Difunde la buena nueva, uno a uno
Tesoros
[Sharing the Good News—One Heart at a Time]
Dar a conocer tu fe a otras personas y guiarlas hacia la salvación por la fe en Cristo puede resultar difícil, pero es una labor muy gratificante. No a todo el mundo le interesa conocer a Jesús o descubrir cómo iniciar una relación con Dios. Pero cuando alguien recibe tu testimonio y acepta a Cristo —en ese mismo momento o más tarde—, te das cuenta de que es un privilegio maravilloso haber participado o desempeñado un papel en ello.
Algunas de las personas con las que hables o a las que entregues folletos evangélicos se encontrarán en un momento de su vida en que están abiertas y listas para recibir el mensaje y desean saber más del cristianismo. Es posible que otros al testificarles hayan dejado semillas en ellas, o que Dios haya obrado en ellas de otras maneras para llevarlas a ese punto. Entonces Él las pone en tu camino para que lleguen a conocer a Cristo y lo acepten como su Señor y Salvador.
Pero no te sorprendas si algunos rechazan abiertamente tu testimonio o incluso vilipendian tu fe. Puede resultar un poco descorazonador acercarse a alguien para hablarle de la verdad que lo hará libre (Juan 8:31,32) y encontrarte con que te ignora, cambia de tema, adopta una postura crítica o en algunos casos te menosprecia o te reprende. Cuando pase eso —a todo el mundo le sucede en algún momento—, no te rindas. Nuestra tarea consiste en poner en las personas las semillas de la verdad y de la fe; solo Dios puede hacerlas crecer en corazones receptivos, tal como expone la parábola del sembrador.
Un sembrador salió a sembrar. Al esparcir las semillas, una parte cayó junto al camino; fue pisoteada y los pájaros se la comieron. Otra parte cayó sobre las piedras y cuando brotó, las plantas se secaron por falta de humedad. Otra parte cayó entre espinos que, al crecer junto con las semillas, ahogaron las plantas. Pero otra parte cayó en buen terreno; así que brotó y produjo una cosecha del ciento por uno. […]
Este es el significado de la parábola: La semilla es la palabra de Dios. Los que están junto al camino son los que oyen, pero luego viene el diablo y les quita la palabra del corazón, no sea que crean y se salven. Los que están sobre las piedras son los que reciben la palabra con alegría cuando la oyen, pero no tienen raíz. Estos creen por algún tiempo, pero se apartan cuando llega la prueba. La parte que cayó entre espinos son los que oyen, pero los ahogan las preocupaciones, las riquezas y los placeres de esta vida, y no maduran. Pero la parte que cayó en buen terreno son los que oyen la palabra con corazón noble y bueno, la retienen y, como perseveran, producen una buena cosecha. Jesús, Lucas 8:5–151
Cualquiera que tenga experiencia en horticultura o agricultura sabe que quien siembra no controla si las semillas germinarán. Lo que hace el horticultor o agricultor es labrar la tierra, sembrar, regar y abonar. Pero solo Dios puede hacer que las semillas germinen. Por muy convincentemente que hables del evangelio, los frutos o resultados de tu testificación están en manos del Señor y dependen de la respuesta de las personas. Uno puede labrar el terreno, otro sembrar y otro regar, pero es Dios quien hace crecer (1 Corintios 3:6).
Puede que algunos tengan una reacción inicial negativa cuando un cristiano les testifica por el simple hecho de que les pilla por sorpresa. No se lo esperaban o no estaban preparados para entablar una conversación sobre un tema tan profundo como el de la fe en Dios o el lugar al que irán a parar después de esta vida. Es posible que otros hayan tenido malas experiencias o escuchado argumentos en contra del cristianismo que los han desilusionado. A otros hay que conquistarlos predicándoles con el ejemplo —siendo un evangelio andante— para que luego estén dispuestos a escuchar un sermón.
A algunos les parece que aceptar a Jesús como Salvador sería traicionar la religión con la que sus padres los criaron, o tienen miedo de que eso los aparte de su familia y su cultura. Algunos todavía no han descubierto la futilidad de buscar la verdad suprema y el propósito y significado de la vida en las cosas de este mundo, o no quieren que se les hable de la muerte y la otra vida, y mucho menos del pecado y de cuál será su destino eterno.
Hay mil motivos por los que algunos no le abren su corazón a Jesús la primera vez que se les presenta la oportunidad. En países no cristianos y culturas seculares es habitual que tome bastante tiempo y paciencia llevar a alguien a conocer a Jesús y salvarse. En ciertos casos hace falta entablar primero una amistad con la persona y ser un buen vecino, amigo, colega o compañero de estudios. Algunos se sienten atraídos al cristianismo al ver un ejemplo vivo de lo que creemos, al conocer nuestra forma de vivir y nuestro amor e interés en los demás.
