Calcular los gastos

agosto 24, 2026

Peter Amsterdam

[Counting the Cost]

El capítulo 14 del Evangelio de Lucas contiene algunos de los dichos más duros que pronunció Jesús sobre el discipulado. Incluye la parábola de la gran cena (Lucas 14:16–24), que trata de quienes anteponen sus intereses personales a la llamada para entablar comunión con Dios. El capítulo prosigue diciendo que grandes multitudes iban con Jesús, y fue a esas multitudes a las que dirigió estas enérgicas palabras:

«Si alguno viene a Mí y no aborrece a su padre, madre, mujer, hijos, hermanos, hermanas y hasta su propia vida, no puede ser Mi discípulo. El que no lleva su cruz y viene en pos de Mí, no puede ser Mi discípulo» (Lucas 14:26–27).

Habiéndole explicado a la gente que quienes quisieran seguirlo tendrían que hacer sacrificios, Jesús pasó a relatarles dos breves pero potentes parábolas, una detrás de la otra, sobre el tema del discipulado y la obligación de pensar detenidamente en lo que cuesta seguirlo a Él.

La primera parábola reza así: «¿Quién de vosotros, queriendo edificar una torre, no se sienta primero y calcula los gastos, a ver si tiene lo que necesita para acabarla? No sea que, después que haya puesto el cimiento, no pueda acabarla y todos los que lo vean comiencen a hacer burla de él, diciendo: “Este hombre comenzó a edificar y no pudo acabar”» (Lucas 14:28–30).

El modo en que empieza la frase, ¿quién de vosotros?, es una pregunta retórica que da por hecho que la respuesta será nadie. Jesús empleó interrogaciones retóricas parecidas para dar inicio a otras parábolas, como la parábola de la oveja perdida (Lucas 15:4). (Véase también Lucas 11:5–7, 17:7).

En la parábola que estamos repasando se entiende tácitamente que nadie en su sano juicio construiría un edificio sin calcular antes los gastos y determinar si posee el dinero suficiente para terminarlo.

A lo largo de las Escrituras encontramos referencias a torres. Algunas se refieren a torres construidas con fines militares o con analogías militares, como: «Torre inexpugnable es el nombre del Señor; a ella corren los justos y se ponen a salvo» (Proverbios 18:10). Otras se refieren a torres utilizadas con fines agrícolas (Isaías 5:2). Las torres servían de alojamiento a los agricultores, o para almacenar utensilios y productos y como lugar elevado desde el cual observar sus cultivos y protegerlos de ladrones y animales1.

En el contexto de esta parábola, Jesús muy probablemente se refería a una torre para usos agrícolas. El hacendado tiene buenas intenciones. Edificar una torre le traerá beneficios. Amén de poder resguardar mejor sus cultivos y animales de la acción de ladrones y predadores, se ganará también el respeto de sus vecinos por mejorar su hacienda. Sin embargo, si el hombre es tan desatinado como para no calcular los gastos antes de emprender la construcción de la torre y deducir si tendrá suficientes recursos para terminarla, se lo considerará un insensato y hará el ridículo.

En la cultura de la época era muy importante el honor; en contraste, la deshonra debía evitarse a toda costa. Una planificación tan mal hecha como aquella tendría como consecuencia que todo el que viera la obra inconclusa se burlaría del hombre señalando su fracaso y su insensatez. Al decir que el hombre sería burlado, la deducción es que perdería su prestigio, sería el hazmerreír del pueblo y haría el ridículo.

Jesús espabiló a quienes estaba llamando a seguirle, incitándoles a considerar el compromiso que iban a contraer y lo que implicaría; es decir, a ponderar el costo del discipulado y tomar una decisión prudente y reflexiva para no faltar luego al compromiso contraído.

La parábola análoga a esta dice: «¿O qué rey, al marchar a la guerra contra otro rey, no se sienta primero y considera si puede hacer frente con diez mil al que viene contra él con veinte mil? Y si no puede, cuando el otro está todavía lejos le envía una embajada y le pide condiciones de paz» (Lucas 14:31–32).

Si bien esta segunda parábola expone el mismo argumento que la primera, la decisión del rey pone en riesgo la vida de miles de soldados, así como la suya propia. Es, pues, mucho más lo que está en juego. El hombre que no calcula los gastos que supondrá construir la torre arriesga pasar una vergüenza y quedar en ridículo; en cambio, el rey enfrenta la posibilidad de que mueran muchos soldados y de perder su reino.

Aunque los riesgos que se corren son mucho mayores en el caso de la segunda parábola, el mismo argumento se pone de manifiesto. El rey debe evaluar la situación. No posee sino la mitad de efectivos militares que su adversario y para ganar, sus tropas tendrán que ser mucho más diestras que los soldados que enfrentarán. Además tendrán que ser extraordinariamente valientes para enfrentar con confianza a un ejército el doble de grande.

