enero 22, 2026
[The Effects of Christianity: Work and Scientific Discoveries]
Este artículo sobre algunos de los efectos que ha tenido el cristianismo en el mundo abordará dos aspectos en los que la fe cristiana o personajes cristianos contribuyeron significativamente a transformar el mundo: cambiando la percepción que se tenía del trabajo físico, y al realizar varios descubrimientos científicos1.
Los antiguos romanos, y los griegos antes de ellos, tenían en muy baja estima el trabajo físico. Para ellos, solo las clases bajas y los esclavos desempeñaban tareas manuales. Los cristianos, al igual que los judíos, tenían una visión mucho más positiva del trabajo. Jesús, un judío del siglo I, trabajó como carpintero (un obrero calificado), y el apóstol Pablo fabricaba carpas. En la 2ª epístola a los Tesalonicenses, Pablo escribió: «Si alguno no quiere trabajar, tampoco coma» (2 Tesalonicenses 3:10). El ejemplo que dieron Jesús y Pablo como trabajadores hizo que los cristianos vieran el trabajo como algo honroso que agrada a Dios.
En los monasterios medievales, el trabajo era considerado noble, y la pereza, en cambio, como uno de los siete pecados capitales. Los monjes benedictinos del siglo VI veían el trabajo como «una parte espiritual integral de su disciplina, [concepción que] contribuyó en gran medida a aumentar el prestigio del trabajo y la autoestima del obrero»2. El trabajo se entendía también como un antídoto contra el pecado de la pereza. En el siglo IV, S. Basilio de Cesarea dijo: «El ocio es un gran mal; el trabajo nos guarda de malos pensamientos».
Durante la Reforma (1517–1648), el concepto de valorar el trabajo y las tareas manuales recibió un espaldarazo. Martín Lutero veía el trabajo como un llamamiento, una forma de servir a Dios. Eso condujo a la idea de que no había trabajos de baja o alta categoría, ni ocupaciones buenas o malas. Todo trabajo, del tipo que fuera, que realizara un cristiano era juzgado honroso, una labor hecha para la gloria de Dios y como servicio a la humanidad (1 Corintios 10:31). Era noble y era considerado un deber cristiano, un llamamiento, una vocación.
Las antiguas culturas politeístas de Grecia y Roma creían en dioses que eran envidiosos e irracionales, lo que no era conducente al concepto de una investigación científica del mundo y su funcionamiento. En cambio, el cristianismo, al igual que el judaísmo, enseña que Dios es un ser racional. Como los seres humanos hemos sido hechos a Su imagen, también nosotros somos seres racionales, capaces de usar procesos racionales para estudiar e investigar el mundo en que vivimos.
Durante 1.500 años imperó el concepto, enseñado por Aristóteles (384–322 a. C.), de que el conocimiento solo podía adquirirse empleando la mente en razonamientos deductivos. En el siglo XII, filósofos cristianos como Roberto Grosseteste (1168–1253), obispo franciscano y primer canciller de la Universidad de Oxford, propusieron el método inductivo y experimental como modo de obtener conocimientos científicos3.
Trescientos años después, Francis Bacon (1561–1626), anglicano de gran devoción, impulsó el concepto del razonamiento inductivo llevando un registro de sus experimentos y sus resultados. Promovió la idea de que la ciencia requiere observación minuciosa y metódica a la vez que un riguroso escepticismo sobre lo que se observa. Se le conoce como el padre del método científico.
Nicolás Copérnico (1473–1543) fue criado por su tío, un sacerdote católico. Se doctoró y recibió formación como médico. También estudió teología y derecho canónico. Por un tiempo perteneció a una orden religiosa, aunque no llegó a ser ordenado sacerdote. Introdujo la teoría helioestática, según la cual el Sol está en el centro del Sistema Solar, y la Tierra gira alrededor del Sol. Hasta entonces, la gente creía que el centro del Sistema Solar lo ocupaba la Tierra. Dudó sobre si publicar o no su teoría, porque la Iglesia católica de la época consideraba herejías los nuevos descubrimientos científicos y perseguía a sus autores como herejes. No obstante, dos amigos luteranos lo convencieron para que lo hiciera poco antes de morir.
Johannes Kepler (1571–1630) estudió tres años para ser pastor luterano. Cuando le ofrecieron un puesto como profesor de matemáticas en Austria, se interesó en la astronomía. Sus cálculos matemáticos demostraron que los planetas describen una órbita elíptica alrededor del Sol y que no se desplazan a velocidad uniforme. Momentos antes de morir, cuando un pastor luterano le preguntó en qué ponía su esperanza, respondió: «Única y exclusivamente en la obra de nuestro redentor, Jesucristo»4.
