Seguir la guía de Dios
Recopilación
[Following God’s Lead]
Soy amigo de lo predecible. Supongo que en eso me parezco a la mayoría de la gente. Las más de las veces, los cambios implican un salto a lo desconocido. Significa salirse de lo habitual, de ese entorno en el que uno se siente perfectamente a gusto, y eso a veces asusta. Los cambios también nos obligan a ceder un poco el control, lo cual puede causar miedo. Aun cuando nos preparamos todo lo posible, son tantos los factores que entran en juego que se hace imposible tenerlo todo previsto.
«Los cambios son siempre portadores de regalos», escribió Price Pritchett. Sin embargo, ¿no nos hemos cuestionado todos alguna vez si esos regalitos valen la pena? ¿No sería mejor y al menos más fácil eludirlos y ahorrarnos la incomodidad que producen los cambios? El caso es que a menudo no tenemos alternativa. Los cambios tienen la bendita manía de sobrevenirnos sí o sí, queramos o no.
Lo que no se puede negar es que es mucho más fácil pasar por una etapa de cambios acompañados por Dios que sin Él y por nuestros propios medios.
Dios todo lo sabe, incluido el futuro. Nos puede preparar en sentidos en que a nosotros nos resultaría imposible. Además, hace que todo redunde en nuestro bien (Romanos 8:28). A Él nunca lo pilla por sorpresa un recodo del camino o un vuelco en los acontecimientos. Es capaz de orientarnos y equiparnos para lo que se avecina, por más que nosotros en el momento seamos incapaces de reconocer lo que sucede.
Dios es dueño de la situación. La certeza de que está de nuestro lado el Ser que nos creó y que cumplirá los designios que tiene para nosotros puede darnos una inyección de confianza para afrontar cualquier dificultad que se nos presente (Salmo 138:8). «Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?» (Romanos 8:31).
Quizás una de las cosas más importantes que Dios nos lleva a entender en las épocas de cambios es que Él alberga un amor incondicional por cada uno de nosotros. Cuando los cambios cuestan, asustan o duelen, Él permanece a nuestro lado. Su amor no es voluble, y Él solo desea lo mejor para nosotros. Aunque pasemos por innumerables experiencias que nos moldean y en última instancia modifican nuestro carácter, Él permanece constante, confiable, y nunca nos retira Su apoyo. Es el mejor amigo que podríamos tener, y eso no cambiará jamás: «Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre» (Hebreos 13:8). Ronan Keane
Indicadores y medidores
El verano pasado destrocé nuestra furgoneta. Nadie imaginó lo que sucedería. Aquel día conduje en medio del ardiente verano y en la hora de mayor concurrencia vehicular. Estaba completamente perdida. Atascada en el tráfico que avanzaba a paso de tortuga, el aire acondicionado dejó de funcionar. En ese momento atribuí a la mala suerte quedar atrapada en el tráfico sin aire acondicionado. De modo que hice lo que suelo hacer cuando las cosas salen mal: continuar avanzando.
Finalmente conseguí que mi GPS funcionara, llegué al lugar donde me esperaban mis hijos, bajé las ventanas e inicié el camino a casa. Pero poco antes de llegar, me percaté que el motor hacía un sonido extraño. Sabía que a unos tres kilómetros había una estación de servicio, por lo que seguía conduciendo. Para cuando llegamos, el capó del automóvil echaba humo. Una espesa nube de humo maloliente anunciaba nuestra llegada.
En cuestión de minutos me rodearon varios hombres que se habían apiadado de la damisela en apuros. No tardaron ni un segundo en darse cuenta de que el radiador estaba seco, el automóvil sobrecalentado y el motor resquebrajado.
Uno de los chicos me enseñó el indicador del tablero llamado medidor de temperatura. En ese momento apuntaba al grado más alto, indicando que el motor estaba muy, pero muy caliente. El indicador de temperatura probablemente me había advertido del problema mucho antes de que yo forzara el automóvil durante 90 kilómetros bajo el ardiente sol del verano de Texas.
