La parábola de los dos deudores
Peter Amsterdam
[The Parable of the Two Debtors]
La parábola de los dos deudores —o del fariseo y la mujer pecadora, como se la llama a veces— es un hermoso relato de amor, misericordia y gratitud. La parábola en sí es muy corta. Son apenas dos versículos en medio de la acción y el diálogo que se producen con ocasión de la visita y comida de Jesús en la casa de Simón el fariseo. Aunque la parábola es breve, pone de relieve el perdón de Dios y cuál debe ser nuestra actitud frente a él.
El relato, que se encuentra en el evangelio de Lucas (Lucas 7:41–42), comienza del siguiente modo: «Un fariseo invitó a Jesús a comer. Él fue a la casa del fariseo y se sentó a la mesa» (Lucas 7:36).
Aunque esto da la impresión de tratarse de un relato de hechos anodinos, uno de los aspectos centrales del relato es precisamente lo que no sucede aquí. En aquel entonces era costumbre que, cuando entraba en la casa un invitado, el anfitrión lo saludara con un beso en la mejilla o en la mano. Seguidamente se traía agua y aceite de oliva para lavarle las manos y los pies, y en algunos casos, el anfitrión ungía con aceite la cabeza de su invitado. Simón no tuvo con Jesús ninguna de esas atenciones, lo que se habría considerado una infracción deliberada del protocolo y las normas de cortesía.
Más adelante en este mismo relato, Simón llama maestro a Jesús. Según antiguos escritos judíos, invitar al hogar a un maestro o erudito se consideraba un honor. Por el hecho de haber sido convidado a la casa de Simón, lo menos que podía esperar Jesús era que él lo saludase con un beso y le diera agua para los pies y aceite de oliva para lavarse las manos. Sin embargo, no se le ofreció nada de eso.
En vista de ello, Jesús habría estado en todo su derecho de pensar que no era bien recibido y marcharse molesto; pero no lo hizo. A pesar de que la falta de hospitalidad de Simón podría haberse considerado una afrenta, Jesús hizo caso omiso de ella y se reclinó junto a la mesa sin haberse lavado las manos ni los pies.
A continuación se nos describe la siguiente escena: «Entonces una mujer de la ciudad, que era pecadora, al saber que Jesús estaba a la mesa en casa del fariseo, trajo un frasco de alabastro con perfume; y estando detrás de Él a Sus pies, llorando, comenzó a regar con lágrimas Sus pies, y los secaba con sus cabellos; y besaba Sus pies y los ungía con el perfume» (Lucas 7:37,38).
La mujer, de la que se nos dice que era una pecadora, se enteró de que Jesús iba a comer en casa de Simón aquel día y ya estaba presente cuando llegó el Maestro. La interpretación más aceptada es que seguramente era una prostituta. ¿Cómo es que se le permitió asistir a la comida en casa de Simón? Un autor explica:
En las comidas tradicionales de pueblo del Medio Oriente, los parias de la comunidad no son excluidos. Se sientan calladamente en el suelo contra la pared, y al final de la comida se les da de comer. Su presencia es un halago para el anfitrión, cuya nobleza queda de manifiesto por el hecho de que hasta alimenta a los marginados de la sociedad. Los rabinos insistían en que se dejara abierta la puerta durante las comidas para que no hubiese escasez (es decir, para no dejar fuera las bendiciones de Dios).1
Al parecer, la mujer no estaba allí como invitada, sino como una de esas personas a quienes se les permitía observar sin participar en la comida. Pero ¿por qué estaba allí? Seguramente porque había escuchado hablar a Jesús con anterioridad y el encuentro la había transformado. Aunque esto no está indicado específicamente en la Biblia, es algo que se infiere y se va aclarando a medida que progresa el relato. Más adelante en el relato Jesús le dice a Simón: «Desde el momento en que llegué, no ha cesado de besar Mis pies», lo cual muestra que ella ya estaba allí cuando Él llegó, o que llegó a tiempo para presenciar la descortés recepción que le dispensaron a Él.
Puede que ella hubiera oído hablar de la buena disposición de Jesús para juntarse con pecadores y que lo escuchó hablar del perdón de los pecados, de que Dios la amaba a ella y a sus semejantes, y de que la gracia divina estaba a su disposición por muy pecadora que fuese. Estaba contenta de que sus pecados hubiesen sido perdonados y fue a la casa para manifestar su gratitud para con la persona que le había dado a conocer esa buena noticia.
Dice que trajo un frasco de alabastro con perfume. El alabastro es una piedra blanda que se utilizaba para elaborar pequeños recipientes en los que se guardaban aceites aromáticos que eran muy costosos en aquella época. La mujer llegó preparada con los aceites aromáticos para ungirle los pies, como expresión de gratitud por lo que había hecho Él por ella.