Isaac Newton (1642–1727), a partir de las leyes planetarias de Kepler, descubrió las de la gravedad. Su libro Principios matemáticos de la filosofía natural es considerado uno de los mayores aportes en la historia de la ciencia. Si bien algunos historiadores sostienen que no era cristiano, ciertos pasajes que escribió denotan claramente creencia en Dios. «Dios gobierna el mundo invisiblemente, y nos ha mandado que lo adoremos a Él y no a otro Dios. […] Revivió a Jesucristo nuestro Redentor, que fue a los Cielos para recibir y preparar un lugar para nosotros, y […] que al final regresará y reinará sobre nosotros […] hasta que haya resucitado y juzgado a todos los muertos»5.
Alessandro Volta (1745–1827) fue físico, químico y pionero en la ciencia de la electricidad. Inventó la pila eléctrica. Fue un devoto católico a lo largo de su vida. De su nombre derivan los términos voltio y voltaje.
Robert Boyle (1627–1691) fue considerado el padre de la química y uno de los pioneros en los métodos científicos experimentales modernos. Aparte de dedicarse a la ciencia, Boyle escribió en defensa de la existencia de Dios y la resurrección de Cristo. Estaba convencido de que la gente debía tener acceso a la Biblia en su propio idioma, y contribuyó a financiar traducciones de la Biblia o de partes de ella a varios idiomas.
George Washington Carver (c. 1864–1943) nació esclavo en Estados Unidos. Cuando tenía una semana de edad, él, su hermana y su madre fueron secuestrados, llevados a otro estado y vendidos en esclavitud. Su propietario original, Moses Carver, contrató a un detective para que los buscara, pero este solo consiguió hallar a George. Tras la abolición de la esclavitud, Moses y su esposa criaron a George como si fuera su propio hijo. Ellos animaron a George a proseguir sus estudios. Fue aceptado en una escuela superior, pero cuando se presentó lo rechazaron por su raza. Más adelante asistió a la Universidad Estatal Agrícola de Iowa, en la que fue el primer alumno negro. Terminó obteniendo una maestría en ciencias.
Posteriormente se integró a la Universidad Tuskegee, una universidad para afroamericanos, como profesor e investigador. Se convirtió en la máxima autoridad nacional en lo referente al maní y la batata, y desarrolló más de trescientos subproductos del maní, tan variados como café instantáneo, jabón y tinta. De la batata obtuvo más de cien subproductos, como harina, betún y caramelos. Convenció a los agricultores del Sur de EE.UU. para que plantaran maní, batata y pacana en vez de tan solo algodón, con lo que la agricultura del Sur se diversificó. Recibió múltiples premios por su labor, y muchos edificios, colegios y parques llevan su nombre. Carver se hizo cristiano a los diez años. El escritor Henry Morris cuenta que Carver era «un cristiano sincero y humilde» que nunca dudaba en «confesar su fe en el Dios de la Biblia y atribuirle a Él todo su éxito y habilidad»6.
Si bien a lo largo de la Historia ha habido muchos cristianos destacados cuyos logros influyeron notablemente en nuestro mundo, también ha habido miles de millones de cristianos de los que no sabemos nada y que también tuvieron un impacto positivo. Están los papás y mamás que enseñaron a sus hijos quién es Jesús y, con su manera de vivir su fe, motivaron a estos a hacerse cristianos. Los maestros, cuidadores, misioneros, buenos empleadores y cristianos de toda condición social y profesión que dieron a conocer su fe contribuyeron a transformar la vida de los demás.
Cada uno de nosotros, cada día, puede incidir positivamente en su parte del mundo amando al prójimo, siendo amable, justo, comprensivo, generoso, optimista y servicial. Podemos ser inclusivos, respetuosos, comprensivos, humildes, mansos, pacientes y atentos. Si nos esforzamos al máximo por vivir nuestra fe, emular a Jesús, amar a Dios y amar a nuestros semejantes, también nosotros contribuiremos a que haya un efecto positivo en nuestra parte del mundo.
Publicado por primera vez en abril de 2019. Adaptado y publicado de nuevo en enero de 2026.
1 Los argumentos presentados en este artículo se han tomado del libro How Christianity Changed the World, de Alvin J. Schmidt (Zondervan, 2004).
2 Lynn D. White, «The Significance of Medieval Christianity», en The Vitality of the Christian Tradition, ed. George F. Thomas (Harper and Brothers, 1945), 91.
3 Roger Bacon, Opus maius, trans. Robert Belle Burke (Russell and Russell, 1962), 584.
4 Max Caspar, Johannes Kepler (Universitat de València, 2018).
5 Isaac Newton, «God and Natural Philosophy», en Newton’s Philosophy of Nature: Selections from His Writings, ed. H. S. Thayer (Hafner Publishing, 1953), 66,67.
6 Henry Morris, Men of Science—Men of God (Creation-Life Publishers, 1982), 104–5.
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