Más allá de las apariencias

febrero 24, 2026

Recopilación

[Beyond Face Value]

Mientras me mudaba a Nueva York para trabajar en una misión en el Lower East Side con mi marido, yo había dado un rodeo pasando por Boston mientras él se adelantaba. Cuando el autobús llegó a la terminal de buses de Nueva York, salí a la calle y me puse junto a un paradero de taxis. Noté que estaba oscureciendo. El miedo empezó a apoderarse de mí cuando paré un taxi. Cuando le di al taxista la dirección de la misión, me preguntó bruscamente:

—¿En serio?

Seguidamente bajó la bandera y partió.

Mientras avanzábamos a paso de tortuga en medio del denso tráfico, se me hacía que el taxímetro giraba mucho más rápido que las ruedas del auto. La tarifa que indicaba el taxímetro se acercaba rápidamente al total que tenía. Al subirme al taxi había calculado que si no me alcanzaba la plata podía entrar en la misión y pedir prestado lo que me hiciera falta; pero empecé a tener mis dudas.

Me incliné un poco para poder verle mejor la cara al chofer con las luces de la calle. Tenía las facciones duras y marcadas de un expresidiario o pandillero. Una gran cicatriz le recorría la mitad del cuello. Recordé todos los titulares tenebrosos que había leído sobre taxistas. ¡Había cometido un error garrafal!

Entonces hice algo que hubiera debido hacer mucho antes. Oré: Dios mío, ¡estoy en un brete! Protégeme y muéstrame qué puedo hacer para que me lleves sana y salva a mi destino.

La respuesta que me vino mentalmente fue muy clara. Háblale a este hombre de Mí. Antes que se me ocurriera una excusa para no hacerlo, respiré profundamente y me lancé.

—Tengo que hacerle una confesión. Este viaje me va a costar mucho más de lo que tenía previsto y no tengo conmigo suficiente para pagarle. Me dirijo a un centro misionero en el que vamos a trabajar mi marido y yo.  No conozco muy bien Nueva York y no sabía que el viaje iba a ser tan largo. Cuando lleguemos tendré que entrar a buscar un poco más de plata. Mi marido y yo procuramos vivir como lo hacía Jesús, predicando el Evangelio a todas las personas con quienes nos cruzamos. Confiamos en que Él provea para nuestras necesidades día a día.

Después le dije:

—Todo el mundo necesita sentir el amor de Dios. Él es capaz de curar toda herida y de aliviar toda pena. No hay nada que Él nos sepa sobre nosotros y nos ama. ¿Alguna vez le ha pedido usted a Jesús que entre en su corazón?

Se hizo un largo y pesado silencio. Luego el taxista tosió y sollozó. Me incliné hacia adelante y vi que le corría una lágrima por la mejilla.

—Mi abuela me llevaba a la iglesia cuando era niño —dijo—. Me hablaba de Jesús. Yo hasta rezaba con ella. Pero después que murió nadie volvió a hablarme de Él. Usted tiene razón. Yo necesito sanarme. He llevado una vida horrenda. Mi abuela se avergonzaría de mí por todas las maldades que he cometido. Ya es tarde; no creo que Jesús pueda perdonarme.

Entonces me tocó a mí contener las lágrimas.

—A Jesús lo crucificaron entre dos maleantes. Uno de ellos le pidió que lo perdonara, y Jesús le dijo: «Este día estarás conmigo en el paraíso». Jesús explicó que no había venido a predicar a los buenos ni a los que se creían autosuficientes. Se dirigió a todos, incluidos los marginados, los borrachos y las prostitutas, a las personas que tenían claro que necesitaban de Él. También quiere ayudarlo a usted. Lo único que tiene que hacer es pedirle perdón y Él le perdonará.

Luego añadí:

—Cuando le confiamos nuestra vida y reconocemos que Él entiende nuestras necesidades, Él nos responderá en el momento indicado.

—No se preocupe por el dinero —interrumpió el taxista—. La llevaré a donde tenga que ir y pagaré yo. Lo que usted hace es muy importante. La zona de la ciudad a la que está yendo está llena de personas que necesitan oír hablar del Cielo. A partir de ahora rezaré más y procuraré ser una mejor persona. A usted me la envió Dios.

Llegamos a la misión y se bajó a ayudarme con las maletas. Lo abracé y le dije que Jesús nunca lo defraudaría. Esperó a que saliera alguien a recibirme y se despidió con una sonrisa.

