septiembre 16, 2026
[The Great Riot at Ephesus]
El tercer viaje misionero de Pablo, realizado entre los años 52 y 57 d. C., se centró en la ciudad de Éfeso, ubicada en la costa occidental de la actual Turquía. En aquel entonces era la capital de la provincia romana de Asia y un gran centro comercial. Albergaba el templo a la diosa pagana Artemisa, considerado una de las siete maravillas del mundo antiguo. Este templo había sido construido alrededor del año 550 a. C. en mármol muy fino y constaba de 127 columnas griegas de 18 metros de alto. Era uno de los edificios más espléndidos construidos por los griegos.
Gran parte de la actividad comercial de Éfeso giraba en torno al culto de Artemisa, ya que el templo atraía a fieles, peregrinos y turistas de todo el mundo romano, los cuales además adquirían talismanes o souvenirs. Había un próspero gremio de plateros que se lucraba fabricando y vendiendo templecillos y estatuillas de plata de la diosa.
En Éfeso había una población bastante numerosa de judíos. Los tres primeros meses después de llegar a la ciudad Pablo acudía a la sinagoga, donde hablaba con valentía, anunciaba a Cristo y discutía y persuadía a los judíos acerca del reino de Dios (Hechos 19:8). A pesar de sus argumentos para convencerlos de que Jesús era el Mesías, el Hijo de Dios, muchos se negaron a creer, rechazaron su mensaje y se pusieron a hablar mal de la fe cristiana ante toda la asamblea (Hechos 19:9). Así que Pablo y los discípulos se alejaron de ellos, dejaron de intentar convencerlos y se propusieron evangelizar a los gentiles (los no judíos).
En otras partes del libro de los Hechos se registran incidentes similares en que Pablo predicó en la sinagoga de las ciudades que visitaba y se enfrentó al rechazo de la población judía. En cada caso, dejó de intentar convertir a los judíos y se dedicó a evangelizar a los gentiles (Hechos 13:44,45; 18:5,6). En Éfeso, cuando Pablo se topó con oposición pública en la sinagoga, comenzó a predicar a los griegos en la escuela de Tiranno.
Es probable que la escuela de Tiranno fuera un espacio público en Éfeso utilizado para dar conferencias, enseñar y celebrar debates filosóficos, algo común en las ciudades grecorromanas. Esta sala le permitió a Pablo dirigirse a un público más amplio, en particular personas interesadas en la filosofía y la religión. Pablo razonó y enseñó allí por espacio de dos años, hasta que todos los que habitaban en Asia, tanto judíos como griegos, habían escuchado el mensaje del evangelio (Hechos 19:10).
A medida que transcurrían las semanas y los meses, muchos prominentes funcionarios de la ciudad abrazaron la fe cristiana. Fueron testificados estudiantes, funcionarios romanos, mandatarios municipales y personas normales y corrientes, no solo de Éfeso, sino también de ciudades lejanas. Muchos se hicieron cristianos, y más aún al presenciar los prodigiosos milagros de curación que obró Dios por mano de Pablo.
Cuando colocaban sobre los enfermos pañuelos o delantales que apenas habían tocado el cuerpo de Pablo, se curaban, y los espíritus malos salían de ellos (Hechos 19:11,12). En una ciudad en la que se practicaba la magia pagana, la gente fue testigo de la obra aún más poderosa del Espíritu Santo por medio de Pablo. Estos milagros crearon oportunidades de proclamar el evangelio, y confirmaron que Dios estaba obrando a través de Pablo y que el mensaje que anunciaba era verdadero. «Esto fue notorio a todos los que habitaban en Éfeso, así judíos como griegos; […] y era glorificado el nombre del Señor Jesús» (Hechos 19:17).
Eso hizo que muchos ciudadanos de Éfeso se convirtieran. Hombres que habían practicado la brujería y la magia negra venían y confesaban sus malas acciones (Hechos 19:18). En la época grecorromana, los conjuros y hechizos solían recopilarse y publicarse en libros que se vendían muy caros. La Biblia relata que, en una espectacular demostración de arrepentimiento, «muchos de los que habían practicado la magia trajeron los libros y los quemaron delante de todos; y hecha la cuenta de su valor, hallaron que era de cincuenta mil piezas de plata» (Hechos 19:19).
Al cabo de dos años, la palabra del Señor y el mensaje del evangelio habían alcanzado tal difusión e influencia que todos los habitantes de la provincia de Asia —fueran judíos, romanos o griegos— habían escuchado el mensaje de la salvación.
Hasta aquel momento, la floreciente venta de templecillos e ídolos había proporcionado trabajo a numerosos artesanos de Éfeso. Pero a medida que más y más efesios se convertían al cristianismo, los plateros fueron notando una marcada reducción de sus ventas. Uno de ellos, un hombre llamado Demetrio que contrataba a muchos artesanos de su gremio, comenzó a ver la influencia de las enseñanzas de Pablo como un peligro creciente para su lucrativo negocio.
