«Si Dios pudo hacer algo así…»

marzo 28, 2013

Recopilación

Después del sábado, al amanecer del primer día de la semana, María Magdalena y la otra María fueron a ver el sepulcro.

Sucedió que hubo un terremoto violento, porque un ángel del Señor bajó del cielo y, acercándose al sepulcro, quitó la piedra y se sentó sobre ella. Su aspecto era como el de un relámpago, y su ropa era blanca como la nieve. Los guardias tuvieron tanto miedo de él que se pusieron a temblar y quedaron como muertos.

El ángel dijo a las mujeres:

—No tengan miedo; sé que ustedes buscan a Jesús, el que fue crucificado. No está aquí, pues ha resucitado, tal como dijo. Vengan a ver el lugar donde lo pusieron. Luego vayan pronto a decirles a Sus discípulos: «Él se ha levantado de entre los muertos y va delante de ustedes a Galilea. Allí lo verán». Ahora ya lo saben.

Así que las mujeres se alejaron a toda prisa del sepulcro, asustadas pero muy alegres, y corrieron a dar la noticia a los discípulos. En eso Jesús les salió al encuentro y las saludó. Ellas se le acercaron, le abrazaron los pies y lo adoraron.

—No tengan miedo —les dijo Jesús—. Vayan a decirles a Mis hermanos que se dirijan a Galilea, y allí me verán.

Mientras las mujeres iban de camino, algunos de los guardias entraron en la ciudad e informaron a los jefes de los sacerdotes de todo lo que había sucedido. Después de reunirse estos jefes con los ancianos y de trazar un plan, les dieron a los soldados una fuerte suma de dinero y les encargaron: «Digan que los discípulos de Jesús vinieron por la noche y que, mientras ustedes dormían, robaron el cuerpo. Y si el gobernador llega a enterarse de esto, nosotros responderemos por ustedes y les evitaremos cualquier problema». Así que los soldados tomaron el dinero e hicieron como se les había instruido. Esta es la versión de los sucesos que hasta el día de hoy ha circulado entre los judíos.

Los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña que Jesús les había indicado. Cuando lo vieron, lo adoraron; pero algunos dudaban. Jesús se acercó entonces a ellos y les dijo:

—Se me ha dado toda autoridad en el cielo y en la tierra. Por tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo,  enseñándoles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes. Y les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo.  Mateo 28:1–20[1]

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He llegado a la conclusión de que hay dos maneras de ver la historia del hombre. Una es centrarse en las guerras y la violencia, en la sordidez y el dolor, la tragedia y la muerte. Desde ese punto de vista, la Pascua parece un cuento de hadas, una excepción a la regla, una contradicción absoluta en el nombre de Dios. Puede resultar consolador, aunque debo confesar que cuando murieron mis amigos, tan profunda fue mi tristeza que cualquier esperanza en la otra vida se quedó corta. Hay otra manera de mirar el mundo. Si tomo la Pascua como punto de partida, el único hecho indisputable sobre la manera en que trata Dios a quienes ama, entonces lo que resulta contradictorio es la historia de la humanidad y la Pascua pasa a ser una suerte de avance de la realidad máxima. Entonces, la esperanza brota a raudales desde bajo la costra de la vida cotidiana.

Tal vez esto describa el cambio de perspectiva de los discípulos tras varios días de encierro discutiendo los incomprensibles eventos del domingo de Pascua. En un aspecto nada había cambiado: Roma seguía ocupando Palestina, las autoridades religiosas todavía habían ofrecido recompensa por su cabeza, la muerte y la maldad seguían reinando externamente. No obstante, a la larga, la sorpresa dio lugar a una contracorriente de gozo. Si Dios pudo hacer algo así…  Phillip Yancey[2]

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Marcos nos dice: «Muy de mañana el primer día de la semana, apenas salido el sol, se dirigieron al sepulcro»[3], refiriéndose al grupito de seguidores devotos que habían acompañado a la multitud burlona, cuesta arriba, con paso pesado y en medio de abucheos, hasta el sitio llamado Calvario. Pocas horas antes habían presenciado cómo sus enemigos traspasaban Sus preciosas manos para clavarlo a una vieja cruz de madera, y lo vieron agonizar en aquella colina bajo un cielo gris, fuera de las murallas de la vieja ciudad de Jerusalén. ¡Cómo sangraban sus corazones quebrantados! ¡Qué destrozada tenían el alma! En un instante, todas sus luces se habían extinguido y sus esperanzas de un futuro mejor les habían sido arrebatadas, como si se hubieran partido en dos. Cuando se acaba la esperanza, la última esperanza, eso da paso invariablemente a la esperanza de la desesperación.

¿Acaso no les había dicho que resucitaría? ¿No les había dicho a Marta y a María: «Yo soy la resurrección y la vida»? ¿Y acaso no había resucitado a Lázaro, cuando llevaba cuatro días muerto? ¡Con cuánta facilidad se olvidan Sus preciosas palabras cuando se nos lanza al abismo de una noche oscura, esa hora en que nuestra fe queda al desnudo y no podemos ver la mano de nuestro Padre ni discernir Su presencia! Dejamos de recordar que «en la noche más oscura, cuando no hay luz alguna, es hora de que brille la fe».

