Sufrimiento y bendición

septiembre 14, 2021

Recopilación

[Suffering and Blessing]

Pues considero que los sufrimientos de este tiempo presente no son dignos de ser comparados con la gloria que nos ha de ser revelada.  Romanos 8:18 (NBLA)

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Hace poco, alguien me preguntó si pensaba que Dios era injusto al permitir que tuviera la enfermedad de Parkinson y otras dolencias, pues he tratado de servirle fielmente. Respondí que no lo veía así en absoluto. El sufrimiento es parte de nuestra condición humana, y algo que sucede a todos. Depende de nuestra reacción a él, ya sea que nos alejemos de Dios con ira y resentimiento, o que nos acerquemos más a Dios con confianza.

Dios puede permitir el sufrimiento para que aprendamos a responder a los problemas de una manera bíblica. Las Escrituras nos dicen que Jesús «mediante el sufrimiento aprendió a obedecer»[1]. Nuestro objetivo no debería ser solo el alivio del sufrimiento sino más bien aprender a complacer a Dios al ser receptivos y obedientes a Él y Su Palabra[2].

A veces Dios permite que suframos para enseñarnos que el dolor es parte de la vida. En ninguna parte de la Biblia dice que el cristiano no sufrirá adversidad. Pablo señala en Filipenses 1:29 (RVA-2015): «Se les ha concedido a ustedes, a causa de Cristo, no solamente el privilegio de creer en Él sino también el de sufrir por Su causa». La adversidad puede ser un regalo de Dios. Cristo no evadió la cruz para escapar del sufrimiento. Hebreos 12:2 dice que «sufrió la cruz, menospreciando el oprobio». ¿Por qué? «Por el gozo puesto delante de Él». Jesús sabía que la última palabra no era la crucifixión —el sufrimiento—, sino la resurrección —la victoria—.

Dios puede permitir el sufrimiento para nuestro bienestar: «Sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, los que han sido llamados de acuerdo con su propósito»[3]. Debemos aceptar esto por fe y orar que surja el bien más elevado de Dios como resultado de nuestro sufrimiento. Algunas de las enseñanzas más profundas de la vida se aprenden únicamente por medio de la adversidad. Debemos confiar en que Dios hará que se lleve a cabo Su voluntad y propósito en nosotros a fin de que lleguemos a ser más como Cristo[4]. En nuestro sufrimiento no hay una cualidad redentora como la de Jesús, pero si somos fieles en la adversidad, es posible que podamos participar en Sus padecimientos[5].

Tal vez nuestro sufrimiento sea breve, o dure toda la vida. Sin embargo, no perdamos la esperanza ni nos entreguemos a la autocompasión o el resentimiento. El resultado final es lo que todos anhelamos: ¡estar con el Señor en el Cielo pondrá todo en la perspectiva correcta!  Billy Graham[6]

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Gran parte de los salmos surgieron de las dificultades. La mayor parte de las epístolas se escribieron en prisiones. La mayor parte de las mejores reflexiones de los grandes pensadores de todos los tiempos tuvieron que pasar a través del fuego. Bunyan escribió El progreso del peregrino en la cárcel. Florence Nightingale, al estar muy enferma y tener que quedarse en cama, reorganizó los hospitales de Inglaterra. Pasteur, casi paralítico y con la amenaza constante de la apoplejía, trabajó sin descanso para luchar contra las enfermedades. Durante gran parte de su vida, el historiador estadounidense Francis Parkman sufrió tanto que no podía trabajar más de cinco minutos a la vez. Su vista se encontraba tan mal que solo podía garabatear unas cuantas palabras con letra gigantesca en un manuscrito. Sin embargo, escribió veinte magníficos volúmenes de Historia. Parece que a veces, cuando Dios está a punto de valerse de alguien, lo hace pasar por el fuego.  Tim Hansel[7]

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El pastor rumano Richard Wurmbrand estuvo 14 años en prisión por predicar el evangelio. Aunque los que lo capturaron le fracturaron cuatro vértebras y le quemaron o le abrieron dieciocho heridas en el cuerpo, no lo derrotaron. Él dijo: «Solo en mi celda, con frío, hambre y en harapos, cada noche bailaba de alegría».

Durante ese tiempo preguntó a un compañero de la prisión a quien él había llevado al Señor antes de que los arrestaran: «¿Tienes resentimiento hacia mí porque yo te llevé a Cristo?» Esta fue su respuesta: «No tengo palabras para expresar mi agradecimiento porque me llevaste al magnífico Salvador. No lo cambiaría por otra opción». Esos dos hombres ejemplifican la alegría sobrenatural de los creyentes que viven al borde de la muerte como resultado de ser objeto de una encarnizada persecución.

