El llamado a perdonar

febrero 2, 2026

Peter Amsterdam

[The Call to Forgiveness]

En el texto de los Evangelios leemos que Jesús fue azotado, golpeado y finalmente clavado a una cruz. Mientras pendía de aquel madero, aguardando la muerte, algunas de Sus últimas palabras fueron: «Padre, perdónalos» (Lucas 23:34). El perdón fue Su respuesta a un juicio injusto, a la flagelación que tuvo que soportar al ser azotado, lo que le laceró la piel, causándole un dolor inimaginable, y a los clavos con que le perforaron las manos y los pies para luego ser dejado allí agonizante y martirizado. Aunque por una parte esa reacción fue bastante sorpresiva, es perfectamente consecuente con lo que leemos que Jesús enseñó a lo largo de Su ministerio. No solo lo enseñó, sino que lo personificó, tanto en su vida como en Su muerte. Predicó con el ejemplo1.

El perdón de Jesús era reflejo del perdón de Su Padre. En el Antiguo Testamento, cuando Dios se le reveló a Moisés, dijo de Sí mismo: «El Señor, el Señor, Dios clemente y compasivo, lento para la ira y grande en amor y fidelidad, que mantiene Su amor hasta mil generaciones después, y que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado» (Éxodo 34:6,7).

Con ello Dios infería que el perdón es uno de Sus atributos divinos, que está arraigado en Su carácter. Este principio se manifiesta una y otra vez en el Antiguo Testamento, como vemos en los siguientes versículos.

Tú eres Dios perdonador, clemente y piadoso, tardo para la ira y grande en misericordia (Nehemías 9:17).

¿Dónde hay otro Dios como Tú, que perdona la culpa del remanente y pasa por alto los pecados de Su preciado pueblo? No seguirás enojado con Tu pueblo para siempre, porque Tú te deleitas en mostrar Tu amor inagotable (Miqueas 7:18).

Asimismo se nos señala que una vez que Dios perdona nuestros pecados, Él jamás nos los echa en cara. «Perdonaré la maldad de ellos y no me acordaré más de su pecado» (Jeremías 31:34). (V. también Hebreos 8:12.) La magnitud del perdón divino se aprecia en afirmaciones de este calibre: «Echará a lo profundo del mar todos nuestros pecados» (Miqueas 7:19). Y «cuanto está lejos el oriente del occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones» (Salmo 103:12).

Dios, por naturaleza, es clemente. Y fiel a Su naturaleza, allanó el camino para que fuésemos perdonados mediante el sacrificio de Su Hijo. En cierto sentido, podemos decir que la muerte expiatoria de Cristo fue la encarnación del perdón divino. Y si queremos seguir el ejemplo que Jesús dejó, necesitamos perdonar.

Jesús expresó con claridad en Sus enseñanzas que debemos perdonar a los demás, como vemos en los siguientes versículos:

Se le acercó Pedro y le dijo:

—Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete?

Jesús le dijo:

—No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete (Mateo 18:21,22).

Cuando se pongan de pie para orar, si tienen algo contra alguien, perdónenlo (Marcos 11:25).

Si siete veces al día peca contra ti, y siete veces al día vuelve a ti, diciendo: «Me arrepiento», perdónalo (Lucas 17:4).

Jesús también manifestó que existe una correlación entre nuestra voluntad para perdonar al prójimo y el perdón que Dios nos otorga cuando enseñó a Sus seguidores a orar: «Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores» (Mateo 6:12). Y añadió: «Si no perdonan a otros sus ofensas, tampoco su Padre les perdonará a ustedes las suyas» (Mateo 6:15).

En la parábola del siervo que no quiso perdonar, Jesús narra el episodio de un funcionario cuyo patrón le había perdonado una deuda astronómica, pero que al verse eximido de ella se negó a perdonar a otro hombre que le debía una ínfima suma de dinero (Mateo 18:23–35). Aquel maestro dijo entonces a su siervo inclemente: «“Siervo malvado, yo te perdoné toda aquella gran deuda, porque me rogaste. ¿No debías tú tener misericordia de tu consiervo, como yo la tuve de ti?” Y muy enojado, el rey lo entregó a los verdugos hasta que pagara todo lo que le debía. Jesús expresó luego a todos los que lo escuchaban: Así también Mi Padre celestial hará con ustedes, si no perdonan de todo corazón a sus hermanos» (Mateo 18:32–35).

