Las últimas apariciones de Jesús y la misión que nos encomendó

julio 27, 2026

Peter Amsterdam

[The Final Appearances and Commission of Jesus]

Los Evangelios de Mateo, Marcos y Lucas terminan todos describiendo las últimas interacciones de Jesús con Sus discípulos, seguidas de Su ascensión al Cielo.

En la versión de Mateo leemos que «los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña que Jesús les había indicado. Cuando lo vieron, lo adoraron; pero algunos dudaban» (Mateo 28:16,17). Si bien la mayoría de los discípulos, al ver a Jesús, reaccionaron adorándolo, se nos dice que dentro del grupo de los once que quedaron tras la muerte de Judas, algunos titubearon y se mostraron inseguros. Es decir, dudaron. Puede ser que algunos no estaban seguros de que el que veían era efectivamente Jesús.

En otros pasajes de los Evangelios los discípulos no reconocieron a Jesús. «Los ojos de ellos estaban velados, para que no lo reconocieran» (Lucas 24:16). «Cuando ya iba amaneciendo se presentó Jesús en la playa, pero los discípulos no sabían que era Jesús» (Juan 21:4). (Véase también Lucas 24:30,31.)

Al llegar a la montaña, Mateo nos cuenta que «Jesús se acercó y les habló diciendo: “Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra”» (Mateo 28:18). Jesús comenzó aclarando que después de Su resurrección Él era muy diferente del predicador itinerante, sanador, hacedor de milagros que ellos tan bien conocían.

Las palabras «toda potestad en el cielo y en la tierra» nos remiten a Daniel 7:14, que dice: «Le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas lo sirvieran; Su dominio es dominio eterno, que nunca pasará; y Su reino es uno que nunca será destruido».

A lo largo del Evangelio de Mateo, Jesús utiliza un lenguaje similar al de Daniel 7:13,14 al referirse al futuro reino del Hijo del Hombre. Por ejemplo: «Entonces aparecerá la señal del Hijo del hombre en el cielo, y todas las tribus de la tierra harán lamentación cuando vean al Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo, con poder y gran gloria. Enviará Sus ángeles con gran voz de trompeta y juntarán a Sus escogidos de los cuatro vientos, desde un extremo del cielo hasta el otro» (Mateo 24:30,31).

Tras declarar que se le había concedido toda autoridad en el Cielo y en la Tierra, Jesús impartió las siguientes instrucciones a Sus discípulos: «Vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo,  y enseñándoles que guarden todas las cosas que les he mandado» (Mateo 28:19,20).

En lugar de hacer hincapié en cómo ejercería Su autoridad, Jesús se refirió a lo que eso significaba para Sus seguidores. Dado que Él era Cristo resucitado, el Hijo de Dios, y había recibido de Él plena autoridad, podía encargar a Sus discípulos que fueran y ganaran más discípulos. Su misión consistía en divulgar la noticia de la vida, muerte y resurrección de Jesús; en enseñar e instruir a los que creyeran, para que ellos también difundieran ese mensaje por todo el mundo.

Las últimas palabras de Jesús en el libro de Mateo son: «Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo» (Mateo 28:20). Este Evangelio termina con una promesa: que los discípulos no quedarían abandonados a su suerte para seguir a Jesús como pudieran, sino que Jesús estaría siempre con ellos.

El final largo de Marcos

El último capítulo del libro de Marcos (Marcos 16) narra que María Magdalena, María la madre de Jacobo y Salomé llevaron especias al sepulcro de Jesús para ungirlo (Marcos 16:1-4). Al entrar en el sepulcro, vieron a un joven (un ángel) sentado a la derecha, vestido con una túnica blanca, y se alarmaron (Marcos 16:5). El ángel dijo a las mujeres: «“Vayan, digan a Sus discípulos, y a Pedro, que Él va delante de ustedes a Galilea. Allí lo verán, como les dijo.” Ellas salieron y huyeron del sepulcro, porque temblaban y estaban presas de espanto. Y no dijeron nada a nadie, porque tenían miedo» (Marcos 16:7,8).

