noviembre 2, 2026
[The Virtue of Patience]
El libro del Éxodo indica que, cuando Moisés estuvo en el monte Sinaí, Dios le reveló aspectos de Su personalidad: «El Señor pasó por delante de él y exclamó: “¡El Señor! ¡El Señor! Dios fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira y grande en misericordia y verdad”» (Éxodo 34:6).
Esta descripción del carácter de Dios como tardo para la ira habla de Su paciencia. En el Antiguo Testamento se habla de Su paciencia con el pueblo de Israel, que continuamente pecó contra Él.
«Sus corazones no eran rectos con Él ni permanecieron firmes en Su pacto. Pero Él, misericordioso, perdonaba la maldad y no los destruía; apartó muchas veces Su ira y no despertó todo Su enojo» (Salmo 78:37–38).
Dios fue paciente a lo largo de siglos. «Por mucho tiempo he guardado silencio, he estado callado y me he contenido» (Isaías 42:14).
Jesús aludió a la paciencia de Su Padre en la parábola de los arrendatarios malvados (Marcos 12:1–11). La historia es la siguiente: Un hombre alquiló su viñedo a unos arrendatarios, pero estos no le entregaron su parte de la cosecha. Envió a uno de sus siervos a recogerla, y los arrendatarios le dieron una paliza y lo mandaron de regreso con las manos vacías. Cuando envió a otros, los arrendatarios golpearon a unos y mataron a otros. Finalmente el dueño envió a su hijo, y los arrendatarios también lo mataron.
«¿Qué creen que hará el dueño del viñedo? —preguntó Jesús [a los que escuchaban]—. Les diré: irá y matará a esos agricultores y alquilará el viñedo a otros» (Marcos 12:9). Por medio de esta parábola, Jesús se refirió al hecho de que Su Padre envió a profeta tras profeta para llevar a Israel al arrepentimiento, y por último había enviado a Su Hijo. Entre otras cosas, Jesús destacó la paciencia de Su Padre.
Los autores del Nuevo Testamento también hablaron de la paciencia de Dios y la de Jesús. Refiriéndose a la historia de Israel, Lucas escribió: «Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan» (Hechos 17:30).
El apóstol Pablo escribió: «Por esto hallé misericordia, para que en mí, como el primero, Jesucristo demostrara toda Su paciencia como un ejemplo para los que habrían de creer en Él para vida eterna» (1 Timoteo 1:16).
Y en la epístola a los Romanos, escribió: «¿Y qué, si Dios, queriendo mostrar Su ira y hacer notorio Su poder, soportó con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción? Él, para hacer notorias las riquezas de Su gloria, las mostró para con los vasos de misericordia que había preparado de antemano para gloria» (Romanos 9:22–23).
Por su parte, el apóstol Pedro escribió: «El Señor no retarda Su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento» (2 Pedro 3:9).
En numerosos pasajes del Nuevo Testamento también se nos exhorta a nosotros a ser pacientes. La paciencia es un fruto del Espíritu Santo (Gálatas 5:22). En 1 Corintios 13 dice: «El amor es paciente y bondadoso» (1 Corintios 13:4).
En el Nuevo Testamento, hay dos palabras griegas que se traducen como «paciente» o «paciencia» y que se emplean con distinto sentido. El primer tipo de paciencia (hypomonē) se refiere a la capacidad de soportar las circunstancias difíciles y encarar las presiones de la vida. Es la capacidad de perseverar, de sobrellevar, de no rendirse, de no sucumbir al atravesar épocas complicadas o circunstancias adversas. A menudo se traduce como «fortaleza», que es la capacidad de soportar las contrariedades, o como «perseverancia», la capacidad de hacer progresos a pesar de las dificultades. Ese tipo de paciencia se refiere a reaccionar como Dios quiere ante la adversidad1.
La adversidad presente en nuestra vida puede provenir de numerosas fuentes, como por ejemplo enfermedad, tragedia, guerra, pérdida de empleo, crisis económica, discriminación u oposición debido a nuestra fe. Las Escrituras hablan de personajes bíblicos que perseveraron pacientemente en situaciones difíciles o penosas, a veces años seguidos, y que al final de su calvario fueron bendecidos por el Señor.
Ese tipo de paciencia constante y perseverante está estrechamente vinculado a la esperanza. En circunstancias adversas nos mostramos pacientes porque estamos convencidos de que el Señor nos dará la gracia para soportar y que Él obrará en nuestras circunstancias y por medio de ellas, ya sea en esta vida o en la otra, tal como lo hizo con los patriarcas de la fe.
«Las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que, por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza» (Romanos 15:4).
Nos regocijamos[…] «en nuestros sufrimientos, porque sabemos que el sufrimiento produce perseverancia; la perseverancia, entereza de carácter; la entereza de carácter, esperanza. Y esta esperanza no nos defrauda» (Romanos 5:2–5).
«Ustedes tienen necesidad de paciencia, para que cuando hayan hecho la voluntad de Dios, obtengan la promesa» (Hebreos 10:36).
Aguantamos, perseveramos, porque tenemos fe en Dios y la esperanza de salir vencedores, si no en esta vida, en la eternidad. Por eso podemos ser pacientes en las adversidades.
