrección, en los decenios subsecuentes, se vieron apartados de su familia, por considerarse que habían abandonado la práctica correcta de la fe judía o el sistema de creencias religiosas en el que se criaron.
Las Escrituras enseñan: «Si alguno está en Cristo, nueva criatura es» (2 Corintios 5:17). Parte de esa nueva vida en Cristo consiste en ajustar nuestra escala de prioridades. No abandonamos por completo nuestros demás afectos, lealtades y obligaciones, sino que entendemos que hemos establecido una relación con Dios que se ha convertido en nuestra relación primaria.
Aunque Jesús nos llamó a amar a Dios por sobre todas las cosas, también nos mandó amar al prójimo. A la pregunta: «¿Cuál es el primer mandamiento de todos?» Jesús respondió: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas». […] «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Concluyó diciendo: «No hay otro mandamiento mayor que estos» (Marcos 12:28–31). Debemos amar a Dios por encima de todo y también amar a los demás; lo que incluye a nuestros parientes y a los más cercanos a nosotros.
Otro aspecto en el que Jesús enseñó que se pide a los creyentes que le profesen ante todo fidelidad a Él, es en nuestra riqueza material. En el relato del joven y adinerado dirigente, Jesús enseñó que eso incluye ponerlo a Él por encima de nuestros bienes materiales. Los tres evangelios sinópticos cuentan que el joven dirigente le preguntó a Jesús qué debía hacer para tener vida eterna1. Aunque había guardado los mandamientos, él sentía que le faltaba algo, y le preguntó a Jesús qué más debía hacer. «Entonces Jesús, mirándolo, lo amó y le dijo: “Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme”» (Marcos 10:21).
El joven, había observado la mayoría de los mandamientos; sin embargo, había uno fundamental, que no estaba dispuesto a cumplir: «No tendrás dioses ajenos delante de Mí»(Deuteronomio 5:7). Leemos que «él, afligido por esta palabra, se fue triste, porque tenía muchas posesiones» (Marcos 10:22). Otras versiones dicen que «quedó muy desilusionado», «se desanimó», «puso cara larga». Optó por servir a sus riquezas en vez de servir a Dios. Sus riquezas terrenales eran para él más importantes que su «tesoro en el cielo».
Los discípulos quedaron asombrados por el comentario que hizo Jesús después de que se fuera el joven dirigente: «¡Cuán difícilmente entrarán en el reino de Dios los que tienen riquezas!» (Marcos 10:23–25). Pedro, hablando por los discípulos, dijo a Jesús: «Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido». Y Jesús respondió con una magnífica promesa:
«De cierto os digo que no hay nadie que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por causa de Mí y del evangelio, que no reciba cien veces más ahora en este tiempo: casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y tierras, aunque con persecuciones, y en el siglo venidero la vida eterna» (Marcos 10:28–30).
Pedro habló en nombre de los discípulos y señaló que ellos habían hecho lo que el hombre rico no había querido hacer. Jesús les aseguró que los que atendieran Su llamado, recibirían una gran recompensa, tanto en esta vida como eternamente. Los que han puesto a Cristo por encima de sus pertenencias, parientes, casas y tierras serán premiados en esta y en la otra vida.
El discipulado es un llamado a reordenar lo que es importante para nosotros y a lo que damos prioridad número uno en nuestra vida. El llamado es dar a Jesús el primer lugar en nuestro corazón y en nuestra vida, y seguirlo a donde guíe a cada uno y a lo que es Su voluntad para nuestra vida; eso será algo personal. Hacemos que Su reino sea una prioridad en nuestra vida y en nuestras decisiones a medida que respondemos a Su llamado: «Busquen primero Su reino y Su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas» (Mateo 6:33).
Publicado por primera vez en septiembre y octubre de 2017. Adaptado y publicado de nuevo en mayo de 2026.
1 Véase Mateo 19:16–30, Marcos 10:17–30 y Lucas 18:18–30.
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