Difundir las buenas nuevas
Peter Amsterdam
[Spreading the Good News]
La Biblia declara que este mundo, y nuestra vida en él, no son todo lo que hay, y que esta vida es solo parte de nuestra existencia pues nuestro espíritu continúa viviendo tras la muerte de nuestro cuerpo. La Palabra de Dios también enseña que solo nosotros, los seres humanos, tenemos la posibilidad de estar en presencia de Dios en la próxima vida, si primero nos reconciliamos con Él. «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a Su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en Él, no se pierda, sino que tenga vida eterna» (Juan 3:16).
En Su gran amor por el mundo, y por cada uno de los que en él vivimos, Dios hizo posible anular la brecha que existe entre Él y nosotros por medio de Jesús, quien entregó Su vida por nuestros pecados. Debido a tan grande acto de amor, nuestros pecados se perdonan cuando recibimos a Jesús como nuestro Salvador y por lo tanto viviremos en presencia de Dios en la vida venidera (Efesios 2:4–6). Esta es la profunda verdad en la que creemos los cristianos. ¡Qué gran consuelo nos reporta saber que a raíz del sacrificio que hizo Jesús, todos los que lo aceptan a Él vivirán eternamente con Dios en la vida venidera!
Este hecho, sin embargo, tiene también una cara triste, pues no todos han oído la verdad del plan de Dios de la salvación; muchas personas no lo saben, o no entienden, o no han aceptado que la vida eterna en compañía de Dios está a su alcance a través de la fe en Jesús. La mayoría de nosotros tampoco lo sabía, hasta que lo escuchamos de boca de otro cristiano, ya sea en persona, a través de publicaciones cristianas o en los medios de comunicación. Porque nos lo dijeron, lo creímos y heredamos la vida eterna. «Porque por gracia ustedes han sido salvados por medio de la fe» (Efesios 2:8–9).
Llegué a la fe porque me testificó un amigo de secundaria. Respondió con paciencia a todas mis preguntas y me explicó las cosas de manera lo bastante sencilla como para que pudiera comprenderlas. Me señaló varios versículos clave de la Biblia, que me hablaron al alma. Mostró interés y preocupación por mí, me tuvo paciencia, fue compresivo y respondió a mis interrogantes, explicándome acerca del profundo amor que Dios sentía por mí. Me vida se transformó por completo porque cuando estaba indagando y buscando respuestas, alguien dedicó tiempo a testificarme y me comunicó su fe.
Es posible que ustedes también tengan una historia similar. Alguien les habrá hablado acerca de Jesús, o quizás escucharon acerca de la salvación de parte de algún predicador. Tal vez alguien les testificó en el colegio, en la calle o en algún restaurante. Quizás fue un amigo, un pariente o alguien en el trabajo; o tal vez alguien que se sentó junto a ustedes en un bus, un tren o un avión.
Las maneras en las que manifestamos el amor, la aceptación y la compasión de Jesús a los demás en la vida cotidiana —nuestro ejemplo de vida, el amor que manifestamos y la forma en que desde nuestro interior irradiamos la luz del Espíritu de Dios que mora en nosotros— es parte importante de atraer a otros hacia el Señor. No obstante, también es necesario recurrir a las palabras para explicar las cosas. Necesitamos hablar sobre el Señor, la salvación y la fe a aquellos con quienes interactuamos. El apóstol Pablo escribió: «Pues “todo el que invoque el nombre del Señor será salvo”. ¿Pero cómo pueden ellos invocarlo para que los salve si no creen en Él? ¿Y cómo pueden creer en Él si nunca han oído de Él? ¿Y cómo pueden oír de Él a menos que alguien se lo diga?» (Romanos 10:13,14).
Que las personas hablen a otros acerca del evangelio es fundamental para transmitir la creencia de que existe otra vida después de esta vida, y que debido al profundo amor de Dios por la humanidad, Él nos ha dado el regalo, la oportunidad, de vivir con Él para siempre por medio de la muerte de Jesús en la cruz. Si los cristianos no se ocupan de hablar sobre estas cosas, mucha gente se perderá la oportunidad de escuchar estas magníficas nuevas y de salvarse. Sin importar en qué situación nos encontremos, el llamado a dar a conocer estas noticias siempre estará presente. Jesús dijo: «Como el Padre me envió a Mí, así Yo los envío a ustedes. Yo los escogí a ustedes y los comisioné para que vayan y den fruto» (Juan 20:21, 15:16).
Cada uno de nosotros ha recibido el regalo de la salvación. Lo recibimos gratuitamente —fue un regalo—, no obstante, a Jesús le salió caro. Se entregó por completo a fin de redimir a la humanidad, y Él ahora depende de nosotros y nos ha encargado a los cristianos que demos ese mensaje a otros. Si no lo hacemos, no hay garantía de que vayan a escucharlo por otros medios.