Cuando reflexioné sobre ese encuentro, me di cuenta de que habíamos vivido una experiencia que a los dos nos acercó a Dios y nos hizo sentir Su amor. El amor de Dios nunca falla, y al irradiar Su amor hacia los demás, a su vez experimentamos Su gozo en nuestra propia vida. «Den, y recibirán. Lo que den a otros les será devuelto por completo: apretado, sacudido para que haya lugar para más, desbordante» (Lucas 6:38).  Joyce Suttin

A tiempo y fuera de tiempo

Decir que Mick era un personaje rudo sería casi un eufemismo. Tenía el pelo y la barba largos y descuidados. Le faltaban varios dedos y dientes. Lucía numerosos aretes en las orejas y otras partes del cuerpo, y estaba cubierto de tatuajes. Mi esposa, Marianne, había ido a un hospital a visitar a una amiga. Mick y su novia fueron ingresados en el mismo hospital después de un accidente de motocicleta en el que ambos habían sufrido unas lesiones espantosas.

Marianne inició una conversación con la esperanza de levantarle la moral y animarlo a acudir a Dios en su momento de sufrimiento y pesar. Le iban a apuntar la pierna derecha a la altura de la rodilla. Antes de dar por terminada aquella visita, Marianne le dio a Mick un folleto cristiano y rezó por él.

En la siguiente visita que Marianne y yo hicimos al hospital, Mick se estaba recuperando de la amputación. Lo encontramos sentado en su cama sumido en una profunda depresión. Unos momentos después, una asistente social le trajo una noticia que lo dejó aún más anonadado: los padres de su novia habían obtenido una orden judicial para impedir que la volviera a ver. Rompió a llorar y tratamos de consolarlo.

Entonces nos contó su vida. Había nacido con una grave deficiencia en ambos oídos. Años más tarde un trozo de vidrio de un parabrisas roto le hizo perder la vista en un ojo. Se fue de casa a los 14 años y desde entonces había entrado y salido de la cárcel 17 veces. Nos dijo con todo desparpajo que había estado en casi todas las penitenciarías de Australia. Su madre se había suicidado, y el resto de su familia no quería ni verlo ni saber de él. Le hablamos de Jesús y le dejamos publicaciones cristianas para que las leyera.

Las circunstancias nos impidieron volver a visitar a Mick en el hospital. Le escribimos, pero nunca recibimos respuesta. A los dos años, Mick nos llamó por teléfono. Resulta que encontró una carta que Marianne le había escrito dos años antes, y decidió intentar llamarla. Nos contó que había estado en la cárcel casi todo el tiempo transcurrido desde la última vez que lo vimos, ya que el tribunal dictaminó que había sido culpable del accidente de motocicleta.

Lo invitamos a cenar a nuestra casa. Durante la cena, Mick nos contó más sobre su pasado: su adicción a las drogas, sus temporadas en la cárcel y su participación en una pandilla de motociclistas. Era todo un personaje y no intentaba disimularlo. Era muy transparente. Poco a poco la conversación se volvió más profunda y derivó hacia la religión y la Biblia. Mick afirmó que creía en la existencia de Dios.

Le preguntamos si quería orar y pedirle a Jesús que entrara en su corazón. Mick se quedó pensativo un momento y luego respondió: «Sí, está bien». A continuación rogó a Jesús que le perdonara sus pecados y fechorías y que fuera su Señor y Salvador.

Seguimos viendo a Mick y tratando de ayudarle en todo lo que podemos. Principalmente para que sepa que el Señor siente por él un amor incondicional, a pesar de su pasado.

«La gente se fija en las apariencias», nos dice la Biblia, «pero el Señor se fija en el corazón» (1 Samuel 16:7). Detrás de la ruda apariencia de Mick, de sus antecedentes penales y de todo el daño que había causado a sí mismo y a los demás, Dios vio un corazón arrepentido que necesitaba al Salvador.  Michael Lanagan

Alguien está mirando

Mientras me apresuraba para acudir a una cita pasé junto a una mujer desgreñada que pedía limosna con un bebé en brazos. Escenas así son muy comunes en Caracas.

—Dale algo —reconocí la voz de Jesús que me hablaba al corazón.

—Es que seguramente se lo va a gastar en drogas —protesté mientras seguía caminando.

—Pues entonces cómprale algo de comer.

En ese momento pasé frente a un puesto de salchichas. Pedí rápidamente un perro caliente y se lo llevé a la mujer. Al entregárselo le dije que Jesús la amaba y me ofrecí a rezar por ella. Aceptó, y luego de inclinar ambos la cabeza, oramos ahí mismo en la calle.

Varios días después volví a ese mismo puesto de salchichas. El dueño se negó a cobrarme.

—Vi lo que hizo usted el otro día —me dijo—. Además de comprarle un perro caliente a esa indigente, rezó con ella. Llevo 15 años aquí. Miles de personas pasan todos los días, y nunca había visto algo así.

A través de esta experiencia, descubrí que otros nos observan cuando compartimos el amor de Dios y extendemos la mano para ayudar a los necesitados, incluso con pequeñas acciones. No sabemos hasta dónde puede llegar nuestro testimonio o cómo puede valerse Dios de nosotros para animar a los demás a hacer lo mismo.  Kevin Sosa

Publicado en Áncora en febrero de 2026.

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