abril 15, 2026
[It Was Never Just About the Well]
Durante dos años, mi esposo Brian y yo oramos por agua en nuestra propiedad. No a la ligera. No orábamos: «Sería lindo tener un poco de agua». ¡La necesitábamos! Estudiamos el terreno, solicitamos información, escuchamos los consejos de otros y finalmente elegimos el punto que —creíamos— era ideal para excavar un pozo.
Pero pasaron seis largos meses en los que buscamos una empresa de excavación dispuesta a hacerse cargo. Muchos prometieron volver a llamar. Otros sencillamente no respondieron. Cuando una empresa finalmente aceptó el trabajo, no teníamos el dinero, así que también desaparecieron.
Pedimos un préstamo, pero la respuesta fue un no rotundo. El rechazo me dolió más de lo que imaginé. Pese a todo, oramos y volvimos a intentarlo en otra ciudad, donde una mujer de alguna manera logró que nos dieran el préstamo con las condiciones ideales para nosotros. Ese fue el primer milagro.
Poco después, el Señor nos guió a una persona que nos recomendó una empresa de excavación con buena reputación. Tal como prometieron, en la fecha acordada estaban tocando a nuestra puerta. Segundo milagro.
La fecha acordada con la empresa de excavación terminó siendo el Día de Acción de Gracias. No tenía mayor importancia para ellos. No es un día festivo aquí. Pero para mí, fue una sonrisita cómplice de Dios, una pequeña señal de Su favor para el proyecto. Me llenó de esperanza.
Sólo había un problema. Nos dijeron con claridad: «Si llueve, paramos de trabajar». El pronóstico anunciaba lluvia para toda la semana. Especialmente ese día. Había un 100% de probabilidad de lluvia.
Aquella mañana, la empresa llamó para preguntar qué tiempo hacía por aquí. Estaba nublado, pero no llovía. Así que emprendieron el viaje de tres horas hasta nuestra parcela. Cuando les faltaba una hora para llegar, empezó a llover. Aun así, siguieron adelante y, cuando llegaron, montaron su equipo y se quedaron esperando.
Recuerdo que miraba la lluvia y sentía cómo se me encogía el corazón. ¡¿En serio, Señor?! Llamé a varios amigos y les pedí que oraran conmigo para que el Señor detuviera la lluvia.
Oramos y dejó de llover. No cayó una sola gota el resto del día mientras los obreros trabajaban. En cuanto la cuadrilla recogió y se marchó, volvió a llover. Tercer milagro.
Estaba previsto que el trabajo durara dos días. La perforación en sí se completó el primer día. Pero, para nuestra consternación, no había ni rastro de agua. Mientras se marchaban, los hombres intentaron animarnos y nos dijeron que no perdiéramos la esperanza, que a veces los pozos necesitan un poco de tiempo. «Esperen 24 horas», nos dijeron. «Es posible que empiece a brotar agua». Nos aferramos a esa esperanza.
El estrés del primer día —el ruido, la espera, estar ahí mirando— y luego ver que no había ni una gota de agua nos había dejado completamente agotados. Para colmo de males, esa tarde perdí el teléfono en algún lugar del campo mientras paseaba a los perros. Y además, estaba lloviendo otra vez. Mi documento de identidad estaba en la funda del teléfono, así que la situación era grave.
Ya se estaba haciendo de noche. Encontrar el teléfono en ese lodazal parecía una misión imposible. Brian salió a ver si lo encontraba, pero no hubo manera. Aquella noche, oramos y lo pusimos todo en manos del Señor: el pozo sin agua, el teléfono perdido y nuestro corazón desconsolado.
A primera hora de la mañana siguiente, en el segundo día del proyecto —antes de que llegara el equipo de perforación—, Brian y yo volvimos a salir al campo para buscar mi teléfono y mi documento de identidad. Seguía lloviendo. Hacía frío y todo estaba embarrado. Nos separamos para abarcar más terreno.
Mientras caminaba por los campos, empapada y sola con mis pensamientos, derramé todo lo que sentía en oración: el agotamiento, la decepción, el motivo por el que perdí el teléfono —sumado a todo lo demás que estaba pasando— y las sombrías perspectivas del proyecto de perforación.
Y fue entonces cuando, como un rayo de luz que penetra la oscuridad, el Señor se abrió paso entre los nubarrones de mi mente y me recordó el primer milagro que presencié hace muchos años, cuando acababa de conocer al Señor. En aquel entonces, un amigo mío perdió una llave en la playa. Susurré una oración. Sentía curiosidad por saber si Dios en verdad era real y quería probarle para ver si respondía a mi oración. Recuerdo con claridad que en cuanto oré, una ola llegó a mis pies y al retirarse dejó al descubierto la llave perdida, clavada en la arena húmeda. Brillaba a solo unos milímetros de mis dedos. Era imposible. Pero sucedió.
Sonreí al recordar el milagro de la llave. Entonces escuché el inconfundible susurro del Señor en mi corazón: «¿Qué crees que es más fácil para Mí, Rosa? ¿Encontrar tu teléfono en un barrizal o llenar el pozo de agua? En tu opinión, ¿qué es más fácil para Mí?»
