El silencio de Dios

enero 13, 2015

Recopilación

Espero en silencio delante de Dios, porque de Él proviene mi victoria.  Salmo 62:1[1]

 

Entrar en el silencio de Dios

Una mujer cananea de las inmediaciones salió a Su encuentro, gritando:

—¡Señor, Hijo de David, ten compasión de mí! Mi hija sufre terriblemente por estar endemoniada.

Jesús no le respondió palabra. Así que Sus discípulos se acercaron a Él y le rogaron:

—Despídela, porque viene detrás de nosotros gritando.

—No fui enviado sino a las ovejas perdidas del pueblo de Israel —contestó Jesús.

La mujer se acercó y, arrodillándose delante de Él, le suplicó:

—¡Señor, ayúdame!

Él le respondió:

—No está bien quitarles el pan a los hijos y echárselo a los perros.

—Sí, Señor; pero hasta los perros comen las migajas que caen de la mesa de sus amos.

—¡Mujer, qué grande es tu fe! —contestó Jesús—. Que se cumpla lo que quieres.

Y desde ese mismo momento quedó sana su hija.  Mateo 15:22-28[2]

*

Siempre me ha impresionado la mujer cananea de la que se habla en Mateo 15:21-28. ¿Cómo pudo enfrentar el silencio de Jesús cuando era tanta su necesidad? ¿Cómo pudo mantenerse firme mientras el Dios viviente estaba de pie delante de ella? La mujer podía tocarlo. Sabía que Jesús tenía el poder y la autoridad para sanar a su hija porque lo llama Señor y también «Hijo de David». Sin embargo, Jesús permanece en silencio.

Lo extraordinario es que ella —una desconocida y también heroína de la fe— se hace oír a pesar del silencio. No hace caso de las palabras de los discípulos. Abandona la sabiduría de la humanidad y avanza hacia el abismo del silencio. […] Sin temor y con valor, ella ve más allá de aquel silencio.  Helmut Thielecke dice: «El silencio de Dios y de Jesús no se debe a la indiferencia. Es el silencio de pensamientos más sublimes».

El mayor silencio en la Historia de la humanidad ocurrió en el Gólgota, cuando Dios, el Padre, guardó silencio mientras Su Hijo clamaba: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» Aquellas palabras resonaron en los valles de Hinom y Cedrón que rodeaban Jerusalén. Poco a poco, desaparecieron en el silencio. Sin embargo, Dios estaba oculto detrás del silencio. Planeaba la desaparición de Satanás, poner fin a la incapacidad del Templo para perdonar los pecados y también diseñaba un plan para vencer el pecado y dar a la humanidad una forma de conocer a Dios de manera personal. Dios resucitó a Su Hijo. Planeaba repetir esa hazaña haciendo lo mismo para todo el que invoque el nombre de Su Hijo.

Aquella mujer cananea, con ojos de fe, ve a Dios detrás del silencio como su única esperanza. Arriesga todo e irrumpe en el silencio de Dios. Es recompensada. Su hija quedó sana.  Craig Smith

 

Una pausa para la reflexión

«Cual ciervo jadeante en busca del agua, así te busca, oh Dios, todo mi ser. Tengo sed de Dios, del Dios de la vida. […] Mis lágrimas son mi pan de día y de noche, mientras me echan en cara a todas horas: “¿Dónde está tu Dios?”» [3]

El que lo expresa es alguien que tiene sed de recibir una palabra de parte de Dios. Hace referencia a una época difícil, una temporada en la que llama a Dios en medio del dolor, profunda pena o confusión. Desde todos los ángulos, da la impresión de que Dios guarda silencio ante los lamentos de esa persona. Hasta el punto de que los que lo rodean le dicen: «¿Dónde está ese Dios tuyo al que oras?» Sin embargo, seguidamente escribe estas palabras que se leen como si fueran transcritas de la profunda reflexión de un diario:

«¿Por qué voy a inquietarme? ¿Por qué me voy a angustiar? En Dios pondré mi esperanza. […] Me siento sumamente angustiado; por eso, mi Dios, pienso en Ti»[4].

El salmista se da cuenta de que no hay silencio. Lo que pasa es que hay una respuesta de Dios que es más profunda que las palabras. Dios está presente y habla. Sin embargo, lo que dice no está en la superficie de las aguas de la vida.

Cuando tenía diecinueve años y estaba en la universidad, me invitaron a una fiesta de fin de semana en una universidad cercana. Phil, mi amigo, asistiría a la fiesta y quería que lo acompañara. Señaló que seríamos cinco en el auto, pero que habría espacio. Yo quería ir a la fiesta e intenté asistir, pero no me fue posible.

Se fueron sin mí un viernes por la tarde. Dos días después, cuando volvían al recinto universitario, un vehículo que venía en dirección contraria cruzó la línea divisoria, se elevó por los aires y tocó tierra al chocar con el auto de mi amigo. Los cuatro murieron instantáneamente.

Me enteré la noche de ese domingo. Salí de mi dormitorio. Caminé hasta un complejo deportivo. Salté la cerca que estaba cerrada con candado y me senté en un estadio de fútbol vacío, bajo un cielo iluminado por la luz de la luna. Lloré la muerte de mi amigo. Reflexioné en lo breve que es la vida y en lo cerca que estuve de morir. Recuerdo que imploré a Dios que me ayudara a entenderlo todo, a comprender. Le pedí que me hablara… que dijera algo, ¡lo que sea!

Silencio.

