El llamado a ser discípulos, 3ª parte: La promesa
Peter Amsterdam
[Christian Discipleship, Part 3: The Promise]
En los tres evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas), Jesús exhorta a Sus seguidores a tomar su cruz y seguirlo. En el Evangelio de Mateo dice: «Si alguien quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y que me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por causa de Mí, la hallará» (Mateo 16:24,25). 1
Hoy en día los cristianos utilizan a veces metafóricamente la expresión «tomar uno su cruz» en el sentido de tener que soportar una prolongada dificultad, problema o carga. Se dice: «Tal cosa es mi cruz». Sin embargo, en el contexto de lo que Jesús estaba diciendo a Sus discípulos en este caso, exhortarlos a tomar su cruz y seguirlo, era una asombrosa metáfora que equivalía a decirles que tenían que estar dispuestos a negarse a sí mismos (voluntad propia), tomar su cruz (aceptar la voluntad de Dios, sea cual sea el costo) y seguirlo.
Si bien eso se lo dijo a los discípulos que estaban entonces con Él, dio a entender que quienes lo siguieran tendrían que tomar su cruz y poner a Dios antes que su propia vida; es decir, los discípulos de todas las épocas. Jesús no ocultó la posibilidad de rechazo y martirio que podrían enfrentar al decidir ser Sus discípulos; y en efecto muchos de Sus primeros discípulos sufrieron martirio. Aunque la mayoría no nos encontremos en una situación en la que vayamos a tener que morir por nuestra fe, en algunas partes los cristianos sí se enfrentan a esa posibilidad, y lo han hecho a lo largo de la Historia.
Dado que la mayoría de los cristianos no enfrenta una amenaza para su vida o pérdida considerable al seguir a Cristo, ¿cómo debería aplicarse a los creyentes eso de negarse a sí mismos y tomar su cruz? Encontraremos algunas pistas sobre esto en el versículo citado más arriba cuando Jesús expresó lo de negarse a sí mismo y tomar la cruz para los que lo siguieran.
Negarnos a nosotros mismos puede entenderse como dejar a un lado nuestros deseos personales, ambiciones y objetivos y estar dispuestos a buscar la orientación de Dios, y obedecer Su voluntad por encima de la nuestra. No es que Él nunca nos vaya a indicar que nos esforcemos por realizar nuestras ambiciones y alcanzar nuestras metas. Si buscamos continuamente Su guía, es muy probable que nuestros deseos estén en consonancia con Su voluntad. El concepto es que los que seguimos al Señor debemos buscar en Él orientación, y poner Sus deseos por encima de los nuestros, por lo que, si Sus indicaciones nos conducen por un camino que no va en la dirección que nosotros preferimos, estamos dispuestos a negarnos a nosotros mismos para seguirlo.
Los escritos del apóstol Pablo aclaran ese concepto de negarnos a nosotros mismos. Él habla de «hacer morir» nuestros pecados; explica que los cristianos debemos desoír nuestros deseos malos y pecaminosos, y optar por hacer lo que Dios aprueba. «Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros» (Colosenses 3:5). «Si vivís conforme a la carne, moriréis; pero si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis» (Romanos 8:13).
El llamado a ser seguidores de Jesús es un llamado a toda una manera de vivir. Es un llamado a ajustar nuestro orden de prioridades de manera que Dios tenga el primer lugar en nuestra vida. No es que no vayamos a tener otros afectos, sino que ante todo vamos a ser leales a Dios, por encima de nuestros deseos, nuestra voluntad, nuestros bienes materiales, nuestros seres queridos y hasta nuestra propia vida. No es una senda fácil, pero Jesús dijo que es la que conduce a la vida (Mateo 7:13,14).
