Jesús más nada es igual a todo

marzo 8, 2016

Recopilación

[Jesus Plus Nothing Equals Everything]

Esta afirmación es sencilla, pero profunda: Jesús + nada = todo.

Haz una pausa y reflexiona en ello. Cavila. Di con fervor para tus adentros: «Jesús más nada es igual a todo». Esa frase viene de Tullian Tchividjian, nieto de Billy Graham y pastor de la iglesia presbiteriana de Coral Ridge. Era el título de una serie de sermones que dio acerca de la epístola de Pablo a los Colosenses, recordándonos que Jesucristo está por encima de todo. Examina detenidamente las palabras de Pablo en Colosenses 1 (RVC):

Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda la creación. En Él fue creado todo lo que hay en los cielos y en la tierra, todo lo visible y lo invisible; tronos, poderes, principados, o autoridades, todo fue creado por medio de Él y para Él. Él existía antes de todas las cosas, y por Él se mantiene todo en orden. Él es la cabeza del cuerpo, que es la iglesia. Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, para tener la preeminencia en todo, porque al Padre le agradó que en Él habitara toda plenitud, y por medio de Él reconciliar consigo todas las cosas, tanto las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de Su cruz.

Y también a ustedes, que en otro tiempo eran extranjeros y enemigos, tanto en sus pensamientos como en sus acciones, ahora los ha reconciliado completamente en su cuerpo físico, por medio de la muerte, para presentárselos a sí mismo santos, sin mancha e irreprensibles, siempre y cuando en verdad permanezcan cimentados y firmes en la fe, inamovibles en la esperanza del evangelio que han recibido, el cual se predica en toda la creación debajo del cielo; del cual yo, Pablo, he llegado a ser ministro.  Colosenses 1:15-23

¿Verdad que eso te encanta? Pablo nos ayuda a ver la superioridad de Jesucristo y que es infinitamente capaz, la plenitud de Su preeminencia y belleza, de modo que con fervor nos alejemos de nuestros ídolos e ideales humanos y acudamos solo a Él cuando estemos en busca de la libertad y la gracia que anhelamos tanto.

No es «Jesús + dones» ni «Jesús + bendiciones» ni «Jesús + trabajo» ni «Jesús + familia» ni «Jesús + religión». Es « Jesús + nada = todo». Sí, para el creyente, Jesús de verdad es todo; Él de verdad es suficiente. Y es mi oración que para ti, lector, hoy Jesús sea más que suficiente, y que cualesquiera que sean nuestras circunstancias —buenas o malas— podamos reconocer, como lo hizo Job: «¡Bendito sea el nombre del Señor!»[1]  Chris Poblete[2]

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A mi juicio, la mayoría de nosotros iniciamos nuestro camino cristiano con esta sencilla verdad.

Tengo un quebranto. Necesito a Jesús. Fin.

Sin embargo, a medida que nos lanzamos y vamos en este nuevo camino, al poco tiempo empezamos a oír un susurro incesante que va en aumento: «Esfuérzate más, haz más». Canta más. Memoriza más. Escribe más en tu diario. Predica más. Ora más. Predica más el evangelio. Sirve más.

Ese enfoque puede parecer bastante espiritual a los que nos rodean. Sin embargo, a menudo tiene su origen en una convicción interior de que nuestra valía como cristianos depende de nuestra habilidad de superar a los que nos rodean. Detrás de esa fachada espiritual hay un corazón frágil e inseguro. Y con afán intentamos que Dios nos ame más.

La cruz no es algo con lo que empezamos y de lo que luego avanzamos. La cruz no es solo el punto de partida de nuestra fe. Es la pieza central, lo más importante. La gracia no es algo que necesitamos solo para la salvación; para el creyente es como el aire.

