junio 24, 2026
[In Defense of the Poor]
En el año 445 a. C., durante el reinado de Artajerjes en Persia, Nehemías, un judío en cautividad que era copero del rey, emprendió la valerosa misión de reconstruir Jerusalén. Esta, la ciudad de sus padres, había sido en otro tiempo la gran capital de Israel, hasta que fue conquistada por Babilonia y sus habitantes obligados a servir como esclavos durante muchos años. Posteriormente los medopersas, liderados por el rey Ciro, derrotaron a Babilonia y establecieron un vasto imperio que perduró más de 200 años. Ciro, que era amigo y protector de los judíos, emitió en el año 537 a. C., el primero de su reinado, un edicto por el que autorizaba a los judíos a iniciar su regreso a Israel, su patria ancestral.
Casi cien años después era poco lo que se había hecho por restaurar Jerusalén. Sus muros, otrora imponentes, no eran sino montones de negras ruinas calcinadas, y las puertas de la ciudad seguían rotas, consumidas por el fuego. Apesadumbrado por la triste situación en que se hallaba su pueblo, Nehemías convenció al rey Artajerjes para que le permitiera regresar a Jerusalén. Por su fiel servicio como copero y su amistad con Artajerjes, Nehemías fue nombrado gobernador de la provincia de Judá (Nehemías 5:14). Artajerjes le entregó también cartas oficiales de recomendación y considerable apoyo material y económico para la construcción de los muros de Jerusalén (Nehemías 2:4–8). Desde luego fue una respuesta milagrosa a sus fervientes e intensas oraciones.
Poco después de llegar a Jerusalén, congregó a los nobles y al pueblo y los instó a reconstruir juntos la ciudad bajo su liderazgo (Nehemías 2:17,18). Al principio todo marchaba bien, y la obra progresaba rápidamente. Los muros de la ciudad empezaron a levantarse a pesar de la oposición de los enemigos. Pero surgieron graves problemas a los que hubo que hacer frente.
Coincidió que en ese tiempo comenzó una gran sequía en la región. La producción de alimentos decayó a niveles desastrosos, y muchos de los judíos comunes y corrientes que vivían de la tierra se vieron muy afectados. Sin embargo, la escasez no era la única causa de sus pesares. Algunos nobles acaudalados y prestamistas judíos de Jerusalén se aprovecharon de la pobreza del pueblo para explotarlo.
Debido a que la producción de alimentos se hallaba casi paralizada a causa de la sequía, las familias que en condiciones normales producían lo suficiente para su propio consumo se vieron obligadas a comprar provisiones hasta que mejoraran las condiciones climáticas. Usureros codiciosos les ofrecían préstamos por los que les cobraban intereses con el fin de obtener ganancias (Nehemías 5:2). Muchas familias, en su desesperación, se vieron obligadas a empeñar sus campos, viñas y casas para tener acceso a dichos préstamos (Nehemías 5:3). Otras ya habían hipotecado sus propiedades para poder pagar los impuestos que eran recaudados cada año por el gobierno persa en todas las provincias (Nehemías 5:4).
Aun después de empeñar sus tierras, algunos se hallaban en una situación tan apurada, de tanta necesidad, que se vieron obligados a vender a sus propios hijos como esclavos para sobrevivir. Para colmo, debido a los altos intereses de los préstamos, se les hacía imposible saldar sus deudas, y al poco tiempo los prestamistas ejecutaron las hipotecas y se quedaron con sus tierras, con lo que perdieron toda esperanza de comprar la libertad de sus hijos (Nehemías 5:5).
La situación era grave, y llegó un momento en que se hizo insostenible. Algunos dirigentes ya habían expresado que el trabajo en el muro se estaba poniendo muy difícil.
—Los obreros se están quedando sin fuerzas —decían—. Hay tantos escombros y cascotes que jamás terminaremos. ¡Y nuestros enemigos amenazan con atacarnos en cualquier momento! (Nehemías 4:10–12).
Todo eso era preocupante. La gente estaba perdiendo la esperanza.
Hasta entonces, Nehemías había logrado infundir fe a los hombres para que continuaran trabajando en el muro a pesar de las dificultades. Les había contagiado a los demás su valor inquebrantable y su perseverancia. Pero en ese momento se dio cuenta de que había surgido entre ellos un adversario que amenazaba con echar por tierra todo lo que él y su pueblo habían soñado y se habían esforzado por hacer realidad. El perverso enemigo que estaba poniendo en peligro el éxito de su misión era la codicia.
Los obreros y sus esposas protestaron airadamente contra la opresión de los miembros adinerados de la comunidad, que los sometían a una esclavitud económica (Nehemías 5:1).
—Somos hermanos de estos hombres ricos. Ya nos vimos obligados a vender a algunos de nuestros hijos e hijas para sobrevivir. Pero no podremos rescatarlos, porque estos hombres han confiscado nuestras tierras y propiedades.
Cuando Nehemías se enteró de esas injusticias y de que los pobres estaban siendo explotados, se enojó y decidió demandar a los nobles y oficiales que los oprimían (Nehemías 5:6,7). Convocó una gran asamblea para celebrar un juicio público y reprendió duramente a los usureros.
—¿Qué es esto que hacen? —les preguntó—. Están cobrando intereses a personas de su propio pueblo. ¿Han olvidado que las leyes que Dios entregó a Moisés prohíben que un judío preste dinero a un hermano con el objeto de obtener ganancias? (Éxodo 22:25–27; Deuteronomio 23:19,20).
