mayo 27, 2026
[Persecution in Corinth]
El libro de los Hechos narra los tres viajes misioneros que emprendió el apóstol Pablo por Grecia, Turquía y Siria. Los sucesos que se relatan a continuación tuvieron lugar durante su segundo viaje.
Era aproximadamente el año 50 d. C., unos 20 años después de la crucifixión de Jesús. El cristianismo se extendía por todo el Imperio romano bajo el dinámico e inspirado liderazgo del apóstol Pablo. Pero anunciar el evangelio era arriesgado y peligroso, una misión que requería mucho valor y fe en Dios.
En casi todos los lugares que visitaba Pablo, personas de variada condición social —de las clases dirigentes, funcionarios y comerciantes, así como del vulgo, obreros y esclavos— recibían la Palabra de Dios con alegría (Hechos 17:11). Pero también es cierto que Pablo y los creyentes se enfrentaban a mucha oposición y persecución suscitadas por sus adversarios religiosos (1 Tesalonicenses 1:6). En este segundo viaje misionero de Pablo eso fue lo que ocurrió. Tras estallar una persecución religiosa en Tesalónica, los discípulos lo enviaron a Berea (Hechos 17:1–10). Desde allí, navegando por el mar Egeo, llegó a Atenas (Hechos 17:14,15), donde hizo su famoso discurso en el Areópago (Hechos 17:22–30).
Saliendo de Atenas, recorrió unos 80 kilómetros hacia la península del Peloponeso hasta llegar a la ciudad de Corinto. Esta se hallaba en una encrucijada de rutas comerciales del Imperio romano, y era una de las urbes más extensas, ricas e influyentes de la época, tanto política como económicamente. Era la capital de la provincia romana de Acaya, un bullicioso centro comercial multicultural que controlaba las principales rutas entre el mar Jónico y el Egeo.
Al poco tiempo conoció a Aquila y Priscila, un matrimonio judío llegado recientemente de Italia porque Claudio había mandado que todos los judíos fueran expulsados de Roma (Hechos 18:1,2). Pablo fue a verlos porque tenía el mismo oficio que ellos: hacer carpas. Terminó quedándose con ellos, y trabajaban juntos (Hechos 18:2,3). Aquila y Priscila aceptaron enseguida a Jesús, y todos los días de reposo lo acompañaban a la sinagoga de la ciudad, donde él predicaba y trataba de persuadir a los judíos de que Jesús era el Mesías que esperaban, el Hijo de Dios (Hechos 18:4).
Sin embargo, muchos judíos de la ciudad rechazaron el mensaje de Pablo, se opusieron a él y lo insultaron. Ante esa situación, Pablo decidió dirigirse a los gentiles. De todos modos, no renunció por completo a dar testimonio a los judíos de Corinto, ya que se alojó en casa de un cristiano no judío llamado Tito Justo, que vivía junto a la sinagoga (Hechos 18:6,7). La testificación de Pablo tuvo un efecto transformador, ya que el jefe de la sinagoga, llamado Crispo, y toda su familia decidieron creer en el Señor, así como muchos corintios que, tras escuchar a Pablo, creyeron y fueron bautizados (Hechos 18:8).
Ahora bien, otros cabecillas judíos no aceptaron la verdad, expresaron abiertamente su rechazo y amenazaron a Pablo. Este le presentó la situación al Señor en oración: «Señor —clamó—, en esta ciudad hay cientos de miles de personas que nunca han tenido oportunidad de oír hablar de Ti y no han escuchado Tu mensaje. Ten en cuenta a todas esas personas que no escucharán el evangelio de la salvación y permanecerán en tinieblas si la campaña de nuestros adversarios prospera.»
Una noche el Señor le dijo a Pablo en una visión: «No temas, sigue hablando, no calles, porque Yo estoy contigo, y nadie te atacará ni te hará daño, pues Yo tengo a mucha gente en esta ciudad». Estimulado por este mensaje y esta promesa del Señor, Pablo se armó de valor y continuó predicando el evangelio y enseñando la Palabra de Dios a la gente de Corinto durante un año y medio más (Hechos 18:9–11). Fue en ese período cuando escribió sus dos cartas a los tesalonicenses.
