Mucha paz
Keith Phillips
[Great Peace]
«Mucha paz tienen los que aman Tu ley, y nada los hace tropezar» (Salmo 119:165).
La paz forma parte del «fruto del Espíritu», una de las bendiciones que la Biblia promete a quienes se esfuerzan por vivir cerca de Dios (Gálatas 5:22-23). El término hebreo traducido como paz en el Antiguo Testamento denotaba plenitud, vitalidad y bienestar integral. El significado que le da el Nuevo Testamento es la tranquilidad interior: una amalgama de esperanza, confianza y sosiego mental y espiritual1.
En los tiempos que corren, una paz así puede parecer esquiva a veces. Si bien la Biblia contiene numerosas promesas de paz para quienes aman a Dios, tenemos que poner de nuestra parte para cultivarla en nuestra vida. A continuación te proponemos algunas cosas que podemos hacer.
Confiar en Dios. En la Biblia, la paz procede de la confianza en Dios. «Al de firme propósito guardarás en perfecta paz, porque en Ti confía» (Isaías 26:3).
La confianza no surge de la nada. En la infancia aprendemos a confiar en nuestros padres, porque sentimos su amor y nos beneficiamos de su atención y su concepción madura de la vida. Confiamos en amigos que nos han apoyado en las buenas y en las malas. Confiamos en compañeros de trabajo que consideramos honrados y dignos de esa confianza. En resumidas cuentas, confiamos en una persona por las experiencias que hemos tenido con ella.
Lo mismo sucede con Dios. Cuanto más le abrimos nuestro corazón, más entendemos y recibimos el amor y los cuidados que nos prodiga. Cuanto más estudiamos la Biblia y textos basados en ella, mejor entendemos el amor de Dios y más apreciamos Su sabiduría y bondad. A medida que acudimos a Dios con nuestras contrariedades y problemas, aprendemos a depender de Él para que los resuelva. Cuanto más profundamente llegamos a conocerlo, más confiamos en Él; y cuanto más confiamos en Él, mayor paz interior sentimos.
Seguir los caminos divinos. Cuando reflexionamos sobre lo que complace a Dios y hacemos lo posible por actuar en consecuencia, podemos confiar en Sus promesas de bendición. «Gracia y gloria da el Señor; nada bueno niega a los que andan en integridad» (Salmo 84:11). Eso no significa que todo vaya a resultar fácil o que jamás tendremos contrariedades. El trabajo arduo y las dificultades forman parte de la vida. Lo que sí es cierto es que aun en los momentos difíciles podemos gozar de paz interior, porque sabemos cómo acaba la historia. Jesús dijo a Sus discípulos de todos los tiempos: «Estas cosas les he hablado para que en Mí tengan paz. En el mundo tienen tribulación; pero confíen, Yo he vencido al mundo» (Juan 16:33).
Encomendar los problemas a Dios en oración. Poner en manos de Dios lo que nos preocupa nos beneficia por partida doble. En primer lugar, recibimos Su ayuda, que marca una diferencia como de la noche al día. Pero además nos liberamos de la presión de tener que resolver los asuntos por nuestros propios medios. La Biblia nos enseña: «No se preocupen por nada; en cambio, oren por todo. Díganle a Dios lo que necesitan y denle gracias por todo lo que Él ha hecho. Así experimentarán la paz de Dios, que supera todo lo que podemos entender. La paz de Dios cuidará su corazón y su mente mientras vivan en Cristo Jesús» (Filipenses 4:6-7).
En la dolencia, paciencia. Sea lo que sea que nos acontezca o los factores que lo motivaron, podemos tener la certeza de que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien (Romanos 8:28). Entretanto, nuestra fe se fortalece y aprendemos paciencia. Si no tenemos fe y paciencia, es difícil estar en paz. Por eso la Biblia nos exhorta a pensar positivamente y soportar la prueba: «Tengan por sumo gozo, hermanos míos, cuando se hallen en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de su fe produce paciencia, y que la paciencia tenga su perfecto resultado, para que sean perfectos y completos, sin que nada les falte» (Santiago 1:2-4).
