Hacer nuestra parte

mayo 19, 2026

Recopilación

[Doing Our Part]

Todo lo que hagan, háganlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres, sabiendo que del Señor recibirán la recompensa de la herencia. Es a Cristo el Señor a quien sirven.  Colosenses 3:23–24

Cuando hablo en talleres y conferencias para escritores, a menudo doy mi testimonio de cómo Dios me abrió las puertas del mundo editorial en mi primera conferencia de escritores… Luego siempre digo: «¡Dios puso Su “sobre” a mi “natural»!

Claro que esa frase a menudo hace que surjan preguntas, así que explico que si no hubiera investigado qué editoriales iban a estar presentes en esa conferencia en particular, preparado mis manuscritos de manera profesional, ensayado mi presentación y concertado citas para reunirme con representantes de esas dos editoriales, no habría conseguido dos contratos en el sumamente competitivo mercado de los libros infantiles. Tuve que hacer mi parte para que Dios pudiera hacer la Suya.

Si me hubiera quedado en casa sin asistir a la conferencia y solo hubiera orado para que Dios lograra que se publicaran mis relatos, pero sin enviarlos a ninguna editorial, entonces seguiría sin publicarlos y «confiando en Dios» para que interviniera de forma sobrenatural.

Muchos de nosotros esperamos que Dios actúe, cuando en realidad Él espera que seamos obedientes y hagamos lo que nos ha pedido que hagamos en el plano natural, para que Él pueda agregar lo sobrenatural.

En la Biblia abundan los ejemplos de este principio. Veamos tres:

Así que, si has estado esperando a que Dios haga algo sobrenatural en tu vida, pregúntale qué papel quiere que desempeñes y luego obedécele.  Michelle Medlock Adams1

El paso de fe
Dios espera que hagamos lo que esté a nuestro alcance y que confiemos en que si algo es la voluntad de Dios, Él hará la parte que nosotros no podemos hacer. A esto se le suele llamar «dar un paso de fe». Los Evangelios están llenos de ejemplos de personas a las que se les pidió que dieran primero un paso de fe antes de que Jesús hiciera la parte milagrosa que solo Él podía hacer.

En uno de esos casos, leemos que al entrar en la sinagoga, Jesús encontró a un hombre que tenía la mano seca. Jesús le dijo: «Extiende tu mano» y el hombre hizo el esfuerzo, creyendo que Jesús lo sanaría, y su mano «quedó restablecida, tan sana como la otra» (Mateo 12:9–13).

En otra ocasión, Jesús vio a un hombre que era ciego de nacimiento; tras escupir en el suelo, hizo barro con la saliva y se lo untó en los ojos. A continuación, Jesús le dijo que fuera a lavarse los ojos a un estanque determinado. El hombre creyó en Jesús y le obedeció, y «fue y se lavó, entonces al volver ya veía» (Juan 9:1–7).

En una ocasión en que diez leprosos imploraron a Jesús que tuviera misericordia de ellos y los sanara, Él les dijo que se presentaran ante los sacerdotes. Según la costumbre judía, cuando un leproso sanaba tenía que presentarse ante los sacerdotes para que constataran su curación. Aquellos leprosos aún no habían sanado; pero creyeron y obedecieron, y «mientras iban, quedaron limpios» (Lucas 17:12–14).

Y en el relato de cómo Jesús resucitó a Lázaro, vemos que antes de hacer ese milagro, Jesús ordenó que retiraran la piedra que cubría la entrada del sepulcro. Cuando los dolientes que estaban reunidos en torno a la tumba de Lázaro obedecieron la petición de Jesús y quitaron la piedra, demostraron que tenían fe en que Jesús era capaz de obrar el milagro de devolverle la vida a Lázaro. Y así lo hizo. Jesús podría haber quitado la piedra de manera sobrenatural, del mismo modo que resucitó a Lázaro; pero no lo hizo. Primero pidió a los presentes que pusieran su fe en acción e hicieran lo que sí podían hacer (Juan 11:1–44).

