abril 27, 2026
[Washing the Disciples’ Feet]
En el Evangelio de Juan, el ministerio público de Jesús llega a su fin en el capítulo 12. Los siguientes cinco capítulos están dedicados, casi en su totalidad, a las últimas enseñanzas que impartió a Sus discípulos. En Juan 13:1, leemos: «Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que Su hora había llegado para que pasara de este mundo al Padre, como había amado a los Suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin».
Este primer versículo del capítulo 13 nos dice que Jesús sabía que «Su hora había llegado», en otras palabras, la hora de Su muerte. Como Él sabía que le quedaba poco tiempo, se concentró en enseñar a Sus discípulos. En la primera frase también se nos revela algo sobre la relación de Jesús con los que lo habían seguido durante Su ministerio. Amó a Sus discípulos todo el tiempo, y los amó hasta el final, un final cada vez más próximo.
«Y cuando cenaban, como el diablo ya había puesto en el corazón de Judas Iscariote hijo de Simón que lo entregara, sabiendo Jesús que el Padre le había dado todas las cosas en las manos, y que había salido de Dios y a Dios iba, se levantó de la cena, se quitó Su manto y, tomando una toalla, se la ciñó» (Juan 13:2–4).
El evangelista aclara que Jesús controlaba la situación. De la misma manera que sabía «que Su hora había llegado para que pasara de este mundo al Padre», sabía que «el Padre le había dado todas las cosas en las manos». Jesús estaba a punto de asumir un puesto muy bajo, pero sabía que luego recuperaría el mayor de los honores en presencia de Su Padre.
Leemos que Jesús se levantó de la mesa y se quitó el manto. Probablemente se quedó solo con taparrabos, como iría vestido un esclavo. Luego tomó una toalla y se le sujetó a la cintura. El término griego traducido como «toalla» se empleaba para designar un paño o delantal de lino que se ponían los criados para trabajar.
«Luego puso agua en una vasija y comenzó a lavar los pies de los discípulos y a secarlos con la toalla con que estaba ceñido». Por mucho que fuera una tarea humilde, Jesús lavó y secó los pies de Sus discípulos. Cuando llegó a Simón Pedro, éste le dijo: «Señor, ¿Tú me lavarás los pies?» (Juan 13:5,6).
Es probable que los discípulos permanecieran callados mientras Jesús les lavaba los pies. Solo se intercambiaron palabras cuando le tocó el turno a Pedro y, en cierto modo, Pedro habló en nombre de todos los discípulos. Consideró impropio que le lavara los pies aquel a quien él mismo antes había llamado «el Cristo, el Hijo del Dios viviente» (Juan 6:68,69).
Respondió Jesús a Pedro: «Lo que Yo hago, tú no lo comprendes ahora, pero lo entenderás después» (Juan 13:7). No da la impresión de que a Jesús le ofendiera lo que dijo Pedro; de todos modos, le señaló que ya lo entendería más adelante. El Evangelio de Juan contiene otros comentarios similares. «Cuando resucitó de entre los muertos, Sus discípulos recordaron que había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en la palabra que Jesús había dicho» (Juan 2:22). Es posible que al decir «después» se refiriera a cuando los discípulos recibieran el Espíritu Santo, tras la ascensión de Jesús al Cielo.
«Pedro le dijo: “No me lavarás los pies jamás”. Jesús le respondió: “Si no te lavo, no tendrás parte conmigo”» (Juan 13:8).
Aunque Jesús le indicó a Pedro que la significación de Sus acciones la entendería más adelante, este se opuso a que le lavara los pies. La respuesta de Jesús fue categórica. A menos que Pedro le permitiera lavarle los pies, no tendría parte con Él. Entonces Pedro respondió a Jesús: «Señor, no solo mis pies, sino también las manos y la cabeza» (Juan 13:9).
Tras asegurar precipitadamente que Jesús jamás le lavaría los pies, ¡ahora quiere que le lave también las manos y la cabeza! Dejando a un lado la impetuosidad de Pedro, su respuesta fue sincera, y le dio a Jesús la oportunidad de explicarles algo a los discípulos y a todos los que leyeran este evangelio.
«Jesús le dijo: “El que está lavado no necesita sino lavarse los pies, pues está todo limpio; y vosotros limpios estáis, aunque no todos”. Él sabía quién lo iba a entregar; por eso dijo: “No estáis limpios todos”» (Juan 13:10,11).
Jesús señaló que Sus discípulos estaban limpios de pecado, en el sentido de que eran creyentes y sus pecados habían sido perdonados. La única excepción era Judas Iscariote.
El capítulo sigue relatando: «Así que, después que les lavó los pies, tomó Su manto, volvió a la mesa y les dijo: “¿Sabéis lo que os he hecho?”»(Juan 13:12).