Así pues, cuando hoy escuches ese susurro en tu interior que diga: «Esfuérzate más, haz más», vuelve a esto: Tengo un quebranto. Necesito a Jesús. Fin.  Pete Wilson[3]

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Por medio de la muerte sacrificial de Jesús en la cruz, Dios perdona nuestros pecados. Se le imputan a Cristo, lo que significa que son Suyos y ya no nuestros. Al mismo tiempo, la justicia de Jesús se adscribe a quienes lo aceptan y reciben Su don de la salvación. De modo que Dios ya no nos considera como pecadores merecedores de castigo, sino como justos a Sus ojos. Nuestra culpabilidad legal queda sobreseída y ya no existe separación entre Dios y nosotros.

El término justificar empleado en el Nuevo Testamento es traducción del griego dikaioo. Una de sus definiciones es la de declarar o pronunciar a alguien justo. Nuestra justificación implica que Dios nos declara justos o nos exime de culpabilidad o condenación. Eso no significa que quienes hayamos recibido Su don de la salvación estamos libres de pecado, pues todos seguimos siendo pecadores. Significa que desde el punto de vista legal Dios nos considera justos. Así como nuestros pecados se le imputaron a Jesús —y por ende se consideran Suyos— Su justicia se nos adscribe a nosotros y Dios la considera nuestra.

Todo esto es obra de Dios, no nuestra. No había nada que pudiéramos hacer o alcanzar para merecer ese perdón y esa justicia. Es un don de Dios. Movido por Su amor concibió una forma de que fuéramos justos a Sus ojos, no merced a nuestras buenas obras o acciones, sino por Su gracia, misericordia y amor. Es un obsequio concedido por amor, gratuito para nosotros, pero costoso para Dios[4].

Las Escrituras dejan muy claro que no nos salvamos por portarnos bien ni por hacer buenas obras ni por cumplir con la Ley Mosaica, ni ninguna otra cosa que podamos hacer por nuestra cuenta. La salvación, que trae aparejada la justificación, depende únicamente de Dios y Su plan. Lo único que nos corresponde hacer a nosotros es creer que Dios la puso a nuestro alcance por medio de Cristo y aceptarla por fe[5].

Un aspecto bellísimo de la justificación es que los cristianos ya no tenemos por qué sentir ansiedad respecto a nuestra posición o estatus delante de Dios. Aunque no dejamos de pecar, no por eso cambia el hecho de que contemos con la justicia de Cristo. Ya no tenemos por qué abrigar la incertidumbre de si hemos hecho bastante o de si estamos suficientemente cerca de Dios como para merecernos la salvación. Dios lo ha hecho todo y por medio de la muerte y resurrección de Jesús Dios nos considera y siempre nos considerará justos.

El amor y sacrificio de Dios manifestado en la muerte de Cristo en la cruz es lo que nos justifica ante Dios. Eliminó la separación que existía entre nosotros y Dios y nos reconcilió con Él. ¡Qué don tan preciado e inestimable le ofrece el Dios del amor a la humanidad! «Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo»[6]  Peter Amsterdam

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Cuando se trata de acercarse a Dios y complacerlo, el legalismo insiste en que la obediencia precede a la aceptación, que todo depende de nosotros. Sin embargo, la brisa fresca de la libertad del evangelio anuncia que la aceptación precede a la obediencia: que una vez que ya fuimos aprobados y aceptados por Dios en Cristo, podemos libremente seguir las indicaciones de Dios y cada vez haremos más Su voluntad motivados por gratitud verdadera al haber recibido Su asombrosa gracia y sin temor de juicio o condenación cuando fallamos.  Tullian Tchividjian[7]

Publicado en Áncora en marzo de 2016.


[1] Job 1:21 RVC.

[2] http://blogs.blueletterbible.org/blb/2011/05/25/jesus-nothing-everything.

[3] http://www.churchleaders.com/outreach-missions/outreach-missions-blogs/173995-the-incessant-whisper.html.

[4] Véase Efesios 2:8-9.

[5] Véase Romanos 10:9-10 y Gálatas 2:16.

[6] Romanos 5:1.

[7] Tullian Tchividjian, Jesus + Nothing = Everything (Wheaton, Ill: Crossway Books, 2011).

 

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