Si alguien no está listo para que se le testifique, no hay que insistir, pero tampoco rendirse. Tal vez tu encuentro con esa persona no es sino un paso más en su acercamiento a Jesús. Puedes orar por ella y pedirle al Señor que siga obrando en su corazón y que riegue las semillas que tú sembraste. Puedes ponerte a su disposición y decirle que te encantaría conversar con ella. A lo mejor puedes infundirle fe enviándole mensajes por correo electrónico o entregándole publicaciones cristianas de tanto en tanto.
Nuestra labor consiste en sembrar la Palabra y la verdad de Dios en el corazón de las personas. El sol del amor de Dios combinado con el agua de Su Palabra hará que en algunos casos se produzca el milagro de una nueva vida en los que lo acepten. Nuestra pasión y nuestro deseo es difundir la buena nueva de la salvación y ayudar a las personas a descubrir la fe en Cristo, pero únicamente Dios puede obrar en su corazón y en su vida. Nosotros solo podemos ofrecerles la verdad del evangelio y manifestarles el amor de Dios. La decisión de creer, aceptar y seguir a Jesús como Señor y Salvador debe tomarla cada uno delante de Dios.
Nosotros nos limitamos a preparar la tierra, ablandarla con nuestras oraciones y depositar en ella la semilla. Puede que no siempre lleguemos a ver la cosecha, pero podemos confiar en que el Señor obrará en las personas que lo acepten. Si damos testimonio fielmente y repartimos folletos evangélicos, nuevos testamentos y otras producciones cristianas, podemos confiar en que el Espíritu Santo obrará en el corazón y en la vida de las personas. Tanto si deciden creer el mensaje y aceptar a Cristo como si no, nosotros estamos cumpliendo fielmente el llamado a predicar el evangelio (Marcos 16:15).
Consejos para difundir eficazmente la buena nueva
Se nos ha encargado que comuniquemos la buena nueva a todo el mundo, por todas partes. Al hacerlo, es importante que tengamos presente que cada persona con la que nos cruzamos tiene un valor intrínseco a los ojos de Dios y es objeto de Su amor. Debemos mirar más allá de las apariencias y verlas como Él las ve, como creaciones únicas.
Jesús dio ejemplo de relacionarse con todo tipo de personas aun cuando la cultura de Su época lo desaprobaba. Hablaba con los odiados recaudadores de impuestos, como Zaqueo, y llamó a uno de ellos, Mateo, para que fuera discípulo Suyo. Fue al encuentro de María Magdalena y de la samaritana a la que conoció junto a un pozo, y sanó a los marginados y parias de Su época. «El Señor no mira lo que mira el hombre: El hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero el Señor mira el corazón» (1 Samuel 16:7). Pídele a Dios que te ayude a ver a cada persona que ponga en tu camino como Él la ve.
Hay personas discutidoras que presentan argumentos contra el cristianismo porque son escépticas e incrédulas y quieren soltar su opinión. Pero no todos los que discuten entran en esa categoría. Hay quienes buscan sinceramente la verdad y que discuten y cuestionan la Biblia y el cristianismo porque de veras ansían respuestas. Quieren que les resuelvan sus objeciones.
Aprendamos de cómo respondía Jesús a las preguntas que le hacían. Algunas se las plantearon personas que querían sinceramente conocer la verdad, como Nicodemo, que le preguntó cómo podía nacer de nuevo (Juan 3:1–21), y la samaritana con la que conversó junto a un pozo, que le hizo una pregunta sobre el agua viva (Juan 4:5–15). Jesús respondió a sus preguntas y les reveló la verdad sobre quién era Él y cómo podían entrar en el reino de Dios.
Por otra parte estaban las preguntas de los líderes religiosos de Su época, con las que pretendían tenderle trampas. Cuando Jesús percibía que quienes lo interrogaban solo querían meterlo en aprietos, les respondía con mucha prudencia, haciéndoles preguntas que los desenmascaraban y revelaban sus verdaderas intenciones (v. por ejemplo Mateo 22:15–22; Juan 8:6–9).
La Biblia nos insta a hablar con convicción, pero también con gentileza y respeto. «Estén siempre preparados para responder a todo el que pida razón de la esperanza que hay en ustedes. Pero háganlo con gentileza y respeto» (1 Pedro 3:15). El apóstol Pablo escribió: «Un siervo del Señor no debe andar peleando; más bien, debe ser amable con todos, capaz de enseñar y no propenso a irritarse. Así, humildemente, debe corregir a los adversarios, con la esperanza de que Dios les conceda el arrepentimiento para conocer la verdad» (2 Timoteo 2:24,25).
