octubre 6, 2026
[Encouragement for Running Our Race]
Imagínate que eres un corredor en los juegos olímpicos. Tu entrenador te observa desde fuera de la pista. Las graderías están repletas de amigos y familiares que te animan y te aclaman. Has entrenado, ensayado y estás ya listo para emprender la carrera. La Biblia emplea esa alegoría para ilustrar la vida del cristiano.
«Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que tan fácilmente nos enreda, y corramos con perseverancia la carrera que tenemos delante de nosotros» (Hebreos 12:1). Entrenar y participar en carreras no es fácil. Hay que trabajar duro. Hay que poner mucha energía para acopiar fuerzas y estar preparado. Además, la carrera en sí es muy desgastante.
Es muy fácil desanimarse y rendirse. La vida del cristiano también es así. El trayecto está salpicado de contratiempos y dificultades. […] Nuestra fuente de ánimo es nuestro Salvador. «Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, quien por el gozo que tenía delante de Él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se ha sentado a la diestra del trono de Dios. Consideren, pues, al que soportó tanta hostilidad de pecadores contra sí mismo, para que no decaiga el ánimo de ustedes ni desmayen» (Hebreos 12:2,3).
Diríase que Jesús es nuestro preparador. Efectivamente, Él fue y es el divino Hijo de Dios; mas no vino a la Tierra en calidad de superhombre ni anduvo flotando, suspendido unos metros sobre la tierra en una nube. Tampoco vivió como un rey en un palacio con privilegios especiales; vino más bien como uno de nosotros, despojándose «a sí mismo, tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres» (Filipenses 2:7).
Todos estamos en una carrera de aquí a la eternidad. Y una de dos: o corremos por la senda ancha y espaciosa que lleva a la perdición eterna o trotamos por la estrecha y angosta que conduce a la vida eterna (Mateo 7:13,14). El camino estrecho y angosto puede ser arduo a veces; presenta diversas pruebas e infortunios que nos desaniman. Dios, en cambio, nos ofrece aliento a través de la gran nube de testigos, el ejemplo de Su Hijo, el consuelo de las Escrituras y el conocimiento de Su amor. […]
Con esa clase de ánimo, «despojémonos de todo peso y del pecado que tan fácilmente nos enreda, y corramos con perseverancia la carrera que tenemos delante de nosotros». Wayne S. Walker1
Correr con perseverancia
El autor de Hebreos nos dice que «corramos con perseverancia la carrera que tenemos delante de nosotros». Perseverancia implica que la vida cristiana es más equiparable a un maratón que a un esprint. Es algo que requiere trabajo, compromiso y fortaleza. No se puede llevar a término sin preparación ni práctica, de lo contrario nos agotaremos en menos que canta un gallo. Piénsalo bien: no correrías una maratón sin preparación alguna. No te presentas así nomás el día de la carrera dando por sentado que te irá bien. Lo sensato es inscribirse con meses de antelación, a veces hasta un año antes. Te aprendes el recorrido, te informas si será llano o accidentado, si hará frío o calor y demás factores.
Así también, en la vida cristiana es preciso prepararnos para lo que está por delante. Eso es lo que significa «calcular lo que cuesta» seguir a Cristo. Tiene un precio. No será fácil. El discipulado exige perseverancia y aguante. Seguir a Jesús entraña pruebas y tribulaciones. Lo que no podemos permitir es que esos obstáculos nos lleven a rendirnos. Y claramente, si los tenemos previstos y estamos preparados para superarlos, por el poder del Espíritu no nos daremos por vencidos. De ahí que tanto los apóstoles Pedro como Juan nos exhortaran a no sorprendernos por la carrera en la que debemos competir y a que esta no nos pille desprevenidos (1 Pedro 4:12, 1 Juan 3:13). Así, no nos extrañaremos cuando divisemos la carrera que tenemos por delante. Estaremos preparados para correrla, venga lo que venga.
En Lucas 9, un aspirante a discípulo, ilusionado, se acerca a Jesús y proclama: «Te seguiré a dondequiera que vayas» (Lucas 9:57). Jesús, no obstante, le explica las características del trayecto que le aguarda: «Las zorras tienen cuevas y las aves del cielo tienen nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza» (Lucas 9:58). Jesús le dice que ese es el tipo de vida al que se adscribirá si desea seguir al Hijo del Hombre. O sea, Jesús le expuso que no era un paseo ni un esprint pasajero. Se trataba de una extenuante maratón que exigiría resistencia. La consecuencia descrita en el pasaje es que al oír eso, el hombre abandona la idea de seguir a Cristo. No estaba listo para correr con perseverancia.
¿Estás preparado para la carrera que tienes por delante? Será larga, eso sí. Se extenderá toda una vida. Exigirá aguante. Lo bueno es que ese aguante nos viene de Dios mismo. Dios nos fortalece para lo que sea que nos llame a hacer. Pablo nos recuerda eso en Colosenses. Dice que nosotros los cristianos somos «fortalecidos con todo poder, conforme a Su gloriosa potencia, para toda perseverancia y paciencia» (Colosenses 1:11). Jonathan Landry Cruse2
No corremos solos
Con frecuencia oímos decir que nuestra vida de fe se asemeja a correr una carrera o estar en una travesía. Hay numerosas canciones, libros y sermones basados en esos conceptos. Como corredor que soy, encuentro inspiración en el versículo: «Corramos con perseverancia la carrera que tenemos delante de nosotros puestos los ojos en Jesús» (Hebreos 12:1–2). Hace poco eso, sin embargo, se me hizo patente desde una perspectiva totalmente nueva.
