marzo 2, 2026
[God’s Promise of Power]
Cuando Jesús estaba preparando a Sus discípulos para Su partida poco antes de Su arresto, crucifixión y resurrección, les prometió que les enviaría un consolador y defensor, el Espíritu Santo, para fortalecerlos, imbuirlos de poder, conducirlos y guiarlos en su vida espiritual y relación con Él. «El Consolador, el Espíritu Santo que el Padre enviará en Mi nombre, Él les enseñará todas las cosas y les hará recordar todo lo que Yo les he dicho. Cuando venga el Espíritu de verdad, Él los guiará a toda la verdad» (Juan 14:26; 16:13).
El libro de los Hechos narra que, después de resucitar, Jesús se les presentó vivo durante cuarenta días y les hablaba del reino de Dios (Hechos 1:3). En los últimos momentos que pasó con ellos antes de Su ascensión les mandó que esperaran «el cumplimiento de la promesa del Padre, “de la cual me oyeron hablar; porque […] ustedes serán bautizados en el Espíritu Santo”». Y continuó diciendo: «Recibirán poder cuando el Espíritu Santo haya venido sobre ustedes, y me serán testigos […] hasta lo último de la tierra» (Hechos 1:4,5; 8).
Los discípulos entonces regresaron a Jerusalén, donde se quedaron orando y aguardando con más de cien personas que también habían seguido de cerca a Jesús. Al llegar el día de Pentecostés, una festividad judía de la cosecha, estando todos reunidos, fueron testigos de una manifestación milagrosa del poder de Dios: «De repente, se oyó un ruido desde el cielo parecido al estruendo de un viento fuerte e impetuoso que llenó la casa donde estaban sentados. Luego, algo parecido a unas llamas o lenguas de fuego aparecieron y se posaron sobre cada uno de ellos. Y todos los presentes fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otros idiomas, conforme el Espíritu Santo les daba esa capacidad» (Hechos 2:2–4).
Ese era el cumplimiento de la «promesa del Padre» que habían estado aguardando: un poder sobrenatural enviado por Dios para continuar la obra de Jesús ahora que Él ya no estaba. Los discípulos, que antes se habían mostrado temerosos, inquietos e incapaces de actuar conforme a sus convicciones, recibieron entonces el poder del Espíritu Santo. Seguidamente tuvo lugar una de las experiencias de evangelización más espectaculares de cuantas están registradas en la Biblia.
En las calles de Jerusalén se estaba celebrando una importante festividad religiosa, con la participación de miles de habitantes de Jerusalén y de peregrinos judíos de muchas naciones. Cuando los discípulos recibieron el Espíritu Santo, se pusieron a proclamar la buena nueva del amor de Dios y de la salvación por medio de Jesús en los múltiples idiomas de la gente que estaba presente, a pesar de que nunca habían hablado en esos idiomas. Cuando corrió la voz de ese milagro, enseguida se reunió una multitud (Hechos 2:5–13).
Entonces el apóstol Pedro se puso de pie con los demás discípulos, levantó las manos y se dirigió a la muchedumbre de miles de personas. Habló con tal convicción y autoridad que 3.000 aceptaron a Jesús como Salvador (Hechos 2:36–41).
Menos de dos meses antes, Pedro se había acobardado tanto después de la detención de Jesús que había negado conocerlo siquiera (Mateo 26:69–75). Sin embargo, luego de venir sobre él el Espíritu Santo se puso en pie delante de miles de personas, en la misma ciudad donde habían apresado, juzgado y ejecutado a Jesús, y anunció valientemente el mensaje de Dios a cuantos quisieran escucharlo. El Espíritu Santo había restaurado su fe y lo había transformado, tal como el Señor había rogado que sucediera (Lucas 22:32). Ahora estaba imbuido del poder del Padre que les había sido prometido.
El Espíritu Santo nos faculta para dar testimonio de Jesús. En Hechos 4 dice que todos Sus seguidores «fueron llenos del Espíritu Santo y hablaban con valentía la palabra de Dios» (Hechos 4:31). Su poder nos permite superar los sentimientos de insuficiencia, la timidez, las inhibiciones, el temor a lo que otros puedan pensar y cualquier otro miedo que nos impida comunicar el mensaje del amor y la salvación de Dios en Jesús.
La mayoría nunca proclamaremos el evangelio a miles de personas a la vez como hizo Pedro y como han hecho muchos evangelizadores a lo largo de la Historia. Pero todos hemos sido llamados a anunciar la buena nueva y ser un ejemplo vivo de ella ante las personas con las que nos relacionamos a diario. Dios ha prometido concedernos poder para dar testimonio de Él.
Ese poder para anunciar la buena nueva puede manifestarse de diversas maneras en cada uno de nosotros. El Espíritu puede ungirte para presentar clara y persuasivamente el mensaje del evangelio o para salir en defensa de la fe y responder a los que te preguntan la razón de tu esperanza (1 Pedro 3:15). Es posible que Dios te dé una perspicacia particular para entender a la gente y sus problemas, es decir, la capacidad de captar cosas que no te han contado y que no tenías forma de saber. Quizá Su Espíritu ponga en tu corazón una fuerte convicción para cambiar de planes, desviarte de tu ruta o hacer una pausa en mitad del día para hablar del evangelio con alguien a quien te encuentres.