Al terminar de lavarles los pies a los discípulos, incluidos lógicamente los de Judas, que iba a traicionarlo, Jesús se volvió a poner el manto y regresó a Su lugar, reclinándose a la mesa. Cuando preguntó a Sus discípulos si comprendían lo que había hecho, Él ya sabía la respuesta: no lo habían entendido y requerían más explicaciones.
«Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si Yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros» (Juan 13:13–14).
Jesús se refiere a cómo lo llamaban Sus discípulos, «Maestro y Señor». Maestro es equivalente a Rabí, que es el modo respetuoso de dirigirse a un líder religioso en el judaísmo. Llamar a alguien Señor era mucho menos habitual y expresaba profunda veneración. Jesús señala que si alguien con tanta dignidad y honor les había lavado los pies, ellos deberían estar dispuestos a hacer lo mismo los unos a los otros.
Jesús añadió: «Ejemplo os he dado para que, como Yo os he hecho, vosotros también hagáis» (Juan 13:15). Jesús demostraba una actitud de humildad y servicio al prójimo. Dio ejemplo de cómo nosotros, los cristianos, debemos servir a los demás, aunque nos resulte desagradable o humillante. El apóstol Pablo expresó algo similar cuando dijo:
«Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús: Él, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a Sí mismo, tomó la forma de siervo y se hizo semejante a los hombres. Mas aún, hallándose en la condición de hombre, se humilló a Sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Filipenses 2:5–8).
Entonces Jesús agregó: «De cierto, de cierto os digo: El siervo no es mayor que su señor, ni el enviado es mayor que el que lo envió» (Juan 13:16). Les recuerda que son siervos y mensajeros, por lo que no deberían tener un concepto demasiado elevado de sí mismos. Si Jesús, su señor, el que los envía, ha estado dispuesto a realizar tareas tan humildes, ellos, los enviados, no deberían considerar que tales tareas serviles sean indignas de ellos.
Jesús dice después: «Si sabéis estas cosas, bienaventurados sois si las hacéis» (Juan 13:17). Jesús dice a Sus discípulos que, como ahora entienden esas cosas, serán bienaventurados si las practican. Aunque es importante que los creyentes entiendan y sepan lo que Jesús nos pide, solo recibimos Sus bendiciones cuando hacemos lo que nos pide.
«De cierto, de cierto os digo: El que reciba al que Yo envíe, me recibe a Mí; y el que me recibe a Mí, recibe al que me envió» (Juan 13:20).
Una vez más, como en el versículo 16, Jesús emplea la expresión «de cierto, de cierto», y al hacerlo, recalca la dignidad de Sus mensajeros. Quienes reciben a los mensajeros, y por tanto aceptan su mensaje, reciben a quien los envía (Jesús), y al recibir a quien los envía, reciben al Padre.
Después de decir esto, el evangelio de Juan relata que Judas traicionaría a Jesús. Y Jesús le dice: «Lo que vas a hacer, hazlo pronto» (Juan 13:21–30). Después que Judas se fue, Jesús habló abiertamente con Sus discípulos, largo y tendido.
«Hijitos, aún estaré con vosotros un poco. Me buscaréis, pero, como dije a los judíos, así os digo ahora a vosotros: A donde Yo voy, vosotros no podéis ir» (Juan 13:33).
Llamar a Sus discípulos «hijitos» muestra el afecto y la tierna preocupación de Jesús por ellos. Probablemente la noticia de que solo estaría con ellos un poco más fue difícil de digerir. Entonces, Jesús hizo un anuncio especial: «Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como Yo os he amado, que también os améis unos a otros» (Juan 13:34).
Jesús dejó instrucciones a la comunidad de creyentes, mediante un nuevo mandamiento que hacía hincapié en que se amaran unos a otros. El motivo por el que los creyentes amamos al prójimo es que Cristo nos ha amado. Él predicaba con el ejemplo. Él practicó el amor, y llama a Sus discípulos a seguir Sus pasos.
Jesús reforzó con una promesa Su nuevo mandamiento de amarse unos a otros: «En esto conocerán todos que sois Mis discípulos, si tenéis amor los unos por los otros» (Juan 13:35). Se reconocerá que los creyentes son seguidores de Cristo por el amor que se tengan entre sí, ya que el amor es el sello distintivo de un creyente. La 1ª epístola de Juan insiste en este concepto:
«Amados, si Dios así nos ha amado, también debemos amarnos unos a otros. Nadie ha visto jamás a Dios. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y Su amor se ha perfeccionado en nosotros» (1 Juan 4:11,12).
Ruego que sigamos el ejemplo que dio Jesús a Sus primeros discípulos, y a todos los que serían Sus discípulos.
Publicado por primera vez en mayo de 2021. Adaptado y publicado de nuevo en abril de 2026.
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