No obstante, se entristeció mucho al presenciar la fría y más bien insultante recepción que le tributó Simón a Jesús. Simón no le había lavado los pies a Jesús, lo que constituía una señal clara de que lo consideraba inferior. Ni siquiera le había ofrecido agua para que se lavara los pies Él mismo. Tampoco lo saludó con un beso. Al ver eso, la mujer llora. ¿Qué puede hacer para compensar esa evidente falta de hospitalidad para con el hombre que ha transformado su vida?
Percatándose de que los pies de Jesús no han sido lavados cuando Él estaba sentado a la mesa, ella decide hacer lo que Simón no ha hecho. Le moja los pies con sus lágrimas. Como no tiene una toalla para enjugárselos, se suelta el cabello para secárselos con él. Seguidamente se los besa. El término griego que se tradujo aquí como besar significa besar repetidamente, una y otra vez; dicho de otro modo, lo que hizo fue llenarle los pies de besos. Como Jesús no había sido saludado con un beso, ella besó Sus pies repetidas veces, una señal pública de gran humildad, devoción y gratitud.
Los comensales están horrorizados ante semejante demostración de afecto. Les parece mal por diversos motivos. Para una mujer, soltarse el pelo era un gesto íntimo, que nunca debía hacer delante de nadie que no fuese su marido. Para colmo de males, estaba tocando a un hombre que no era familiar suyo, algo que ninguna mujer decente haría.
Los presentes ven sus gestos como escandalosos, propios de una mujer inmoral. No tienen ni idea de que ha sido perdonada; la ven como una pecadora sin valor alguno. No pueden creer que Jesús permita que una mujer de tan mala reputación le haga esas cosas.
El relato continúa: «Cuando vio esto el fariseo que lo había convidado, dijo para sí: “Si este fuera profeta, conocería quién y qué clase de mujer es la que lo toca, porque es pecadora”» (Lucas 7:39).
A pesar de que sus faltas como anfitrión hayan quedado en evidencia, Simón está criticando en silencio a Cristo. Habiéndolo escuchado predicar y enseñar, probablemente se ha estado preguntando si Jesús es o no un verdadero profeta. Por lo visto está descartando que pueda serlo, pues según su modo de pensar, si Él fuera profeta, sabría que la mujer que lo toca es inmoral y por lo tanto lo está contaminando.
Quizá Simón invitó a Jesús a comer con la intención de ponerlo a prueba, para ver si realmente era profeta. Después de presenciar esa escena y tomar nota mentalmente de lo que él percibió como una profunda falta de discernimiento por parte de Jesús, es probable que se convenciera de que este no reunía las cualidades espirituales de un profeta de Dios.
Pero Simón se equivoca. Jesús sí conoce el estado espiritual de la mujer, porque más adelante dice que «sus pecados son muchos». También sabe que se le han perdonado esos pecados por haber creído por fe las palabras que le escuchó decir sobre el perdón de Dios. Además, Jesús demuestra que es profeta al discernir los pensamientos de Simón. Sin que este los verbalice, Jesús le responde.
«Entonces, respondiendo Jesús, le dijo: “Simón, una cosa tengo que decirte”. Y él le dijo: “Di, Maestro”» (Lucas 7:40).
La expresión «una cosa tengo que decirte» es un clásico giro idiomático del Medio Oriente para anunciar una declaración directa que al oyente le puede resultar desagradable. En ese momento Jesús procede a contar la breve parábola de los dos deudores.
«Un acreedor tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y el otro, cincuenta. No teniendo ellos con qué pagar, perdonó a ambos. Di, pues, ¿cuál de ellos lo amará más?» (Lucas 7:41,42).
Un denario era el jornal por un día de trabajo común y corriente. Por lo tanto, uno de los deudores de la parábola debía al prestamista 500 jornales y el otro 50, evidentemente una gran diferencia. El prestamista con generosidad condona ambas deudas al ver que los deudores no pueden pagarle.
A lo largo del Nuevo Testamento, el verbo perdonar se utiliza como término financiero —refiriéndose a perdonar una deuda— y también como término religioso, cuando se alude al perdón de los pecados. En la parábola Jesús se refiere a una deuda financiera, pero tal como observaremos, la imagen del acreedor y el deudor se utiliza con relación a Dios y el perdón de los pecados.
En respuesta a la pregunta sobre quién amará más al prestamista que perdonó las deudas: «Respondiendo Simón, dijo: “Pienso que aquel a quien perdonó más”. [Jesús] le dijo: “Rectamente has juzgado”» (Lucas 7:43).
Al darse cuenta de que la parábola viene a ser una trampa verbal en la que ha quedado atrapado, Simón responde sin mucha convicción: «Pienso que…» La moraleja de la parábola es que el amor es la reacción correcta ante la gracia, ante el favor no merecido; que aquel a quien se le perdonó la deuda mayor amará más y demostrará mayor gratitud. Habiendo dejado eso claro, Jesús se dirige a Simón sin rodeos.
