La lámpara

enero 27, 2014

David Brandt Berg

Solo en Dios halla descanso mi alma; de Él viene mi esperanza.  Salmo 62:5[1]

En el caso de cristianos que se dedican a servir al Señor, es un error común que se excedan y traten de hacer más de lo que es su capacidad. Deben guardar algo de energía para sí mismos, para su Señor. Cuando estén cansados, deben descansar. Cuando estén agotados, a veces solo deben retirarse de la lucha y encomendar a otros la batalla. Deben saber cuándo luchar y cuándo estar quietos, cuándo dar y cuándo guardar, cuándo trabajar y cuándo descansar, cuándo dar a los demás y cuándo orar. Cuando salvan a otros, en realidad a sí mismos no se pueden salvar; hay otras veces, sin embargo, en que deben salvarse a sí mismos si van a salvar a otros y continuar salvando más y más.

A veces deben elegir entre lo que es bueno y lo que es lo mejor para el reino. Sobre todo, deben guardar lo mejor de sí mismos para el Señor, dar lo mejor a su Esposo y reservarle el primer lugar. Debemos darle a Él el primer lugar, a Su compañía y Su amor. Todos debemos aprender a descansar en Sus brazos y no trabajar tanto apoyándonos en nuestras propias fuerzas. Todos necesitamos aprender a reservar lo mejor de nosotros para nuestro Señor.

«En quietud y en confianza será vuestra fortaleza»[2]. «Echa sobre el Señor tu carga y Él te sustentará»[3]. «Venid a Mí todos los que estáis trabajados y cargados. […] Llevad Mi yugo sobre vosotros y aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque Mi yugo es fácil y ligera Mi carga»[4]. A veces tratamos de llevar demasiado, de hacer demasiado. Debemos dejarle más al Señor. «Echa sobre el Señor tu carga, y Él te sustentará. «Confía en el Señor y haz el bien» y te apacentarás de la verdad y habitarás largos días en la tierra[5], pues Él te sustentará.

Mis fuerzas vienen del Señor, que da a todos en abundancia y sin reproche[6]. Porque, si le piden pan, ¿Él les va a dar una piedra? Y si le piden pescado, ¿les dará una serpiente? Por tanto, si ustedes saben dar buenas dádivas a sus hijos, ¿cuánto más su Padre que está en los cielos dará el Espíritu Santo a los que lo aman[7], a fin de sustentarlos?

Todos debemos aprender a depender más del Señor, a dejarle más al Señor. No podemos hacer todo. ¡Es humana y físicamente imposible hacerlo todo! Simplemente hay que hacer cada día lo que se puede, y dejarle el resto al Señor. Si no lo puedes hacer, Él lo tiene que hacer. «Él lo sabe, Él los ama. Él vela por ustedes. Nada puede opacar Su verdad. A los que dejan lo mejor para Él, lo mejor de lo mejor les da».

Ayúdanos a distribuir el tiempo de modo que reservemos lo mejor para Ti, Señor, y que descansemos en Tus brazos de nuestro trabajo, a fin de que nos puedas dar Tu fortaleza, la fortaleza que solo se encuentra en Tus brazos y en Tu amor, a medida que te damos lo mejor a Ti.

«Hallaréis descanso para vuestras almas». No muchos entienden que el alma es un cuerpo con espíritu[8]. Si no descansamos en el Espíritu, agotaremos el cuerpo. Tenemos que aprender a descansar en el Espíritu para salvar nuestro cuerpo, a fin de tener fuerzas para servir a otros. Porque la fuerza viene del Señor que hizo el cielo, la tierra y nuestro cuerpo; y sabe lo que necesitamos más que nada: paz, comunión con Él y alimentarnos de Su Palabra.

Debemos participar de los frutos primero, antes de que podamos dar alimento a los demás. No podemos dar de comer a los demás si no nos hemos alimentado. Primero debemos alimentar nuestra alma antes de partir el pan para dar a los demás. No podemos dar todo para que luego no quede nada que dar, y nos consumamos y no nos quede aceite para cuando venga nuestro Esposo[9]. Primero debemos buscar al Rey y Su reino. Luego, todas las otras cosas nos serán añadidas mediante Su poder, Su fortaleza, Su reino, Sus fuerzas y cuando Dios crea conveniente, si le damos a Él el primer lugar[10].

No podemos permitirnos consumirnos en servicio a los demás, hasta el punto en que no quede nada para nosotros ni para el Rey. Tenemos que aprender a dar el primer lugar al Señor y a nuestros ratos de comunión con Él. Ante todo, le pertenecemos a Él. El primer lugar debe ser para Él; con paz, quietud, descanso, apacentamiento y comunión con el Señor. Porque sin el poder del Maestro no podemos hacer Su obra. Debemos reservarle el primer lugar a Él, a Su Palabra, Su amor y poder; así obtendremos fuerzas. No lo podemos hacer sin ayuda, con nuestras propias fuerzas.

Debe ser el aceite lo que arda y no la mecha, porque sin aceite la mecha se destruye. Debemos dejarle arder a Él para que ilumine el camino en vez de intentar arder nosotros; porque de lo contrario a la larga nos consumiremos y no quedará luz para nuestro Maestro. La llama arde con gran hermosura, brillo y claridad, y con mucha potencia, gracias al aceite. En cambio, cuando solo arde la mecha, despide mucho humo y apesta, es confuso.