En este punto termina el Evangelio de Marcos en algunas de las primeras traducciones de la Biblia. Otras versiones, sin embargo, incluyen doce versículos más (Marcos 16:9–20). Esos versículos se conocen como el final largo. Cuando se insertan en las Biblias actuales, suelen estar impresos en cursiva y entre corchetes para diferenciarlos de los primeros ocho versículos de este capítulo.

Algunos de los primeros cristianos, como Justino Mártir (ca. 100–165), citaron el versículo Marcos 16:20 en sus escritos, al igual que otros escritores cristianos de los siglos I y II, por lo que hay motivos para aceptarlos como originales. Por otra parte, estos últimos doce versículos no figuran en algunos de los manuscritos griegos, latinos, siríacos, coptos y armenios más antiguos, lo que deja abierta la posibilidad de que sean un añadido posterior. En las notas de estudio de la versión en inglés ESV aparece el siguiente comentario sobre este pasaje:

Como es el caso en numerosas traducciones, los redactores de la versión ESV colocan este pasaje entre corchetes. Con ello ponen en tela de juicio que dicho pasaje figurara en el texto originario de Marcos, aunque al mismo tiempo reconocen la larga historia de aceptación que este tiene entre muchos en la iglesia. El contenido de los versículos 9-20 se explica mejor en referencia a otros pasajes de los Evangelios y al resto del Nuevo Testamento. (La mayor parte de su contenido se encuentra en otras partes y ningún punto de doctrina se ve afectado por la ausencia o presencia de los versículos 9-20.)

Puesto que el final largo figura en la mayoría de las biblias, comentaremos aquí estos versículos.

«Habiendo, pues, resucitado Jesús por la mañana, el primer día de la semana, apareció primeramente a María Magdalena, de quien había echado siete demonios. Yendo ella, lo hizo saber a los que habían estado con Él, los cuales estaban tristes y llorando. Ellos, cuando oyeron que vivía y que había sido visto por ella, no lo creyeron» (Marcos 16:9-11).

Dice que el domingo, primer día de la semana, Jesús se apareció a María Magdalena. Los Evangelios de Lucas y Juan también cuentan que María Magdalena participó en el descubrimiento de que Jesús ya no estaba en el sepulcro y que fue a decirles a los discípulos que Su cuerpo había desaparecido. En el Evangelio de Marcos, los discípulos, que estaban tristes, llorando por la muerte de Jesús, se negaron a creer que María Magdalena lo había visto y que estaba vivo. Su reacción es similar a la que se menciona en el Evangelio de Lucas: «A ellos les parecían locura las palabras de ellas, y no las creyeron» (Lucas 24:11).

«Después apareció en otra forma a dos de ellos que iban de camino al campo. Ellos fueron y lo hicieron saber a los otros; y ni aun a ellos les creyeron» (Marcos 16:12,13). Esto es parecido a lo que narra el Evangelio de Lucas sobre dos discípulos que iban a pie a Emaús y se encontraron con Jesús en el camino sin llegar a reconocerlo (Lucas 24:13-16). No se nos explica en qué otra forma se les apareció, ni si lo reconocieron inmediatamente. Al igual que los discípulos que se dirigían a Emaús, estos volvieron al lugar donde estaban los demás discípulos para contarles que habían visto a Jesús.

«Finalmente se apareció a los once mismos, estando ellos sentados a la mesa, y les reprochó su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que lo habían visto resucitado» (Marcos 16:14). Cuando Jesús más tarde se apareció a los once, los recriminó por sus dudas y su dureza de corazón. Cuesta imaginar que los once no creyeran que sus condiscípulos les decían la verdad; pero teniendo en cuenta todo lo sucedido —la captura, crucifixión, sepultura y resurrección de Jesús—, probablemente esos eran momentos difíciles y confusos para los discípulos.

