Trabajar en nuestra vida espiritual
Peter Amsterdam
[Investing in Our Spiritual Life]
Se empeñó en buscar al Señor. Mientras […] buscó a Dios, Dios le dio prosperidad. 2 Crónicas 26:5
Para trabajar en nuestro desarrollo y vida espiritual hace falta tiempo, compromiso y disciplina. Además, se requiere fe, pues dar prioridad a nuestra vida espiritual puede restarnos tiempo para otras cosas que tenemos entre manos, cuando parece que nuestra vida ya está llena de cosas que hacer y el tiempo parece escasear.
Cuando nos topamos con obstáculos o circunstancias que nos alejan de nuestros compromisos para con nuestra vida y desarrollo espiritual, ayuda que recordemos que dedicar tiempo a nuestra relación con Dios es lo más importante y una inversión para la eternidad. Jesús nos enseñó: «Busquen primeramente el reino de Dios y Su justicia», y que al hacerlo, todo lo demás encajará (Mateo 6:33).
Uno de los grandes anhelos de Dios es tener una relación íntima con nosotros. Incluso cuando no logramos pasar tiempo con Él, podemos estar seguros de Su amor por nosotros. El Señor conoce nuestra condición, nuestras circunstancias y todas las dificultades que enfrentamos. Nos recibe con nuestras circunstancias y está más que dispuesto a ayudarnos en nuestro esfuerzo por profundizar en nuestra relación con Él.
Veamos algunos principios fundamentales para trabajar en nuestro desarrollo y vida espiritual.
Establecer conexión con Dios por medio de Su Palabra y alimentando el espíritu. Para estar radiantes de vitalidad espiritual, es fundamental que nos hagamos todos los días un espacio para alimentar saludablemente nuestro espíritu. Jesús afirmó que la Palabra de Dios es nuestra fuente de alimento espiritual al citar este versículo del Antiguo Testamento: «No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mateo 4:4).
La Biblia es la Palabra de Dios y de la misma manera que todos los días necesitamos ingerir alimentos físicos para nuestro sustento y buena salud, también necesitamos alimentar nuestro espíritu cada día. A diario debemos hacernos tiempo para leer la Palabra de Dios y pasar tiempo con Él, aunque sea solo unos momentos. Jesús dijo: «Las palabras que Yo les he hablado son espíritu y son vida» (Juan 6:63). No podemos permitirnos dejar pasar nuestra ingesta de Su Palabra.
Huelga decir que nuestra fuente de alimento espiritual ante todo viene de la Biblia. La Biblia presenta el plan de Dios para la humanidad, desde el principio en el Génesis, pasando por la promesa de transformación espiritual mediante la resurrección, hasta las promesas del Apocalipsis de inmortalidad y vida eterna con Dios. La Biblia nos enseña acerca de Dios y establece los principios y normas que nos permiten tomar decisiones prudentes y acordes con los principios divinos, y actuar de manera que complazca a Dios y sirvamos a los demás.
Otra fuente para nuestro desarrollo espiritual son los textos (y también los audios y videos) devocionales y edificantes de personas de fe. Los escritos inspirados de otros cristianos pueden fortalecer nuestra fe, llevarnos a entender mejor las Escrituras y ayudarnos a aplicar la Palabra de Dios a las necesidades y retos que se nos presentan hoy en día.
Dios desea tener una relación profunda con cada uno de nosotros, como nuestro amigo y confidente más confiable. A medida que se desarrolla esa relación privilegiada con el amoroso Dios del universo y se cultiva dedicándole tiempo, meditando en Su Palabra, Él nos guiará y Su Palabra nos ayudará a moldear nuestras decisiones y nuestro comportamiento. «Confía en el Señor de todo corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y Él enderezará tus sendas» (Proverbios 3:5,6).
En el atareado mundo actual, puede ser un reto hacerse tiempo para establecer una relación con Dios. Aun así, los cristianos debemos dar prioridad al tiempo que dedicamos a Dios y Su Palabra. A medida que aquietamos la mente y el espíritu, y meditamos en la Palabra de Dios, Él nos habla al corazón y nos guía en el camino de la vida. Eso contribuye a consolidar nuestra relación con Dios y experimentamos las bendiciones de vivir más cerca de Él.
Cultivar activamente la oración. La oración es un componente clave de nuestra espiritualidad; nos sirve para comunicarnos con Dios. Podemos hablar con Él, alabarlo, rendirle culto, contarle nuestras cuitas, inquietudes y necesidades, y pedirle que nos ayude, que intervenga, que nos dé fuerzas y guía. Orar es pedir que se haga la voluntad de Dios, a medida que acudimos a nuestro Padre en el Cielo. Escuchamos Su voz y buscamos Su orientación, aliento, consuelo e instrucciones.
