Nueva vida en Cristo

agosto 10, 2026

Tesoros

[New Life in Christ]

De todas las transformaciones y sucesos trascendentales que experimentamos en la vida el más destacado es nuestra salvación eterna por la fe en Cristo, que marca el comienzo de una vida totalmente nueva. Jesús enseñó que «si no se vuelven y se hacen como los niños, jamás entrarán en el reino de los cielos» (Mateo 18:3).

El primer paso para la salvación es reconocer que tenemos necesidad de un Salvador que nos redima de nuestros pecados y creer que Jesús murió en la cruz por nuestra eterna salvación. «Porque todos pecaron y no alcanzan la gloria de Dios» (Romanos 3:23). Ese mismo pasaje continúa diciendo: «Como está escrito: No hay justo ni aun uno» (Romanos 3:10). Al tomar la determinación de aceptar a Jesucristo como tu Señor y Salvador y reconocer que murió en la cruz para el perdón de tus pecados, te conviertes en hijo de Dios y Él en tu Padre celestial. «A los que lo aceptaron y creyeron en Él, les dio el derecho de ser hijos de Dios» (Juan 1:12).

Cuando decidimos recibir a Cristo experimentamos un renacimiento espiritual, que Jesús calificó como «nacer del Espíritu» o «nacer de nuevo» (Juan 3:3–8). El apóstol Pablo se refirió a este hecho como el principio de toda una nueva creación: «Si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas» (2 Corintios 5:17). Una vez que Jesús accede a tu vida, no solo renueva, purifica y regenera tu espíritu, sino también tu mente. Deshace materialmente las viejas conexiones y reflejos, y poco a poco reconfigura tu mente y te hace un recableado, lo que te aporta una nueva perspectiva de la vida, un nuevo modo de ver el mundo y nuevas reacciones a prácticamente todo lo que te rodea (Romanos 12:2).

La Biblia lo llama despojarse del viejo hombre y del antiguo modo de vivir y vestirse del nuevo «que ha sido creado a semejanza de Dios en justicia y santidad de verdad» (Efesios 4:22–24). Una vez que invitamos a Jesús a entrar en nuestro corazón y formar parte de nuestra vida, el Espíritu Santo obra una transformación en nosotros y a la larga cambia nuestro modo de pensar y nuestra actitud hacia la vida. Esto por lo general produce un cambio de personalidad y una transformación tan extraordinaria que la Palabra de Dios lo equipara a la muerte y sepultura de la vieja vida y la resurrección a una existencia y un modo de vivir enteramente distintos (Romanos 6:3–11). «Por el bautismo fuimos sepultados juntamente con Él en la muerte para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en novedad de vida» (Romanos 6:4).

El Espíritu de Dios obra en este proceso de transformación a lo largo de nuestra existencia y actúa a medida que vamos creciendo en nuestra fe y le encomendamos nuestra vida y voluntad. Como enseñó Jesús en «la parábola del sembrador», recibir la verdad de la Palabra de Dios es semejante a sembrar una semilla. Toma tiempo para que ese granito de verdad se desarrolle hasta alcanzar la plenitud de una vida cristiana madura (Marco 4:3–20). Jesús explicó que la semilla acogida en buena tierra representa a quienes con corazón noble y bueno oyen la Palabra, la retienen y dan fruto (buenas obras y cambios en su proceder) con perseverancia (Lucas 8:15).

Los creyentes siguen teniendo problemas y cometiendo errores; nos sucede a todos; nadie es perfecto. Ni siquiera el apóstol Pablo llegó a considerarse un santo inmaculado o a pensar que ya había alcanzado su meta de conocer a Cristo plenamente y ser semejante a Él. Declaró: «No quiero decir que ya lo haya alcanzado ni que haya llegado a la perfección […]. Pero una cosa hago: olvidando lo que queda atrás y extendiéndome a lo que está por delante, prosigo a la meta hacia el premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús» (Filipenses 3:12–14). Al igual que el apóstol Pablo, ninguno de nosotros somos perfectos ni podemos aspirar a serlo, «pero una cosa» sí podemos: seguir a Jesús lo más fielmente que nos sea posible y perseverar en la buena batalla de la fe a fin de seguir avanzando y progresando.

