Más como Jesús: 2ª parte
Peter Amsterdam
[More Like Jesus—Part 2]
En el artículo anterior sobre este tema («Más como Jesús: 1ª parte») examinamos el concepto de conducirnos como Dios lo hace e imitar a Cristo, tal como se expresa en el Antiguo Testamento y en los evangelios. En esta parte, nos concentraremos en la expresión de esa misma idea en las epístolas1.
La iglesia primitiva cayó en la cuenta de que el Dios de Israel, el Dios de la alianza, había actuado en favor de la humanidad a través de la vida, muerte y resurrección de Jesús. El plan de Dios mencionado en el Antiguo Testamento estaba cumpliéndose. El objetivo era reunir, de entre todas las naciones, a un pueblo que le perteneciera a Dios, participara en el nuevo pacto y viviera a la luz del magnífico acto divino de salvación.
Mediante la salvación, los que están «en Cristo» se transforman: «Si alguno está en Cristo, nueva criatura es: las cosas viejas pasaron; todas son hechas nuevas» (2 Corintios 5:17). Por ser nuevas criaturas en Cristo, una de nuestras metas es conducirnos como tales, emular a Cristo. «Sean imitadores de Dios como hijos amados, y anden en amor, como Cristo también nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros como ofrenda y sacrificio en olor fragante a Dios (Efesios 5:1,2).
El apóstol Pablo exhortó a imitarlo a las iglesias que había establecido, así como él imitó a Cristo: «Sean ustedes imitadores de mí; así como yo lo soy de Cristo» (1 Corintios 11:1). «Los exhorto a que sean imitadores de mí. Por esto, les he enviado a Timoteo, quien es mi hijo amado y fiel en el Señor, el cual les hará recordar mi proceder en Cristo Jesús» (1 Corintios 4:16,17).
Pablo enseñó que debemos tener la misma actitud que Cristo: «No hagan nada por egoísmo o vanidad; más bien, con humildad consideren a los demás como superiores a ustedes mismos. Cada uno debe velar no solo por sus propios intereses sino también por los intereses de los demás. La actitud de ustedes debe ser como la de Cristo Jesús, quien, siendo por naturaleza Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse. Por el contrario, se rebajó voluntariamente, tomando la naturaleza de siervo y haciéndose semejante a los seres humanos» (Filipenses 2:3–7).
Emular a Cristo significa tener Su misma personalidad, lo cual se vuelve posible gracias a los frutos del Espíritu Santo en nosotros. Puede verse un modelo de tales frutos —amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio— en la vida de Jesús (Gálatas 5:22,23).
La expresión de esos rasgos de personalidad no está exenta de conflicto interno. La salvación no acaba con nuestra tendencia a pecar; no reduce automáticamente nuestra pecaminosidad. Por consiguiente, se nos exhorta a despojarnos de ciertos aspectos de nuestra vida y vestirnos de Cristo.
«Con respecto a su antigua manera de vivir, despójense del viejo hombre que está viciado por los deseos engañosos; pero renuévense en el espíritu de su mente y vístanse del nuevo hombre que ha sido creado a semejanza de Dios en justicia y santidad de verdad» (Efesios 4:22–24).
«No se mientan los unos a los otros; porque se han despojado del viejo hombre con sus prácticas y se han vestido del nuevo, el cual se renueva para un pleno conocimiento conforme a la imagen de aquel que lo creó» (Colosenses 3:9,10).
«Por tanto —como escogidos de Dios, santos y amados— vístanse de profunda compasión, de benignidad, de humildad, de mansedumbre y de paciencia; soportándose los unos a los otros y perdonándose los unos a los otros, cuando alguien tenga queja del otro. De la manera que el Señor los perdonó, así también háganlo ustedes. Pero sobre todas estas cosas, vístanse de amor, que es el vínculo perfecto» (Colosenses 3:12–14).