A medida que avanzaba el juicio, Nehemías proclamó indignado:
—Nosotros, conforme a nuestras posibilidades, procuramos rescatar con nuestro dinero a nuestros hermanos que fueron vendidos a otras naciones. ¡Pero ustedes los obligan a volver a la esclavitud! ¿Cuántas veces habremos de rescatarlos? (Nehemías 5:7).
La multitud guardaba silencio. Los acusados tampoco abrieron la boca, ya que no podían alegar nada en su defensa (Nehemías 5:8).
Esos nobles y oficiales sabían que era ilícito exigir intereses sobre los préstamos. Además, el que prestaba estaba obligado a tener en cuenta la situación económica del que pedía prestado y su capacidad de devolver el dinero. Ese era el plan de Dios para ayudar a los pobres y evitar que les arrebataran lo poco que tenían. En Deuteronomio se le manda al pueblo de Dios que sea generoso con los pobres. Dios prometió bendecir en todos sus trabajos y en todo lo que emprendieran a quienes se condujeran de esa manera (Deuteronomio 15:10,11).
Nehemías insistió aún más ante la asamblea:
—¡Lo que hacen es perverso a los ojos de Dios! ¿Acaso no deberían andar en el temor del Señor? ¿No estamos expuestos a suficientes peligros por los enemigos de las naciones vecinas que tratan de destruirnos, sin necesidad de exponer a nuestra comunidad a otros peligros generados por nosotros mismos? (Nehemías 5:9).
Nehemías también declaró que él y sus trabajadores y criados habían estado prestando dinero y grano al pueblo, y agregó:
—Pero ahora dejemos de cobrarles intereses (Nehemías 5:10).
Seguidamente exigió que los nobles y oficiales acusados de explotar a los pobres les devolvieran ese mismo día sus campos, viñedos, olivares y casas, y que les restituyeran los intereses que les habían cobrado al prestarles dinero y alimentos (Nehemías 5:11).
Viéndose reprendidos por Nehemías ante toda la asamblea, los acusados accedieron a sus demandas. La gente del pueblo observaba perpleja a aquellos hombres que se habían aprovechado de ella tan despiadadamente y que ahora prometían ayudar a sus hermanos económica y materialmente sin cobrarles intereses, y además devolverles sus tierras. Nehemías, que no estaba dispuesto a correr ningún riesgo, llamó a los sacerdotes y exigió que los culpables juraran públicamente que cumplirían su promesa, acto que en aquel tiempo equivalía a un contrato vinculante (Nehemías 5:12).
Nehemías entonces sacudió los dobleces de su manto y anunció:
—¡Si no cumplen su promesa, que así los sacuda Dios de sus casas y propiedades y los despoje de sus bienes!
Una declaración como esta era una manera de instarlos a cumplir lo que se habían comprometido a hacer. Todo el pueblo respondió:
—Amén.
Seguidamente, alabaron al Señor con gran alegría, y todos aquellos hombres cumplieron su promesa (Nehemías 5:13).
Tras hacer frente a esta y otras amenazas, dificultades y tribulaciones, al fin se terminó de construir el muro. Y como el pueblo obedeció al Señor y a la persona que Él había escogido para dirigirlo, se produjo un gran reavivamiento espiritual en el corazón de todos (Nehemías 8:1–13).
A Nehemías le habría costado unir a toda la gente y lograr esa victoria si él mismo no hubiera dado ejemplo de obediencia y amor a Dios y a su pueblo. En sus 12 años como gobernador de Judá entendió los apuros que pasaban sus compatriotas y sus difíciles condiciones de vida y empatizó con ellos. Por ese motivo se negó a aceptar salario alguno por su labor, a diferencia de los gobernadores que lo habían precedido, los cuales imponían al pueblo pesadas cargas (Nehemías 5:15).
Él mismo perseveró en la labor de construir el muro, juntamente con todos sus criados. «También me dediqué a trabajar en la muralla y me negué a adquirir tierras. Además, exigí a todos mis sirvientes que dedicaran tiempo a trabajar en la muralla». Señaló que no pidió nada del pueblo para no imponerle cargas (Nehemías 5:16,17).
Nehemías fue un maravilloso ejemplo de alguien que defendió la causa de los pobres y oprimidos. No le dio miedo enfrentarse a quienes se aprovechaban de los humildes para enriquecerse. Las personas normales y corrientes desempeñaban un importante papel en la reconstrucción de Jerusalén, ya que constituían el grueso de la fuerza laboral y de defensa de la ciudad, labor que realizaban aunque supusiera un gran sacrificio personal.
En el Antiguo Testamento, al pueblo de Dios se le manda cuidar de los necesitados y ser generoso con los pobres. «El que da al pobre presta al Señor, y Él le dará su recompensa. El que oprime al pobre afrenta a su Hacedor, pero lo honra el que tiene misericordia del pobre» (Proverbios 19:17; Proverbios 14:31). «Nunca faltarán pobres en medio de la tierra; por eso yo te mando: “Abrirás tu mano a tu hermano, al pobre y al menesteroso en tu tierra”» (Deuteronomio 15:11).
Jesús fue todo un modelo de cómo se debe cuidar de los necesitados. Trató con amor y compasión a los pobres, los menesterosos, los marginados y los afligidos. «Conocen la gracia de nuestro Señor Jesucristo que, siendo rico, por amor de ustedes se hizo pobre para que ustedes con Su pobreza fueran enriquecidos» (2 Corintios 8:9). Y a los cristianos Él nos manda hacer lo mismo (Mateo 25:34–40).
Tomado de una serie de relatos dramatizados de la Biblia publicados por La Familia Internacional en 1987. Adaptado y publicado de nuevo en junio de 2026. Traducción: Esteban.
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