La parábola del sembrador

agosto 31, 2026

Tesoros

[The Parable of the Sower]

Cuando Jesús se dirigía a las multitudes generalmente les hablaba en parábolas, sencillas narraciones de sucesos y circunstancias de todos los días, que expresaban conceptos con los que Sus oyentes fácilmente podían identificarse. Las parábolas constituían un medio muy eficaz de transmitir Su mensaje, pues eran relatos que atraían la atención de los oyentes. Esas historias a veces desafiaban las normas culturales y religiosas de la época, y los oyentes a menudo se sorprendían cuando el argumento tomaba otro curso que el esperado y tenía un desenlace imprevisto.

Muchas veces Jesús ofrecía una explicación al final de la parábola, ya fuera a la muchedumbre o a Sus discípulos, pues aunque en Sus relatos expresaba conceptos de fácil comprensión para los oyentes, estos no siempre entendían qué quería indicarles con ello.

La parábola del sembrador es una de las pocas que se encuentra en tres de los Evangelios: Mateo 13, Marcos 4 y Lucas 8. En ella se revelan cuatro reacciones que puede tener la gente al mensaje del evangelio. Es en cierto modo una parábola excepcional, ya que Jesús se la dirigió a una gran multitud sin ofrecer luego ninguna interpretación.

En la versión del Evangelio de Marcos, leemos: «He aquí un sembrador salió a sembrar. Y mientras sembraba, aconteció que parte de la semilla cayó junto al camino; y vinieron las aves y la devoraron. Otra parte cayó en pedregales, donde no había mucha tierra, y en seguida brotó porque la tierra no era profunda. Y cuando salió el sol se quemó y, porque no tenía raíces, se secó. Otra parte cayó entre los espinos. Y los espinos crecieron y la ahogaron, y no dio fruto. Y otras semillas cayeron en buena tierra, y creciendo y aumentando dieron fruto. Y llevaban fruto a treinta, sesenta y ciento por uno».

Jesús termina el relato diciendo «El que tiene oído para oír, oiga» (Marcos 4:2-9).

Después de presentar esta parábola a la multitud, Jesús se la interpretó más tarde a Sus discípulos, que no habían entendido su significado. La explicó así: «Este es el significado de la parábola: La semilla es la palabra de Dios. Los que están junto al camino son los que oyen, pero luego viene el diablo y les quita la palabra del corazón, no sea que crean y se salven» (Lucas 8:11,12).

Cuando la vivificante semilla de la Palabra de Dios se siembra en suelo endurecido y poco receptivo —el primero descrito por Jesús—, esta es arrebatada antes que el oyente alcance a entenderla y logre echar raíz en su vida y desarrollarse. Dice la Biblia que «la fe es por el oír, y el oír por la palabra de Cristo» (Romanos 10:17); empero, «el dios de esta edad presente ha cegado el entendimiento de los incrédulos para que no los ilumine el resplandor del evangelio de la gloria de Cristo, quien es la imagen de Dios» (2 Corintios 4:3,4).

Con respecto al segundo tipo de suelo descrito por Jesús, Él explicó: «Los de sobre la roca son los que, cuando oyen, reciben la palabra con gozo. Pero estos no tienen raíz; por un tiempo creen y en el tiempo de la prueba se apartan» (Lucas 8:13).

Esta segunda clase de tierra alude a los que reciben el mensaje del Evangelio con alegría y su fe empieza a desarrollarse, mas cuando llega el momento de enfrentar pruebas o adversidades se les apaga el entusiasmo y su fe merma y se disipa. Simplemente no tienen raíz, no crecen nunca ni llegan a dar fruto. No han recibido de veras la Palabra de Dios ni han dejado que Su verdad les penetre profundamente el corazón y arraigue en ellos.

Al explicar el tercer tipo de suelo, Jesús dijo: «Otros son como lo sembrado entre espinos: oyen la palabra, pero las preocupaciones de esta vida, el engaño de las riquezas y muchos otros malos deseos entran hasta ahogar la palabra, de modo que esta no llega a dar fruto» (Marcos 4:18,19).

El terreno plagado de espinos representa a quienes oyen y aceptan el mensaje de la Palabra de Dios, pero dejan que este se vea asfixiado por los afanes y preocupaciones, las riquezas y deseos de este mundo temporal. Las cosas y «los negocios de la vida» (2 Timoteo 2:4) les restan tiempo de la Palabra de Dios y les apartan la atención de ella. Como consecuencia, su desarrollo espiritual se ve seriamente disminuido y los espinos de este mundo sofocan su capacidad de dar fruto.

La Biblia nos advierte de la trampa que hay en la búsqueda de las riquezas y de poner otros deseos por encima de Dios. En 1 Timoteo 6:10 leemos: «Porque el amor al dinero es raíz de todos los males; el cual codiciando algunos, fueron descarriados de la fe y se traspasaron a sí mismos con muchos dolores». Cuando valoramos las riquezas, el bienestar y las cosas materiales más que a Dios y Su Palabra, se extingue nuestra capacidad de dar fruto para Él.

Finalmente, el cuarto tipo de suelo descrito por Jesús nos indica la fórmula para alcanzar un desarrollo duradero y ser realmente fructíferos. «¡Las semillas que cayeron en la buena tierra representan a los que de verdad oyen y entienden la palabra de Dios, ¡y producen una cosecha treinta, sesenta y hasta cien veces más numerosa de lo que se había sembrado! (Mateo 13:23.)

A diferencia de los otros suelos infructuosos, este cuarto tipo representa a los que oyen, reciben y entienden la Palabra, pero además perseveran pacientemente hasta que su fe crece, madura y fructifica para la gloria de Dios. Los cristianos fecundos son los que oyen y entienden la Palabra de Dios y acceden a que esta les transforme el pensamiento, el corazón y la vida. Como consecuencia, lleva fruto en la vida de ellos y de otras personas y cumple la voluntad y el propósito divinos (Isaías 55:11).

Antes de Su ascensión Jesús ordenó a Sus discípulos que predicaran el evangelio, hicieran discípulos de todas las naciones y les enseñaran a observar Sus enseñanzas (Mateo 28:19,20; Marcos 16:15). Jesús enseñaba fielmente Su mensaje a todos, aunque no todos los que lo oían lo acogían, lo que nos sirve también de modelo a nosotros cuando predicamos, instruimos y discipulamos a otras personas. No toda la gente a la que anunciamos las buenas nuevas las creerá, y no todos los que reciben el mensaje del evangelio seguirán desarrollando su fe. Nuestra misión es hacer lo que nos corresponde para transmitir el evangelio a otros y ayudarlos en crecer en la fe.

Que Dios nos ayude a ser fieles en comunicar las buenas nuevas a los demás y que nuestra vida sea un vivo ejemplo de la buena tierra de la Parábola del Sembrador que atraerá a otros a Él.

Tomado de un artículo de Tesoros, publicado por La Familia Internacional en 1987. Adaptado y publicado de nuevo en agosto de 2026.

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