Si hubiera prestado atención a las señales de advertencia y hubiera comprobado el indicador de temperatura, me habría dado cuenta de que se estaba calentando demasiado. Podía haberme detenido y averiguado la manera de reponer el agua del radiador. Esa sencilla acción le habría salvado la vida a nuestro coche. En retrospectiva, fue un error.
Aprendí una lección importante por medio de esta experiencia que se puede aplicar a la vida. Dios ha implantado en cada uno de nosotros indicadores que nos dicen cuáles son nuestras necesidades físicas, mentales, emocionales y espirituales. Cuando empezamos a sentirnos cansados y agotados, debemos prestar atención y apartar unos momentos para reabastecer nuestro espíritu y pasar tiempo en comunión con Dios y Su Palabra.
A veces resulta muy difícil resistir el deseo de continuar avanzando y al hacerlo, podemos ignorar las señales de peligro. Jesús entiende esa tentación y nos enseñó cómo lidiar con el estrés:
«Venid a Mí todos los que estáis trabajados y cargados, y Yo os haré descansar. Llevad Mi yugo sobre vosotros y aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas, porque Mi yugo es fácil y ligera Mi carga» (Mateo 11:28-30).
Según Jesús, no se supone que siempre debamos tomar el control y continuar avanzando a pesar de los problemas. Cuando nos sentimos sobrecargados —abrumados, agobiados, apabullados o estresados— debemos recurrir a Él en busca de descanso.
Aprender a prestar atención a nuestros medidores e indicadores nos ayuda a sintonizar con lo que nuestro cuerpo, mente y espíritu necesitan para sobrevivir y prosperar. Dedicar tiempo a tener comunión con Dios y buscar Su guía nos dotará de la preparación para hacer frente a lo que sea que se nos presente. «Mas buscad primeramente el reino de Dios y Su justicia y todas estas (otras) cosas os serán añadidas» (Mateo 6:33). Mara Holder
Una vida digna del llamamiento de Dios
Desde hace miles de años, filósofos y teólogos han procurado esclarecer uno de los grandes enigmas de nuestra existencia: ¿Qué otorga sentido a la vida? ¿Cuál es nuestra razón de ser? Todo el mundo anhela alcanzar la felicidad y sentirse realizado; pero ¿cuál es la felicidad verdadera y de dónde emana?
Los antiguos griegos entendían que la fuente de la felicidad es interior y que se cultiva llevando una vida plena. Tenían un término para ello, eudaimonía, que según Aristóteles es un estado de plenitud y armonía del alma como consecuencia de participar en actividades que nos obliguen a ejercitar nuestro talento y estimulen nuestras capacidades, de realizar acciones que redunden en beneficio de otros y de encauzar nuestra vida por una senda de principios y virtudes. No basta con poseer habilidad o disposición para algo; la eudaimonía exige que esa habilidad se traduzca en hechos.
En su Epístola a los efesios, el apóstol Pablo ruega a los cristianos que llevaran una vida digna de su vocación (Efesios 4:1). Prosigue diciendo que para ello es necesario que actúen con humildad, mansedumbre, paciencia y amor, y que se esfuercen por estar en paz con sus semejantes (Efesios 4:2-3).
Llevar una vida virtuosa y regirse por buenos principios parece una buena idea. Desafortunadamente, dada nuestra naturaleza imperfecta, los seres humanos no podemos alcanzar ese ideal. Los creyentes, sin embargo, podemos echar mano del poder divino para trascender nuestras limitaciones. «Dios es el que me ciñe de poder, y quien hace perfecto mi camino» (Salmo 18:32).
Salomón, considerado el hombre más sabio de la Historia, también descubrió lo inútil y estéril de una existencia centrada en uno mismo y en el mundo. No obstante, dio con una solución. En el libro de Eclesiastés, al término de su búsqueda de la felicidad y el sentido de la vida, concluye: «Ya todo ha sido dicho. Honra a Dios y cumple Sus mandamientos, porque eso es el todo del hombre» (Eclesiastés 12:13).
En la medida en que aprendamos a centrar nuestros pensamientos y nuestros actos en Dios y en el bienestar de los demás, nuestra vida tendrá un norte y un sentido más trascendente. Ronan Keane
Publicado en Áncora en enero de 2026.
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