Si después de un rato tratando de entender a una persona discutidora u hostil y de responder a sus preguntas u objeciones te das cuenta de que claramente no quiere escuchar las respuestas de Dios contenidas en la Biblia, retírate cortésmente de la conversación. En Colosenses se nos manda: «Anden sabiamente para con los de afuera, redimiendo el tiempo. Que la palabra de ustedes sea siempre agradable, sazonada con sal, para que sepan cómo les conviene responder a cada uno» (Colosenses 4:5,6). A menudo la mejor estrategia para lidiar con los puntos de desacuerdo no es refutar lo que dice el otro, sino escucharlo y seguidamente presentarle la verdad de una manera amorosa y positiva.
Cuando se testifica a dos o más personas juntas, a veces una de ellas es poco receptiva e intenta poner trabas al testimonio que das ante todo el grupo, haciendo comentarios peyorativos y preguntas capciosas o denigrantes, o creando distracciones molestas. Por eso en general es más eficaz, siempre que se pueda, conversar uno a uno, ya que muchas personas se sienten incómodas si tienen que hablar de Dios, de la fe y de cuestiones de orden espiritual delante de otros, sobre todo delante de sus compañeros. En conversaciones privadas, aun algunos que pueden haber parecido poco receptivos cuando estaban con otros terminan siendo más receptivos.
Que tu testificación sea atractiva
En 1 Corintios, Pablo expone su estrategia para difundir el evangelio: «Me he hecho siervo de todos para ganar al mayor número. […] A todos me he hecho de todo, para que de todos modos salve a algunos. Y esto hago por causa del evangelio, para hacerme copartícipe de él» (1 Corintios 9:19–23).
Al evangelizar, también nosotros podemos buscar un enfoque con el que las personas se puedan identificar en función de su situación, sus experiencias y su cultura. Hay que abordarlas y dirigirse a ellas de una manera amistosa, comprensiva, compasiva y empática. Busquemos tantos puntos de coincidencia como sea posible. Si alguien a quien testificamos no ha tenido una formación cristiana, podemos centrarnos en Jesús, la única figura religiosa que tomó forma humana, vino a la Tierra, vivió como un ser humano y dio Su vida para redimirnos y salvarnos a todos. Podemos hablar de Su gran amor por la humanidad y de Su poder para transformar, sanar, consolar y reparar vidas y corazones destrozados.
Jesús dijo que había venido «a buscar y a salvar lo que se había perdido» (Lucas 19:10). El Señor también nos advierte que seamos prudentes y que miremos bien cómo, cuándo y a quién testificamos. «He aquí, Yo los envío como a ovejas en medio de lobos —dijo a Sus discípulos—. Sean, pues, astutos como serpientes y sencillos como palomas» (Mateo 10:16). Debemos transmitir a todos el mensaje acerca del amor y la verdad de Dios, pero particularmente a quienes lo vayan a creer y aceptar.
Recompensas
Los cristianos nacidos de nuevo hemos sido llamados a cumplir la misión de dar testimonio de Jesús y comunicar la buena nueva a las personas que el Señor pone en nuestro camino. «Somos embajadores de Cristo; Dios hace Su llamado por medio de nosotros. Hablamos en nombre de Cristo cuando les rogamos: “¡Vuelvan a Dios!”» (2 Corintios 5:20). Ser Sus embajadores es tanto un llamado como un privilegio.
¡Difundir la buena nueva del evangelio es una experiencia sumamente gratificante! Es un privilegio participar en las transformaciones que obra el Señor en el espíritu y la vida de las personas, y saber que un ser querido, un amigo o alguien a quien hemos testificado ha accedido a la salvación eterna. «Hay gozo delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente» (Lucas 15:10), y nosotros, que somos instrumentos de Dios en la Tierra, también participamos de ese gozo. Eso sería recompensa suficiente. Sin embargo, hay mucho más. Jesús prometió copiosas recompensas en el Cielo a quienes lo sirvan y den testimonio de Él. «A cualquiera que me confiese delante de los demás, también el Hijo del hombre lo confesará delante de los ángeles de Dios» (Lucas 12:8).
No siempre es fácil. Hay momentos en que nos desanimamos o nos sentimos frustrados porque nos parece que nuestra testificación es un tanto infructuosa. En esos momentos conviene recordar que todo sacrificio que hagamos en esta vida habrá valido la pena cuando estemos con Jesús. Un día tendremos la alegría de saber que participamos en la salvación de otras personas y cumplimos fielmente la gran misión que Él nos encomendó.
Publicado en Áncora en febrero de 2026. Traducción: Esteban.
1 La parábola del sembrador se encuentra también en el capítulo 13 de Mateo y en el capítulo 4 de Marcos.
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