Nunca pierdan la chispa

agosto 7, 2013

Anna Perlini

Se dice que envejecer es renunciar a los sueños. Que es dejar de moverse. La avanzada edad suele representarse con un buen número de síntomas de parálisis y de pérdida de dinámica, dependiendo del estilo de vida que se elija.

La sola idea de que algún día mis padres envejecieran bastaba para hacerme llorar de pequeña. Los quería muchísimo. Me aterrorizaba pensar que en algún momento perderían parte del cabello y su rostro se llenaría de arrugas. No es de extrañar que mi película favorita en esa época fuera Peter Pan. ¡Qué gracioso! Ahora entiendo que en cierta manera temía el proceso de envejecimiento. Lo hermoso nunca debiera terminar ni perder su brillo.

El tiempo pasó y mi temor se desvaneció. Empecé a aceptar el aspecto físico del cambio, al menos en mis padres. Cabe añadir que la edad les ha sentado muy bien. Sería una mentira asegurar que me alegra envejecer. Pero además de sentirme más fuerte ahora que cuando tenía veinte años, he caído en la cuenta que lo que más me atemoriza es acumular años por dentro. Es perder el entusiasmo, los ideales, el deseo de aprender y de continuar avanzando. He presenciado ese cambio en otros. Especialmente en las personas de mi generación. Las mismas que de jóvenes luchaban apasionadamente por cambiar y mejorar el mundo. Por eso me alegro cada vez que tengo la oportunidad de ponerme a prueba y de alguna manera empezar de nuevo. Siento que me rejuvenecen. Soy una idealista sin remedio, lo admito.

Un pensamiento que me ha animado y motivado toda vez que sentía ganas de renunciar es: «Algunas personas se venden demasiado baratas. Se rinden muy pronto. Es muy fácil crear excusas, excusas legítimas, lógicas, razonables y aceptables por las cuales no lo pudiste lograr, o para que no se espere que lo logres. En la mayoría de los casos, la mayor parte de las personas aceptarán tus excusas, porque la mayoría de las personas tampoco tiene fe, y al excusarte a ti están excusándose a sí mismas. Pero, ¿te va a excusar Dios?»[1]

Hace varios años participé en un reencuentro escolar. Allí tuve ocasión de reunirme con amigos que no había visto en más de 30 años. En el colegio tuve calificaciones muy altas. No solo era de las mejores en la escuela, sino que además promovía varias causas sociales y políticas. Los siguientes 38 años los dediqué a las mismas causas, a menudo en situaciones muy arduas. Nunca hice acopio de bienes materiales. En claro contraste, varios de mis amigos se han convertido en exitosos doctores, abogados y empresarios.

En el curso de la reunión fui el centro de todas las miradas. Uno de ellos se atrevió a preguntar lo que estaba en boca de todos: «¿Si tuvieras ocasión de volver a escoger, cambiarías algo? Eras una estudiante sobresaliente. La mejor. Todos te admirábamos y solíamos pensar que te convertirías en una importante doctora o escritora».

Mi respuesta fue un rotundo no. No sentía ningún remordimiento. Había encontrado mi llamado y lo había seguido. No existe mayor recompensa. Lo único que lamento es no haber tenido ocasión de ayudar más a los demás. Pero aún tengo ocasión de trabajar en ello.

El suspiro de alivio entre los presentes fue casi unánime. La mayoría exclamó: «Nos alegra muchísimo escuchar eso. Es maravilloso que continúes luchando por tus ideales. Has renunciado a mucho para alcanzarlos. Sigues siendo un modelo a seguir».

En ese momento entendí que no soy la única que detesta rendirse. No es cuestión de mantener una apariencia de fortaleza y nunca cometer errores. A fin de cuentas, resulta imposible. Los tropiezos son inevitables. En ocasiones uno incluso se ve forzado a tomarse un respiro. Lo más importante es nunca darse por vencido. Es continuar creyendo, dando, moviéndose y adaptándose.

Alguien dijo en cierta ocasión: «El corazón que siente amor nunca envejecerá». Estoy segura que esas palabras ayudarán a mantener el brillo en sus ojos hasta el fin de su vida en la tierra.

Traducción: Sam de la Vega y Antonia López.


[1] David Brandt Berg, publicado por primera vez en agosto de 1970.

 

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