Perdonar a otros los perjuicios que nos hayan ocasionado refleja nuestro conocimiento del perdón divino. Debemos perdonar a otros porque a nosotros se nos ha perdonado. Jesús murió para que se nos pudieran perdonar nuestros pecados; igualmente se nos llama a perdonar a otros cuando pecan contra nosotros o nos hacen daño. Eso demuestra semejanza a Cristo.

Lo que implica y no implica el perdón

Cuando una persona nos hace daño, sea o no con intención, Cristo nos insta a perdonarla. Para hacerlo es importante saber lo que es y lo que no es el perdón.

Hay perjuicios deliberados. Se nos agrede física, verbal o emocionalmente. Nos traiciona un ser querido, sea cónyuge, familiar o amigo de confianza. Algunas ofensas que sufrimos son de poca monta, pero a la larga cobran importancia si se repiten una y otra vez.

El perdón no es negar el daño o el agravio que nos haya hecho alguien. No es justificar por qué nos agraviaron ni tampoco minimizar la gravedad de la ofensa. No quiere decir que la herida ya no duela o que quede en el olvido. El perdón no es reanudar una relación sin efectuar cambios; no es recobrar automáticamente la confianza. A veces hay que afrontar consecuencias aun después del acto de perdón.

El perdón observa el perjuicio que se nos ha hecho, admite que nos ha lastimado y decide entonces perdonar, que en realidad es una decisión. Entraña reconocer que la herida fue personal, injusta y penetrante, y optar por absolver a la persona o personas que te hicieron daño. El perdón es tomar una decisión deliberada de desprenderse de los sentimientos negativos que abrigamos hacia alguien que nos ha herido, dejarlos atrás de forma que la herida ya no nos afecte.

Kelly Minter lo explica así en su libro, The Fitting Room (El probador): «El perdón es encarar lo que nuestros ofensores nos han hecho, reconocer su ofensa con todas sus letras y luego optar por perdonar. No tiene nada que ver con negar el mal que nos hicieron los que nos lastimaron, pero sí todo que ver con cambiar los sentimientos que abrigamos hacia ellos».

A veces, antes de perdonar, preferimos esperar a que la persona que nos ha ofendido nos pida disculpas por la ofensa cometida. Queremos que esta admita que lo que hizo estuvo mal y que exprese remordimiento por haberlo hecho. Si esperamos a que alguien nos pida perdón antes de perdonarlo es posible que terminemos cargando ese agravio el resto de nuestros días. No se nos insta a perdonar únicamente en casos en que se nos pidan disculpas; tampoco el acto de perdonar depende de que alguien nos exprese que lamenta lo sucedido.

Existen casos en que resultamos agraviados por gente cuyos problemas nos salpican de alguna manera. Por ejemplo, los conflictos matrimoniales de los padres pueden herir a los hijos; sin embargo, no son heridas que los padres quieran infligir intencionalmente a los hijos. A veces nos vemos perjudicados por quienes cometen errores. En otros casos, alguien puede incluso intentar hacer algo que considera beneficioso, pero que al final algunas personas terminan afectadas por el desenlace.

En esas situaciones conviene recordar que así como otras personas pueden ofendernos sin querer, nosotros también cometemos imprudencias que terminan causando daño a otros, lo cual no era nuestra intención. Cuando pecamos de eso y nos hacemos cargo de lo ocurrido, naturalmente abrigamos la esperanza de que las personas a las que hicimos daño nos perdonen. De ahí que también deberíamos estar dispuestos a perdonar a los demás. Jesús dijo: «Todo cuanto quieran que los hombres les hagan, así también hagan ustedes con ellos» (Mateo 7:12).