Jesús nos dio la clave para ser capaces de llevar a la práctica nuestro compromiso con el discipulado. Pecaminosos como somos, ninguno logra cumplir todo el tiempo las exigencias del discipulado; y si intentamos hacerlo con nuestras propias fuerzas, nos exponemos a terminar como los fariseos, a los que Jesús censuró una y otra vez por perder de vista lo que era realmente importante. Ellos se preocupaban excesivamente por observar las normas en detrimento de su relación con Dios.
Si bien Jesús enseñó que nuestro compromiso debería ser con Dios por sobre todas las cosas, Él no quería que la aplicación de ese principio degenerara en una absurda observancia de reglas. Sus discípulos pasaron por el renacimiento espiritual de la salvación y fueron llenos del Espíritu Santo que les dio poder para cumplir con Su llamamiento. La salvación lo cambia todo. «Si alguno está en Cristo, nueva criatura es: las cosas viejas pasaron; todas son hechas nuevas» (2 Corintios 5:17). «Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí» (Gálatas 2:20).
El Espíritu Santo que mora en nosotros es una manifestación de que estamos «en Cristo». «En esto sabemos que Él permanece en nosotros, por el Espíritu que nos ha dado» (1 Juan 3:24). Pablo escribió: «¿Ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual habéis recibido de Dios?» (1 Corintios 6:19). La habilidad y la gracia para vivir como discípulos no nos vienen únicamente por nuestro deseo de vivir de manera piadosa, y nuestro empeño en ese sentido, sino también por Su poder mediante el Espíritu Santo.
En el Evangelio de Juan, leemos que la noche antes de ser crucificado Jesús habló largo y tendido con Sus discípulos. Parte de Su sermón fue sobre la ayuda que les enviaría cuando ya no estuviera con ellos. Un repaso de eso nos puede servir para ver el papel del Espíritu Santo en la vida de los primeros discípulos y en la de todos los que ha habido desde entonces.
Fue durante la última cena de Jesús con Sus discípulos, antes de Su aprehensión y posterior ejecución. Una vez que Judas se fue para emprender su traicionera misión, Jesús habló con Sus discípulos sobre el Espíritu Santo, a quien iba a enviar después de Su partida para darles poder y ayuda. «Yo rogaré al Padre y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce; pero vosotros lo conocéis, porque vive con vosotros y estará en vosotros» (Juan 14:16–17).
En el evangelio de Lucas leemos que Jesús dijo a Sus discípulos que no se fueran de Jerusalén porque «Ciertamente, Yo enviaré la promesa de Mi Padre sobre vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén hasta que seáis investidos de poder desde lo alto» (Lucas 24:49). En Hechos, leemos que Jesús dice a los discípulos: «esperad la promesa del Padre» para que pudieran ser «bautizados con el Espíritu Santo (Hechos 1:4,5).
Jesús añadió: «Recibiréis poder cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta lo último de la tierra» (Hechos 1:8). En Hechos capítulo dos, leemos el cumplimiento de esa promesa en el día de Pentecostés cuando «todos fueron llenos del Espíritu Santo» (Hechos 2:1–4).
El Espíritu Santo fue enviado después de la muerte de Jesús y fue Su presencia que en todo momento acompañó a los discípulos. El Espíritu los llenó y les confirió poder, y ha hecho lo mismo con todos Sus discípulos que ha habido desde entonces. Es indudable que la presencia de Jesús mediante el Espíritu Santo les dio las fuerzas y el valor para cumplir su llamado y vivir su discipulado. El Espíritu Santo no estuvo con ellos en carne y hueso como Jesús, pero en cambio vivió dentro de ellos.
Jesús hizo hincapié en que era únicamente por la unción de Su Padre y porque Su Padre moraba dentro de Él que podía hacer todo lo que hacía. «¿No crees que Yo soy en el Padre y el Padre en Mí? Las palabras que Yo os hablo, no las hablo por Mi propia cuenta, sino que el Padre, que vive en Mí, Él hace las obras» (Juan 14:10). Fue en ese momento cuando explicó a Sus discípulos que le pediría a Su Padre que les diera el Consolador, el Espíritu Santo.
