Lecciones de conducción de 2 Corintios 5
Christian
[Driving Lessons from 2 Corinthians 5]
Durante años fui considerado un buen conductor. Los pasajeros comentaban que se sentían seguros y a salvo cuando yo conducía el vehículo. Sin embargo, una reflexión sobre 2 Corintios 5 y su mensaje sobre «el ministerio de la reconciliación» me aportó una nueva perspectiva.
Después de muchos años de conducir en grandes ciudades metropolitanas, me acostumbré a reaccionar de maneras que poco tienen en común con una conducta cristiana. Me irritaba fácilmente cuando los conductores no usaban las señales de giro, mandaban mensajes de texto mientras estaban detenidos en un semáforo en rojo, se metían en mi carril o ignoraban el derecho de paso. Hasta llegué a vociferar mis frustraciones. Sin darme cuenta, empecé a echarles la culpa a los demás por todo. Como si todos me estuvieran bloqueando el camino y retrasándome adrede.
Cuando me encontraba en situaciones que me hacían llegar tarde —ya fuera porque yo o mi pareja teníamos una emergencia de última hora—, quedar atrapado en el tráfico de la hora pico solía alterarme, hasta que aprendí una lección muy valiosa que cambió por completo mi forma de ver las cosas.
Al madurar y adquirir más sabiduría, me di cuenta de algo obvio. El resto de los conductores no eran mis enemigos. De hecho, la mayoría de ellos ni siquiera sabía que yo existía. Aunque fui mejorando con el tiempo, seguía pareciéndome una mera «apariencia de piedad» sin mucho poder.
Fue entonces que reflexioné sobre un artículo que escribí y titulé: «Las pequeñeces y lo que realmente importa», y al meditar en algunas escrituras algo en mí empezó a cambiar. Primero entendí que nuestro Padre, que tiene numerados los cabellos de nuestra cabeza, tiene el control absoluto y obra en todo momento conforme a Su propósito supremo.
A medida que iba dejando a un lado mis juicios y mis ideas preconcebidas, empecé a relajarme y a dejar que Él tomara el timón de mi vida. «Si pierdo ese tren, si me retraso o si me quedo atascado en el tráfico, no es un error. Jesús tiene un plan mejor. Dios tiene el control.» A medida que mi mente se renovaba con esta verdad, me fui sintiendo más tranquilo, incluso en medio del tráfico de la hora punta.
Cambiar mi forma de pensar habitual no fue fácil. Implicaba adoptar la mentalidad de Cristo, de modo que ya no se trataba de que yo intentara ser paciente y mantener la calma, sino de sustituir los viejos patrones de pensamiento por otros nuevos: derribar las viejas fortalezas y establecer hábitos centrados en Cristo.
La revelación se produjo un domingo por la mañana, mientras conducía para ir a recoger un pastel de cumpleaños. Reflexioné repetidas veces sobre estas palabras de 2 Corintios 5:19: «En Cristo, Dios estaba reconciliando al mundo consigo mismo, no tomándole en cuenta sus pecados y encargándonos a nosotros el mensaje de la reconciliación». O, como lo expresa otra traducción: «A través de Cristo, Dios estaba tratando de reconciliar al mundo con Él, sin tener en cuenta los pecados de nadie. Ese es el mensaje de reconciliación que nos encargó anunciar» (PDT).
Repentinamente, algo cambió. Al mirar los vehículos que me rodeaban, ya no veía autos. Veía personas. Cada conductor era un alma por la que Dios dio a Su único Hijo. Cada persona llevaba consigo una historia, una carga, una herida, un anhelo. Cada persona era alguien a quien el cielo deseaba rescatar y reconciliar. Y, de alguna manera, en Su misericordia, el Padre me había elegido y llamado a este ministerio de reconciliación.
Los conductores ya no eran obstáculos o inconveniencias. El impulso de ir a toda prisa simplemente se había desvanecido. Solo veía personas dolidas, buscando y viviendo en un mundo quebrantado, pero profundamente amadas por Dios. De vez en cuando todavía tengo que combatir mi antigua personalidad, pero por la gracia de Dios, poco a poco estoy progresando.
Desde aquel día, mi definición de ser un «buen conductor» ha cambiado por completo. Ya no se trata simplemente de respetar las normas de tráfico. Se trata de recordar en todo momento que soy un embajador de Cristo, para poder ver a los demás tal como los ve Él. Hasta las interacciones más insignificantes en la carretera se convierten en oportunidades para manifestar Su amor, Su paciencia, Su bondad y Su comprensión.
Como reza la Escritura: «Si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas» (2 Corintios 5:17).