Cómo hacer discípulos de los nuevos creyentes

abril 6, 2026

Tesoros

[Discipling New Believers]

Antes de ascender al Cielo, Jesús encomendó a Sus discípulos una gran misión: «Vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles que guarden todas las cosas que les he mandado» (Mateo 28:19,20). Nosotros, Sus discípulos de hoy en día, tenemos esa misma misión: la de difundir la buena nueva de la salvación mediante la fe en Cristo y alimentar la fe de los nuevos creyentes.

Cuando alguien acepta a Jesús y vuelve a nacer espiritualmente (Juan 3:5–7), es como si empezara una nueva vida. En ese momento se inicia un proceso continuo por el que va creciendo en su relación con Dios y en su discipulado.

Para llegar a ser un cristiano maduro, un nuevo creyente necesita principalmente seis cosas:

1. Oración. Muchos nuevos cristianos no están habituados a orar o no son conscientes de la importancia de la oración en su relación con el Señor. Cuando los discípulos de Jesús le pidieron: «Señor, enséñanos a orar» (Lucas 11:1), Él les respondió mostrándoles cómo hacerlo. Podemos invitar a los nuevos creyentes a orar con nosotros y animarlos a orar por su cuenta. También debemos orar por ellos después que se salvan, con el fin de que se desarrollen espiritualmente, se conviertan en discípulos y ansíen la leche pura de la Palabra de Dios, «para que por ella crezcan para salvación» (1 Pedro 2:2).

2. La Palabra. Es importante que la fe de un nuevo creyente esté cimentada en la Palabra de Dios. «La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios» (Romanos 10:17). Ahora bien, la Biblia es un libro muy extenso, eso sin mencionar todos los comentarios bíblicos y demás libros cristianos. Un nuevo creyente necesita orientación para estudiar la Palabra de Dios. Hay que animarlo a leerla diariamente y ofrecerle sesiones para estudiarla, comentarla y aprender a aplicarla. Estimula en él el deseo de conocerla mejor contándole cómo te ha servido a ti leerla y aplicarla.

3. Relación con Dios. Cuando alguien acepta a Jesús como Señor y Salvador, recibe de Él el regalo de la salvación. Pero ese es solo el punto de partida de su proceso de transformación como discípulo. Es preciso que comprenda a fondo lo que es la salvación y sus implicaciones con respecto a su vida, y que aprenda a cultivar una relación personal con Dios. La certeza de que Él lo ama incondicionalmente debería inspirarle seguridad, y tiene que aprender a amarlo con todo el corazón, toda el alma, toda su mente y todas sus fuerzas (Marcos 12:30,31). También tiene que aprender a dejarse guiar por Él y por Su Palabra a la hora de tomar decisiones y en sus actividades cotidianas, y aprender a depender de Él y a encomendarle sus caminos, sus problemas y todo aquello con lo que se encuentre en la vida en vez de querer bandearse por sí solo (Proverbios 3:5,6). Nada de eso sucede automáticamente. Cultivar nuestra relación con Dios toma tiempo, requiere oración y estudio de Su Palabra.

4. El amor de Cristo. Un nuevo creyente necesita sentir el amor de Dios y aprender a tener la confianza de que Él nunca dejará de amarlo, sean cuales sean sus defectos, errores y pecados. Y nosotros debemos ser una muestra viva de ese amor y andar «en amor, como Cristo también nos amó y se entregó a Sí mismo por nosotros» (Efesios 5:2). Un nuevo creyente puede necesitar que le recuerdes continuamente que Dios lo ama mientras va creciendo en Cristo como la «nueva criatura» que Él quiera que sea, en la cual «las cosas viejas pasaron; todas son hechas nuevas» (2 Corintios 5:17). Juan marcó la pauta de cómo debemos amar a los nuevos creyentes a los que estamos ayudando a crecer en la fe cuando dijo: «En esto conocemos lo que es el amor: en que Jesucristo entregó Su vida por nosotros. Así también nosotros debemos entregar la vida por nuestros hermanos» (1 Juan 3:16).

5. Fraternidad. Un nuevo creyente necesita el apoyo de otros cristianos, sobre todo de los que son veteranos y maduros en la fe. Además, necesita ver el amor cristiano en acción y conocer a personas que se hayan comprometido a regirse por los principios de la Palabra de Dios. Le hace bien ver cómo responde Dios a las oraciones y cómo obra en la vida de otras personas. Así poco a poco va entendiendo y reconociendo cómo obra también en la suya. «Considerémonos los unos a los otros para estimularnos al amor y a las buenas obras. No dejemos de congregarnos, como algunos tienen por costumbre; más bien, exhortémonos» (Hebreos 10:24,25). Puede asistir a reuniones de un grupo reducido, de una iglesia celular, en un templo o de otro tipo. En cualquier caso, congregarse con hermanos es un aspecto fundamental de nuestra vida cristiana.

6. Difundir la buena nueva. Un nuevo creyente necesita que se le anime y se le enseñe a transmitir su fe. Todo cristiano ha sido llamado a ser testigo y embajador de Cristo y a divulgar la buena nueva del evangelio, a fin de que otros tengan la oportunidad de escuchar la verdad y aceptar a Cristo. Esa es la misión más importante del mundo. «Somos embajadores en nombre de Cristo; y como Dios los exhorta por medio nuestro, les rogamos en nombre de Cristo: ¡Reconcíliense con Dios!» (2 Corintios 5:20).

