octubre 29, 2026
[Relationship with the World]
Cuando Jesús oro por Sus discípulos en el capítulo 17 de Juan, ya próximo a Su muerte, sabía que en el mundo ellos afrontarían penalidades; así y todo, Jesús no oró para que el Padre los sacara del mundo (Juan 17:15). Sus discípulos tenían una labor que cumplir: ser testigos Suyos «en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta lo último de la tierra» (Hechos 1:8). Se les encargó la Gran Misión de ir por todo el mundo y predicar el evangelio (Marcos 16:15); además se los llamó a ser «embajadores en nombre de Cristo» ante el mundo (2 Corintios 5:20).
La relación del cristiano con el mundo muchas veces está determinada por la tensión de estar en el mundo, pero no ser parte de él. A los creyentes se los insta a tomar parte activa en el mundo con el fin de anunciar las buenas nuevas del evangelio y dar ejemplo vivo del amor de Dios; pero a la vez se les pide que no abracen los valores, costumbres, perspectivas y maneras de proceder mundanos que no armonizan con su fe cristiana y las enseñanzas bíblicas (2 Corintios 6:14–17).
Este concepto de estar en el mundo, pero no ser del mundo se resalta en varios versos bíblicos: «No son del mundo, como tampoco Yo soy del mundo. No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del maligno» (Juan 17:14–16). «No amen al mundo ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él» (1 Juan 2:15). «No se conformen a este mundo; más bien, transfórmense por la renovación de su entendimiento de modo que comprueben cuál sea la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta» (Romanos 12:2).
Después de resucitar de los muertos, Jesús les dejó este encargo a Sus discípulos: «Como me ha enviado el Padre, así también Yo los envío a ustedes» (Juan 20:21). A nosotros los cristianos también se nos ha enviado al mundo para dar a conocer entre la gente Su amor y Su verdad. Si hemos de cumplir esa misión con efectividad es preciso que estemos en guardia y alerta contra actitudes malsanas del mundo que nos rodea, susceptibles de calar en nuestra cosmovisión y apartarnos poco a poco de la fe.
La primera epístola de Juan nos presenta un grave retrato de las influencias mundanas que pueden menoscabar nuestra fe y discipulado: «Porque todo lo que hay en el mundo —los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la soberbia de la vida— no proviene del Padre sino del mundo. Y el mundo está pasando y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre» (1 Juan 2:16,17).
Jesús mandó a Sus discípulos al mundo al mismo tiempo que proclamaba que no eran del mundo. El significado original de la palabra ekklesia traducido iglesia del griego, el idioma del Nuevo Testamento, significa literalmente la asamblea de los llamados a la acción o el cuerpo de creyentes. La iglesia viva de Dios se compone de creyentes, cada uno llamado a seguir a Jesús y «consagrado y útil para el Señor, preparado para toda buena obra» (2 Timoteo 2:21).
Convicción, no conformismo
En la Biblia abundan los relatos y ejemplos de hombres y mujeres que basaron su vida y sus decisiones en la Palabra de Dios y se negaron a transar sus convicciones por lucro, lo que les acarreó la bendición de Dios. El profeta Jeremías reveló la fuente de su fortaleza y convicciones cuando proclamó: «Fueron halladas Tus palabras, y yo las comí. Tus palabras fueron para mí el gozo y la alegría de mi corazón» (Jeremías 15:16).
Job, cuya fe en medio de contrariedades y aflicciones ha sido una enorme fuente de ánimo para incalculables millones de personas, dijo: «Nunca me separé del mandamiento de Sus labios, sino que guardé las palabras de Su boca más que mi comida» (Job 23:12). El salmista David manifestaba continuamente que la Palabra de Dios era su guía y fortaleza: «Mejor me es la ley que procede de Tu boca que miles de piezas de oro y plata. Lámpara es a mis pies Tu palabra y lumbrera a mi camino» (Salmo 119:72, 105).
En el libro de Daniel (Antiguo Testamento) figura un relato sobre cuatro adolescentes —Daniel, Sadrac, Mesac y Abednego— que optaron por no claudicar de su fe a riesgo de perder la vida. En aquella época —allá por el año 600 a.C— Nabucodonosor, rey de Babilonia, tenía sitiada la ciudad de Jerusalén y ordenó que los jóvenes «bien parecidos, instruidos en toda sabiduría, dotados de conocimiento, poseedores del saber y capaces», fuesen traídos al palacio y educados en la literatura y lengua de los caldeos (Daniel 1:3,4).
Se encargó a los funcionarios del rey que instruyeran a dichos jóvenes israelitas en la cultura y el idioma de los babilonios. La Biblia narra que se «les asignó para cada día una ración de los manjares del rey y del vino que él bebía» y se dispuso que mantuvieran ese régimen de alimentación durante tres años «para que al fin de ellos se presentaran al servicio del rey» (Daniel 1:5).
Uno de esos jóvenes, Daniel, resolvió no contaminarse con los manjares y vinos reales; los demás siguieron su ejemplo. Ya que las leyes del Antiguo Testamento prohibían a los israelitas consumir ciertos alimentos, Daniel pidió permiso al jefe de palacio para no quebrantar los mandamientos de Dios consumiendo esos alimentos (Daniel 1:8). Dios había otorgado a Daniel favor y compasión a los ojos de aquel oficial, por lo que pidió que se lo autorizara para comer su propia comida, conforme a los preceptos divinos, durante diez días, tras lo cual el oficial podía determinar cuáles eran mejores.