¡Qué magníficas sorpresas aguardaban a aquellos seguidores desalentados y confundidos! ¡Los recibieron los ángeles! Los oyeron hacer el anuncio, y ese anuncio estaba dirigido a ellos, exclusivamente: «¡No está aquí, pues ha resucitado, tal como lo anunció!» ¡Qué paz tuvieron al escucharlo! Fue un susurro de paz, dulce paz. La amarga noche de lágrimas acababa en un amanecer gozoso. «Primero el exquisito dolor, y luego por siempre el exquisito arrobamiento». ¡Cuánto júbilo, cuántos gritos de triunfo en aquella primera mañana de Pascua! ¡La mañana de todos los tiempos! ¡La mañana que marcó el triunfo de Cristo sobre Satanás! Trasciende todas las eras y llega hasta nuestro corazón en este preciso instante. ¡Triunfamos en la victoria de Su resurrección! ¡Por siempre, Satanás es un enemigo vencido!  Mrs. Charles E. Cowman[4]

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Después de padecer la muerte, se les presentó dándoles muchas pruebas convincentes de que estaba vivo. Durante cuarenta días se les apareció y les habló acerca del reino de Dios.  Hechos 1:3[5]

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Y quedó demostrado que Jesucristo era el Hijo de Dios cuando fue resucitado de los muertos mediante el poder del Espíritu Santo. Por medio de Cristo, Dios nos ha dado a nosotros el privilegio y la autoridad de anunciar por todas partes a los gentiles lo que Dios ha hecho por ellos, a fin de que crean en Él y lo obedezcan, lo cual dará gloria a Su nombre.  El apóstol Pablo[6]

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Y dado que morimos con Cristo, sabemos que también viviremos con Él. Estamos seguros de eso, porque Cristo fue levantado de los muertos y nunca más volverá a morir. La muerte ya no tiene ningún poder sobre Él. Cuando Él murió, murió una sola vez, a fin de quebrar el poder del pecado; pero ahora que Él vive, vive para la gloria de Dios. Así también ustedes deberían considerarse muertos al poder del pecado y vivos para Dios por medio de Cristo Jesús.  El apóstol Pablo[7]

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Quiero conocer a Cristo y experimentar el gran poder que lo levantó de los muertos. ¡Quiero sufrir con Él y participar de Su muerte, para poder experimentar, de una u otra manera, la resurrección de los muertos! No quiero decir que ya haya logrado estas cosas ni que ya haya alcanzado la perfección; pero sigo adelante a fin de hacer mía esa perfección para la cual Cristo Jesús primeramente me hizo Suyo.  El apóstol Pablo[8]

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Que toda la alabanza sea para Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo. Es por Su gran misericordia que hemos nacido de nuevo, porque Dios levantó a Jesucristo de los muertos.  Simón Pedro, uno de los doce[9]

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La Pascua es la celebración de la resurrección de Jesús. Es la celebración del hecho de que esté vivo. Derrotó a la muerte, al infierno y a Satanás. Nos redimió de nuestros pecados. Vivió, amó y murió por cada uno de nosotros individualmente, y está hoy con nosotros en la misma medida en que lo estuvo con aquellos con quienes transitó la Tierra hace dos milenios.

¡Vive! Durante un breve periodo Sus discípulos no se dieron cuenta de que así era, pues no veían otra cosa que las circunstancias en que se encontraban. Lo acababan de crucificar: había desaparecido y ya no estaba con ellos. Pero eso no duró mucho. La confusión, el temor y la incertidumbre pasaron ni bien se dieron cuenta de que, aunque las circunstancias físicas hubieran cambiado, Él estaba vivo, y de que Su amor, Su verdad, Su compasión, Sus palabras y Sus acciones seguían presentes. Estaba vivo y obraba por medio de ellos para transformar el mundo, para propagar Su verdad y amor, Su redención y Su salvación.

Él sigue tan vivo como siempre, obrando por intermedio de ti para que hagas lo mismo. Sin importar las circunstancias en que te encuentres ni los cambios que hayan ocurrido, y por difíciles que puedan estar las cosas, Él vive en ti. Su poder y ungimiento, y Su Espíritu, están presentes en ti. El poder para cumplir con la misión que encargó a Sus discípulos originales y a todos cuantos respondieron a Su llamado desde entonces, sigue vigente.  Peter Amsterdam[10]

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—Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en Mí vivirá, aunque muera; y todo el que vive y cree en Mí no morirá jamás.  Jesús[11]

Publicado en Áncora en marzo de 2013. Traducción: Irene Quiti Vera y Antonia López.


[1] NVI.

[2] The Jesus I Never Knew (El Jesús que nunca conocí. Grand Rapids, MI: Zondervan, 1995).

[3] Marcos 16:2.

[4] Streams in the Desert, Volumen 2 (Grand Rapids, MI: Zondervan, 1977).

[5] DHH.

[6] Romanos 1:4–5 NVI, adaptada.

[7] Romanos 6:8–11 NVI.

[8] Filipenses 3:10–12 NVI.

[9] 1 Pedro 1:3 NVI.

[10] http://directors.tfionline.com/es/post/el-esta-vivo/

[11] Juan 11:25–26 NVI.

 

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