Me contaron el caso de un jovencito que era paralítico. Lo único que podía mover era la cabeza. Evidentemente era inútil para él tomar parte en cualquier actividad relacionada con el deporte. Así y todo, no se resignó. Cuando supo de una carrera de 5 km que se organizaba para recaudar fondos en aras de un amigo suyo que también había quedado parapléjico luego de un terrible accidente, se le ocurrió una audaz idea. Gracias a un soporte tecnológico que le permite tipear mensajes con los ojos y la cabeza, le notificó a su padre que quería correr aquella carrera.
En lugar de señalar la imposibilidad de lo que el muchacho quería hacer, su padre le armó un carrito en el que podía trasladarse y tiró de él los 5 km de la carrera. Al final de la misma su hijo le tecleó otro mensaje:
—Esta es la primera vez que no me siento inválido.
Así pues, repitieron el plato. Y lo siguieron haciendo una y otra vez.
Hasta la fecha su padre ha corrido más de 300 carreras con su hijo, entre ellas, varias maratones y triatlones. Corre, nada y pedalea tirando de su hijo, empujándolo o llevándolo a cuestas cada palmo del camino. ¿Por qué motivo? Simplemente porque lo ama y quiere verlo feliz. El muchacho no hizo nada en particular para merecerse ese amor. Es su hijo; es lo único que importa.
Somos hijos e hijas de nuestro Padre celestial, lo que significa que no tenemos que remar solos cuando estamos agotados. Podemos dejarnos caer en Sus brazos, y Él nos llevará a cuestas. Eso es lo que significa «no te desampararé ni te dejaré».
Por muy complicada que sea la situación o el enredo en que nos encontremos, el amor que Él abriga por nosotros nunca flaquea. Él permanece siempre a nuestro lado, dispuesto a ayudarnos a alcanzar cada meta hasta que un día crucemos la línea final de llegada juntos. Chris Mizrany
Correr sin desfallecer
La Biblia compara la vida cristiana con una carrera de larga distancia. Es posible que en momentos de adversidad tengamos la impresión de que estamos corriendo una maratón. El cansancio y la sed nos abruman, y dudamos de poder alcanzar la meta.
Sin embargo, no estamos solos en esta faena. Hoy los quiero animar y hacerles saber que tenemos en derredor nuestro «una gran nube de testigos» —los grandes hombres y mujeres que ya culminaron su carrera y terminaron triunfantes—, los cuales desde el estadio celestial nos gritan «vivas» para alentarnos a seguir. Se trata de nuestros hermanos y hermanas mayores en Cristo, ¡que son muy numerosos!
Veamos los primeros dos versículos de Hebreos 12: «Estamos, pues, rodeados de una ingente muchedumbre de testigos. Así que desembaracémonos de todo impedimento, liberémonos del pecado que nos cerca y participemos con perseverancia en la carrera que se nos brinda. Hagámoslo con los ojos puestos en Jesús, origen y plenitud de nuestra fe» (BLPH).
La primera vez que leí ese versículo me evocó imágenes de santos que andaban sobre nubes de algodón en los cielos. Pero luego leí un interesante comentario del exégeta bíblico Rick Renner, especialista en textos bíblicos griegos, que explicó el verdadero sentido de la alusión a las nubes en el griego originario.
«Las nubes» hacen referencia a las gradas situadas a mayor altura en la parte superior de un estadio. De ahí que el verso se refiera a las grandes tribunas del Cielo. Los santos que llegaron allá antes que nosotros nos rodean por todos lados mientras ingresamos a la cancha, y nos aplauden y alientan. Son personas como nosotros, que se aferraron a su fe y ahora están glorificadas en el Cielo […].
Los santos de antaño eran gente igual que nosotros, que superaron sus pruebas e hicieron lo que Dios los había llamado a hacer. Enfrentaron tareas de cariz imposible; se mantuvieron firmes y pasaron por el fuego y por el agua hasta llegar a su destino celestial habiendo cumplido su misión. Recibieron resonantes elogios de parte del propio Dios. […]
La gran nube de testigos se compone tanto de hombres como de mujeres que triunfaron frente a toda suerte de adversidades y terminaron la tarea que tenían aquí en la Tierra, porque confiaron en que el poder de Dios los sacaría adelante. Fijaron los ojos en Jesús en lugar de ponerlos en los obstáculos que enfrentaban.
Por eso, si sabes que Dios te ha encargado una labor o te ha dado un don que puedes emplear para edificar Su Reino aquí en la Tierra, esos deslumbrantes ejemplos te servirán de inspiración. Esos grandes hombres y mujeres recorrieron el mismo camino espiritual por el que andamos nosotros hoy en día; eran peregrinos igual que nosotros. Contendieron con ataques de temor y desaliento, hasta de persecución, pero perseveraron hasta obtener la victoria, sacando fuerzas del Espíritu Santo. […]
Así que apretemos la marcha, sigamos adelante, hijos e hijas reales del Dios Altísimo. Pon los ojos en Jesús y corre hacia la línea de meta. Aprovecha todos tus talentos para Su gloria. ¡Todo el Cielo te está vitoreando! Lyn Alderson3
Publicado en Áncora en octubre de 2026. Traducción: Gabriel García Valdivieso.
1 Wayne S. Walker, Encouragement in Running the Race, www.bible.ca, noviembre de 2011, https://www.bible.ca/ef/expository-%20hebrews-12-1-11.htm
2 Jonathan Landry Cruse, 4 Good Ways to Run the Christian Race Well, beautifulchristianlife.com, 29 de abril de 2024, https://beautifulchristianlife.com/blog/4-good-ways-to-run-the-christian-race-well
3 Lyn Alderson, Heaven Is Cheering You On—So Run the Race of Your Life! maryschildinchrist.org.uk, 28 de octubre de 2019, https://www.maryschildinchrist.org.uk/heaven-is-cheering-you-on42a8fdb0
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