El Espíritu Santo puede recordarte un versículo bíblico que sea precisamente lo que necesita la persona con la que estés conversando. Jesús dijo: «El Espíritu Santo les enseñará todas las cosas y les hará recordar todo lo que Yo les he dicho» (Juan 14:26). Por supuesto, también debemos poner de nuestra parte, estudiando la Palabra de Dios y guardándola en nuestro corazón (Salmo 119:11), a fin de poder explicarla correctamente cuando hablamos con los demás (2 Timoteo 2:15).
La Biblia enseña que para ser un testigo eficaz y dar ejemplo de Cristo no es preciso tener dones o habilidades particulares. Por ejemplo, esto es lo que dice el libro de los Hechos sobre los primeros discípulos de Jesús: «Viendo la valentía de Pedro y de Juan, y sabiendo que eran hombres sin letras y del vulgo, se admiraban; y les reconocían que habían estado con Jesús» (Hechos 4:13).
El apóstol Pablo, en una carta a los corintios, también les recordó que su llamamiento no se debía a su origen social o su capacidad personal: «Recuerden, amados hermanos, que pocos de ustedes eran sabios a los ojos del mundo o poderosos o ricos cuando Dios los llamó. En cambio, Dios eligió lo que el mundo considera ridículo para avergonzar a los que se creen sabios. Y escogió cosas que no tienen poder para avergonzar a los poderosos. Dios escogió lo despreciado por el mundo —lo que se considera como nada— y lo usó para convertir en nada lo que el mundo considera importante. Como resultado, nadie puede jamás jactarse en presencia de Dios» (1 Corintios 1:26–29).
Se nos pide que seamos fieles testigos y embajadores de Cristo, que divulguemos la buena nueva, que iluminemos nuestro entorno con Su luz y que demos vivo ejemplo del gran amor de Dios por el mundo. En el anuncio del reino de Dios desempeñamos un importante papel, ya que «¿cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?» (Romanos 10:14). Cuando cumplimos fielmente nuestro deber, el Espíritu Santo obra en el corazón y en la vida de las personas para atraerlas a Dios e instarlas a responder al llamado de aceptar a Cristo.
Cuando llegó Juan el Bautista y predicó el arrepentimiento, a las personas que acudían a él en busca de la verdad y la reconciliación con Dios les decía: «Yo los bautizo a ustedes con agua como señal de su arrepentimiento. Pero el que viene después de mí es más poderoso que yo y ni siquiera merezco llevarle las sandalias. Él [Jesús] los bautizará con el Espíritu Santo» (Mateo 3:11).
Dios es amor (1 Juan 4:8), y cuando estamos llenos de Su Espíritu Santo experimentamos el poder de Su amor, que se derrama sobre los demás. Su Espíritu mora en nosotros (1 Corintios 3:16) y obra en nuestro corazón y en nuestra vida para transformarnos y renovar nuestro entendimiento, estilo de vida y manera de pensar (Romanos 12:2). El Espíritu actúa en nosotros y nos vuelve como Cristo. «Nosotros todos, mirando con el rostro descubierto y reflejando como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en Su misma imagen, por la acción del Espíritu del Señor» (2 Corintios 3:18).
Si queremos que se obren cambios positivos en nuestra vida y avanzar en nuestro discipulado cristiano, los libros de autoayuda, la determinación y la fuerza de voluntad no bastan; necesitamos la ayuda de Dios y el poder regenerador del Espíritu Santo. «Nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por Su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo» (Tito 3:5). El Espíritu nos ayuda en nuestras debilidades e intercede por nosotros. «El Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad, pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros. […] El Espíritu conforme a la voluntad de Dios intercede por los santos» (Romanos 8:26,27).
¿Qué evidencia del actuar del Espíritu Santo puede haber en la vida de un cristiano nacido de nuevo y lleno del Espíritu? La Biblia dice que «el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza» (Gálatas 5:22,23). Cuando le entregamos a Dios nuestra vida y decidimos ajustarla a lo que enseña Su Palabra, amar a Dios de todo corazón y amar al prójimo como a nosotros mismos (Marcos 12:30,31), el poder milagroso del Espíritu Santo produce ese fruto en nosotros. «Dios es quien produce en ustedes tanto el querer como el hacer para que se cumpla Su buena voluntad» (Filipenses 2:13).
Jesús dijo a Sus primeros seguidores que ellos eran «la luz del mundo» y los exhortó diciendo: «Hagan brillar su luz delante de todos, para que ellos puedan ver las buenas obras de ustedes y alaben a su Padre que está en los cielos» (Mateo 5:14–16). Todo cristiano debe conducirse de una manera que glorifique a Dios, siendo un ejemplo vivo de Su amor y verdad.
Donde sea que el Señor te tenga y cualquiera que sea el trabajo, la profesión, el ministerio o la labor cristiana que te encomiende, el Espíritu Santo te fortalecerá y te imbuirá de poder. Te ayudará en el trato con tu familia, tus compañeros de trabajo, tus vecinos y tus amigos, en la crianza de tus hijos y en todo lo que entraña la vida diaria. «Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu» (Gálatas 5:25).
Si quieres llenarte del Espíritu Santo, haz la siguiente oración:
Querido Jesús, te ruego que me llenes a rebosar de Tu Espíritu Santo, de manera que te ame más, te siga más de cerca y tenga mayor poder para dar a conocer Tu amor y salvación. Ayúdame a cultivar una estrecha relación contigo, a comprender mejor Tu Palabra y a ponerla en práctica. Amén.
Publicado en Áncora en marzo de 2026. Traducción: Esteban.
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