agosto 3, 2026
[The Parable of the Obedient Servant]
En el Evangelio de Lucas encontramos varias parábolas que parten con una pregunta cuya respuesta es evidente. Por ejemplo, Jesús preguntó: «¿Qué hombre de ustedes, si tiene cien ovejas y una de ellas se pierde, no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la que está perdida hasta que la halla?» (Lucas 15:4). En otra parte, leemos: «¿Quién de ustedes, deseando edificar una torre, no se sienta primero y calcula el costo?» (Lucas 14:28).
Otras parábolas comienzan con preguntas a las que todo el mundo respondería con un no, a saber: «¿Quién de ustedes que sea padre, si su hijo le pide un pescado, le dará en cambio una serpiente?» (Lucas 11:11).
La parábola del siervo obediente empieza, no con una, sino con tres preguntas. Dos de ellas piden una respuesta negativa y una ha de suscitar una positiva.
¿Quién de ustedes tiene un siervo arando o pastoreando ovejas, y cuando regresa del campo, le dice: «Ven enseguida y siéntate a comer»? ¿No le dirá más bien: «Prepárame algo para cenar, y vístete adecuadamente, y sírveme hasta que haya comido y bebido; y después comerás y beberás tú»?
¿Acaso le da las gracias al siervo porque hizo lo que se le ordenó? Así también ustedes, cuando hayan hecho todo lo que se les ha ordenado, digan: «Siervos inútiles somos; hemos hecho sólo lo que debíamos haber hecho» (Lucas 17:7–10).
En esta parábola, Jesús habla de un siervo, que en algunas traducciones de la Biblia se traduce como «esclavo». Ello obedece a que el vocablo griego doulos se puede traducir de varios modos: siervo, siervo no remunerado o esclavo. En la época de Jesús la esclavitud era muy corriente en los dominios del Imperio romano. Se calcula que entre el veinte y el treinta por ciento de la gente del imperio era esclava. El hecho de que Jesús hubiera tomado el ejemplo de un siervo o esclavo no quiere decir que avalara la esclavitud. Aludió a un siervo/esclavo en esta parábola para demostrar Su argumento, puesto que en aquellos días era algo muy común y un concepto que la gente claramente entendería.
Quizá alcanzamos a ver un destello del sentimiento que albergaba Jesús con respecto a la esclavitud cuando instó a Sus seguidores a perdonar las deudas de los demás, lo que habría socavado los fundamentos de la esclavitud por deudas (Mateo 6:12). La Escritura nos enseña que Jesús, «siendo por naturaleza Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse. Por el contrario, se rebajó voluntariamente, tomando la naturaleza de siervo» (Filipenses 2:6–7). Aquí, la palabra siervo es también doulos.
La esclavitud en la época de Cristo no tenía nada que ver con la raza, a diferencia de lo que ocurrió bajo el colonialismo a partir del siglo XVII. En los tiempos del Imperio romano se consideraba que la libertad de algunos únicamente era posible a costa de la esclavitud de otros. Los conceptos de que la libertad era un derecho para todos y la esclavitud un mal, hubieran sido muy ajenos a la cultura de entonces. La mayor parte de los esclavos de esos días provenían del bando perdedor en batalla, así como de su descendencia posterior.
Algunas personas también se vendían a esclavitud para escapar de la pobreza o saldar deudas, mientras que otras lo hacían para obtener determinados empleos. A veces a los esclavos les era posible ejercer dominio de propiedades y poseer sus propios esclavos. No era raro que en determinado momento un esclavo fuese liberado o pudiese adquirir su libertad mediante un pago. Ciertos esclavos eran cultos; muchos se desempeñaban en puestos directivos y de mucha confianza. Algunos estaban bien capacitados y ejercían de galenos, arquitectos, artesanos, comerciantes, cocineros, barberos y artistas. Algunos administraban los negocios de sus amos y se los consideraba parte del hogar de estos.
Para muchos, en la cultura de la época, tenía cierta significación y era un honor servir a una persona de condición social y económica más elevada y ser parte integrante de su casa, amén de que les proporcionaba seguridad económica y alimenticia. Si bien ese no siempre era el caso, tampoco era raro. Sin embargo, independientemente de sus circunstancias, los esclavos de la época de Jesús seguían siendo esclavos y no personas libres1.
La respuesta a la pregunta inicial —si alguien que tuviera un siervo arando o pastoreando ovejas lo invitaría a sentarse a la mesa— habría sido que nadie que escuchara a Jesús se plantearía jamás hacer algo así. Los roles de señor y siervo estaban muy bien definidos en esos tiempos. Permitir una cosa así hubiera implicado que el siervo tuviera la categoría de un invitado de honor o estuviera en igualdad de condiciones que su maestro. Empezar Su parábola con ese interrogante hubiera picado la curiosidad de los oyentes.
A continuación, Jesús plantea Su segunda pregunta: «¿No le diría más bien “prepárame la comida y cámbiate de ropa para atenderme mientras yo ceno; después tú podrás cenar”?» (Lucas 17:8). Aunque a nosotros nos parezca bastante duro que se esperara que alguien que hubiera trabajado todo el día en el campo tuviera que preparar la comida, servir al amo y, solo después de cumplir con esas tareas, se le permitiera comer, en la antigüedad ese trato se consideraba normal.