A decir verdad, fue una de las conversaciones más profundas que hemos tenido. Me hablaba, se movía en mi interior, teníamos comunión. Me comunicaba con Él como nunca antes. Fue el comienzo de muchas conversaciones; algunas incluso más traumatizantes.

Al cabo de cuatro meses, abracé el cristianismo. Es de primordial importancia que tengamos en cuenta que no es silencio lo que encontramos. Es una pausa cargada de significado; algo que incita a la reflexión de modo que las respuestas más profundas se puedan dar y escuchar.  James Emory White

*

Dios sufre con nosotros. Siente todas nuestras angustias. Conoce todas las dudas. Es infinito y eso no solo significa que tiene enormes dimensiones, sino también que es inmensamente pequeño, de tal manera que Él entiende y vive con nosotros nuestro silencio, nuestro dolor, y que lo hace no solo de manera teórica, sino profunda y completamente. A veces nos quedamos agotados en nuestro sufrimiento, en medio del silencio, y no nos queda nada con qué orar. Dios lo sabe, y ten la certeza de que en ese momento Él está orando por ti.  Derek Flood

 

Cultivar una fe que es como un vino añejo y valioso

El mundo actual es muy acelerado: todo ha cobrado una velocidad tremenda, y esa velocidad va en aumento con cada año que pasa. Viven en un mundo donde todo es instantáneo, que cada vez da más importancia a conseguirlo todo rápidamente y menos a la calidad. Las personas están acostumbrándose a que todo ocurra con mayor rapidez, a que las cosas demoren mucho menos tiempo.

Basta con echar una moneda en una máquina para conseguirse una bebida, o con acercarse al mostrador de un bufet para servirse una comida. Tiempo atrás, se tardaba años en construir una casa y conseguir el dinero para ello, mientras que hoy en día se construye a una velocidad impresionante.

La gente quiere trabajar menos, poder comprar más y disponer de más tiempo libre. En cosa de segundos, se pueden mandar mensajes instantáneos, correos electrónicos y gran cantidad de información de un punto a otro del mundo, o viajar de un extremo a otro del planeta en cuestión de horas.

Esta aceleración en el ritmo de vida ha trastocado las expectativas de la gente, de manera que ha cambiado lo que se considera normal y aceptable. Y eso puede hacer que se eleven también las expectativas que se tienen con relación a lo espiritual: respuestas instantáneas a la oración y que las manifestaciones espirituales ocurran cuando sean requeridas.

Conozco la naturaleza del hombre, y sé que lo que más necesita es que Yo efectúe cambios que le proporcionen más madurez espiritual y profundidad, para que su fe atraviese un adecuado proceso de cultivo y maduración, como si fuera un vino añejo y valioso. En el mundo de hoy la gente espera que si ora, creyendo que recibirá lo que pide, se le dará al instante. Pero no era eso lo que me proponía cuando hice esa promesa a Mis discípulos.

Hay veces en que respondo a la oración al instante, pero también hay muchas situaciones en que cuento con que permitan que el vino de su fe madure y se desarrolle a fin de alcanzar la plenitud de su sabor.

A lo largo de siglos, Mi pueblo creyente se vio puesto a prueba cuando no recibió respuestas inmediatas a sus oraciones. Esperó durante miles de años a que llegara Yo, su Mesías, y oró e imploró a Dios para que me enviara. Sin embargo, Dios no pudo enviarme hasta que llegara el momento idóneo en que todo estuviera perfectamente dispuesto para Mi llegada, en que la situación mundial fuera la adecuada, el corazón de los hombres estuviera preparado, los gobiernos fueran como debían para que Mi Palabra pudiera propagarse y Mis seguidores sobrevivir. De modo que aunque muchos llevaban años rogándole que me enviara, eran muchas las condiciones que tenían que darse en el mundo para ello. Y cuando fui, muchas de esas mismas personas me rechazaron sin más, porque la respuesta a sus oraciones no venía como esperaban; no llegué como un rey terrenal de Israel.

Les es necesaria la paciencia para que habiendo hecho Mi voluntad obtengan la promesa[5]. La paciencia no es una virtud muy fácil de cultivar que digamos; es más: va a contrapelo de la modernidad de este mundo, donde todo es velocidad, todo tiene que ser ya y se quieren respuestas rápidas y resultados instantáneos. Ahora bien; aunque viven en el mundo, saben que no son del mundo, y la dinámica del espíritu no ha cambiado: la paciencia requiere fe, y la fe es la piedra fundamental de su vida a Mi servicio.

Seguirán presenciando respuestas a la oración cuando lo considere indicado. Pero también seguirán experimentando las pruebas, tribulaciones y desafíos de la vida que surgen cuando parezca que guardo silencio y Mis respuestas no se manifiestan de inmediato. Con todo, esa prueba de fe obrará paciencia, que es fundamental en la fe.

La fe no se manifiesta únicamente cuando de inmediato se obtienen respuestas a la oración; también se manifiesta en la persistencia, el sufrimiento y la paciencia para perseverar en la fe aun cuando no se reciba una respuesta ni se vea un resultado a las oraciones. Tenga la paciencia su obra completa, para que sean perfectos y cabales sin que les falte cosa alguna[6].

Recuerden que la fe supone paciencia, y la paciencia es la marca de una fe que es como el vino añejo y valioso, una fe madura, que se ha afianzado y ha adquirido cuerpo y sabor.  Jesús, hablando en profecía

Publicado en Áncora en enero de 2015.


[1] NTV.

[2] NVI.

[3] Salmo 42:1–3 NVI.

[4] Salmo 42:5–6 NVI.

[5] Hebreos 10:36.

[6] Santiago 1:4.

 

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