Confraternidad cristiana

septiembre 17, 2026

Peter Amsterdam

[Christian Fellowship]

Cuando sacamos a colación los términos compañerismo y confraternidad, la mayoría de los cristianos los asociamos con reunirse con otros cristianos para disfrutar de unos momentos de oración, culto, canto, lectura de la Biblia o escuchar un sermón, conversar, comer y por lo general interactuar en un ambiente edificante y que eleva el espíritu. Si bien esas actividades son parte integral de la fraternidad cristiana, hay un concepto bíblico más amplio de la confraternidad y el compañerismo que nos ofrece una comprensión más cabal de su significado.

Antes de la creación del mundo, Dios existía en comunidad a modo de trinidad: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Por medio de Su Palabra Dios nos ha revelado que Él es un ser divino, una sola esencia, compuesta por tres entes o personas distintas. El Padre es Dios, el Hijo es Dios y el Espíritu Santo es Dios; no obstante, solo hay un Dios. Esta es una creencia fundamental de la fe cristiana. Las tres personas distintas —Padre, Hijo y Espíritu Santo— coexisten eternamente en amorosa relación interpersonal.

Cuando Dios creó a Adán, y a Eva, los creó a Su propia imagen (Génesis 1:27). Fueron creados como seres relacionales (Génesis 2:18), y además de la relación que mantenían entre sí, disfrutaban de amistad y comunión con Dios. Al desobedecer a Dios, se avergonzaron y se ocultaron de Él, con lo que se quebró el compañerismo que habían tenido con Él (Génesis 3:8–10). Sin embargo, a pesar de la desobediencia de Adán y Eva y la consiguiente caída de la humanidad, Dios allanó el camino para que la humanidad pudiera restablecer confraternidad con Él por medio de la vida y muerte de Jesús.

Al momento de la muerte y resurrección de Cristo, Dios modificó la esencia del compañerismo al cual tiene acceso la humanidad y estableció Su morada permanente en los corazones de los que creen. Jesús enseñó a Sus discípulos que «el que me ama, Mi palabra guardará; y Mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada con él» (Juan 14:23). La fraternidad con Dios se centra ahora en nuestra relación personal con Jesús. «Comprenderán que Yo estoy en Mi Padre; ustedes en Mí y Yo en ustedes. El que acepta Mis mandamientos y los cumple, es el que me ama de verdad; y el que me ama será amado por Mi Padre, y también Yo lo amaré y me manifestaré a él» (Juan 14:20–21).

Relación personal con Dios

El aspecto más importante de la confraternidad cristiana es nuestra relación personal o comunión con Dios a través de Su Hijo Jesús. El apóstol Juan escribió: «que hemos visto y oído, para que también ustedes tengan comunión con nosotros. Y nuestra comunión es con el Padre y con Su Hijo Jesucristo» (1 Juan 1:3).

La comunión que los creyentes podemos gozar con Dios a la postre cobrará una nueva dimensión cuando Dios habite con Su pueblo.

«Vi también bajar del cielo la ciudad santa, la nueva Jerusalén. Venía de Dios, ataviada como una novia que se engalana para su esposo. Y oí una voz poderosa que decía desde el trono: “Esta es la morada que Dios ha establecido entre los seres humanos. Habitará con ellos, ellos serán Su pueblo y Él será Su Dios”» (Apocalipsis 21:2,3).

La relación y compañerismo que el creyente tiene individualmente con Dios es lo que hace posible la confraternidad entre los creyentes; es el fundamento para el compañerismo entre los cristianos. En primera medida, Dios restablece la comunión con nosotros gracias al sufrimiento de Jesús y a la muerte que padeció por nosotros; luego, al encauzar nuestra vida de tal manera que coincida con Su Palabra, se hace posible la hermandad con otros creyentes. Como Juan escribió: «Si andamos en luz, como Él está en luz, tenemos comunión unos con otros» (1 Juan 1:7).

Copartícipes con nuestros compañeros en la fe

Aparte de nuestra comunión con Dios, otro aspecto de la confraternidad consiste en participar de diversos modos en nuestra fe. Al presentar la relación que los creyentes tienen entre sí, el apóstol Pablo emplea varios términos griegos. Todos ellos expresan la idea de participación común. Los principales vocablos que empleó provienen de la familia léxica koinonía. Expresaban el concepto de participar de algo con otra persona y se han traducido al Nuevo Testamento con términos como comunión, compañerismo, íntima armonía y participación. En el uso de estos términos en el Nuevo Testamento se acentúa más el sentido de participar en algo que con alguien, como se emplean más comúnmente hoy en día.

En el contexto bíblico las palabras de la familia koinonía se usan generalmente en el sentido de ser partícipes de algo o participar de ello. El concepto de ser partícipes expresado en el sentido de ser socio o tomar parte en un asunto o compartir, trátese de la obra de Dios, de bendiciones e incluso de penalidades, lo vemos en numerosos versículos como: «Ustedes soportaron una gran lucha de padecimientos. Por una parte, siendo hechos un espectáculo público en oprobios y aflicciones, y por otra, siendo compañeros de los que eran tratados así» (Hebreos 10:32,33.); «todo lo hago por amor del evangelio, para ser partícipe de él» (1 Corintios 9:23).

Como hemos visto en estos y en otros versículos, el sentido más amplio de compañerismo o confraternidad tiene que ver con una participación en el amplio espectro del evangelio: participar de las bendiciones, las pruebas y tribulaciones, la consolación y la gracia. También es sobre ser partícipes colectivamente de la naturaleza divina por medio de la verdad que nos reveló Dios, como el apóstol Pedro escribió en su epístola: «Su divino poder nos ha concedido todo cuanto concierne a la vida y a la piedad, mediante el verdadero conocimiento de Aquel que nos llamó por Su gloria y excelencia. Por ellas Él nos ha concedido Sus preciosas y maravillosas promesas, a fin de que ustedes lleguen a ser partícipes de la naturaleza divina» (2 Pedro 1:3,4).

