En el jardín de la aflicción

noviembre 4, 2026

Curtis Peter van Gorder

[In the Garden of Affliction]

Acabo de tener una experiencia muy estremecedora. Se me formó un coágulo de sangre potencialmente mortal que se desplazó a mi pulmón y que, combinado con un caso grave de neumonía, casi me lleva al más allá. Cuando me miré al espejo me quedé anonadado. En pocos días, había pasado de ser un tipo bastante robusto a alguien que parecía tener noventa y tantos años y apenas podía caminar. La enfermedad es una experiencia humillante y desesperante. (Nota: Escribí este artículo en 2012, cuando vivía en Jordania.)

Hoy me dan de alta después de estar diez días en el hospital. Después de haber tenido bastante tiempo para reflexionar, me gustaría compartir algunos de esos pensamientos. A pesar de tener que aguantar agujas, estar conectado a goteros y tomar un montón de medicinas de mal sabor, ha sido una experiencia muy positiva y especial en mi vida. Era como si Dios me hubiera levantado en Sus brazos y me hubiera llevado a un jardín tranquilo para reflexionar sobre mi vida.

He tenido la gran suerte de gozar de buena salud durante la mayor parte de mi vida. No recuerdo haber estado hospitalizado antes, así que esta experiencia fue única. Suelo estar orientado al trabajo, por lo que frenar y centrarme en sobrevivir fue una experiencia nueva para mí.

Sin duda, esto me ha hecho ver desde una nueva perspectiva las bendiciones que supone gozar de buena salud. Tomé la decisión de que, cuando me sintiera mejor, intentaría cooperar con mi cuerpo adoptando hábitos diarios de alimentación y ejercicio más saludables.

Tambalearme al borde del abismo entre la vida y la muerte me hizo darme cuenta de lo que realmente importa: amar a Dios y a los demás. Nada nuevo que no supiera, pero hay una gran diferencia entre saber algo y darle un lugar importante en tu vida. Es como la diferencia entre esperar con ilusión un viaje después de haber comprado los billetes de avión y desplazarte al aeropuerto y embarcar en el avión.

He recibido mucho cariño por parte de mis amigos, mi familia y mis compañeros de trabajo a través de sus oraciones y mensajes de amor e interés, por lo cual estoy muy agradecido. Muchas personas oraron regularmente por mi pronta recuperación, lo cual probablemente fue un factor importante que contribuyó a que mi condición mejorara drásticamente en apenas 48 horas.

Esta experiencia fomentó en mí más compasión por quienes sufren mucho más que yo a causa de enfermedades graves como el cáncer o la insuficiencia renal. También sentí una profunda compasión por las numerosas víctimas inocentes de guerras sin sentido que resultaron heridas en atentados con bombas o tiroteos. Esta enfermedad fue una oportunidad que Dios me concedió para experimentar el sufrimiento que millones de otras personas padecen a diario.

Con demasiada frecuencia, el sufrimiento es causado por la inhumanidad del hombre hacia el hombre, que se manifiesta en guerras, codicia, odio o venganza. Pero otras veces, el sufrimiento se abalanza sobre nosotros, nos agarra con sus garras y nos lleva a una tierra que desconocemos.

Al igual que el roc, ese fabuloso pájaro gigante de Las mil y una noches que capturaba elefantes para devorarlos en las montañas, a veces nos vemos arrastrados en contra de nuestra voluntad a sufrir una enfermedad. Pero a diferencia de ese malévolo pájaro, el nuestro es el pájaro de la gracia. No debemos dejarnos devorar como presa, sino aprender a orar. A veces ni siquiera con palabras, sino con el gemido de nuestro corazón.

Al enterarme de lo que le había pasado a mi cuerpo, me sentí muy agradecido de que mi enfermedad, por grave que fuera, no fue peor. El coágulo podría haberse desplazado hasta el corazón o el cerebro, lo que podría haberme costado la vida.

Me preguntaba qué habría pasado si hubiera vivido en una época anterior en la que gran parte del conocimiento médico actual no se conocía. El presidente estadounidense George Washington murió en 1799 de neumonía. Una de las razones por las que murió fue la incompetencia de sus médicos, que lo sometieron a sangrías frecuentes.

Agradecí la habilidad de mis médicos para ayudarme a recuperarme. Identificar mi enfermedad específica fue la mitad de la conquista. Al principio pensaron que era un espasmo muscular, o quizá un ataque de apendicitis, o una docena de otras cosas. Pero después de realizar más pruebas, quedó claro cuál era el problema. La forma en que mi médico explicó el proceso fue que al principio mi enfermedad «parecía un pato», luego, a medida que se hicieron más pruebas, empezó a «caminar y graznar como un pato», hasta que finalmente supieron sin duda alguna que «era un pato».

Así como los mecánicos conocen los automóviles, los médicos pueden ayudar a diagnosticar nuestras afecciones y a tratar nuestros cuerpos. Igual, en definitiva, nuestros tiempos están en Sus manos (Salmo 31:15), y el Señor es el gran médico.

También hicimos muchos amigos entre el personal de enfermería y otros pacientes durante nuestra estancia en el hospital. Me impresionó mucho la dedicación de las enfermeras, son incansables. Estudian en la facultad de medicina durante años antes de poder ejercer la profesión, y después de graduarse, trabajan muchas horas por un salario mínimo. Una noche, las enfermeras hicieron una pausa en sus atareadas rondas y se sentaron a escuchar mientras les contaba algunas de mis historias entre toses. También nos entretuvimos mucho aprendiendo el idioma juntos.

Fue muy conmovedor cómo los niños que conocía respondieron a mi enfermedad, me visitaron y me dieron tarjetas para desearme una pronta recuperación. Una de las tarjetas tenía la imagen de un castillo, que representaba mi cuerpo, custodiado por soldados (mi sistema inmunitario), con un ángel que flotaba por encima. Sus alas tenían forma de pulmones, decoradas con purpurina para recordarme que pronto mis pulmones serían igual de brillantes. Un niño de tres años me dio un papelito rosa con algunos puntos y garabatos. Cuando le pregunté qué era, me dijo que era «el universo», una palabra nueva que acababa de aprender. Sin duda quería distraerme de mi enfermedad y darme la visión celestial. Lo logró.

Esta enfermedad ha sido una experiencia hermosa en algunos sentidos. Naturalmente, preferiría saborear el aroma de la rosa sin volver a agarrar sus espinas, pero aun así, si tiene que ser, que así sea. Esta experiencia me ha preparado para lo que depare el futuro.

Me he dado cuenta de que, junto con el dolor de la enfermedad, Dios también nos da un bálsamo sanador para aliviar nuestro sufrimiento. Cuando nos recuperamos, salimos fortalecidos de todo ello y somos más capaces de comprender las penurias de los demás. Hemos adquirido una compasión que antes no podíamos ni imaginar.

Sentimos una gratitud más profunda por el don de la salud que antes dábamos por sentado. Y un día, cuando podamos volver a correr, bailar y jugar al tenis, ¡será una gran alegría!

«Así mismo, en nuestra debilidad el Espíritu acude a ayudarnos. No sabemos qué pedir, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos que no pueden expresarse con palabras». Romanos 8:26

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