Paráclito proviene de la palabra griega paráklētos, que es traducida como Consolador, Consejero, Abogado o Defensor (según la versión de la Biblia). Un paráclito es una persona que uno llama para que acuda a su lado como asistente. La palabra sirve asimismo para designar a quien promueve la causa de otro ante un juez, o sea, un abogado defensor o intercesor. En un sentido más amplio significa ayudante, una persona que ayuda a otra. Aplicando el concepto paráclito con relación al Espíritu Santo, puede entenderse como un asistente o abogado que ayuda a los creyentes.
Vale la pena señalar que en otro pasaje del Nuevo Testamento, Jesús también es llamado paráclito —abogado— de los discípulos: «Hijitos Míos, estas cosas os escribo para que no pequéis. Pero si alguno ha pecado, abogado[paraklētos] tenemos para con el Padre, a Jesucristo, el justo» (1 Juan 2:1). Jesús también indirectamente se llamó a Sí mismo paráclito al decir: «Yo rogaré al Padre y os dará otro Consolador». Jesús, que fue el primer abogado, dijo a Sus discípulos que no estaría mucho más con ellos (Juan 13:33). No obstante, prometió enviar a otro abogado, al que describió como «el Espíritu de verdad», el cual moraría dentro de ellos (Juan 14:16,17).
Cuando Jesús volvió con Su Padre, envió el Espíritu Santo a los que lo habían seguido durante Su estancia en la Tierra, y a todos nosotros, los que lo íbamos a seguir en el futuro. El Espíritu Santo, a quien Jesús envió desde el Padre, hace por nosotros lo que Jesús hizo por Sus discípulos. Cuando estos estaban en Su presencia, Él les enseñaba, corregía, consolaba, animaba y fortalecía. A través del Espíritu que mora en nuestro interior, también nosotros recibimos guía, corrección, consuelo, aliento y fortaleza.
Una vez que Jesús subió al Cielo y fue glorificado, a Sus discípulos se les dio la continua presencia de Jesús por medio del Espíritu Santo. La presencia del Espíritu Santo en nuestro interior es lo que nos permite ser auténticos discípulos, vivir las enseñanzas de Jesús y amarlo por encima de todo. Por nuestra cuenta no seríamos capaces de hacerlo, pero sí lo podemos lograr con el poder del Espíritu de Dios, que Jesús nos envió de parte de Su Padre.
En el libro de los Hechos, la manifestación de la infusión o bautismo del Espíritu Santo tuvo lugar en algunos casos en el momento de la conversión, y en otros un tiempo después; pero tanto unos como otros tuvieron dentro de sí el Espíritu Santo. En el Nuevo Testamento se habla de la participación del Espíritu Santo en la vida de los cristianos, al haber recibido el Espíritu de Dios (1 Corintios 2:12), ser guiados por el Espíritu (Gálatas 5:18), nos ayuda en nuestra debilidad (Romanos 8:26), y lo tenemos morando en nosotros (2 Timoteo 1:14).
No solo recibimos el excelente regalo de la presencia de Dios en nuestra vida. También hemos sido bendecidos con Su Palabra para guiarnos. Tenemos la promesa de Sus recompensas por todo lo que entregamos de nosotros mismos y de nuestra vida por amor de Su nombre, y por el amor que damos a otros. A medida que somos diligentes al amar a Dios y seguirlo, al invertir los talentos que Él nos ha dado, y al esforzarnos al máximo para ser testigos Suyos, podemos esperar con ilusión que un día Él nos diga: «Bien [hecho], siervo bueno y fiel. […] Entra en [Mi] gozo» (Mateo 25:21).
Publicado por primera vez en octubre de 2017. Adaptado y publicado de nuevo en mayo de 2026.
1 En Marcos y Lucas: Marcos 8:34–37, Lucas 9:23,24, 14:27.
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