Del mismo modo, en un relato en el que Jesús alimentó a cuatro mil personas, leemos que a Jesús le preocupaba que la gente no tuviera comida y tuvo compasión. A Sus discípulos les preocupaba cómo alimentar a tantas personas. Jesús les pidió que trajeran los pocos panes y peces que tenían y que hicieran sentar a la multitud. Después de dar gracias por los alimentos, Él hizo que Sus discípulos pusieran la comida delante de la multitud. A medida que lo hicieron, Jesús hizo el milagro de multiplicar los alimentos, de modo que no solo todos tuvieron suficiente para comer, sino que recogieron siete canastas de sobras (Marcos 8:1–9).

Jesús realizó muchos milagros y señales durante Su estancia en la Tierra, pero quienes los recibieron tuvieron que dar un paso de fe para confiar en Él. Por supuesto, el paso de fe más importante es depositar toda nuestra confianza en Jesús confesándolo como nuestro Señor y Salvador, y comprometiéndonos a seguir Su voluntad y vivir de acuerdo con Su Palabra (Juan 14:15).

A medida que hacemos nuestra parte y le encomendamos nuestra vida, nuestras decisiones, actos y relaciones, tenemos la certeza de que Él nos oye y que hará lo que sea conforme a Su buena voluntad. «Esta es la confianza que tenemos delante de Él, que si pedimos cualquier cosa conforme a Su voluntad, Él nos oye. Y si sabemos que Él nos oye en cualquier cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hemos hecho» (1 Juan 5:14,15).  Conéctate

Solo haz tu parte
De principio a fin, en la Biblia abundan los relatos de personas que no podían hacerlo todo, pero hicieron su parte, y eso fue suficiente porque Dios se encargó del resto. Uno de los ejemplos más destacados es la alimentación de cinco mil personas, lo que quedó registrado en los cuatro evangelios. Ese día, Jesús estuvo en una zona silvestre y una gran multitud fue a verlo. Todo el día les impartió enseñanzas. Al final de la tarde los discípulos le dijeron que debería despedir a la gente para que fuera a comer. Jesús respondió: «No necesitamos despedirlos. Ustedes denles comida».

¡Vaya desafío! Felipe dijo: «Aunque tuviéramos doscientos denarios (salario de unos seis meses de trabajo) para adquirir pan, no sería suficiente para alimentar a todos». Era una gran multitud, por lo menos cinco mil hombres, más las mujeres y los niños. Finalmente, los discípulos encontraron a un muchacho que había traído un almuerzo para la reunión, pero todo lo que tenía eran cinco panes y dos pescados. Andrés vio el contenido de su almuerzo y comentó: «¿Qué es esto para tantos?» (Juan 6:9).

A menudo nos sentimos así cuando comparamos nuestras habilidades con los problemas que enfrentamos. Cuando evaluamos lo que tenemos que ofrecer, en el mejor de los casos veremos que es ridículamente insignificante comparado a las enormes necesidades que nos rodean. Sin embargo, debemos recordar: Dios no espera que lo hagamos todo; Él solo espera que hagamos nuestra parte.

El muchacho que entregó su almuerzo no fue a su casa a conseguir más alimentos ni a buscar otras personas que ayudaran. Simplemente dio lo poco que tenía y dejó que Dios se encargara del asunto. La Biblia nos dice que Jesús bendijo lo que ofreció el muchacho, lo partió y luego lo dio a la multitud para que comiera. El poder para hacer el milagro no vino del muchacho; vino de Dios.

Aunque nuestra parte sea pequeña, no forzosamente será fácil. […] Sin embargo, Dios de todos modos espera que hagamos nuestra parte, y si se lo pedimos, Él nos dará la fuerza y la gracia para hacerlo. En ese sentido, Dios también nos ayuda a hacer nuestra parte. Solo necesitamos ofrecer una obediencia voluntaria. Y cuando hagamos eso, Él hará lo mismo en nuestra vida que con el almuerzo del muchacho: la bendecirá, la hará pedazos y la utilizará para satisfacer las necesidades de los demás.  Peter Sletmoe2

Publicado en Áncora en mayo de 2026.


1 Michelle Medlock Adams, «Do Your Part So God Can Do His», Guideposts, https://guideposts.org/positive-living/health-and-wellness/life-advice/finding-life-purpose/do-your-part-so-god-can-do-his

2 Peter Sletmoe, Just Do Your Part, Apostolicfaith.org, 31 de marzo de 2016, https://www.apostolicfaith.org/the-apostolic-faith/just-do-your-part

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