Además el rey deberá analizar si Él y sus tropas posiblemente cuenten con algún otro tipo de ventaja —familiaridad con el terreno y las condiciones meteorológicas, mejores líneas de abastecimiento o una población civil más favorable— que compense la diferencia numérica. El rey deberá determinar si existen las condiciones para que sus soldados se alcen con la victoria y si vale la pena disputar la batalla.

La primera parábola expresa claramente que quien esté pensando en hacerse discípulo de Cristo debe calcular el costo que ello tendrá, a fin de determinar si posee las condiciones necesarias para ser discípulo. La segunda parábola nos aconseja evaluar las posibilidades de triunfo que tenemos antes de tomar una decisión tan trascendente como comprometernos al discipulado. Las dos parábolas estimulan a la persona que está estudiando la posibilidad de ser discípulo a que juzgue su situación. Así, cuando tome la determinación de seguir a Jesús, lo hará reflexivamente. Es un llamado a tomar una decisión prudente, a tener un propósito deliberado, cuando nos comprometemos a hacernos discípulos.

Cuando leemos el pasaje en que Jesús llama a Sus primeros discípulos, nos causa impresión que lo dejaran todo para seguirle.

«Mientras caminaba junto al mar de Galilea, Jesús vio a dos hermanos: uno era Simón, llamado Pedro, y el otro, Andrés. Estaban echando la red al lago, pues eran pescadores. “Vengan, síganme —les dijo Jesús—, y los haré pescadores de hombres”. Al instante dejaron las redes y lo siguieron. Más adelante vio a otros dos hermanos: Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que estaban con su padre en una barca remendando las redes. Jesús los llamó y dejaron enseguida la barca y a su padre para seguirlo» (Mateo 4:18–22).

Aunque lo siguieron al instante apenas los llamó, ese llamado no fue necesariamente el primer encuentro que tuvieron con Él. En el Evangelio de Juan leemos que Andrés, hermano de Simón Pedro, conoció a Jesús y pasó el día con Él (Juan 1:38–42). A la mañana siguiente halló a su hermano Pedro y le dijo: «Hemos encontrado al Mesías» (Juan 1:41). No hay indicios de que Pedro y Andrés hubieran seguido a Jesús en ese momento.

En Lucas leemos que Jesús enseñaba en la ribera del lago Genesaret cuando observó dos barcas cerca de la orilla y a los pescadores en la playa limpiando sus redes. Jesús abordó una de las barcas, que pertenecía a Simón (Pedro). Al terminar su plática, le dijo a Simón que bogara hasta donde el agua fuera más profunda y echará allí la red. Cuando este lo hizo, encerraron una gran cantidad de peces en la red y llamaron a Andrés y Juan, sus compañeros, para que subieran a la barca y los ayudaran. Es en ese momento en que se nos dice que Pedro lo dejó todo y siguió a Jesús. (Lucas 5:1–11).

En otros pasajes del Evangelio vemos ejemplos de cómo Jesús advertía a quienes querían seguirlo, señalando lo que cuesta ser discípulo:

«Se le acercó un escriba y le dijo: —Maestro, te seguiré adondequiera que vayas. Jesús le dijo: —Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo, nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde recostar su cabeza. Otro de Sus discípulos le dijo: —Señor, permíteme que vaya primero y entierre a mi padre. Jesús le dijo: —Sígueme; deja que los muertos entierren a sus muertos» (Mateo 8:19–22).

Jesús no pretendía que las masas le siguieran.  Buscaba a quienes lo siguieran, no por la aceptación que gozaba entre la gente, por dar de comer a las multitudes y obrar milagros, sino porque creían firmemente en quién era Él y en la verdad que enseñaba. Les alertó explicándoles que debían afrontar las posibles consecuencias de ser discípulos, pensar en las exigencias que representaría y asegurarse de que entendieran lo que implicaba. Entonces, una vez que se habían percatado de todos los apremios, dificultades y sacrificios que requería, los invitó a tomar la decisión bien fundamentada de seguirlo. No pretendía disuadirlos de optar por el discipulado; más bien los alentaba a considerar detenidamente lo que significaba.

Decidir seguir a Jesús es optar por reestructurar nuestra vida en conjunción con Sus enseñanzas. Significa alterar nuestro modo de pensar, priorizar las cosas en las que invertimos tiempo, energía y dinero. Cambiar nuestras relaciones y modo de interactuar con los demás. Es un llamado a reordenar radicalmente nuestra vida, hasta tal punto que estemos dispuestos a soportar ser ridiculizados, discriminados o perseguidos por nuestra fe (Mateo 5:10–12). Es un compromiso para toda la vida y requiere una decisión sincera de seguirlo.

La elección de ser seguidor de Jesús es la mejor —y más importante— decisión que cualquiera puede tomar, ya que no solo mejora nuestra vida ahora, sino también para toda la eternidad. Y si difundimos fielmente el mensaje de salvación de Jesús, mejorará asimismo la vida de otras personas.

Publicado por primera vez en enero de 2018. Adaptado y publicado de nuevo en agosto de 2026.


1 Arland J. Hultgren, The Parables of Jesus (Grand Rapids: Eerdmans, 2000), 139.

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