Nuestra nueva pecera

marzo 11, 2015

Mike Inger Helmke

[Our New Fishbowl]

Tengo algunas plantas en el piso junto a la ventana en un rincón de la sala. Una de la macetas es bastante grande y tiene dentro una mini selva. Contiene dos palmeras que casi tocan el techo, y tienen plantas trepadoras en los troncos. En la parte inferior hay unas plantas semejantes al pasto y hasta dos orquídeas florecen en la sombra. Luego alguien me regaló una pecera pequeña que puse en la tierra entre las hojas.

Tengo una hamaca junto a esa maceta, donde me puedo relajar y meditar. Eso fue lo que hice un día. Me puse cómodo en mi hamaca e intenté meditar y conectarme con Dios, y sentí de pronto la sensación de que Él quería que observara los peces. Me pregunté por qué. Adoro la naturaleza. Me hace sentir bien, y siempre pienso que Dios me habla a través de la naturaleza. Pero ¿por qué me pedía que observara los peces?

Observé los peces un rato y entonces recordé que hacía unos cuantos días que no les cambiaba el agua. Así que me levanté y tomé el pequeño recipiente de vidrio por el borde superior para llevarlo a la cocina. ¡Sucedió en un segundo! El vidrio era muy delgado y no aguantó y se rompió. La poca agua que había sido el hogar de mi pez de pronto se derramó y la absorbió de inmediato la tierra, y el pececito quedó coleteando entre las plantas.

Corrí rápidamente a la cocina y tomé un vaso de agua, le eché un poco encima e intenté tomarlo con los dedos. Lo puse en el vaso y pronto mi pez ya descansaba en una taza grande y transparente. Me preocupaba un poco su salud, pero se recuperó rápido del shock y estaba nadando en su nueva casita improvisada. Luego encontré una vasija mejor y ya está nuevamente entre las plantas.

Me sentí un poco mal. Pensé que hubiera sido mejor si me hubiera quedado meditando y observando a mi pez en lugar de levantarme a cambiar el agua. De hecho, me quedé pensando por qué Dios querría que observara al pececito. Parecía que todo había salido mal antes de que pudiera entender lo que me quería decir. Tuve que reflexionar un rato sobre lo que había pasado y de pronto empecé a entender el porqué.

Al comienzo pensé que era una linda alegoría. Había destruido el mundo del pececito en un instante. No había manera de repararlo. Estaba hecho trizas, y mi amiguito estaba en la tierra en medio de la destrucción a punto de morir. Gracias a Dios encontramos otro mundito para él y sigue viviendo contento.

Del mismo modo, nuestro mundo se está destruyendo. Siento cómo el clima está cambiando a mi alrededor: sequías, lluvias extremas, la extinción, envenenamiento y debilidad de las abejas. Y en medio de todo domina la ignorancia. Pienso que tomará mucho tiempo convencer a la gente para que cambie sus hábitos y preserve el medio ambiente que es nuestro hogar, antes de que sea demasiado tarde. Y tengo la impresión de que ya está siendo demasiado tarde.

Me desanimó mucho pensar que la gente puede ser tan ciega, y no parece existir una esperanza de cambio. Desde luego, sé que un día Jesús regresará y restaurará todo, pero ¿y ahora? En cierta forma, nadie quiere creer que este hermoso mundo va rumbo a la destrucción. Ese horrible sentimiento no me dejaba. La idea de que por mucho que lo intentemos, las cosas no parecen cambiar, empezó a dominar mi realidad.

Este pequeño incidente me recordó que Dios es perfectamente capaz de restaurar este mundo. Así como yo puse el pez en el nuevo vaso, Él puede crear un nuevo mundo. Lo raro es que no podía dejar de pensar en el mundo roto de mi amiguito y lo fácil que fue rescatarlo y darle uno nuevo. Poco a poco sentí con más firmeza que esto no era solo un «linda idea» y nada más, sino que fue un tema constante en mi mente. Cuanto más lo pensaba, más me daba cuenta de lo maravilloso que es, de lo fácil que es para Dios hacerlo todo de nuevo.

Tal vez Dios nunca prometió que preservaría, salvaría y enmendaría nuestro mundo para siempre. Tal vez quede totalmente destruido y llegue a su fin un día. Pero Dios no dejará que nos muramos en el suelo. El cielo y la tierra pasarán, pero Él no, y Sus amorosas manos no nos abandonarán. Uno de los últimos versículos de la Biblia dice: «He aquí, Yo hago nuevas todas las cosas»[1]. Y más adelante dice: «Vengo pronto»[2]. Cuando llegue a ese punto, vendrá pronto, nos recogerá y nos llevará a un nuevo mundo.


[1] Apocalipsis 21:5.

[2] Apocalipsis 22:20 NVI.

 

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