No se sabe si Crispo, el jefe de la sinagoga, dejó voluntariamente su cargo o si fue expulsado debido a su conversión al cristianismo; el caso es que unos versículos más adelante en este mismo capítulo dice que un tal Sóstenes era el jefe de la sinagoga (Hechos 18:17). Por lo visto los judíos de Corinto, liderados por Sóstenes, se sintieron amenazados por el mensaje de Pablo y las conversiones de judíos al cristianismo y se pusieron de acuerdo para atacarlo (Hechos 18:12). Pablo fue apresado por la turba y arrastrado por las calles de la ciudad hasta el gran palacio de mármol donde se encontraba el tribunal del gobernador romano. Como la ciudad estaba bajo dominio romano, el tribunal romano era la máxima autoridad en las disputas importantes.
El procónsul o gobernador de Acaya era Lucio Junio Galión Anneano, hermano menor del famoso senador romano Séneca. Cuando llegaron a sus oídos las denuncias de que se había cometido un grave delito, abrió las puertas del tribunal a la turba enfurecida. La gente se congregó ante el gobernador, y varias personas dieron un paso adelante y presentaron cargos contra Pablo.
«Este hombre —lo acusaron— anda persuadiendo a la gente de adorar a Dios de una manera que va en contra de la ley» (Hechos 18:13). A medida que iban presentando más y más cargos contra Pablo, el gobernador estaba cada vez más desconcertado. Según los pocos informes que él había recibido, Pablo había estado haciendo el bien en la ciudad.
De pronto Galión entendió lo que sucedía y sonrió irónicamente. «Esto no es sino un caso de rivalidad religiosa, una disputa sobre tradiciones y diferencias doctrinales —pensó—. Pero pretenden presionarme para que sentencie a este hombre acusándolo de haber quebrantado leyes civiles.»
Antes de que Pablo tuviera oportunidad de alegar en su defensa, Galión se puso en pie y anunció: «Si ustedes estuvieran entablando una demanda sobre algún delito o algún crimen grave, sería razonable que los escuchara. Pero como se trata de cuestiones de palabras, de nombres y de cosas relacionadas con sus propias leyes religiosas, ¡arréglense entre ustedes! No quiero ser juez de tales cosas» (Hechos 18:14,15). La sentencia de Galión en este caso sentó un precedente jurídico: que los que enseñaban y practicaban el cristianismo no infringían la ley romana.
Seguidamente, Galión hizo señas a los soldados de la guardia para que desalojaran a la turba. Al ver que Pablo seguía allí, le dijo en voz baja: «Quedas libre». Al salir Pablo del tribunal, mientras descendía por la escalinata, vio que la muchedumbre se había abalanzado sobre Sóstenes y lo estaba golpeando a la vista del procónsul. No obstante, Galión no le dio ninguna importancia al asunto y no intervino (Hechos 18:16,17). Insospechadamente, la turba, encabezada por Sóstenes, que había estado acusando a Pablo se volvió contra el propio jefe de la sinagoga.
En 1 Corintios, escrita en una fecha posterior, se menciona a un tal Sóstenes: «Pablo, llamado por la voluntad de Dios a ser apóstol de Cristo Jesús, y nuestro hermano Sóstenes,a la iglesia de Dios que está en Corinto, a los que han sido santificados en Cristo Jesús y llamados a ser Su santo pueblo, junto con todos los que en todas partes invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo» (1 Corintios 1:1,2). No se sabe si este Sóstenes es el mismo que se opuso a Pablo en este relato. Si fuera el mismo Sóstenes, a quien Pablo aquí llama intencionadamente «hermano», sería una prueba más del poder transformador del mensaje del evangelio.
Después de esto, Pablo permaneció en Corinto algún tiempo más, enseñando, predicando la Palabra de Dios y convenciendo a muchas personas para que abrazaran la fe en Cristo. En los 18 meses que estuvo allí fundó una importante iglesia, formada tanto por judíos como gentiles conversos. Las epístolas a los corintios del Nuevo Testamento no solo son importantes documentos históricos y teológicos, sino también un modelo para aplicar el evangelio a problemas de la vida cotidiana y fomentar el amor y la unidad entre los creyentes.
Tomado de una serie de relatos de la Biblia dramatizados publicados por La Familia Internacional en 1987. Adaptado y publicado de nuevo en mayo de 2026. Traducción: Esteban.
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