Crecer en fe

La Palabra de Dios compara a Sus hijos que se deleitan en Sus preceptos y enseñanzas con un árbol plantado a la orilla de un río (Salmo 1:1–3); y como sucede con todo árbol sano, se precisa tiempo para que se robustezca y desarrolle fuertes raíces cristianas. Cuanto más profundamente se enraíce en la tierra fértil de la Palabra de Dios, con más vigor crecerá y más fructífero será. Si queremos crecer y fortalecer nuestra fe es importante que nos mantengamos arraigados y con una base sólida en Su Palabra a fin de que rindamos el fruto que Dios quiere que rindamos.

En Colosenses 2:6,7 se nos insta: «De la manera que han recibido a Cristo Jesús el Señor, así anden en Él, firmemente arraigados y sobreedificados en Él, y confirmados por la fe así como han sido enseñados, abundando en acciones de gracias». Así como un árbol saca sus nutrientes y su vida misma de la tierra, así mismo nosotros debemos extraer vida y fortaleza espiritual de los momentos que pasamos comulgando con Dios en oración y adoración con la ayuda de la Palabra de Dios. El secreto para crecer vigorosamente en nuestra fe y llevar fruto es echar raíces profundas en la verdad de la Palabra de Dios y extraer de ella nuestro alimento espiritual, leyéndola, estudiándola y absorbiéndola con actitud de oración.

Jesús enseñó a Sus discípulos: «Si ustedes permanecen en Mi palabra serán verdaderamente Mis discípulos; y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres» (Juan 8:31,32). En cuanto nos disponemos a colocar a Dios en el centro de nuestra vida, daremos cada vez más los frutos de Su Espíritu, a saber: «amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y dominio propio» (Gálatas 5:22,23). A medida que esos frutos se van manifestando en nosotros, Dios obra en nuestro interior para que comuniquemos Su amor y verdad a quienes nos rodean, brindándoles la oportunidad de recibir Su don de salvación.

La Biblia es la Palabra que Dios nos dirige personalmente a cada uno. Nos enseña quién es Dios y cuál es Su voluntad y el propósito que tiene para nosotros en calidad de creaciones Suyas. Además, nos revela el sentido de la vida y nos devela por qué es importante la verdad. En ella hallamos respuestas a los interrogantes profundos de la existencia, amén de fortaleza, orientación y esperanza para todo apuro en el que nos lleguemos encontrar. La Biblia dice que «la fe es por el oír, y el oír por la Palabra de Dios» (Romanos 10:17). Es decir que se va acrecentando mediante el estudio constante de la Palabra de Dios. Si te comprometes a leer la Biblia diariamente, tu relación con Dios se irá estrechando y poco a poco irás entendiendo mejor el plan que Él ha dispuesto para la humanidad y los designios que tiene para ti.

El poder del Espíritu Santo

Poco antes de Su crucifixión y resurrección, Jesús prometió a Sus discípulos que les enviaría un abogado, un ayudante, el Espíritu Santo, para fortalecerlos, infundirles poder, guiarlos y orientarlos en su vida espiritual y su relación con Él. «Pero el Abogado, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en Mi nombre, hará que ustedes recuerden cuanto Yo les he enseñado y Él se lo explicará todo. […] Él los guiará a toda la verdad» (Juan 14:26; 16:13).

No podemos hacer la obra de Dios y llevar una vida que le sea agradable a Él sin Su poder. Jesús dijo: «Recibirán poder cuando el Espíritu Santo haya venido sobre ustedes, y me serán testigos» (Hechos 1:8). Una razón primordial para recibir ese poder es la testificación, hablar de Jesús a otras personas. En Hechos 4 leemos que los seguidores de Cristo «todos fueron llenos del Espíritu Santo y hablaban la palabra de Dios con valentía» (Hechos 4:31). Cuando los primeros discípulos recibieron el Espíritu Santo el día de Pentecostés, no solo experimentaron manifestaciones milagrosas de los «dones del Espíritu», sino que gracias a esos dones se convirtieron tres mil almas (Hechos 2:36–41).

