La correcta motivación
Peter Amsterdam
[Right Motivation]
En el capítulo 6 del evangelio de Mateo, Jesús empieza así esta parte del Sermón del Monte: «Guárdense de hacer su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos. De lo contrario, no tendrán recompensa de su Padre que está en los cielos» (Mateo 6:1).
Como se expresa en las Escrituras, aquí la palabra justicia se refiere a costumbres y prácticas religiosas, que en los ejemplos de Jesús son la generosidad con los necesitados, la oración y el ayuno. Esos tres ejemplos presentan actos que los creyentes realizan como expresión de su fe. Jesús dice que no debemos hacer esas cosas con el ánimo de ser vistos por los demás.
La palabra griega traducida aquí como ser vistos es una forma de un verbo que significa «mirar, observar atentamente, fijarse en una persona importante que es objeto de admiración». Más adelante en Mateo dice que Jesús fustigó a los fariseos por eso mismo: «Hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres» (Mateo 23:5).
Anteriormente en el Sermón Jesús ha dicho que el efecto de la forma de vivir de los discípulos debería ser que otras personas vean sus buenas obras y glorifiquen a su Padre que está en los cielos (Mateo 5:16). Podría parecer que eso contradice lo que enseña aquí en el capítulo 6. La diferencia radica en el hecho de que antes Jesús se refería a todo el temperamento y estilo de vida de los discípulos, mientras que en esta parte del Sermón el tema son puntualmente las prácticas y deberes religiosos.
R. T. France explica:
[Este] pasaje alude a la búsqueda deliberada de reconocimiento público, mientras que el versículo [Mateo] 5:16 es la síntesis de un penetrante estudio del carácter de los auténticos discípulos, centrado en sus cualidades esenciales. Los que viven de esa manera serán inevitablemente, quieran o no, «una ciudad asentada sobre un monte, [que] no se puede esconder». Y así como la consecuencia de la ostentación religiosa es la ansiada recompensa del aplauso humano, la resplandeciente luz del modo de vida de los discípulos motiva a la gente a glorificar a Dios en vez de alabarlos a ellos1.
Como discípulos, nos esforzamos por reflejar a Dios con nuestra manera de vivir; pero eso es muy distinto de procurar llamar la atención cuando oramos, damos limosna, etc., todo con la intención de que la gente se fije en nosotros y nos admire.
El primer ejemplo que Jesús presenta menciona dar a los necesitados: «Cuando, pues, hagas obras de misericordia, no hagas tocar trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles para ser honrados por los hombres. De cierto les digo que ellos ya tienen su recompensa» (Mateo 6:2).
Las Escrituras mandaban ayudar a los pobres como un componente importante de la fe judía. En Deuteronomio leemos: «Nunca faltarán pobres en medio de la tierra; por eso Yo te mando: “Abrirás tu mano a tu hermano, al pobre y al menesteroso en tu tierra”» (Deuteronomio 15:11).
Sobre este tema, R. T. France escribe:
En el siglo I ya existía un sistema bien organizado para ayudar a los necesitados, que operaba desde las sinagogas y ofrecía algo de lo que nuestros modernos sistemas estatales de previsión social aspiran a ofrecer. El financiamiento de ese sistema dependía de los aportes de los miembros de la comunidad, algunos entregados en cumplimiento de las reglas sobre el «diezmo para los pobres» (Deuteronomio 14:28–29) aunque también intervenía de una manera importante la iniciativa privada2.
Es evidente que Jesús esperaba que Sus discípulos ayudaran a los pobres. No comienza diciendo: «Si das», sino: «Cuando des». Pinta una imagen de un individuo que hace tocar la trompeta cuando da, a fin de llamar la atención y ser admirado por su generosidad. Jesús censura esa práctica. Denuncia la hipocresía de los que se centran en la generosidad con fines de autopromoción, más que para ayudar a los pobres. Se engañan a sí mismos porque hacen algo bueno al ayudar a los pobres, pero por malos motivos. Cuando demos a los pobres, debemos hacerlo por amor, por compasión y por cumplir los mandamientos de Dios, nunca como una forma de mejorar nuestra imagen.
En cuanto a los que lo hacen con la intención de que la gente se fije en ellos, Jesús dice: «De cierto les digo que ellos ya tienen su recompensa» (Mateo 6:2). Sabemos que es importante porque Él comienza la frase con la expresión solemne: «De cierto les digo». Y el mensaje es importante: Los que dan con el propósito de ser objeto de atención y elogios ya tienen toda la recompensa que van a recibir. A fin de cuentas, eso es justamente lo que buscan.
Habiendo explicado lo que no se debe hacer, Jesús describe la actitud con la que debemos realizar nuestro servicio a Dios, en este caso dar a los necesitados. «Cuando tú des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha, para que sea tu limosna en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará en público» (Mateo 6:3,4).
Por supuesto que en sentido literal es imposible que una mano no sepa lo que hace la otra. Jesús se sirve de esa imagen para dejar bien claro que, aparte de que no se debe practicar la generosidad para recibir elogios de la gente, ni siquiera debemos dar importancia al hecho de prestar ayuda ni felicitarnos por hacerlo.
John Stott escribió sobre este tema:
La ofrenda cristiana debe caracterizarse por la abnegación y el olvido de uno mismo, no por la autosatisfacción. Al dar al necesitado no debemos buscar ni la alabanza de los hombres ni motivos para autoelogiarnos, sino más bien la aprobación de Dios3.