Se da también el factor de que no todo daño que sufrimos tiene que ser perdonado. Muchas heridas que padecemos en la vida son causadas por las acciones de otras personas que no tenían la menor intención de hacernos daño. Vivimos en un mundo en que frecuentemente interactuamos con gente que a menudo dice o hace cosas sin pretensión de perjudicar a otros; a veces esas cosas, no obstante, terminan ocasionando daño involuntariamente. Esos encontrones generalmente no nos dejan heridas profundas o permanentes. El perdón es personalizado. Consiste en una persona que perdona a otra por algo que la ha herido de manera personal.

El acto de perdonar

Comprender que la Escritura nos exhorta a perdonar a la gente y decidir que hay que hacerlo es una cosa. No obstante, el acto de perdonar a una persona que nos ha herido profundamente puede ser tarea ardua y penosa. C. S. Lewis escribió: «Todo el mundo dice que el perdón es una bonita idea, hasta que tienen que perdonar algo».

La palabra griega traducida con mayor frecuencia por perdón es aphiemi (afiemi), que se usa para expresar el concepto de soltar, pasar por alto o cancelar una deuda. Cuando perdonamos a alguien por algo que ha hecho, lo liberamos de una legítima deuda. Reconocemos que hemos sufrido una herida o un perjuicio, que se nos defraudó la confianza y que nuestra vida se ha deteriorado por culpa de las acciones hirientes de alguna persona. Al mismo tiempo nos hacemos cargo de que nosotros mismos también somos pecadores, que ofendemos y herimos a otros y que Dios ha perdonado nuestras ofensas. Al perdonar tomamos la decisión de dejar de abrigar el dolor, desistir de nuestro deseo de represalia y de la rabia y sentimientos negativos que albergamos hacia la persona que nos hirió. Ponemos a la persona y sus actos en las manos de Dios, y seguimos adelante.

Depositar los actos que nos han lesionado gravemente, y a los autores de los mismos, en las manos de Dios, significa que se los hemos confiado a Él y que podemos desaferrarnos de ellos. Ya no tenemos que vivir pensando en lo que sucedió ni por qué, toda vez que se lo hemos encomendado a Dios. Habiendo hecho eso, somos capaces de abandonar los sentimientos negativos que abrigábamos hacia la persona que nos produjo la herida, desprendernos del resentimiento y la ira y dar lugar a que empiece nuestro propio proceso de curación emocional.

Es natural sentir que al perdonar a alguien lo excusas de lo que ha hecho. No es así. Eso más bien te libera para que puedas desasirte del dolor que te produjo la ofensa y seguir adelante sin que te atormenten sin tregua los sentimientos de animadversión hacia la persona que te hizo daño. Cuando perdonamos a otros, con el tiempo generalmente comenzamos a experimentar una merma en los sentimientos negativos que albergamos contra ellos. Ahora bien, eso tampoco quiere decir que empecemos a abrigar sentimientos positivos hacia nuestros ofensores, aunque es posible que suceda y a veces efectivamente sucede.

Si deseamos continuar manteniendo relaciones con la persona que nos perjudicó, el siguiente paso, luego del perdón, es la reconciliación. Claro que a veces no es posible reconciliarse, porque la otra persona ya no está en tu vida. Puede también darse el caso de que, si bien perdonaste a tu ofensor, no es alguien con quien te sientas inclinado a continuar una relación o no es provechoso para tu vida espiritual o tu bienestar emocional. Eso no significa que no lo hayas perdonado.

Aunque el perdón puede ser complejo y tiene muchas aristas, está claro que Jesús —por Su ejemplo y Sus enseñanzas— hizo hincapié en el perdón. Nos ordenó y exhortó a Sus seguidores a perdonar, y no hizo para ello ninguna salvedad. Si realmente deseamos ser más como Jesús, se nos pide que perdonemos a otros las ofensas que hayan cometido contra nosotros —con lo difícil que llega a ser a veces—, porque Dios ha perdonado las ofensas que hemos cometido contra Él. «Como Cristo los perdonó, así también háganlo ustedes» (Colosenses 3:13).

Publicado por primera vez en septiembre de 2017. Adaptado y publicado de nuevo en febrero de 2026.


1 Los puntos que tocamos en este artículo son una síntesis del libro Perdonar y olvidar de Lewis B. Smedes (Diana/México, 2004).

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