Jesús continuó entonces y les dijo: «Vayan por todo el mundo y prediquen el evangelio a toda criatura» (Marcos 16:15). Con esas palabras les encomendó a Sus seguidores la misión de tomar Su mensaje, el evangelio, y darlo a conocer a todos. Dicho de otro modo, predicar el mensaje a toda criatura significaba que Su mensaje debía llevarse más allá de Israel, que debía trascender el judaísmo. Los discípulos tenían la misión de comunicar el evangelio a todos, en todas partes.

En este pasaje Jesús prosigue diciendo: «El que crea y sea bautizado, será salvo; pero el que no crea, será condenado» (Marcos 16:16). La fe y creencia en Jesús son clave para salvarse, lo cual queda claramente establecido a lo largo de los Evangelios. «El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que se niega a creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él» (Juan 3:36).

«Estas señales seguirán a los que creen: En Mi nombre echarán fuera demonios, hablarán nuevas lenguas, tomarán serpientes en las manos y, aunque beban cosa mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán» (Marcos 16:17,18).

El libro de los Hechos habla del cumplimiento de las señales que Jesús dijo que acompañarían a los creyentes. «Por la mano de los apóstoles se hacían muchas señales y prodigios en el pueblo» (Hechos 5:12). Describe asimismo ocasiones en que los discípulos echaron fuera demonios, como cuando el apóstol Pablo expulsó un espíritu de una mujer (Hechos 16:16-18). El libro de los Hechos alude al habla en lenguas durante el día de Pentecostés cuando todos los discípulos «fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablaran» (Hechos 2:1-4).

El final largo del Evangelio de Marcos termina con la ascensión de Jesús al Cielo: «Y el Señor, después que les habló, fue recibido arriba en el cielo y se sentó a la diestra de Dios. Ellos, saliendo, predicaron en todas partes, ayudándolos el Señor y confirmando la palabra con las señales que la acompañaban» (Marcos 16:19,20).

En el libro de los Hechos también leemos el relato de la misión que encargó Jesús a Sus discípulos y de Su ascensión: «El día en que fue recibido arriba, después de haber dado mandamientos por el Espíritu Santo a los apóstoles que había escogido […] apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca del reino de Dios» (Hechos 1:2,3). Sus últimas palabras antes de Su ascensión en este relato hacen eco de la misión que encargó a Sus discípulos en los Evangelios: «Recibirán poder cuando el Espíritu Santo haya venido sobre ustedes, y me serán testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta lo último de la tierra» (Hechos 1:8).

En el Evangelio de Mateo, rematando en Mateo 28:18-20, el Jesús resucitado, que ya poseía plena autoridad tanto en el Cielo como en la Tierra, encargó a los discípulos que fueran e hicieran discípulos en todas partes. Esa instrucción difiere de otra que les había dado antes en este mismo Evangelio, cuando les mandó: «No vayan por los caminos de los gentiles ni entren en las ciudades de los samaritanos» (Mateo 10:5).

Ahora debían ir a todas las naciones y bautizar a los creyentes en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, o sea, el Dios trino, la Trinidad. «Hay un solo cuerpo y un solo Espíritu, así como han sido llamados a una sola esperanza de su llamamiento. Hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos quien es sobre todos, a través de todos y en todos» (Efesios 4:4-6).

Además de salir y hacer discípulos, los seguidores de Jesús debían enseñarles a guardar todas las cosas que Él les había mandado. Algunas traducciones de la Biblia dicen: «Enseñándoles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes» (Mateo 28:20). Se nos llama a los creyentes a enseñar y también a observar personalmente las enseñanzas de Jesús, a aplicarlas en nuestra vida cotidiana. Vivir y difundir el mensaje del amor de Dios, de la muerte sacrificial de Jesús y Su don de vida eterna, es una misión que Él nos ha encargado a cada uno.

Si vivimos en amor y servicio a Dios, si nos esforzamos por difundir Su mensaje de amor y salvación, nos regocijaremos y disfrutaremos de paz al escuchar la promesa de Jesús: «Estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo» (Mateo 28:20).

Publicado por primera vez en agosto de 2022. Adaptado y publicado de nuevo en julio de 2026. Traducción: Jorge Solá y Gabriel García V.

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