Más como Jesús: 1ª parte
Peter Amsterdam
[More Like Jesus—Part 1]
Los cristianos somos llamados a ser más como Jesús, a tener más de Su bondad y santidad y menos de las cargas y pecados que nos estorban. Por mucho que nos hayan perdonado nuestros pecados por haber aceptado el sacrificio de Jesús, no es que automáticamente dejemos de pecar, de sentir en nuestra vida los efectos del pecado o de afectar al prójimo con nuestros pecados. Nuestra salvación, la reconciliación con Dios que obtenemos gracias al sacrificio de Jesús en la cruz, no solo determina nuestra vida en el más allá; también debería transformar nuestra vida actual, todos los días.
Es precisamente a través de esa transformación cotidiana que vamos estableciendo con nuestro Creador la clase de relación que Él siempre quiso que tuviéramos, y disfrutamos de Su alegría, paz y satisfacción porque lo comprendemos más a fondo y gozamos de una relación más plena con Él. Nuestro objetivo general como cristianos consiste en vivir como pueblo de Dios, como las nuevas criaturas que dicen las Escrituras que somos. «Si alguno está en Cristo, nueva criatura es: las cosas viejas pasaron; todas son hechas nuevas» (2 Corintios 5:17).
Al estudiar el ejemplo de la vida de Jesús y lo que Él y Sus primeros seguidores enseñaron sobre vivir como nuevas creaciones en Cristo, podemos aprender y crecer en la virtud cristiana o rasgo de Cristo que conviene que imitemos. Para ello, conviene repasar algunos pasajes del Antiguo Testamento, de los evangelios y de las epístolas. El hecho de relacionar entre sí ciertos puntos de referencia que hay en diversas partes de las Escrituras puede conducir a adquirir una mayor comprensión de la importancia de emular a Cristo1.
El Antiguo Testamento
Una de las principales líneas argumentales que hay a lo largo del Antiguo Testamento es la idea de que la relación de Dios con la humanidad tiene las características de un pacto. Las Escrituras explican que el Creador de todas las cosas estableció un pacto con la humanidad que Él había creado: «Creó, pues, Dios al hombre a Su imagen; a imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó. Dios los bendijo y les dijo: “Sean fecundos y multiplíquense. Llenen la tierra; sojúzguenla y tengan dominio sobre los peces del mar, las aves del cielo y todos los animales que se desplazan sobre la tierra”» (Génesis 1:27,28).
Posteriormente, Dios renovó Su alianza universal con la humanidad diciéndole a Noé: «He aquí que Yo establezco Mi pacto con ustedes, con sus descendientes después de ustedes y con todo ser viviente que está con ustedes: aves, ganado y todos los animales de la tierra que están con ustedes; todos los que salieron del arca, todos los animales de la tierra. Yo establezco Mi pacto con ustedes: Ninguna carne volverá a ser exterminada jamás por las aguas del diluvio ni habrá otra vez diluvio para destruir la tierra» (Génesis 9:9–11).
Dios estableció una alianza especial con Abraham al decirle que por medio de él crearía una gran nación y que en él serían benditas todas las familias de la Tierra. «Este es Mi pacto contigo: serás padre de muchedumbre de gentes. No te llamarás más Abram, sino que tu nombre será Abraham, porque te he puesto por padre de muchedumbre de gentes» (Génesis 17:4–5).
Siglos más tarde, Dios libró de la esclavitud y de la opresión en Egipto a los descendientes de Abraham, y a raíz de eso se convirtieron en el pueblo de la alianza (Levítico 26:12). Como participantes en un pacto con Dios, los hebreos tenían que hacer ciertas cosas para cumplir su parte del acuerdo. El argumento general del resto del Antiguo Testamento es que Dios fue en todo momento fiel a la alianza a pesar de que Israel la incumplió una y otra vez.
Como los israelitas habían hecho una alianza con un Dios santo, también ellos debían ser santos. Habían sido llamados a ser una «asamblea sagrada» (Éxodo 12:16). La santidad exigía obediencia a Dios, obediencia prestada por amor y gratitud (Deuteronomio 6:20–22). Al pueblo de Dios se le pide que ame a Dios con todo su ser: «Amarás al Señor, tu Dios, de todo tu corazón, de toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Deuteronomio 6:5).