Al cabo de los diez días la Biblia da cuenta de que los cuatro muchachos se veían más sanos y mejor alimentados que los que consumían la comida real (Daniel 1:12–15). Prosigue diciendo que «Dios les dio conocimiento y habilidad en toda clase de escritura y sabiduría. Y Daniel era entendido en toda clase de visiones y sueños» (Daniel 1:17). Más adelante, cuando esos cuatro jóvenes comparecieron ante Nabucodonosor, «en todo asunto de sabiduría y entendimiento que el rey les consultó los encontró diez veces mejores que todos los magos y encantadores que había en todo su reino» (Daniel 1:20).
Dios puso a aquellos jóvenes en una magnífica posición para dar testimonio del verdadero Dios ante sus captores y contribuir al mejoramiento de la sociedad en que se hallaban (Jeremías 29:7), pero a la vez sin traicionar su fe y manteniéndose fieles a sus convicciones pese a la presión a la que estaban sometidos para transigir.
De esta historia aprendemos que es posible mantenernos firmes en nuestras convicciones cimentadas en la Palabra de Dios, aun cuando a nuestro alrededor imperan las influencias y propaganda mundanas o paganas. Cuando optamos por no conformarnos al esquema de este mundo, sino que basamos nuestras decisiones y acciones en lo que nos enseña la Escritura, podemos conocer y discernir cuál es la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta (Romanos 12:2). Para nosotros los cristianos, nuestra lealtad a Cristo es primordial y la Palabra de Dios, nuestra norma de conducta.
Las verdaderas riquezas
Las cosas de este mundo, entre ellas el excesivo materialismo y consumismo, son parte del mundo que está en vías de desaparición. Para asegurarnos de mantener una justa relación con el mundo debemos hacer un esfuerzo deliberado por que nuestras perspectivas —respecto a las cosas, actitudes y tendencias de este mundo— estén en consonancia con la Palabra de Dios según la Biblia. Así lo expresó Jesús en el Sermón del Monte:
«No acumulen para ustedes tesoros en la tierra […]. Más bien, acumulen para ustedes tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el óxido corrompen, y donde los ladrones no se meten ni roban. Porque donde esté tu tesoro, allí también estará tu corazón […]. Nadie puede servir a dos señores; porque aborrecerá al uno y amará al otro, o se dedicará al uno y menospreciará al otro. No pueden servir a Dios y a las riquezas» (Mateo 6:19–24).
Evidentemente todos necesitamos recursos materiales, y la Biblia promete que «Dios suplirá toda necesidad de ustedes conforme a Sus riquezas en gloria en Cristo Jesús» (Filipenses 4:19). El dinero y las posesiones materiales son necesidades básicas y no son malos de por sí. Lo problemático es nuestra relación con ellos, como lo expresó Pablo en su epístola a Timoteo: «El amor al dinero es raíz de todos los males; el cual codiciando algunos, fueron descarriados de la fe y se traspasaron a sí mismos con muchos dolores» (1 Timoteo 6:10).
Ni nuestros bienes materiales ni la posición o categoría que ostentamos en el mundo llegarán jamás a satisfacernos, ya que la verdadera satisfacción se encuentra exclusivamente en Dios. Cuando Satanás prometió a Jesús los reinos de este mundo y todas sus riquezas, Jesús rechazó la oferta, pues no tenía la menor intención de apartarse de lo más valioso que era amar y servir a Su Padre (Mateo 4:8–10).
La debida actitud hacia los bienes materiales, la posición social y el dinero parte por reconocer que todo lo que poseemos pertenece a Dios y que no somos más que administradores a quienes Él ha encomendado el cuidado y manejo de esas cosas conforme a Sus instrucciones. Se nos exhorta a los cristianos a vivir generosamente y compartir nuestros recursos con los demás. Proverbios 22:9 dice: «El que es generoso será bendecido, pues comparte su comida con los pobres». Dar generosamente refleja el carácter de Dios. Jesús enseñó: «Den, y se les dará; medida buena, apretada, sacudida y rebosante se les dará en su regazo. Porque con la medida con que miden se les volverá a medir» (Lucas 6:38). «Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo niegues» (Mateo 5:42).
La Biblia enseña que los recursos que Dios nos ha dispensado deben emplearse de forma que lo glorifiquen. Eso abarca entre otras cosas atender a las necesidades de nuestra familia y seres queridos, devolverle a Dios los favores concedidos a través de nuestros diezmos y caridades y ayudando a los menesterosos. Al reconocer el amor y los cuidados que nos prodiga y al expresarle nuestra gratitud por Su provisión de nuestras necesidades podremos superar el materialismo y consumismo promovidos por el mundo y ser fieles a nuestra vocación de discipulado cristiano.
A los discípulos actuales de Jesús también se nos llama a participar en el mundo sin formar parte de él. Nuestra vocación es ser «la luz del mundo», «una ciudad asentada sobre un monte» y alumbrar nuestra luz «delante de los hombres, de modo que vean [nuestras] buenas obras y glorifiquen a [nuestro] Padre que está en los cielos» (Mateo 5:14–16). Somos hechura de Dios, comisionados para ser embajadores de Cristo ante el mundo que nos rodea: nuestro hogar, nuestro círculo, vecindario y lugar de trabajo (Efesios 2:10).
Publicado en Áncora en octubre de 2026. Traducción: Gabriel García Valdivieso.
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