Convertirse en detective cristiano

octubre 6, 2015

Recopilación

[Becoming a Christian Case Maker]

Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida —pues la vida fue manifestada y la hemos visto, y testificamos y os anunciamos la vida eterna, la cual estaba con el Padre y se nos manifestó—, lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros.  El apóstol Juan, 1 Juan 1:1-3[1]

 

Estudiar la evidencia

Si los cristianos recibieran formación para presentar evidencia irrefutable de sus creencias y respuestas acertadas a las preguntas y objeciones de los no creyentes, la percepción que otros tienen de los cristianos lentamente cambiaría. Serían vistos como personas reflexivas a quienes hay que tomar en serio, en vez de fanáticos o bufones emocionales. El Evangelio sería una alternativa real que muchos abrazarían.  William Lane Craig

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Si desean convertirse en buenos detectives cristianos —o sencillamente desean examinar los argumentos del cristianismo por primera vez—, deberán entender el poder de los argumentos acumulativos. La manera de interpretar el mundo del cristiano se establece de manera colectiva: la fiabilidad de los testigos en los Evangelios se basa en más de una línea de evidencia. De hecho, los testigos se dividen en cuatro categorías de evidencia expresadas en cuatro importantes preguntas: ¿Estaban presentes los testigos para ver lo que aseguran que vieron? ¿Su testimonio puede ser corroborado o verificado de alguna manera? ¿Los testigos han sido honestos y precisos todo el tiempo? ¿Son parciales o esconden motivos ocultos que los descalifiquen?

Esos interrogantes se deben considerar a modo colectivo. Además, el argumento en cada categoría también se estudia de manera acumulativa. El tema de la corroboración —por ejemplo— se establece en el fundamento de varias evidencias no relacionadas, incluyendo descubrimientos arqueológicos, antiguos escritos judíos, antiguos escritos griegos sin relación con el cristianismo, evidencia geográfica interna, evidencia lingüística interna, uso correcto de nombres propios y el apoyo involuntario de testigos presenciales. […] La interpretación cristiana del mundo se establece también de forma acumulativa.

Si aprendemos a comunicar la fuerza colectiva de esos argumentos nos volveremos mejores detectives cristianos. Si el lector examina por primera vez el argumento cristiano, lo aliento a no echar una ojeada superficial. Estudie a fondo. Examínelo todo. Reúna y evalúe el caso acumulativo.  J. Warner Wallace

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Primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras; y que apareció a Cefas, y después a los doce. Después apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales muchos viven aún y otros ya han muerto. Después apareció a Jacobo y después a todos los apóstoles. Por último, como a un abortivo, se me apareció a mí.  1 Corintios 15:3-8[2]

 

¿Quién es Jesús?

Para cualquier historiador imparcial, los datos acerca de Jesús son tan claros y evidentes como los relativos a Julio César. En el Nuevo Testamento existen documentos que lo describen con precisión, pero también hay decenas de manuscritos antiguos que, sin pertenecer a la Biblia, confirman que Jesús fue una auténtica figura histórica que habitó en Palestina a principios del primer siglo de nuestra era.

En cuanto al testimonio ofrecido por múltiples recuentos antiguos acerca de Jesús, la Enciclopedia Británica afirma:

«Dichos datos, independientes entre sí, demuestran que en tiempos antiguos ni siquiera los adversarios del cristianismo pusieron alguna vez en duda la existencia histórica de Jesús. Ésta recién fue puesta en entredicho, y en un marco inadecuado, por diversos autores del siglo XIX y principios del XX.»

Uno de los aspectos más llamativos e innegablemente específicos de la vida de Jesús es que muchos profetas y videntes hicieron centenares de predicciones y profecías detalladas sobre Él siglos antes de que naciera, incluyendo detalles concretos acerca de Su nacimiento, vida y muerte.

En el Antiguo Testamento podemos encontrar más de 300 predicciones acerca del «Mesías» o «Salvador». El hallazgo de cientos de manuscritos del Antiguo Testamento, llevado a cabo por arqueólogos durante el presente siglo, ha demostrado sin sombra de duda que dichas profecías fueron escritas antes de que naciera aquel hombre llamado Jesús.

Por ejemplo, en el año 750 a. C. el profeta Isaías hizo esta sorprendente predicción:

«El Señor mismo les dará señal: He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un Hijo, y llamará Su nombre Emanuel»[3].

Siete siglos y medio después, en Israel, una joven virgen llamada María fue visitada por el Arcángel Gabriel, el cual le anunció que alumbraría un hijo que llevaría por nombre Emanuel, es decir «Dios con nosotros». Los libros de la Biblia que fueron escritos con posterioridad a la venida de Jesús al mundo —el «Nuevo Testamento»— nos dicen que «María le preguntó al ángel: ¿Cómo puede ser posible, si nunca he estado con hombre alguno? Y el ángel le respondió: ¡El Espíritu de Dios vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con Su sombra! Por lo cual el Santo Ser que habrá de nacer será llamado Hijo de Dios»[4].