«Entonces, mirando a la mujer, dijo a Simón: “¿Ves esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para Mis pies; pero ella ha regado Mis pies con lágrimas y los ha secado con sus cabellos. No me diste beso; pero ella, desde que entré, no ha cesado de besar Mis pies. No ungiste Mi cabeza con aceite; pero ella ha ungido con perfume Mis pies. Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; pero aquel a quien se le perdona poco, poco ama”» (Lucas 7:44–47).
Aunque Jesús dirigió esas palabras a Simón, se giró hacia la mujer mientras las pronunciaba. Cuando le preguntó a Simón si veía a la mujer, procuraba que la viera como una persona, no como una pecadora, sino como una persona a quien mucho se le había perdonado y que por ende amaba mucho, y que demostraba su amor y gratitud por medio de sus acciones. Jesús quería que Simón comprendiera y aceptara que los pecados de la mujer habían sido perdonados y que ella podría reinsertarse en la comunidad, ya no como una pecadora, sino como hija de Dios.
Jesús verbalizó los errores de Simón y contrastó sus omisiones con las nobles acciones de la mujer, acciones que fueron mucho más allá de lo que Simón hubiera debido hacer, pero no hizo. Luego, Jesús relacionó el gran amor de la mujer con la multitud de pecados que le habían sido perdonados.
«Entonces Jesús le dijo a la mujer: “Tus pecados han sido perdonados”» (Lucas 7:48).
Jesús no dijo que le perdonara los pecados en ese momento, sino más bien que sus pecados ya habían sido perdonados. El amor que ella manifestó y sus efusivas muestras de gratitud fueron en respuesta al perdón que ya había recibido al escucharlo hablar anteriormente. Al darse cuenta de que Dios perdona magnánimamente los pecados aunque la persona necesitada de perdón no sea merecedora, sintió gran gozo y libertad.
Los demás invitados no entendieron nada. Su atención estaba puesta en otra cosa, y malinterpretaron lo que había dicho Jesús. «Los que estaban juntamente sentados a la mesa, comenzaron a decir entre sí: “¿Quién es este, que también perdona pecados?”» (Lucas 7:49).
Aunque en los Evangelios consta que Jesús perdonaba los pecados de la gente —algo que los líderes religiosos consideraban blasfemia—, no le perdonó los pecados a la mujer en ese momento, sino que ya le habían sido perdonados.
«Pero Él dijo a la mujer: “Tu fe te ha salvado; ve en paz”» (Lucas 7:50).
Su fe la salvó. Creyó en la gracia de Dios y la aceptó. Sabía que no se la merecía. Sus pecados eran muchos y no había nada que pudiera hacer para merecer su salvación. Creyó y aceptó lo que el Señor le había dicho: que su fe, sus convicciones y su aceptación eran suficientes.
Así termina el relato. No hay indicio alguno sobre la reacción de Simón. ¿Lo entendió? ¿Entendió que él también era un deudor, un pecador que necesitaba el amor y el perdón de Dios? ¿Reconoció que la mujer había sido perdonada, que había cambiado, y la aceptaría nuevamente en la comunidad? Esas preguntas quedan sin respuesta. Después de leer el relato, cada cual puede reflexionar y sacar sus propias conclusiones.
Al pensar en lo que sucedió en la casa de Simón, surgen interrogantes para la aplicación en nuestra vida en cuanto a cómo responder al Señor y cómo tratar a los demás. ¿Seguimos sintiéndonos agradecidos por nuestra propia salvación, alabamos a Dios y le agradecemos nuestra redención? ¿Recordamos lo que le costó a Jesús sobrellevar el castigo de nuestros pecados? ¿Hemos perdido el gozo y la capacidad de asombro ante nuestra salvación?
¿Miramos a los demás del modo en que lo hizo Jesús, reconociendo que Él murió por ellos y quiere que reciban Su regalo de la salvación? En agradecimiento por el perdón de nuestra deuda, ¿nos sentimos motivados a ayudar a otros a descubrir ese mismo perdón? ¿Los amamos, les hablamos, nos sacrificamos y les dedicamos nuestro tiempo, esfuerzos y energías para conducirlos a la salvación, indistintamente de que sean pobres, ricos, jóvenes, ancianos, incultos, intelectuales, desagradables, encantadores, pecadores, piadosos, marginados o aceptados? Jesús desea salvarlos. ¿Cómo contribuimos a que así sea?
A todos se nos ha perdonado mucho. Que, a cambio, amemos mucho y transmitamos ese amor a los demás.
Publicado por primera vez en julio de 2013. Adaptado y publicado de nuevo en abril de 2026.
1 Bailey, Kenneth E.: Jesús a través de los ojos del Medio Oriente, Grupo Nelson, 2012.
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