La mecha debe estar bien empapada en aceite. La mayor parte de la mecha está sumergida en el aceite, solo una punta minúscula está expuesta al aire y a la llama. Lo que arde es más que nada el aceite, y muy poco de la mecha, casi nada; y el aceite fluye en abundancia cuando la mecha está bien empapada de aceite. Entonces, lo que arde es el aceite y no la mecha; e ilumina toda la casa con una luz clara, pura y brillante, con la belleza de la perfección de Dios y la santidad de Su luz.

Lo que ahora vivo, lo vivo por la fuerza del Señor que vive en mí. No soy yo el que vive, sino Cristo, que vive en mí[11]. No soy yo el que arde, sino que Cristo es el que debe arder en mi interior a fin de producir una luz pura, sin humo, una luz clara y hermosa.

En mi niñez, en las mesas de cada casa había lámparas bonitas de queroseno. Tenían  un depósito muy lindo de cristal que se llenaba de aceite o petróleo,  y se podía ver el nivel del aceite en la lámpara para saber cuándo volverla a llenar. Se podía ver cuando disminuía el nivel del aceite y cuando había demasiada mecha fuera de éste, porque la lámpara humeaba al no quedar suficiente aceite para empapar bien la mecha.

La lámpara ardía mejor cuando estaba llena de aceite. Es decir, que lo que ardía era el aceite y no la mecha. No soy yo el que arde, ¡sino Cristo quien arde en mí!

En el libro de Isaías hay un pasaje en el que se exhorta a acudir al Señor. ¿Por qué gastar lo que se tiene en algo que no es alimento, o la comida y las fuerzas en lo que no es pan? «A todos los sedientos: Venid a las aguas; y los que no tienen dinero, venid, comprad y comed. Venid, comprad sin dinero y sin precio, vino y leche. ¿Por qué gastáis el dinero en lo que no es pan, y vuestro trabajo en lo que no sacia? Oídme atentamente, y comed del bien, y se deleitará vuestra alma con grosura»[12].

A veces nos esforzamos demasiado. Tratamos de trabajar mucho, de encargarnos de todo nosotros mismos, cuando debemos dejar que sea el Señor quien arda, que fluya a través de nosotros. Dejemos que arda Él.

En Jesús encontré un refugio de los afanes de la vida;
me escondo en Su amor divino.
Comprende el anhelo de mi alma y me susurra:
me perteneces. Soy tu camino.

¡Solo Cristo satisface,
solo Él y nadie más!
¡Cada carga en bien se torna
cuando sé que Él cerca está!
A. B. Christiansen

Solo en el Señor encontraremos verdadera satisfacción.

En los efímeros placeres terrenales no encontré satisfacción;
labré cisternas rotas y su sequedad me avergonzó.
No encontré alguna fuente que satisficiera mi necesidad.
Solo Cristo me sació, ¡me satisfizo de verdad!

En Cristo no hay decepción.
Todo profundo anhelo
en Él halló realización.
Me dio descanso, consuelo.
Lo puse a prueba y mis sueños superó.
No me decepcionó. ¡Cristo es mi sol!
C. W. Waggoner

Echa tu carga sobre el Señor.
Eso será siempre lo mejor.
Si confías bastante,
Él te sacará adelante.
Echa tu carga en el Señor.
Déjala allí; confía en Su amor.
Charles Tindley

Deja tu carga al Señor, sabiendo que solo Él puede resolver los problemas y únicamente Él puede llevar a cabo el trabajo. Muchos llevan sus cargas al Señor, las colocan en el altar y luego las recogen y se marchan, llevándoselas de nuevo con ellos. No podemos resolver los problemas. El Señor es quien debe hacerlo. Debemos relajarnos y permitir que obre Dios. Todo lo que hay que hacer es dejar que resplandezca el Señor. Dejar que fluya el aceite. Dejar que fluya el Señor. Dejar que Él lo haga. ¡Deja que el Señor lo haga!

Eso sucede sobre todo con personas que por naturaleza tienen mucho vigor y dinamismo. Les resulta difícil no dejarse arrastrar y bum, bum, bum, intentar hacerlo todo con sus propias fuerzas. Pero la fuerza natural tiene sus límites. Los hombres enérgicos tienen sus puntos flacos, y en muchos casos el mayor defecto consiste en seguir adelante con las propias fuerzas en vez de dejar que lo haga el Señor.

Que el Señor te bendiga, te guarde y haga de ti una gran bendición para muchos. ¡Con Su fuerza y mediante Su poder!

La gloria he de darle a Jesús
y hablar de Su amor, Su espléndido amor.
La gloria he de darle a Jesús
y hablar de Su espléndido amor.
Anónimo

Artículo publicado por primera vez en marzo de 1983. Texto adaptado y publicado de nuevo en enero de 2014. Traducción: Patricia Zapata N. y Antonia López.


[1] NVI.

[2] Isaías 30:15; RV1960.

[3] Salmo 55:22.

[4] Mateo 11:28–30.

[5] Salmo 37:3.

[6] Salmo 121:2; Santiago 1:5.

[7] Mateo 7:9–11.

[8] Génesis 2:7.

[9] Mateo 25:1–13.

[10] Mateo 6:33.

[11] Gálatas 2:20.

[12] Isaías 55:1–2.

 

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