El apóstol Pablo expresó de manera sucinta la importancia de dar a conocer el evangelio a los demás cuando afirmó: «Porque me es impuesta necesidad; pues ¡ay de mí si no anuncio el evangelio!» (1 Corintios 9:16). Otras traducciones de este versículo de la Biblia dicen: «Lo hago porque Dios así me lo ordenó» (TLA), «estoy bajo la obligación de hacerlo» (NVI). Otra versión lo pone de la siguiente manera: «Estoy obligado por Dios a hacerlo. ¡Qué terrible sería para mí si no predicara la buena noticia! (NTV).
A los cristianos se nos ha dado el mayor regalo que una persona pueda recibir. Hemos hallado la perla preciosa (Mateo 13:45,46). Se nos ha concedido el privilegio de acceder al reino de los Cielos. Multitudes anhelan lo que nosotros ya conocemos y hemos recibido, lo sepan o no.
Por el amor y la misericordia que nos tiene Dios se nos concedió el privilegio de conocer la verdad, el propósito y el significado de la vida. Tenemos una relación con Dios, nuestro Padre celestial, que se extenderá hacia la eternidad. Otros aún se encuentran buscando las respuestas y el propósito y entender el sentido de la vida, y Dios, en Su amor, quiere darles la oportunidad de conocer el camino, la verdad y la vida que solo pueden hallarse por medio de Jesús (Juan 14:6). Qué triste, qué terriblemente lamentable es que nosotros, como cristianos que somos, que hemos sido tan bendecidos, no compartamos la verdad con otros, que ignoremos la instrucción que nos dio Jesús de divulgar las buenas nuevas.
No cabe la menor duda de que puede resultar difícil hacerlo, con lo ocupados que andamos en la vida. Jesús se sacrificó en la cruz por nosotros, y otros cristianos sacrificaron su tiempo y esfuerzo para darnos las buenas nuevas. Como se ha dicho antes, solo Cristo puede salvar a este mundo, pero no puede salvarlo Cristo solo. Alguien tiene que hablar acerca de Jesús y Su salvación, y cuando Dios pone a una persona en nuestro camino, ese alguien somos nosotros.
Si verdaderamente reconocemos el profundo amor y desvelo que siente Dios por cada individuo, y que Jesús entregó Su vida para que tengan acceso a la vida eterna, nos sentiremos obligados a contárselo a las personas que el Señor nos pone en el camino de la vida, incluso cuando nos resulta inconveniente, difícil, costoso o humillante.
El Salvador de nuestra alma nos solicita que les presentemos a otros la oportunidad de conocerlo a Él, que hagamos que quienes aún no han oído o entendido el mensaje del evangelio tomen conciencia del estupendo regalo que se nos ha dado. ¿Estamos dispuestos a hacer esto? ¿Oramos por almas, y luego actuamos en consecuencia? ¿Oramos por obreros que divulguen el mensaje, y estamos dispuestos a ser nosotros también esos obreros? ¿Oramos para que el Señor ponga en nuestro camino a esas personas que están buscándolo? ¿Le pedimos al Espíritu Santo que nos guíe hacia aquellos que responderán al amor de Dios? ¿Estamos dispuestos a entregar parte de nuestro tiempo, esfuerzo, pensamientos, oraciones y acciones a la misión que Jesús nos encomendó? Cuando nos vemos frente a alguien que necesita la vida eterna, ¿nos ponemos en acción presentándole el mensaje de salvación?
Se nos ha encomendado ser Sus testigos y proclamar el evangelio por medio de nuestra manera de vivir, nuestras palabras y nuestras acciones. «Pero ustedes son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido para posesión de Dios, a fin de que anuncien las virtudes de Aquel que los llamó de las tinieblas a Su luz admirable» (1 Pedro 2:9).
Si de veras estamos comprometidos a hacer lo que Jesús nos encargó, haremos nuestra parte para llevar las buenas nuevas a otros. Si cobramos conciencia del efecto eterno que tendrá en la vida y el futuro de alguien más, seremos diligentes al llevar a cabo Su gran misión. Si amamos a nuestro prójimo como a nosotros mismos, tal como nos enseñó Jesús, entonces nos sentiremos obligados a contarles cuán profundamente los ama Dios y a mostrarles que pueden ingresar al reino de los cielos creyendo en Jesús.
Que todos hagamos la parte que nos corresponde a fin de llevar las buenas nuevas y ayudar a otros a llegar a la fe en Jesús y recibir Su regalo de la salvación y la vida eterna.
Publicado por primera vez en abril de 2013. Adaptado y publicado de nuevo en enero de 2026.
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