En el contexto de la época, nadie que escuchara esta parábola hubiera pretendido que a un sirviente se le diera un trato especial por cumplir con sus deberes. El siervo simplemente estaba cumpliendo con lo que se esperaba de un siervo. El maestro no estaba en deuda con el sirviente por apacentar a las ovejas o arar los campos. Nadie hubiera pretendido que al siervo se le hubieran concedido privilegios por el solo hecho de hacer su trabajo.
Cuando los que lo escuchaban oyeron la tercera pregunta: «¿Acaso le da las gracias al siervo porque hizo lo que se le ordenó?» (Lucas 17:9), una vez más habrían respondido: «Por supuesto que no». La palabra griega traducida por gracias es charis, la misma que en el Nuevo Testamento generalmente se traduce para expresar el concepto de gracia. No obstante, en el Evangelio de Lucas se emplea para comunicar el sentido de reconocimiento o favor. La pregunta es pues: ¿Le da el amo reconocimiento o premio al siervo por hacer lo que se le ordenó?
Kenneth Bailey lo explica de la siguiente manera:
El amo bien puede expresar su agradecimiento al siervo al final de la jornada laboral con una palabra amable. El tema es mucho más serio que eso. ¿Está el amo en deuda con su siervo por las órdenes cumplidas? Esa es una pregunta que pide una respuesta categóricamente negativa en la parábola2.
En ese instante Jesús se dirige a los oyentes, que en el contexto del Evangelio de Lucas son Sus discípulos, y les dice: «Así también ustedes, cuando hayan hecho todo lo que se les ha ordenado, digan: “Siervos inútiles somos; hemos hecho solo lo que debíamos haber hecho”.» (Lucas 17:10).
Aquí la frase «siervos inútiles» —o como figura en otras versiones, «siervos indignos»— también se puede traducir: con los que no se tiene deuda. Dicho de otro modo, Jesús plantea que el amo de siervos o discípulos que hacen lo que se les manda no tiene ninguna deuda con ellos.
El mensaje, aplicado a los discípulos, expresaba que Dios no está endeudado con quienes le sirven. Dios no adeuda nada a los que le sirven. Dios no nos debe nada, mientras que nosotros se lo debemos todo a Él, incluida nuestra propia vida. Como escribió Pablo: «¿Qué tienes que no hayas recibido?» (1 Corintios 4:7). Eso no significa que Dios no premia a los que lo aman y le sirven, sino que nuestra relación con Dios no es una en la que nos ganamos, merecemos o negociamos retribuciones. Un discípulo es alguien que sirve al Señor por amor, adoración y fidelidad hacia Él.
El apóstol Pablo se autodenominó doulos (siervo, siervo no remunerado o esclavo): «Pablo, siervo de Cristo Jesús, llamado a ser apóstol, apartado para anunciar el evangelio de Dios» (Romanos 1:1). (Véase también Tito 1:1.) Eso significa que él equiparaba su relación con el Señor con la de una persona que trabaja con amor y dedicación para cumplir con su vocación en lugar de hacerlo para obtener beneficio económico o de otra índole. El súbdito sirve con un sentido de seguridad total, a sabiendas de que su señor lo cuidará.
Nuestra salvación es un don que Dios nos concedió; no trabajamos ni hacemos méritos para conseguirlo. El servicio que le prestamos es fruto de nuestra gratitud y amor, como también de nuestro compromiso y fidelidad hacia Él por habernos redimido. Cuando hemos cumplido con lo que nos ha ordenado, comprendemos que Él no nos «debe» nada. No debemos mantener un libro de contabilidad mental de todas las cosas que hemos hecho por el Señor con la expectativa de que por ello Dios está en deuda con nosotros.
Eso no significa que no haya recompensa para los que sirven a Dios, ya que Jesús habló de recompensas en numerosas ocasiones.
Cuando tú des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha, para que sea tu limosna en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará en público. Cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará en público (Mateo 6:3–4, 6).
Entonces dirá el Rey a los que estén a su derecha: «Vengan ustedes, a quienes Mi Padre ha bendecido; reciban su herencia, el reino preparado para ustedes desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y ustedes me dieron de comer; tuve sed y me dieron de beber; fui forastero y me dieron alojamiento; necesité ropa y me vistieron; estuve enfermo y me atendieron; estuve en la cárcel y me visitaron» (Mateo 25:34–36).
Se nos ha prometido una recompensa, pero nuestra relación con Dios no es cuestión de méritos, negociaciones o de trabajar para conseguirla o ganarla. Como siervos del Señor, trabajamos para Él por amor a Él y cumplimos con nuestro deber para con Él como muestra de gratitud. Lo que recibimos de Dios es un regalo que proviene de Su mano, no un pago por los servicios prestados. Le servimos porque nos salvó y estamos agradecidos. Le servimos porque lo amamos. Y es que nuestro servicio a Él está motivado por el amor y la gratitud, no por las recompensas que Él nos da.
Publicado por primera vez en octubre de 2017. Adaptado y publicado de nuevo en agosto de 2026.
1 Puntos tomados de Slavery de J. A. Harrill, en C. A. Evans & S. E. Porter, eds., Dictionary of New Testament Background. (Downers Grove, IL: InterVarsity Press, 2000), 1124–1127.
2 Bailey, Kenneth, Through Peasant Eyes (Grand Rapids: William B. Eerdmans Publishing Company, 1980), 120.
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