Vemos, pues, que el principio mismo de Su existencia en la tierra —Su concepción y nacimiento— fueron no solamente únicos, sino también milagrosos. Es más, la Biblia dice que la noticia de su embarazo fue tan escandalizadora para José, el joven con el que estaba comprometida en matrimonio, que al recibirla decidió cancelar el compromiso y anular la boda. Hasta que el ángel del Señor se le apareció también a José y le dio instrucciones de permanecer junto a ella y criar y proteger a aquel niño tan especial que ella llevaba en su vientre.

Nada menos que 800 años antes del nacimiento de Jesús, el profeta Miqueas predijo el lugar exacto en que el Mesías habría de venir al mundo:

«Tú, Belén, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel, y Sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad»[5].

Si bien Sus padres terrenales vivían en el pueblo de Nazaret, a 150 km al norte de Belén, un decreto emanado de Roma exigió que todas las familias retornaran a sus lugares de origen para cumplir con un censo que se llevaba a cabo en todo el imperio. Aquel decreto se dio a conocer poco antes de que a María se le cumpliera el plazo del embarazo. De este modo, Dios se valió de un emperador romano, César Augusto, para contribuir al cumplimiento de la profecía de Miqueas. José y María marcharon a Belén, y a su llegada, María empezó a tener dolores de parto. Así pues, la Biblia indica que «Jesús nació en Belén de Judea»[6], en estricto cumplimiento de la predicción del profeta Miqueas.

David, rey de Israel, hizo otra importante profecía —cerca del año 1.000 a. C.— sobre las circunstancias relacionadas con la muerte del Mesías; más de diez siglos antes que naciera Jesús. En esa profecía, David ofreció detalles de una muerte cruel y dolorosa que él mismo nunca padeció:

«He sido derramado como aguas y todos mis huesos se descoyuntaron. Mi corazón fue como cera, derritiéndose en medio de mis entrañas. […] Como perros me han rodeado, me ha cercado cuadrilla de malignos. Horadaron mis manos y mis pies. Repartieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes.»[7]

El cumplimiento de más de 300 profecías del Antiguo Testamento —existentes desde muchos siglos antes de Su nacimiento— describen en detalle Su venida al mundo, Su vida, Su obra, Su muerte y Su resurrección. Demuestran quién es Jesús. Tampoco existe razón alguna para poner en duda que luego de Su muerte sucedió algo extraordinario que convirtió a Su grupillo de despreciados seguidores en un frente de testigos que ni todas las persecuciones del Imperio Romano fueron capaces de detener. Cuando estaban desanimados y decepcionados, luego de que su Señor hubiese sido cruelmente crucificado por Sus enemigos, daba la impresión de que las esperanzas de aquellos discípulos habían perecido y sus sueños habían sido destrozados.

¡Pero a los tres días de la muerte de Jesús, se reavivó su fe de tal modo que no hubo fuerza terrenal capaz de sofocarla! Aquel humilde puñado de seguidores proclamó las buenas nuevas ante el mundo entero a pesar de la persecución y el martirio. Anunciaron que Dios había enviado a Su Hijo al mundo para enseñarnos Su verdad y demostrarnos Su amor, y que, por encima de todo, Jesús había sufrido la muerte por nosotros y luego se había levantado de la tumba. Dice el Nuevo Testamento que Jesús se apareció en persona ante más de 500 testigos visuales luego de Su resurrección[8]. Ése fue el atronador mensaje que Sus primeros discípulos proclamaron abiertamente en el mundo entero: «¡Dios lo levantó de los muertos!»[9]  Extractos de «¿Quién es Jesús?», publicado por LFI

 

Una obra de Dios

En el caso de quienes se sienten tentados a pensar que presentar argumentos y evidencia no es espiritual, pues solo Dios puede cambiar un corazón rebelde, tengo dos observaciones. La primera es que sin la obra de Dios nada funcionaría; ni los argumentos, ni el amor, ni siquiera el Evangelio.

En segundo lugar, Dios se complace en emplear muchas cosas, con la ayuda del Espíritu Santo. El amor y la razón son muy atractivos para Él, puesto que ambos concuerdan con Su naturaleza. El hecho es que, con la ayuda de Dios, los argumentos funcionan todo el tiempo. Jesús, y los apóstoles Pedro y Pablo, los usaron y obtuvieron grandes resultados.

La comprensión del papel central de Dios en el proceso elimina buena parte de la preocupación. Nos permite concentrarnos en nuestra labor, en ser claros, gentiles y persuasivos, y dejar los resultados en manos de Dios. En cierto sentido buscamos a quienes nos buscan, a personas cuyo corazón ya ha sido tocado por el Espíritu. Podemos estar pendientes de las ovejas que oyen la voz de Jesús y alzan la mirada, sin molestar a quienes aún no están preparados…

En vez de procurar llevar la cruz a cada encuentro, procuren colocar una piedrecilla en el calzado de sus interlocutores. Motiven a la persona a pensar. Conténtense con plantar una semilla que tal vez florezca después bajo el soberano cuidado de Dios.  Greg Kouhl

Publicado en Áncora en octubre de 2015.


[1] Reina-Valera

[2] Reina-Valera

[3] Isaías 7:14

[4] Lucas 1:26-35

[5] Miqueas 5:2

[6] Mateo 2:1

[7] Salmos 22:14-18

[8] 1 Corintios 15:6

[9] Hechos 13:30

 

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