La Biblia nos exhorta a no descuidar los dones que nos otorga el Espíritu de Dios (1 Timoteo 4:14). Y dice más bien: «anhelen los mejores dones» (1 Corintios 12:31). Muchos de ellos se hallan enumerados en las epístolas de Pablo y abarcan sabiduría, palabra de conocimiento, fe, sanidades, milagros, profecía, servicio, enseñanza, estimular, compartir y presidir (1 Corintios 12:4–11; Romanos 12:6–8). Todos ellos son regalos que un amoroso Padre celestial hace a Sus hijos con el fin de capacitarlos en el servicio a Él y a los demás y para la edificación de Su iglesia (1 Corintios 14:12).

Cambiar el mundo con el amor de Dios

Dios ha llamado a cada uno de Sus hijos a transmitir a otras personas la buena nueva de Su amor y Su verdad, a sembrar la semilla y ser un fiel testigo de Él. Jesús instó a Sus discípulos a que «prediquen el evangelio» (Marcos 16:15). Nosotros tenemos esa misma vocación, ya que «la cosecha (las almas que buscan verdad eterna y salvación) es abundante, pero son pocos los obreros (los que recogen esa cosecha)» (Mateo 9:37). El libro de los Hechos de los Apóstoles nos relata numerosos episodios en que los primeros cristianos impartieron su fe a otros y condujeron a muchos a la fe de Cristo, lo que produjo un cambio en el mundo de su época.

Jesús dijo a Sus seguidores: «Ustedes son la luz del mundo. Una ciudad situada sobre un monte no se puede ocultar.» A continuación, lanzó un llamamiento a todos los que creen en Él: «Así brille la luz de ustedes delante de los hombres, para que vean sus buenas acciones y glorifiquen a su Padre que está en los cielos» (Mateo 5:14-16). Los cristianos a lo largo de los siglos cambiaron el mundo de su época a través de sus buenas obras y de su testimonio, llevando a la gente a la salvación y a la fe en Cristo.

A lo mejor, sin embargo, estás desanimado y piensas: «¿Quién soy yo? ¿Qué puedo hacer yo para ser agente de cambio? Todo parece tan imposible e irremediable. Da la impresión de que una persona sola no puede hacer nada para mejorar las cosas. ¿Para qué voy a intentarlo?» Aunque tal vez no podamos cambiar el mundo entero, es factible que cada uno hagamos lo que esté dentro de nuestras posibilidades para cambiar nuestra parte del mundo. Descubrirás que hay mucha gente con la que te cruzas cada día que busca respuestas a los grandes interrogantes de la vida y que anhela hallar verdad, sentido y amor.

Toda vida afecta inevitablemente la de los demás. Nadie es una isla. Toda persona influye en otra. «Porque ninguno de nosotros vive para sí mismo, y ninguno muere para sí mismo» (Romanos 14:7).

Cuando le entregas tu vida a Dios en Su altar de sacrificio y le pides que la tome, Él obra en ella y se sirve de ella para Su gloria en la medida en que se lo permitas. (V. Romanos 12:1.) Él te acoge como Padre, te ama y desea emplearte en Su amoroso servicio a los demás. Promete proveernos para todo lo que nos haga falta en el desempeño de esa misión: fuerzas, poder, sabiduría, vida y amor (Filipenses 4:19).

Si estás dispuesto a ser lo que Dios quiere que seas, Él se puede valer de ti a fin de que tengas un efecto positivo en el mundo que te rodea y propagues Su mensaje de amor, verdad y salvación a otras personas. «Porque Dios es el que produce en ustedes tanto el querer como el hacer para cumplir Su buena voluntad» (Filipenses 2:13). ¡Que Dios te bendiga en tu nueva vida en Cristo!

Publicado en Áncora en agosto de 2026. Traducción: Gabriel García V.

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