Es importante que un nuevo creyente entienda que el cimiento de nuestra fe es la Palabra de Dios. La fe cristiana tiene como fundamento la Palabra de Dios, la cual contiene la verdad y el testimonio de testigos oculares de la vida, muerte y resurrección de Jesús. Nosotros podemos fallarle, otras personas también, pero la Palabra de Dios nunca. Jesús dijo: «El cielo y la tierra pasarán, pero Mis palabras jamás pasarán» (Mateo 24:35).

Es esencial enseñar a un nuevo converso a poner su fe en Dios y en Su Palabra, no en sus sentimientos ni en las circunstancias. El hecho de que haya aceptado el regalo de la salvación por medio de la fe en Jesús no significa que no vaya a tener problemas y dificultades, o que no vaya a sufrir tragedias y pérdidas en esta vida. Habrá momentos en los que su fe será puesta a prueba, lo cual le ayudará a crecer espiritualmente y acercarse a Dios. Si su casa está construida sobre la roca de la Palabra, permanecerá firme cuando la azoten las tormentas de esta vida (Mateo 7:24,25).

Enseñar a otros para que enseñen a otros

En una misiva personal dirigida a Timoteo, un joven y prometedor dirigente de la iglesia primitiva, el apóstol Pablo menciona uno de los secretos de la rápida expansión del nuevo movimiento: «Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros» (2 Timoteo 2:2). Es un principio que el propio Jesús aplicó al instruir a Sus discípulos:

Si un número suficiente de quienes abrazan la fe en Cristo asume el reto de transmitírsela a otros, y si estos hacen lo propio, más habitantes del planeta tendrán ocasión de descubrir el amor de Dios y la salvación en Jesús. Puede que no todos tengamos la vocación de evangelizar a tiempo completo, pero a todos se nos manda amar al prójimo como a nosotros mismos (Mateo 22:39), lo cual incluye darles a conocer nuestra fe para que tengan oportunidad de llegar a creer en Jesús.

Por nosotros mismos, por mucho que nos esforcemos, no podemos ayudar a alguien a crecer espiritualmente, como tampoco podemos guiarlo hacia Cristo: es el Espíritu Santo el que cambia y transforma la vida de las personas a medida que van creciendo en la fe y actuando como discípulos. «Dejen que Dios los transforme en personas nuevas al cambiarles la manera de pensar. Entonces aprenderán a conocer la voluntad de Dios para ustedes, la cual es buena, agradable y perfecta» (Romanos 12:2). Su Palabra y Su Espíritu son los que transforman el corazón y la vida de las personas si nosotros ponemos nuestro granito de arena y oramos por ellas, las guiamos hacia el Señor y la Biblia, y procuramos ser un ejemplo vivo de Cristo y Su amor.

Cuando Jesús dio a Sus discípulos la Gran Comisión, no solo les mandó: «Vayan por todo el mundo y prediquen el evangelio a toda criatura» (Marcos 16:15), también les encargó que formaran discípulos. «Vayan y hagan discípulos de todas las naciones […]. Enseñen a los nuevos discípulos a obedecer todos los mandatos que les he dado» (Mateo 28:19,20). Pongamos todos de nuestra parte para ayudar a los nuevos creyentes a crecer como discípulos.

La misión de los que somos cristianos activos y damos testimonio del Señor es anunciar el evangelio a todo el mundo, en todas partes, «predicando el reino de Dios y enseñando acerca del Señor Jesucristo, con toda libertad» (Hechos 28:31). Ahora bien, para cumplir esa tarea no solo debemos testificar y ayudar a otros a abrazar la fe en Cristo, sino también contribuir a su desarrollo y ayudarlos a convertirse en discípulos maduros capaces de evangelizar y enseñar a otros más.

El propio Jesús no predicó a millones de personas. Se pasó la mayor parte del tiempo enseñando y preparando a Sus discípulos para que ellos continuaran Su obra después de Su partida. Cuando Él ascendió al Cielo, ellos fueron capaces de hacerlo gracias al poder y la inspiración del Espíritu Santo, y así nació la iglesia primitiva. Aplicando el principio de que cada uno enseñe a otro se multiplicará el número de ciudadanos del reino de Dios que lo amen y glorifiquen y aporten al proyecto de construir Su reino.

Todo cristiano debería plantar su vida en la tierra del servicio a Dios, consagrarse a Él, tomar su cruz y seguir a Jesús (Mateo 16:24). Hemos sido llamados a ser la luz del mundo y a hacer las buenas obras que Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas (Efesios 2:10), de modo que nuestra vida y nuestras acciones sean un testimonio vivo para el mundo. «Hagan brillar su luz delante de todos, para que ellos puedan ver las buenas obras de ustedes y alaben a su Padre que está en los cielos» (Mateo 5:14–16).

La vocación de discípulo no es fácil, y nos tomará toda la vida ir adquiriendo progresivamente el carácter de Cristo. Pero Él ha prometido recompensarnos por todo lo que entreguemos al reino de Dios y dediquemos a difundir la buena nueva y ser una imagen viva del amor de Dios. «Trabajen de buena gana en todo lo que hagan, como si fuera para el Señor y no para la gente. Recuerden que el Señor los recompensará con una herencia» (Colosenses 3:23,24).

Publicado en Áncora en abril de 2026. Traducción: Esteban.

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