julio 8, 2026
[Where Credit Truly Belongs]
A la mayoría de nosotros nos gusta recibir cumplidos cuando se trata de nuestros logros y de los aspectos en los que estamos capacitados, pero nos adentramos a una zona de peligro si empezamos a adjudicarnos el mérito en lugar de dárselo a Dios. Podríamos preguntarnos: «¿Y qué tiene de malo darse unas merecidas palmaditas en la espalda?» Retrocedamos en el tiempo un poco y veamos qué enseña la Biblia con respecto a adoptar esta actitud.
Hechos 12:21-23 nos dice: «El día señalado, Herodes, vestido con su ropaje real y sentado en su trono, dirigió un discurso al pueblo. La gente gritaba: "¡Voz de un dios, no de hombre!" Al instante, un ángel del Señor lo hirió porque no le había dado la gloria a Dios, y Herodes murió comido por gusanos».
En el capítulo cuatro del libro de Daniel, Nabucodonosor, rey de Babilonia, relata su propia experiencia sobre esta misma lección. Su reino era, en ese momento, el imperio más poderoso, próspero y extenso, y él se enorgullecía de ello. Dios ve que no ha sabido dar gloria a quien corresponde y le advierte de su destino a través de un sueño inquietante.
El rey soñó con un árbol que creció muy alto, su altura llegaba hasta el cielo. Era un árbol que daba fruto, y las aves se refugiaban en él. De pronto, del cielo descendió un ángel y decretó que ese árbol debía ser cortado y se le debía arrancar todo su fruto, hojas y ramas, y que solamente debía quedar el tocón del mismo. Su corazón debía ser cambiado de un corazón de hombre a un corazón de bestia, y debía vivir y comer como una bestia durante siete años para que sirviera de lección a todo el pueblo sobre quien el Altísimo rige.
Naturalmente, el sueño enloqueció al rey, por lo que mandó llamar a sus magos y sabios, pero ninguno de ellos pudo interpretarlo. Entonces llamó a Daniel, a quien, para ese entonces, ya se le había asignado el cargo de máximo asesor, luego de haber interpretado el sueño que el rey había tenido anteriormente, que puedes leer en el capítulo dos.
Daniel le hizo saber a Nabucodonosor que el árbol que vio en el sueño no era ni más ni menos que el rey mismo. Debido a su orgullo y a no haber glorificado a Dios, el rey sería convertido en un animal y removido de su palacio, y como alimento pastaría junto a los bueyes. Su cabello crecería tan largo como el de un águila, y sus uñas serían como las garras de un ave. Viviría así durante siete años, hasta que aprendiera a dar el reconocimiento a quien correspondía. El tocón del árbol simbolizaba su reino, que permanecería durante todo ese tiempo.
Daniel le ruega al rey: «Renuncie usted a sus pecados y actúe con justicia; renuncie a su maldad y sea bondadoso con los oprimidos. Tal vez su prosperidad pueda continuar.» (Daniel 4:27.)
Aparentemente, Dios le concedió a Nabucodonosor tiempo para que meditara sobre las advertencias de Daniel, pero no lo hizo. La historia continúa, y doce meses después de haber tenido el sueño y de haber conversado con Daniel, Nabucodonosor se deleitaba en su palacio y decía: «¿No es esta la gran Babilonia que he construido como capital del reino, con mi enorme poder y para la gloria de mi majestad?» (Daniel 4:30).
Apenas pronunció el rey estas palabras, un ángel del cielo proclamó en voz alta que había llegado el momento que se había predicho. En los versículos 33-34, se nos dice: «Y al instante se cumplió lo anunciado a Nabucodonosor. Lo separaron de la gente y comió pasto como el ganado. Su cuerpo se empapó con el rocío del cielo; hasta el pelo le creció como plumas y las uñas como garras de águila. Pasado ese tiempo yo, Nabucodonosor, elevé los ojos al cielo y recobré el juicio. Entonces alabé al Altísimo; honré y glorifiqué al que vive para siempre.»
Nabucodonosor terminó diciendo: «Por eso yo, Nabucodonosor, alabo, exalto y glorifico al Rey del cielo, porque siempre procede con rectitud y justicia; además, es capaz de humillar a los soberbios» (Daniel 4:37).
Este relato es un ejemplo extremo que pone de manifiesto la importancia de otorgar el reconocimiento a quien verdaderamente le corresponde. Pero algo que vale la pena recalcar es que, si bien Dios tuvo que lidiar con Nabucodonosor de una manera muy específica, también es un Dios justo y misericordioso al juzgar a Sus hijos. Él sabe que somos humanos y que está en nuestra naturaleza caer en el orgullo. Por esta razón, creo que Él nos guía a cada uno de nosotros por el camino de la humildad de una manera diferente, una que Él sabe que nos ayudará mejor a aprender a dar el reconocimiento a quien realmente le corresponde.
La primera vez que sentí que Dios me enseñó esta lección fue a mis 11 años. En ese momento, estaba haciendo muchísimo progreso tocando el teclado. En un proyecto de testificación que se realizó para jóvenes me pidieron que me uniera al grupo de músicos, y mi orgullo aumentó. Me sentí «especial». Me sentía orgulloso de mi talento y comencé a hacer comentarios despectivos hacia mis compañeros que parecían tener menos talento que yo. Cuando me elogiaban, en voz alta daba gloria a Dios, si bien por dentro absorbía los elogios como una esponja.
Antes de que ese proyecto arrancara, se vino abajo. ¡Con esto se fue mi oportunidad de ser «especial»! Aunque fue un duro golpe a mi orgullo, la lección que aprendí permanece conmigo hasta hoy. Aprendí que, más allá de nuestra conducta y comportamiento exterior, Dios ve lo que realmente ocurre en nuestro interior y nunca se deja engañar.
Como nos dice Santiago: «Toda buena dádiva y toda perfecta bendición descienden de lo alto, donde está el Padre que creó las lumbreras celestes» (Santiago 1:17).
Todos nuestros dones, talentos y fortalezas provienen de nuestro Padre celestial, y por ellos debemos glorificarlo. Como dice Pablo: «Porque ustedes han sido comprados; el precio de ustedes ya ha sido pagado. Por lo tanto, den gloria a Dios en su cuerpo y en su espíritu, los cuales son de Dios.» (1 Corintios 6:20).
Adaptado de Solo una cosa, textos cristianos para la formación del carácter de los jóvenes.
Copyright © 2026 The Family International