Si bien la confraternidad implica reunirse con otros cristianos también incluye nuestra participación en el evangelio, trabajar de algún modo en una actividad de propagación cristiana. Es hermanarse con Dios y con otras personas en la Gran Misión de comunicar las buenas nuevas a todos y llevar a otros a un salvífico conocimiento de Cristo y discipulado (Mateo 28:18–20).

El apóstol Pablo también empleó koinonía para referir la unidad y los lazos que deben existir entre los cristianos. Al escribir sobre el debate que tuvo lugar en Jerusalén con respecto a si los gentiles (no judíos) debían ser circuncidados para ser cristianos, Pablo dijo que Santiago, el hermano de Jesús, y los apóstoles Pedro y Juan dieron a él y a Bernabé «la diestra en señal de compañerismo» (Gálatas 2:9). Ello entrañaba que aunque los apóstoles continuarían su labor entre los judíos de Jerusalén y Pablo tendría una labor distinta atendiendo espiritualmente a los gentiles, todos ellos permanecerían unidos fraternalmente en la fe. Eso expresa la importancia de que cristianos de todas las creencias mantengan la unidad y el compañerismo aun cuando difieran en las labores que llevan a cabo o se adscriban a distintas escuelas teológicas sobre cuestiones secundarias de doctrina que no son esenciales para la fe cristiana.

Basándonos en el contexto global del sentido que posee el término en el original griego, el compañerismo cristiano (comunión, confraternidad), se puede entender como participación en todo el sistema de la fe. Entraña nuestra interacción con Dios y con otros cristianos y nuestros esfuerzos conjuntos para vivir la Gran Misión y ser sal y luz para el mundo que nos rodea y la cultura de nuestro tiempo.

Naturalmente, reunirnos con otros cristianos es una parte importante de encuentros de confraternidad, pero va más allá de socializar con otros cristianos. El compañerismo espiritual incluye reunirse con otros cristianos para desahogar el corazón y fortalecer nuestra fe, para animarnos unos a nosotros sobre dedicar nuestra vida a Dios, dialogar sobre los problemas y las soluciones relativas a practicar nuestro discipulado, orar unos por otros y procurar consejo inspirado por Dios de parte de hermanos y hermanas. Abarca así también la lectura de las Escrituras, la alabanza, la oración, la adoración y celebrar juntos la comunión. Esos encuentros pueden darse cuando se junta un grupo grande de cristianos, o cuando solo se reúnen dos o tres en Su nombre (Mateo 18:20).

Como Donald Whitney escribió: «Cualquiera que sea el entorno social en que tenga lugar el compañerismo, debe llevar aparejado participar de la vida de Cristo así de palabra como de hecho. Al vivir en semejanza a Cristo cuando estamos juntos, nos alentamos unos a otros en la conducta cristiana. Al hablar como Cristo de asuntos espirituales, nos estimulamos unos a otros a llevar una vida agradable a Dios»1.

El compañerismo y la confraternidad con otros cristianos requieren que dediquemos tiempo a reunirnos a fin de participar en nuestra vida de fe, nuestra relación con el Señor, nuestros momentos de culto y nuestra vida de oración y también para fortalecernos mutuamente en Cristo. El autor de la epístola a los Hebreos dice: «Pensemos en maneras de motivarnos unos a otros a realizar actos de amor y buenas acciones. Y no dejemos de congregarnos, como lo hacen algunos, sino animémonos unos a otros» (Hebreos 10:24,25).

El compañerismo o comunión fraternal empieza cultivando una relación íntima con Dios, que es seguida por la participación en diversos aspectos de la fe, como son compartir con los demás todo lo bueno con que nos bendice Dios y hermanarnos y reunirnos con nuestros correligionarios. Si llevamos a la práctica estas cosas modelaremos nuestra hermandad según las imágenes verbales empleadas para describir la camaradería y el vínculo estrecho que poseían los integrantes de la iglesia primitiva. Ellos se llamaban «conciudadanos de los santos» y «de la familia de Dios» (Efesios 2:19), «los de la familia de la fe» (Gálatas 6:10). Habiendo alcanzado la condición de hijos adoptivos dentro de la familia de Dios (Gálatas 4:4–6), se regían por amor, ternura, compasión y humildad.

«Por tanto, si hay algún estímulo en Cristo, si hay algún consuelo de amor, si hay alguna comunión del Espíritu, si algún afecto y compasión, hagan completo mi gozo, siendo del mismo sentir, conservando el mismo amor, unidos en espíritu, dedicados a un mismo propósito. No hagan nada por egoísmo (rivalidad) o por vanagloria, sino que con actitud humilde cada uno de ustedes considere al otro como más importante que a sí mismo, no buscando cada uno sus propios intereses, sino más bien los intereses de los demás» (Filipenses 2:1–4).

Nuestra comunión con Dios y con nuestros semejantes es parte primordial del ejercicio de nuestra fe y contribuye sustancialmente a que llevemos fruto en nuestra vida personal y en la vida de los demás. Siendo miembros del cuerpo de Cristo, a medida que nos esforzamos por andar en la luz, así como Él está en la luz, lograremos una unión fraternal más plena y profunda los unos con los otros.

Publicado por primera vez en junio de 2014. Adaptado y publicado de nuevo en septiembre de 2026.


1 Whitney, Donald S., Spiritual Disciplines for the Christian Life (Colorado Springs: Navpress, 1991), 241.

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