La oración es el medio por el que intercedemos por otras personas, cuando oramos por los que amamos y que significan mucho para nosotros, por las necesidades de nuestra comunidad y por quienes se encuentran en cualquier dificultad o situación estresante. Una vida espiritual sana debe incluir oración diariamente y a lo largo del día. La Biblia nos manda orar «sin cesar» (1 Tesalonicenses 5:17).
Dios nos ha dado la oración como un regalo. Por medio de ella podemos echar toda nuestra ansiedad terrenal sobre Sus fuertes hombros. Esta vida está plagada de inquietudes, temores y angustias; pero Pablo nos exhorta a no preocuparnos «por nada» y a orar «por todo» (Filipenses 4:6). Afortunadamente, no debe inquietarnos si algo que nos pesa en el alma merece o no oración. Si algo te preocupa, a Dios también. A medida que aprendemos a conjugar vida y oración, Su presencia nos acompaña durante el día.
Al encomendarle a Dios nuestras preocupaciones y ansiedades y confiar en que Él hará que se produzca el mejor desenlace en la situación, tenemos paz. Cultivando la oración de una manera constante y comprometida, podemos estrechar nuestra relación con Dios, y al dedicar tiempo a la oración, nos volvemos más como Jesús.
Estar bien con el Señor. Todos pecamos, todos nos equivocamos; todos los días. El Señor lo sabe, y no nos condena por nuestra imperfección ni por nuestros tropiezos. Jesús sabe todas las faltas que cometemos y entiende nuestros defectos y nuestras flaquezas humanas. Sabe que nunca acertaremos en todo ni lo haremos todo perfectamente, por mucho que nos esforcemos.
Si andamos reverentemente delante del Señor, nos sentiremos impulsados a confesarle con cierta frecuencia nuestros pecados y pedirle perdón. Cuando sabemos que nuestro corazón está bien con Dios y que no albergamos pecados no confesados, tenemos más tendencia a acudir al Señor para pasar ratos de adoración y oración en Su presencia, y más fe en que Él nos bendecirá y cuidará.
Podemos llegar a ese excelente estado de paz y perdón al confesar al Señor nuestras faltas, errores y pecados. Cuando reconocemos humildemente nuestras faltas y acudimos corriendo a Él para que nos reciba con los brazos abiertos, hallamos paz en Su perdón (1 Juan 1:9).
Obedecer a Dios. Como seguidores de Jesús, nos esforzamos por conocer mejor a Dios y Su Palabra. Examinamos, investigamos y meditamos en la verdad de la Biblia y otros textos cristianos inspirados. Memorizamos versículos y estudiamos la Biblia. Hablamos de la Palabra de Dios con otros creyentes.
Todo eso está bien; pero nuestro deber para con Dios no termina ahí. Otro principio fundamental del desarrollo espiritual es hacer lo que dice la Palabra de Dios. Se nos pide que cumplamos lo que Dios manda a todos los cristianos y también lo que Él nos muestra o indica individualmente.
Se nos pide que actuemos y seamos ejemplos vivos de Su Palabra, y eso se logra siendo hacedores de la Palabra y no solamente oidores (Santiago 1:22). Se nos pide que seamos participantes activos en la gran misión de llevar el evangelio al mundo (Mateo 28:19,20).
Nuestra obediencia a Sus mandamientos lleva aparejada una promesa de bendición, como Jesús dijo: «Ahora que saben estas cosas, Dios los bendecirá por hacerlas» (Juan 13:17).
Reunirse con otros creyentes. La Biblia nos dice: «No dejemos de congregarnos, como lo hacen algunos, sino animémonos unos a otros» (Hebreos 10:25). Rick Warren escribió: «Dios quiere que experimentemos la vida juntos. En la Biblia, esa experiencia compartida se conoce como comunión».
Cuando adoramos al Señor con otros cristianos, leemos Su Palabra, cantamos y oramos juntos, nos fortalecemos. Recobramos vigor, nuestra visión se aclara y quedamos mejor preparados para lo que el Señor nos envíe como parte de nuestro trabajo para Su reino.
Puede resultar difícil encontrar tiempo para disfrutar de ratos de calidad en compañía de otros cristianos, o para formar o buscar un círculo cristiano en el que uno se sienta a gusto. Pero es importante que hagamos el esfuerzo de reunirnos con la mayor frecuencia posible con una comunidad de creyentes. No solo es importante para nuestra propia edificación y goce; también nos capacitará y motivará para ejercer una influencia mayor en el mundo.
Al evaluar nuestra vida espiritual y trabajar en nuestro desarrollo espiritual, tengamos presentes las excelentes promesas de las Escrituras de cómo bendice Dios a los que lo aman, andan en Sus caminos y guardan Sus mandamientos. Los cristianos hemos sido llamados a ser «linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo que pertenece a Dios, para que proclamemos las obras maravillosas de aquel que nos llamó de las tinieblas a Su luz admirable» (1 Pedro 2:9).
Publicado por primera vez en julio de 2014. Adaptado y publicado de nuevo en febrero de 2026.
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