Aceptar los cambios en la naturaleza y en la vida

junio 10, 2026

Eva Marianne

[Embracing Change in Nature and Life]

«Porque como desciende de los cielos la lluvia y la nieve, y no vuelve allá, sino que riega la tierra, y la hace germinar y producir, y da semilla al que siembra, y pan al que come, así será Mi palabra que sale de Mi boca; no volverá a Mí vacía, sino que hará lo que Yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié» (Isaías 55:10-11).

Crecí en el campo, en una pequeña aldea rodeada de grandes lagos y densos bosques. El bosque era nuestro parque de recreo y el lugar donde los niños pasábamos casi todo el tiempo. Solíamos hacer pequeñas cabañas con ramas de abeto y jugar a ser indios y vaqueros. En el verano, nos metíamos al lago para nadar y refrescarnos en el agua. La naturaleza siempre ha sido parte de mi vida y el lugar donde he descubierto belleza y libertad.

Al crecer, me encantaba caminar bajo la lluvia con mi paraguas. En el invierno, me llenaba de alegría sentir los copos de nieve caer en mi rostro. Me maravillaba ver el paso de las estaciones y los cambios en el clima. Me sentía rodeada de algo especial y quería formar parte de todo aquello, para disfrutar de la belleza de la naturaleza y de su fuerza.

El año pasado, el invierno llegó de pronto. Ni siquiera habían terminado de caer las hojas de los árboles. El mundo entero se volvió oscuro y grisáceo. Una tarde empezó a nevar. Mi niña interior saltaba de emoción al coger el abrigo y salir a disfrutar el hermoso espectáculo de la nieve.

Ya era tarde y empezaba a hacerse de noche, pero el suelo estaba cubierto por un manto de nieve y los copos en el aire hacían parecer que todo estaba lleno de luz. ¡Qué bien se estaba al aire libre, fue un momento precioso! Me animé a caminar un poco más. Para entonces la nieve cubría mis botas y el sendero que transitaba. Me sentí como si estuviera en un auténtico paraíso invernal. Al cabo de un rato, el viento empezó a soplar y la suave nevada se convirtió en una ventisca. Era hora de volver a casa.

Apreté el paso. Ya tenía ganas de estar en casa. La ventisca arreciaba y me dificultaba la visión. Un poco más adelante, divisé a una persona que venía hacia mí. Era un joven vestido con pantalones cortos, mallas y una chaqueta ligera. Estaba trotando y hablando alegremente por el teléfono móvil. La ventisca no le afectaba en absoluto. Sonreí para mis adentros ante este curioso encuentro. Encontrarme con él me dio ese empujón extra para seguir caminando y disfrutar de la última parte de mi paseo invernal. Llegué a casa sin problemas. Mientras me sacudía la nieve, estaba muy contenta por el calor de mis cuatro paredes.

Al pensar en las estaciones y los muchos cambios que se producen en la naturaleza, debo reconocer que todos me encantan. Me llena de alegría el sol, la lluvia, la nieve, el frío y la manera en que producen tanta belleza en nuestra vida y en la naturaleza. Hasta los vientos fuertes y las ventiscas tienen una razón de ser. La Biblia dice: «Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora» (Eclesiastés 3:1). Claro está que nos encanta cuando las tormentas cesan y el sol vuelve a salir para calentar la tierra.

Lo único constante en mi vida han sido los cambios. Pese a las dificultades, cada uno de esos cambios ha sido para bien. En ocasiones no parecían traer nada bueno, pero incluso lo que parecía una calamidad terminó siendo algo bueno. Como dice la Palabra de Dios: «Sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a Su propósito son llamados» (Romanos 8:28).

Me refiero a las épocas de enfermedad y mala salud, a un grave accidente con nuestro hijo, a los baches en las relaciones, a mudarse a un nuevo lugar y tener que volver a empezar de cero, a las alegrías y los desafíos de tener una familia numerosa, a las lágrimas que corren al despedirnos de nuestros hijos adultos, quienes siguen adelante con su vida. Podría continuar. Pero estoy aprendiendo que los cambios son agentes de crecimiento. Cada vez que pasamos de una cosa a otra en la vida, descubrimos algo nuevo en la nueva temporada. Lo aprendido en cada etapa de la vida nos prepara para la siguiente.

Creo que los muchos cambios presentes en la naturaleza me han preparado para aceptar todo lo que suceda en mi vida. He aprendido a apreciar la vida y dar gracias, incluso en momentos de mucho dolor. Hoy en día, veo con claridad que nuestro amoroso Padre está al control de todo. Él lo ve y lo entiende todo, y sabe lo que será mejor para nosotros en cada situación.

Puesto que todo cambia a mi alrededor, puedo elegir aprender, crecer y seguir avanzando. El ayer es cosa del pasado. No tiene sentido quedarse allí o lamentar lo que pudo haber sido diferente. Podemos llevar con nosotros las lecciones aprendidas y aguardar con emoción lo que nos depara el futuro. He aprendido a no sentirme culpable por los errores del pasado, sino a perdonarme a mí misma y a los demás, a dejarme llevar y a mirar hacia adelante con ilusión por lo bueno que está por venir. Ahora que soy mayor, estoy aprendiendo a aceptar los cambios y a confiar en que todo saldrá bien, ya que, al fin y al cabo, todas las cosas ayudan a bien a quienes amamos al Señor.

Los cambios que suceden en nuestra vida, en nuestro cuerpo, en nuestras relaciones y en nuestra comunidad pueden hacernos sentir temor o ansiedad al pensar en lo que podría llegar a pasar. Ahora que mi esposo y yo llegamos a una edad avanzada, lo puedo ver con tanta claridad. Todo nos duele, no tenemos la misma energía que antes, requerimos más tiempo para descansar y tenemos que andar a un paso más lento. Pese a ello, seguimos aprendiendo a contar las muchas bendiciones que tenemos y a concentrarnos en lo que realmente importa, como nuestros queridos hijos, nietos y amigos. Todos son tan preciosos y tienen tanto valor.

Al hacer frente a los cambios, adoptar una actitud de agradecimiento nos ha ayudado a aguardar con emoción el nacer de cada nuevo día. Las épocas en que enfrentamos dificultades y tempestades nos recuerdan que levantemos la vista hacia nuestro Padre celestial y pedirle la ayuda que necesitamos. A veces, Él nos envía a una persona para levantarnos el ánimo y darnos el empujoncito que necesitamos para seguir adelante. Otras veces, somos nosotros quienes levantamos el ánimo de quienes lo necesitan. Sabemos que vendrán cosas buenas, siempre que tengamos la vista fija en Él. ¡Qué alivio y qué bendición!

Aguardo con ilusión el próximo cambio que llegue a mi vida y que se produzca en la naturaleza. Al capear el temporal, recordaré que es por un buen motivo y que me ayudará a volverme más fuerte. Soy amada y me encuentro a salvo en las manos de Dios. ¡Qué hermoso es saber eso!

«No deberíamos sentir temor de los cambios. Es más, deberíamos abrir los brazos para recibirlos. Porque de no haber cambios, nada en el mundo crecería o produciría fruto. Ninguna persona en el mundo se convertiría en quien está destinada a ser.»  B.K.S. Iyengar

«La vida se trata de cambios. A veces nos duelen, otras veces producen belleza, pero casi siempre hacen ambas cosas a la vez.»  Kristin Kreuk

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