Santiago escribió acerca de la paciencia y llamó la atención sobre «cómo el labrador espera el precioso fruto de la tierra, aguardándolo con paciencia hasta que reciba las lluvias tempranas y tardías. Tengan también ustedes paciencia» (Santiago 5:7,8). Habló de los profetas mencionados en las Escrituras que sirvieron a Dios fiel y pacientemente; y también de Job, que sufrió mucho y esperó con paciencia a que Dios lo sanara (Santiago 5:9–11).
La paciencia nos lleva a confiar en el cronograma de Dios, y a tener el convencimiento de que Él sabe lo que más conviene en cada situación. Cuando las cosas no suceden tan rápido como nos gustaría, demostramos paciencia al reconocer que Él nos ama y procura lo mejor para nosotros. Depositamos en Él nuestra confianza, y tenemos esperanza que nace de la certeza de que Él responderá conforme a Su voluntad. La paciencia nos permite soportar las adversidades y perseverar en medio de las dificultades.
La segunda palabra griega traducida como «paciencia» (makrothymia) expresa la cualidad de la persona que está en condiciones de vengarse y, sin embargo, se abstiene de hacerlo. Eso se refiere a la lentitud para vengar un agravio. Se entiende como la capacidad de no responder a las provocaciones, de abstenerse intencionalmente de hacer o decir algo que uno podría hacer o decir. Es el vocablo traducido como «paciencia» en la lista de frutos del Espíritu. Es asimismo el que usa Pablo cuando dice que «el amor es paciente».
Se puede entender esta forma de paciencia como ser paciente con las personas, la capacidad de ser tolerante o clemente con las faltas, errores, malas actitudes y a veces las acciones intencionalmente poco compasivas o crueles de las personas que nos rodean. Dios es paciente con nosotros porque es misericordioso y piadoso (Éxodo 34:6). Del mismo modo, nuestra paciencia con los demás es como si fuéramos misericordiosos.
Una buena ocasión donde hace falta practicar esta segunda clase de paciencia (makrothymia) es cuando alguien nos agravia. La paciencia en esos casos se considera longanimidad, en el sentido de sufrir ofensas sin llenarse de resentimiento y rencor. Podemos seguir el ejemplo de Jesús: «Cuando lo maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino que encomendaba la causa al que juzga justamente» (1 Pedro 2:23).
Quien juzga con justicia es Dios, y bien afirman las Escrituras: «Yo les pagaré», dice el Señor. Por consiguiente, cuando nos hallemos en una situación en que nos traten mal debemos ser pacientes. «Hagan todo lo posible por vivir en paz con todos. Queridos amigos, nunca tomen venganza» (Romanos 12:18–19).
Eso no significa que no debamos actuar para cambiar las circunstancias conforme sea necesario, o retirarnos de una situación tóxica, pero sí que no debemos tomar represalias ni procurar desquitarnos. La paciencia nos lleva a confiar en Dios, a rogarle que obre en las personas y cambie nuestras circunstancias, y a creer que nuestro Dios, que es equitativo, hará justicia en el momento que considere oportuno. Por complicado que sea, Jesús nos pidió que amáramos incluso a nuestros enemigos y que oráramos por los que nos persiguen (Mateo 5:44).
Otra faceta de la vida que requiere que practiquemos la paciencia es que seamos tolerantes con los defectos, faltas y fallos ajenos. Todas las personas tienen defectos, incluidos nosotros. Por lo general son cositas que no es que estén equivocadas ni sean malas, ni que los demás hagan por fastidiarnos; pero a nosotros nos molestan. Las notamos sobre todo en las personas con las que más tiempo estamos: nuestro cónyuge, nuestros hijos, nuestros amigos, nuestros colegas, etc. La paciencia en ese caso consiste en tolerar por amor las deficiencias y los defectos ajenos, como leemos en Efesios:
«Vivan de una manera digna de la vocación con que han sido llamados. Que vivan con toda humildad y mansedumbre, con paciencia, soportándose unos a otros en amor. […] Sean bondadosos y compasivos unos con otros y perdónense mutuamente, así como Dios los perdonó a ustedes en Cristo» (Efesios 4:1,2, 32).
Conviene recordar que Dios es paciente con nosotros todos los días, y no solo aguanta nuestras excentricidades, sino también nuestros pecados. No se enoja ni se molesta por causa de nuestras faltas y fallos, sino que amorosa y misericordiosamente es paciente con nosotros una y otra vez. Es lamentable que a menudo, por familiaridad, perdamos la paciencia con las personas más allegadas a nosotros, aquellas a quienes más queremos. Nos fastidian las cositas que hacen repetidamente y que nos irritan, y a veces no somos conscientes de que nosotros también hacemos cosas que las molestan a ellas. Como Sus seguidores, somos llamados a ofrecer misericordia y paciencia al prójimo y a tratar a los demás como nos gusta que nos traten (Lucas 6:31).
Algo interesante de la paciencia es que está muy relacionada con otras virtudes. Cuando tratamos a los demás con paciencia, también los tratamos con amabilidad, compasión, dulzura y humildad, todas ellas cualidades que Jesús manifiesta. Cultivar la virtud de la paciencia es parte de nuestro crecimiento a fin de parecernos más a Cristo.
Publicado por primera vez en junio de 2017. Adaptado y publicado de nuevo en noviembre de 2026.
1 Jerry Bridges, The Practice of Godliness (Colorado Springs: NavPress, 2010), 200.
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