El pasado, pisado. Es imposible estar en paz con nosotros mismos o con Dios si seguimos arrastrando la carga de errores, pecados y fracasos del pasado. Aunque hagamos votos de arrepentimiento, no alcanzaremos auténtica paz mientras no aceptemos del todo que Dios nos perdonó cada falta en el instante mismo en que se lo pedimos. La Palabra de Dios dice: «Yo […] borraré tus pecados por amor a Mí mismo y nunca volveré a pensar en ellos» (Isaías 43:25). «Tenemos paz con Dios gracias a lo que Jesucristo nuestro Señor hizo por nosotros» (Romanos 5:1).
La adversidad, sinónimo de oportunidad. En el libro de Santiago, leemos: «Amados hermanos, cuando tengan que enfrentar cualquier tipo de problemas, considérenlo como un tiempo para alegrarse mucho porque ustedes saben que, siempre que se pone a prueba la fe, la constancia tiene una oportunidad para desarrollarse. Así que dejen que crezca, pues una vez que su constancia se haya desarrollado plenamente, serán perfectos y completos, y no les faltará nada» (Santiago 1:2-4).
En su libro Gratitud, Louise Hay escribió: «Ocurra lo que ocurra a nuestro alrededor, podemos optar por reaccionar de manera que nos sirva para aprender y crecer. Cuando vemos las dificultades como oportunidades de crecimiento, entonces podemos agradecer las enseñanzas que sacamos de esas experiencias difíciles. Toda experiencia lleva implícito un regalo. Expresar gratitud nos permite descubrirlo». Hallamos paz cuando adoptamos esa mentalidad, vemos más objetivamente nuestros problemas y confiamos en que Dios obrará en ellos y a través de ellos para cumplir Sus buenos propósitos en nuestra vida.
Cultivar el contentamiento. «La piedad […] es un medio de gran ganancia cuando va acompañada de contentamiento» (1 Timoteo 6:6). El término griego traducido como piedad en muchas versiones de la Biblia equivale a una respuesta adecuada a las cosas de Dios, que produce obediencia y vida piadosa. No hay que confundir la piedad con la beatería o la perfección. No se trata de alcanzar un estado de pureza inmaculada; es más bien un proceso de transformación que dura toda la vida, a medida que vamos creciendo a imagen de Cristo (2 Corintios 3:18).
A su vez, el contentamiento no consiste en fingir que somos felices ni en resignarnos a nuestra actual situación si debiéramos procurar mejorarla. Es amar a Dios y confiar en que Él compondrá las cosas. Es estar «convencido de esto: que el que comenzó en ustedes la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Cristo Jesús» (Filipenses 1:6).
Ratos tranquilos de reflexión. El autor y pastor sudafricano Andrew Murray (1828-1917), escribió: «Da tiempo a Dios para que se te manifieste. Date un tiempo para guardar silencio ante Él y sosegarte. Espera hasta obtener por medio del Espíritu la certeza de Su presencia, de Su poder que obra en ti. Permítele crear en tu interior un ambiente sagrado, una sagrada luz celestial en la que se refresque y se fortalezca tu alma para acometer las tareas de la vida diaria».
En esos momentos de quietud Dios puede renovar tu espíritu y tus pensamientos (Efesios 4:23-24). «Que el Dios de la esperanza los llene de toda alegría y paz a ustedes que creen en Él, para que rebosen de esperanza por el poder del Espíritu Santo» (Romanos 15:13).
Gratitud. Contar las bendiciones que tenemos no nos libra de todo apuro, pero sí nos distrae de lo que nos altera y nos inquieta y hace que nos centremos en Jesús, el autor y consumador de nuestra fe (Hebreos 12:2). En palabras del apóstol Pablo: «Todo lo que es verdadero, todo lo digno, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo honorable; si hay alguna virtud o algo que merece elogio, en esto mediten» (Filipenses 4:8).
Profundizar tu relación personal con Dios. Cuanto más llegues a conocer a Jesús leyendo la Biblia y pasando tiempo con Él en oración y comunión, más se fortalecerá tu fe y mayor será tu confianza en Dios, independientemente del cariz que tenga a primera vista una situación. Jesús siempre estará contigo, incluso en las turbulencias de la vida. Su promesa es estar siempre contigo (Mateo 28:20).
Adaptado de un artículo publicado por primera vez en la revista Conéctate en mayo de 2011.
1 Nelson’s Bible Dictionary (Thomas Nelson, 1986).