El autor Stanley Grenz escribe:
Los creyentes deben despojarse de una realidad y vestirse de otra. Despojarse de la carne y vestirse del espíritu. Despojarse de su antigua conducta y vestirse de la nueva. Despojarse de las obras de la carne y vestirse del Señor Jesucristo. Despojarse de las obras de las tinieblas y vestirse de las de la luz. De esa manera tan vívida describió Pablo la ética cristiana, como el abandono de la pasada manera de vivir con el fin de abrazar una nueva conducta2.
Por supuesto, ese despojarse, vestirse y conducirse de otra manera no es automático; requiere diligencia y disciplina. El apóstol Pablo habló de eso como un adiestramiento: «Serás […] criado en las palabras de la fe y de la buena doctrina». «Ejercítate para la piedad». «Persigue la justicia y la vida sujeta a Dios, junto con la fe, el amor, la perseverancia y la amabilidad» (1 Timoteo 4:6,7; 6:11).
Emular a Cristo requiere esfuerzo y disciplina. Exige un deliberado despojarse y vestirse, y hacer lo que sea preciso para alinear nuestra actitud interna con el Espíritu, la Palabra y la voluntad de Dios. Exige compromiso para crecer espiritualmente, el cual resulta en una transformación interna, permitiéndonos estar más centrados en Dios y ser más como Cristo. El deseo de hacer el esfuerzo y autodisciplinarse está motivado por nuestro amor a Jesús y nuestra gratitud por el sacrificio que Él hizo por nosotros. Peleamos la buena batalla de la fe, perseguimos la justicia, la piedad, la fe y el amor porque nos hemos consagrado a Dios, que nos reconcilió en Cristo.
Como estamos eternamente agradecidos por el amor y la compasión divinos, deseamos vivir de un modo digno: digno del llamamiento que recibimos (Efesios 4:1), digno del Dios que nos llamó (1 Tesalonicenses 2:12), digno del Señor (Colosenses 1:10), y digno del evangelio de Cristo (Filipenses 1:27).
Evidentemente, por nosotros mismos no somos capaces de llevar una vida digna y centrada en Cristo; es el Espíritu Santo quien nos capacita para hacerlo. Grenz escribe: «El mismo Espíritu que mora en nosotros y actúa de mediador en la salvación a través de la unión del creyente con Cristo es también el que nos proporciona el poder divino necesario para vivir cristianamente. El Espíritu en nosotros nos permite vivir en un nuevo plano»3.
El Espíritu Santo es la solución para tener la mente de Cristo, ya que «los que viven conforme al Espíritu fijan la mente en los deseos del Espíritu» (Romanos 8:5). Por la intervención del Espíritu Santo somos transformados moralmente en la imagen de Cristo. «Nosotros todos, mirando con el rostro descubierto y reflejando como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en Su misma imagen, por la acción del Espíritu del Señor» (2 Corintios 3:18).
La presencia del Espíritu Santo en nosotros nos empodera para vivir una vida transformada. Ese empoderamiento —combinado con nuestra gratitud y amor a Dios, nuestro deseo de emular a Jesús y nuestro compromiso personal de hacer el esfuerzo y tener la disciplina que haga falta— nos permite ser más como Jesús.
Hemos visto que tanto el Antiguo Testamento como los evangelios y las epístolas nos exhortan a conducirnos de una manera que refleje a Dios en nuestro mundo. Hemos sido llamados a ser santos, amorosos, amables, misericordiosos, compasivos y humildes, cualidades todas ellas que reflejan atributos de la naturaleza y personalidad de Dios. Tal como se evidencia en las Escrituras, existe la expectativa de que los que constituimos el pueblo de Dios —los que a través del sacrificio de Su Hijo hemos sido conducidos a una relación con Él— queramos vivir conforme a lo que Él nos ha revelado en Su Palabra sobre Sí mismo y Su voluntad.
Publicado por primera vez en enero de 2016. Adaptado y publicado de nuevo en octubre de 2026.
1 Los conceptos de este artículo se basan en el libro The Moral Quest, de Stanley J. Grenz (IVP Academic, 1997).
2 Grenz, The Moral Quest