Aunque nuestros gestos de generosidad sean actos de misericordia que realizamos en cumplimiento del mandamiento de Dios, para reflejar Su manera de ser, para Su gloria y no la nuestra, eso no significa que no sean premiados. «Tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará» (Mateo 6:4).
Cuando «hacemos nuestra justicia» —es decir, cuando cumplimos lo que nos manda nuestra fe, cultivamos nuestra espiritualidad mediante la oración, adoramos a Dios, permanecemos en Su Palabra y realizamos gestos de misericordia con la debida actitud— Dios lo ve y nos premia. Jesús aquí no precisa en qué consisten las recompensas, pero a lo largo de los Evangelios las menciona en repetidas ocasiones y por Sus descripciones dan la impresión de estar generosamente desproporcionadas con nuestros actos. «Su señor le dijo: «Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré. Entra en el gozo de tu señor» (Mateo 25:21). «El Rey dirá a los de su derecha: “¡Vengan, benditos de mi Padre! Hereden el reino que ha sido preparado para ustedes desde la fundación del mundo”» (Mateo 25:34). «Amen a sus enemigos y hagan bien y den prestado sin esperar ningún provecho. Entonces la recompensa de ustedes será grande» (Lucas 6:35).
Sean cuales sean nuestras recompensas eternas, cuando practicamos la generosidad con la correcta motivación recibimos en premio la satisfacción de haber obedecido a Dios, de que alguien se benefició de lo que le dimos —ya fuera tiempo, dinero u oración— y de que lo que hicimos por el más insignificante de los hermanos de Jesús es como si lo hubiéramos hecho por Él (Mateo 25:40).
Seguidamente, Jesús señaló una cuestión similar sobre la oración: «Cuando ustedes oren, no sean como los hipócritas, que aman orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos por los hombres. De cierto les digo que ya tienen su recompensa» (Mateo 6:5).
Las oraciones que hacía la gente «de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles» eran las habituales que recitaban los judíos practicantes tres veces al día. Esas oraciones se recitaban al levantarse, a la hora del culto de la tarde en el templo (hacia las 3 p. m.) y antes de acostarse. Donde fuera que uno estuviera a la hora de hacer esas oraciones, debía hacer una pausa y orar.
Jesús no se muestra contrario a esas oraciones, ni siquiera a rezar en público, sino que censura a los que se organizaban a propósito para que cuando llegara la hora de la oración a las 3 p. m. estuvieran en algún lugar prominente donde se los viera orar. Como ya hizo con los que daban limosna para ser vistos, denuncia a los que oran con fines de autopromoción.
Orar en público no tiene nada de malo. Se hace todo el tiempo en las iglesias, en los grupos de estudio de la Biblia, en los encuentros de oración, etc. Es más, podemos orar en cualquier momento y lugar. Se nos manda: «Oren sin cesar» (1 Tesalonicenses 5:17). Aquí Jesús hace hincapié en la intención o el motivo, y concretamente pone de relieve que está mal hacerlo «para ser vistos por los hombres». Al igual que en el ejemplo anterior de dar para que los demás lo vean, dice que los que rezan con ese propósito ya tienen toda su recompensa —la atención y el aplauso de la gente— y no recibirán ninguna de Dios en premio a sus oraciones.
A continuación Jesús describió cómo se debe orar: «Pero tú, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará en público» (Mateo 6:6).
Jesús utiliza esa imagen para retratar lo que es estar a solas con Dios. Leemos que Jesús con frecuencia pasaba ratos a solas con Su Padre, en oración (Lucas 5:16; Marcos 1:35). Por supuesto, Jesús también oró en público, y lo mismo Sus discípulos, lo cual demuestra que lo que Él denuncia no es la oración en público, sino el orar con un motivo incorrecto, buscando uno su propia gloria o queriendo llamar la atención.
Los que comulgan con Dios, que lo buscan sinceramente y acceden a Su presencia mediante la oración, por motivos puros, cuentan con la promesa de que Él, que ve y oye su oración en secreto, los recompensará. Jesús hablaba de nuestra motivación. Nuestra motivación debe ser agradar a Dios, realizar esas acciones con un corazón puro que busca intimidad y una relación con el Señor. Esa es la actitud que Él bendice.
Los cristianos tenemos una relación con Dios y nuestro deseo es hacer lo que Él nos ha mandado en las Escrituras, aquello en lo que Él se deleita: adorar, orar, ser generosos, amar al prójimo y cultivar nuestra relación con Él. Esas acciones cuando son sinceras, cuando se hacen por amor al Señor, para Su gloria, producen una transformación interior, crecimiento espiritual y madurez.
Cuando vivimos nuestra fe con el deseo de amar y agradar a Dios, de volvernos más como Él, reflejaremos Su luz y la gente verá el fruto de una vida consagrada a Él, una vida que lo glorifica. Practiquemos todos nuestra fe con la correcta motivación, para que nuestro Padre que ve en lo secreto nos recompense (Mateo 6:4).
Publicado por primera vez en junio de 2016. Adaptado y publicado de nuevo en septiembre de 2026.
1 R. T. France, The Gospel of Matthew (Grand Rapids: Eerdmans, 2007), 234.
2 France, The Gospel of Matthew, 235.
3 John R. W. Stott, El Sermón del Monte, 150.
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