Mis ojos se llenaron de lágrimas al escuchar Su pregunta. ¿Qué dirían ustedes al escuchar eso? No sabía qué responder. Le susurré: «Ambas cosas son igual de fáciles para ti, Señor. No hay nada imposible para Ti.»
En ese preciso instante, Brian gritó en la distancia. ¡Había encontrado el teléfono! Justo en ese momento.
Más tarde, el equipo de perforación regresó para terminar la segunda parte del trabajo. Al igual que el día anterior, la lluvia se detuvo cuando llegaron. No llovió durante todo el tiempo que trabajaron. Y en cuanto recogieron sus cosas y se marcharon, volvió a llover.
El equipo terminó de instalar los revestimientos adecuados en el pozo de agua y procedió a realizar una prueba de bombeo para comprobar si había empezado a llenarse de agua. No era así. Lo único que salía era polvo. La obra había terminado: las tuberías estaban instaladas y todo estaba listo, pero no había agua.
Era una tortura quedarme allí y ver cómo trabajaban en ese agujero seco y polvoriento. Tenía el corazón hecho polvo, igual que el polvo que salía de la perforación. Habíamos orado con fervor por agua y había visto al Señor obrar un milagro tras otro para llevarnos hasta ese punto. ¿Por qué ahora no pasaba nada?
Mientras me alejaba nerviosamente del grupo de trabajadores, intentando mantener la compostura, recordé un versículo de la Biblia que me había dado vueltas en la cabeza todo el día: «Los afligidos y menesterosos buscan las aguas, y no las hay; […] Yo el Señor los oiré, Yo el Dios de Israel no los desampararé» (Isaías 41:17).
Y, sin embargo, seguía sin haber agua. Ni siquiera los operarios sabían qué decir. Mientras recogían sus últimas herramientas, se miraban sin pronunciar palabra. Habían hecho todo lo humanamente posible.
Aquella noche, Brian y yo nos acostamos rendidos. Apenas nos hablamos. No es que no hubiera nada que decir, sino que ninguno quería decir algo que pudiera socavar la fe del otro. Nuestra fe era como una pequeña llama que debíamos cuidar con esmero y ternura.
El tercer día, me desperté por la mañana pensando en el relato de Noé. No era una idea vaga, sino incesante. Fue como si alguien me hubiera sacudido y despertado. Me sobresalté y me senté en la cama completamente despierta, con este pensamiento resonando con fuerza en mi mente: después de que Noé terminara el arca, y de que su familia y todos los animales entraran en ella, no empezó a llover de inmediato. Esperaron siete días hasta que llegó la lluvia. Pero yo no recordaba haber leído eso. Tuve que abrir la Biblia y ponerme a buscarlo, preguntándome si era un invento de mi imaginación para sobrellevar la situación. Pero no lo era.
Efectivamente, fueron siete días. Siete días dentro del arca terminada. Siete días de silencio. Siete días de espera tras haber obedecido. Noé no se había limitado a pasar 120 años construyendo el arca. Cuando por fin terminó y no había nada más que hacer, tuvo que esperar. La lluvia acabó llegando, pero no en el momento que ellos podrían haber esperado.
Desde ese día, Brian empezó su propio y silencioso recorrido de fe. Cada mañana medía el nivel del agua, con paciencia y constancia, esperando que se cumpliera la palabra del Señor. Era como Elías en la montaña, que envió a su criado a buscar en el cielo la más pequeña nubecita.
El cuarto día, ¡Brian volvió con una sonrisa de oreja a oreja! Su mecanismo de medición encontró agua. No era mucho, pero para él, era más que suficiente. Empezó a actuar como si tuviéramos un pozo repleto de agua. Me decía una y otra vez: «¿Lo ves? ¡El Señor lo hizo!» Confiaba en la promesa del Señor, aunque el pozo estuviese 97% vacío. Todos los días volvía a medir el nivel del agua, lo anotaba y celebraba hasta el más pequeño incremento.
Poco a poco, día tras día, el nivel del agua fue aumentando. Hoy en día, el agua llena el 100% del pozo. Está repleto de agua. Dios honró su fe y la manera en que siguió creyendo en que saldría agua, aun sin tener evidencia alguna.
El pozo se llenó de agua. No fue de inmediato. No salió un torrente de la tierra. El nivel del agua subió poco a poco, día tras día, en silencio y cuando nadie estaba observando. En cierta forma, eso fue lo más difícil para nosotros. Porque la fe precede a la evidencia. Fe cuando el pozo estaba seco, las herramientas habían sido empacadas, los trabajadores se quedaron sin palabras, la situación no cambiaba —pese a las Escrituras que volvían una y otra vez a mi mente— y el silencio parecía interminable.
En retrospectiva, ahora entiendo algo que antes no veía: Dios no se apresuró a aliviar la tensión. Nos acompañó en las buenas y en las malas. Aprendimos a confiar en Él cuando no teníamos nada, excepto Su Palabra y nuestra determinación para creer en ella un día a la vez.
La espera fue un suplicio. El silencio fue insoportable. Pero Dios nunca nos soltó la mano.
Nunca se trató solo del pozo.
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