Demetrio convocó a todos sus artesanos y a los que trabajaban en oficios similares y, una vez reunidos, les dijo:
—Caballeros, ustedes saben que nuestra riqueza proviene de este negocio. Pero, como han visto y oído, este tal Pablo ha convencido a mucha gente al decirles que los dioses hechos a mano no son realmente dioses; y no solo lo ha hecho en Éfeso, ¡sino por toda la provincia! (Hechos 19:25,26).
Seguidamente, Demetrio señaló que no solo sufrirían pérdidas monetarias, sino que el templo de la diosa Artemisa, venerada en toda Asia, quedaría desacreditado, y ella sería «despojada de su majestad» (Hechos 19:27). Lo que decía Demetrio era cierto, ya que había gente de diversas partes de Asia Menor y de todo el mundo romano que se desplazaba hasta Éfeso para rendir culto a Artemisa, sobre todo durante el festival de primavera en honor a la diosa, que duraba toda una semana.
Al oír los artesanos su arenga, se llenaron de ira y furor religioso, y comenzaron a gritar al unísono:
—¡Grande es Artemisa de los efesios! (Hechos 19:28).
La confusión se trasladó rápidamente a las calles, y al poco rato toda la ciudad de Éfeso estaba alborotada. La turba corrió hasta el teatro, arrastrando consigo a Gayo y Aristarco, dos compañeros de viaje de Pablo que eran de Macedonia (Hechos 19:29). El teatro de Éfeso era donde se celebraban las reuniones para tratar asuntos de la ciudad. Tenía un aforo de más de 20.000 personas.
Para entonces, todos los funcionarios y dirigentes de Éfeso se habían enterado de que se había producido un tumulto por causa de Pablo y de que la turba se había apoderado de dos de sus amigos. Cuando Pablo supo lo que estaba pasando, quiso presentarse ante la multitud, pero los discípulos no le dejaron. Entre las autoridades de la provincia había amigos de Pablo que le enviaron un recado, rogándole que no se arriesgara a entrar en el teatro (Hechos 19:30,31). Sabían que era muy probable que le costara la vida.
Mientras tanto, en el otro extremo de la ciudad la asamblea que se había constituido en el teatro era una confusión y un caos total. Unos gritaban una cosa y otros otra, y la mayoría ni siquiera sabían por qué se habían reunido (Hechos 19:32). Los dirigentes judíos persuadieron a uno de los suyos, un herrero de nombre Alejandro, para que subiera al escenario, probablemente para hacer una declaración que disociara a los judíos de Pablo.
Alejandro llegó a ponerse frente a la multitud, pero cuando pidió silencio con la mano y se disponía a presentar una defensa, algunos de los presentes reconocieron que era judío. Pensando que iba a hablar en contra de su diosa e imbuidos de fervor religioso, comenzaron a gritar:
—¡Grande es Artemisa de los efesios! ¡Grande es Artemisa de los efesios!
La multitud estuvo dos horas coreando lo mismo, y el rugido ensordecedor de sus voces hizo temblar la ciudad (Hechos 19:33,34).
Finalmente, el secretario municipal, que se desempeñaba como director administrativo, se puso en pie y calmó a la multitud, asegurándoles que la reputación de la ciudad estaba a salvo.
—Ciudadanos de Éfeso —dijo—, el mundo entero sabe que esta ciudad es la guardiana oficial del templo de la gran Artemisa, cuya estatua nos cayó del cielo. Ya que este hecho es innegable, es preciso que se calmen y no hagan nada precipitadamente (Hechos 19:35,36).
Señalando a Gayo y Aristarco, prosiguió:
—Ustedes han traído a estos dos hombres, aunque ellos no han profanado nuestro gran templo ni han blasfemado contra nuestra diosa.
Y continuó:
—Si Demetrio y sus compañeros de oficio tienen alguna queja contra alguien y desean presentar acusaciones, para eso hay tribunales que están sesionando y jueces que escucharán su caso. Si tienen alguna otra demanda, que se resuelva por la vía legal, en legítima asamblea, en un tribunal (Hechos 19:37–39). Tal y como están las cosas, con lo que ha ocurrido hoy corremos el riesgo de que nos acusen de causar disturbios. Si las autoridades romanas pidieran explicaciones por este tumulto, ¿qué razón podríamos dar, si no hay ninguna válida? (Hechos 19:40).
Al terminar de hablar, despidió a la asamblea y los mandó a todos a su casa.
Puede que este detallado informe del libro de los Hechos, con los razonamientos del secretario municipal y los argumentos legales que expuso, constituyera un importante fundamento para la defensa de los cristianos en otras ciudades. Sentó un precedente al mostrar que el evangelio cristiano no se oponía a las leyes romanas ni perturbaba el orden público, y que las acusaciones en ese sentido eran falsas. Tras este suceso, la comunidad cristiana de Éfeso siguió prosperando.
Tomado de una serie de relatos dramatizados de la Biblia publicados por La Familia Internacional en 1987. Adaptado y publicado de nuevo en septiembre de 2026. Traducción: Esteban.
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