Para el pueblo judío, la rectitud incluía obediencia, y esa obediencia significaba apartarse de lo que se consideraba contaminado, no rendir culto a otros dioses, consagrarse a Dios y ponerse a Su servicio. Además de centrar su vida en el cumplimiento de los mandatos de Dios, debían vivir como una comunidad de fe. Tener una alianza con Dios implicaba tomar como modelo de vida a Dios, y a Su Palabra y voluntad revelada.
Mediante las palabras registradas en las Escrituras y que dirigió a los israelitas, Dios les reveló Su personalidad. Aprendieron que era fiel, santo, justo y misericordioso. Se describió a Sí mismo en estos términos: «¡El Señor! ¡El Señor! Dios fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira y grande en misericordia y verdad, que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado» (Éxodo 34:6,7). El profeta Miqueas dijo: «Hombre, Él te ha declarado lo que es bueno, lo que pide el Señor de ti: solamente hacer justicia, amar misericordia y humillarte ante tu Dios» (Miqueas 6:8).
Dios reveló Su personalidad al pueblo de la alianza con la intención de que ellos lo imitaran. También ellos debían ser santos, justos, misericordiosos, amorosos y perdonadores.
Los evangelios
El pueblo hebreo esperaba que llegara el tiempo en que, tal como anunciaban las Escrituras, Dios obrara en su favor. Dios cumplió esa expectativa enviando a Jesús, y por medio de Su vida, muerte y resurrección instituyó una nueva alianza. «[Jesús] tomó pan y, habiendo dado gracias, lo partió y les dio diciendo: “Esto es Mi cuerpo que por ustedes es dado. Hagan esto en memoria de Mí”. Asimismo, después de haber cenado, tomó también la copa y dijo: “Esta copa es el nuevo pacto en Mi sangre que por ustedes se derrama”» (Lucas 22:19,20).
Esa nueva alianza estaba predicha en el libro de Jeremías: «Vienen días, dice el Señor, en los cuales haré un nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá. No como el pacto que hice con sus padres el día en que tomé su mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos invalidaron Mi pacto, aunque fui Yo un marido para ellos, dice el Señor. Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice el Señor: Pondré Mi ley en su mente y la escribiré en su corazón; Yo seré su Dios y ellos serán Mi pueblo. […] Porque perdonaré la maldad de ellos y no me acordaré más de su pecado» (Jeremías 31:31–34).
En tiempos de Jesús, los fariseos sostenían que para ser recto y santo era imprescindible observar de manera estricta la Ley comunicada por Dios, y que el pueblo de Dios estaba constituido por los que la cumplían rígidamente. Se centraban en el cumplimiento de la letra de la Ley sin prestar la debida atención a los principios subyacentes de amor, misericordia y perdón. Creían agradar a Dios observando las reglas de devoción judías y cumpliendo la letra de la Ley.
Jesús no concordó con ellos. Proclamó que el pueblo de Dios no eran los que aparentaban ser rectos por su estricto cumplimiento de la Ley, sino los que se sabían pecadores, se arrepentían de sus transgresiones y humildemente le pedían a Dios misericordia y perdón. Dios acepta a tales personas, y en cambio rechaza a los soberbios que aseguran no necesitar perdón. Jesús argumentó que mediante nuestras acciones no podemos volvernos merecedores del favor divino; no podemos hacernos rectos a los ojos de Dios. Nuestra justicia viene de Él, y nos ha sido concedida generosamente por gracia incondicional.
La justicia es un don que Dios nos concede gratuitamente por medio del sacrificio de Su Hijo. «Al que no conoció pecado, por nosotros Dios lo hizo pecado, para que nosotros fuéramos hechos justicia de Dios en él» (2 Corintios 5:21). Pero no es que acabe todo con ese don gratuito; eso no es más que el comienzo. Por el sacrificio de Jesús, los creyentes nos convertimos en pueblo de Dios, nos volvemos participantes en la nueva alianza, y se espera que en gratitud por lo que Dios ha hecho por nosotros mediante Jesús reflejemos a Dios en nuestro mundo y nos conduzcamos de una manera que lo glorifique (Mateo 5:16). Aquí es donde entra en juego el poner en práctica las enseñanzas de Jesús.