La salvación, que da fuerzas para hoy y esperanza para mañana, dura para siempre. Por lo tanto, no tenemos que ser derrotados por circunstancias difíciles. Cuando sabemos que hemos recibido la salvación, tenemos la certeza de que Dios obra en nuestra vida, nos prepara para las realidades eternas del mundo mejor. Sí, la salvación es la mayor bendición de la vida.  H.V.L., Our Daily Bread

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El salmista nos dice: «En cuanto a Dios, Su camino es perfecto»[8]. Si los caminos de Dios son perfectos, entonces podemos confiar que lo que Él hace —y lo que permite—, también es perfecto. Esto a nosotros no nos puede parecer posible, pero nuestra mente no es la de Dios. Es verdad que no podemos esperar que vamos a comprender perfectamente Su mente, como Él nos recuerda: «“Mis pensamientos no son los pensamientos de ustedes, ni sus caminos son Mis caminos”, declara el Señor. “Porque como los cielos son más altos que la tierra, así Mis caminos son más altos que sus caminos, y Mis pensamientos más que sus pensamientos”»[9]. A veces la perfecta voluntad de Dios incluye tristeza y dolor para Sus hijos. Pero podemos alegrarnos de que Él no permite que seamos probados más allá de lo que podemos soportar y siempre provee la salida de la carga de tristeza que llevamos temporalmente[10].

Nadie ha tenido un mayor sufrimiento que el de Jesús, un «varón de dolores, experimentado en sufrimiento»[11]. Su vida fue una constante serie de pesares, desde la cuna hasta la cruz. En Su infancia, Su vida estuvo en peligro por causa de Herodes; Sus padres tuvieron que tomarlo y huir a Egipto[12]. Todo Su ministerio se caracterizó por el pesar que sintió por la dureza y la incredulidad en el corazón del hombre, desde la oposición de los líderes religiosos, e incluso por la inconstancia de Sus discípulos, y no digamos las tentaciones de Satanás. La noche antes de Su crucifixión, Su alma estaba «muy triste, hasta la muerte» mientras contemplaba la justicia y la ira de Dios que caería sobre Él cuando muriera por Su pueblo. Era tan grande Su agonía que el sudor caía como grandes gotas de sangre[13]. Claro, el dolor más grande de Su vida fue cuando al estar en la cruz, el Padre escondió de Él Su rostro, lo que hizo que Jesús gritara en agonía: «¿Por qué me has desamparado?»[14] Sin duda, ninguna tristeza que alguno de nosotros experimente se compara con la del Salvador.

Sin embargo, así como Jesús volvió a estar a la diestra de Su Padre después de soportar el dolor, podemos estar seguros de que por medio de las dificultades y los momentos de tristeza, Dios se vale de la adversidad para hacernos más como Cristo[15]. Mientras que en este mundo, en esta condición humana pecadora, la vida nunca será perfecta, sabemos que Dios es fiel y que cuando Cristo regrese, el pesar será reemplazado por el gozo[16]. Entretanto, aprovechamos nuestro dolor para glorificar a Dios[17], y para descansar en la gracia y la paz del Señor, Dios Todopoderoso.  Tomado de gotquestions.org[18]

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La confianza en el gran amor que tiene Jesús por nosotros no solo nos hace felices, sino que ejerce un efecto estabilizador en nuestra vida. Cuando estamos persuadidos de que nos ama, cuando somos conscientes de que se preocupa enormemente por nuestro bienestar y nuestra felicidad, esa certidumbre nos serena y nos equilibra, incluso en medio del sufrimiento o aunque suframos desilusiones, desengaños, dificultades o cualquier otra cosa que nos depare la vida.  María Fontaine

Publicado en Áncora en septiembre de 2021.


[1] Hebreos 5:8 (NVI).

[2] V. Romanos 12:1,2.

[3] Romanos 8:28 (NVI).

[4] V. Romanos 8:29.

[5] Filipenses 3:10.

[6] The Billy Graham Christian Worker's Handbook (Minneapolis: World Wide Publ., 1984), 223–25.

[7] You Gotta Keep Dancin' (David C. Cook, 1985), 87.

[8] Salmo 18:30.

[9] Isaías 55:8,9.

[10] 1 Corintios 10:13.

[11] Isaías 53:3.

[12] Mateo 2:13,14.

[13] Mateo 26:38; Lucas 22:44.

[14] Mateo 27:46.

[15] Romanos 8:29; Hebreos 12:10.

[16] Isaías 35:10.

[17] 1 Pedro 1:6,7.

[18] https://www.gotquestions.org/Bible-sadness.html.

 

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