Salvada por el sufrimiento
Lysa TerKeurst
Me desperté en lo que pensé que sería un lunes normal hace unos veranos atrás, pero nada era normal.
Sentí como si unos cuchillos se abrieran camino sin piedad a través de mis entrañas. Oleadas de náuseas me dejaron convulsionando y desesperada por un alivio. Traté de salir de la cama, pero colapsé y grité.
Mi familia me llevó rápidamente a la sala de emergencias, donde todos esperábamos que pudiera encontrar algo de alivio y ayuda. Pero cuando el pánico dio paso a la desesperación, clamé a Dios para que me ayudara: «¡Quita el dolor! ¡Por favor, Dios mío, quita este dolor!»
Pero no lo hizo. No en ese momento. No en el siguiente. Ni siquiera al día siguiente.
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