Al igual que el pueblo hebreo del Antiguo Testamento, conocemos la personalidad revelada de Dios. Pero además de eso tenemos la vida de Jesús como una muestra adicional del amor, la misericordia y la bondad divinos. Jesús nos reveló más verdades sobre Dios por medio de Sus enseñanzas y ejemplo. Predicó el reino de Dios. Nos enseñó a concebir que Dios es nuestro Padre, y vivió como reflejo puro de Él.
En los evangelios podemos leer que Jesús se puso a Sí mismo como modelo de vida piadosa. Por ejemplo, exhortó a Sus discípulos a amarse unos a otros tomando como patrón Su amor por ellos. «Un mandamiento nuevo les doy: Que se amen unos a otros. Así como Yo los he amado, ámense también ustedes unos a otros» (Juan 13:34). «Este es Mi mandamiento: que se amen los unos a los otros como Yo los he amado» (Juan 15:12). Jesús ejemplificó la sumisión a la voluntad de Su Padre, lo cual terminó conduciéndolo a la cruz. «Padre Mío, si es posible, pase de Mí esta copa; pero no sea como Yo quiero, sino como Tú» (Mateo 26:39).
Jesús dramatizó mediante actos simbólicos la vida que deseaba para Sus discípulos, como cuando les lavó los pies. Tomó agua y una toalla y le lavó los pies a cada uno de los discípulos, labor que normalmente realizaba un criado cuando un invitado entraba en una vivienda (Juan 13:3–10). Al terminar, anunció el carácter simbólico de lo que había hecho: «¿Entienden lo que les he hecho? Ustedes me llaman Maestro y Señor y dicen bien, porque lo soy. Pues bien, si Yo, el Señor y el Maestro, lavé sus pies, también ustedes deben lavarse los pies los unos a los otros. Porque ejemplo les he dado para que, así como Yo se los hice, ustedes también lo hagan» (Juan 13:12–15).
Cuando Sus discípulos discutían sobre cuál sería considerado más importante, Jesús les dijo: «Los reyes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que tienen autoridad sobre ellas son llamados bienhechores. Pero entre ustedes no será así. Más bien, el que entre ustedes sea el importante, sea como el más nuevo; y el que es dirigente, como el que sirve. Porque, ¿cuál es el más importante: el que se sienta a la mesa, o el que sirve? ¿No es el que se sienta a la mesa? Sin embargo, Yo estoy en medio de ustedes como el que sirve» (Lucas 22:25–27).
Jesús no estaba simplemente dando el mensaje de que realizaran esas acciones concretas que Él había hecho; era algo más. Tras lavarles los pies a Sus discípulos, no los exhortó simplemente a amar como lo habían visto amar, sino que les dijo: «Así como Yo los he amado, ámense también ustedes unos a otros» (Juan 13:34). Tenían que amar como Él los había amado. Cada uno de ellos había conocido de primera mano Su amor, y debían amar a los demás de la misma manera.
La motivación para ser más como Jesús no nace de la admiración de un personaje histórico al que deseamos emular. Es fruto de la gratitud y el amor hacia aquel cuyo amor hemos sentido personalmente.
El autor Stanley Grenz explica:
No lo vemos únicamente como el principal personaje de un relato de otra época, sobre cuya vida podemos reflexionar a fin de extraer enseñanzas. Es más bien alguien que nos amó y sacrificó Su vida por nosotros. Ante esa experiencia personal del gran amor de Jesús, no podemos menos que responder con gratitud y amor. Por tanto, en vez de simplemente modelar nuestra vida sobre la Suya, establecemos una relación con Él. En esa relación deseamos vivir como Cristo quiere que lo hagamos, es decir, deseamos que Cristo se forme en nosotros2.
La muerte de Jesús en la cruz salvó nuestra alma, transformó radicalmente nuestra vida y nos permitió establecer una relación con Dios, con quien pasaremos la eternidad. La gratitud y el amor por Jesús, que dio Su vida para que pudiéramos integrarnos a la familia de Dios, es el motivo subyacente para querer ser como Él.
Publicado por primera vez en enero de 2016. Adaptado y publicado de nuevo en octubre de 2026.
1 Los conceptos de este artículo se basan en el libro The Moral Quest, de Stanley J. Grenz (IVP Academic, 1997).
2 Grenz, The Moral Quest, 116.